Viernes, 13 de enero de 2012

Aletreando

Relatos de ficción para una vida demasiado real.

Tanto si sois seguidores de este blog como si no, seguro que sabréis que aquí he desgranado multitud de mis ideas en forma de pequeños relatos, intentando armar un compendio de emociones que supuren a través de las letras, frases y párrafos que componen todas esas historias. Y si os gustan y queréis tener algunas bien agrupadas y perfectas para leer en vuestro Kindle, ahora podéis adquirirlas en formato libro, a través de Amazon y con el nombre de Momentos apalabrados. ¿Queréis disfrutar de una lectura apta para todos los gustos, sentimientos y momentos del día? No os perdáis este libro, seguro que os gusta.

 

—Muchas gracias a todos por este premio —Silvia pronunció las palabras al tiempo que recogía el trofeo con el símbolo Pi tallado en cristal, el más reconocido de la ciencia matemática a la que pertenecía—. Sobre todo —Silvia se envalentonó—, quiero agradecérselo a mi madre, sin ella no habría podido llegar hasta aquí.
La mujer a la que se dirigía, que se encontraba en el asiento central de la primera fila del auditorio, no se inmutó, manteniendo el mismo gesto esculpido en el ánimo de roca que tan familiar le era. “Es imposible que no muestre algo de emoción”, pensó Silvia manteniendo cierta esperanza que, a su vez, contenía la crecida del reproche alimentada tras años y años de desengaños infantiles. “Por favor, mamá, esto es muy importante para mí”. Pero aquella impasible mujer no hacía caso de los ruegos que le transmitía mentalmente su hija, manteniéndose expuesta en su museo de cera a pesar de los aplausos crecientes en número e intensidad.
—Siempre imaginé qué diría si algún día llegaba este momento —Silvia se enjugó la emoción con la mano libre mientras apretaba con la otra el trofeo contra su pecho—, y ahora sé que he de darte las gracias. Gracias por tu empeño en que no aflojara mi voluntad. Gracias por tu exigencia a pesar de que nunca la entendí. Y gracias también… —la voz se le quebró—. Por enseñarme los números en nuestros interminables viajes en metro, me han acompañado toda la vida volcando en ellos mi amistad, mi alegría y mi amor —”el que tú no me diste”, añadió mentalmente—. Gracias. Leer el resto de la entrada »

Pincha en el haiku para llamar a su puerta.

 


Pincha sobre el haiku para encontrar todos sus colores.

 

Viernes, abril 27, 2012

Perdiendo la esencia – Relato

relatos

El metro hizo acto de presencia en la estación de Plaça Catalunya removiendo pelo y ánimos de quienes aguardaban a subirse en él para transportarse a sus inmediatos destinos. Aunque había quienes carecían de destino predefinido, como Salvador, que se mantuvo en su nube incluso cuando el resto se peleaba por adquirir un asiento libre. Salvador hizo un rápido inventario de todas las tarjetas que atesoraba mientras se sostenía aguantando el equilibrio, avanzando posteriormente por el pasillo del tren para observar con atención a cada personaje de la peculiar función cotidiana. Unos estaban ausentes, otros conversaban y unos pocos, inmersos en el pozo de sus propios problemas, se escondían tras el gesto triste de quien no puede poner otra cara. Leer el resto de la entrada »

Pasear de la mano de este haiku es tan sencillo como pinchar sobre él.

 

-Hola!
-Hola… ¿Quién eres?
-No me tienes en tu agenda?
-Pues no. ¿Te conozco?
-Claro.
-Entonces, ¿quién eres?
 

(+34639000012 está escribiendo)

 
-Va, ¿quién eres? ¿Tan largo es tu nombre?
-Sorpresa…
-¿Te has tirado dos minutos escribiendo sólo para poner sorpresa?
-Va, adivina.
-No tengo mucho tiempo para juegos, voy en el metro.
-Creía que te gustaba jugar.
-…
-Parece que ahora eres tú el ke se keda callado.
-¿Lucía? No conozco a muchos que manden mensajes escritos de esa manera.
-Podría ser…
-¿Eres Lucía o no?
 

(+34639000012 está escribiendo)

 
-Otra vez igual… ¿Tanto tienes que escribir?
-Con lo mucho que nos vemos y que no sepas kien soy…
-Lo mucho que nos vemos…
-Claro. Acaso no es así?
-Sólo hay una persona a la que veo más que a mi mujer.
-Y esa persona es…
-¿Qué haces con un número nuevo, Lucía? ¿Para que no te pille tu marido?
-Sorpresa.
-Qué enigmática que estás por Whatsapp, con lo lanzada que eres cuando estamos juntos…
 

(+34639000012 está escribiendo)

 
-¿Estás ahí?
¿Lucía?
Vaya, parece que esta estación no tiene cobertura…
Bueno, si no leo el mensaje que estás escribiendo me lo dices en persona, nos vemos en 5 minutos.
-¿¡Cinco minutos!?
-Claro. ¿No habíamos quedado donde siempre y a la misma hora?
-¿¡Así que quedas con ella a mis espaldas!?
-¿Lucía…?
-Qué Lucía ni qué leches… ¡Soy Marta!
¿Te has quedado mudo?
Engañarme con mi mejor amiga usando Whatsapp… ¡Serás rastrero!
-No… No es lo que parece…
-¿Que no es lo que parece? Más te vale que no vuelvas, hemos terminado.
-Pero…
-Ni me mandes mensajes por Whatsapp.
Vete a la 
 
Este relato participa en el concurso de relatos cortos de TMB.

Miércoles, abril 4, 2012

Cómo casarse en el metro – Relato

relatos

En el vestíbulo de una estación de metro se puede ver casi cualquier cosa, aunque una mujer ataviada con un vestido de novia pasa de ser poco común a totalmente extraordinario. Así que para Marta resultaba natural el despertar todas esas miradas que se quedaban enganchadas en la cola de su vestido como las moscas en un papel pegajoso, ascendiendo por el conjunto de una pieza en gasa y tul de color blanco puro sin detenerse en el escote, un clásico palabra de honor, hasta llegar a la altura de los ojos y descubrir el remate a tan extraño atuendo con un velo cubriendo completamente su rostro. ¿Hacia dónde iría una novia vestida como tal? Los viajeros de la estación de Clot lo tenían claro: se dirigía a su boda en metro. También pensó lo mismo el dueño del quiosco de golosinas, que la observaba extrañado desde su esquina privilegiada mientras Marta descendía por las escaleras del andén central arrastrando la cola del vestido por los escalones, sin preocuparse del tono gris que estaba adquiriendo dicha porción de tela.
Los viajeros bajaron de los vagones del metro recién llegado a la estación sorprendiéndose ante la imagen de aquella novia vestida de boda, ramo de flores incluido, siendo incapaces de abandonar la estación hasta comprobar si subía o no a aquel tren. Pero no lo hizo. Marta se quedó casi sola en el andén central, observando a un hombre del otro lado de la vía que había pasado inadvertido sólo por saltar menos a la vista que ella. Aquel hombre vestía traje azul oscuro con una camisa color rosa pálido que afloraba a la altura del cuello y de los puños, llevando anudada una corbata granate y un clavel blanco sobresaliendo del bolsillo de la chaqueta. Él también miraba a Marta, manteniendo el contacto visual, adornándolo con sonrisas y besos lanzados al aire, hasta que hizo acto de presencia un nuevo metro. Ambos entraron en idéntico vagón encontrándose allí con una tercera persona que casaba completamente con ellos. Y nunca mejor dicho: vestía de cura. Alzacuellos incluido. Leer el resto de la entrada »

Joan ascendió al autobús levantando con pesadez los pies, como si una fuerza invisible se opusiera a su ascenso al transporte público. Y apenas tardó unos instantes en identificar dicha fuerza. Tras introducir el billete en la máquina validadora y avanzar unos pasos por el pasillo vacío de gente, consiguió encontrar el motivo de su apatía: también él se encontraba vacío. Se sentó en un asiento sin nadie a su lado, observando por la ventana cómo el resto de personas se deslizaban acompañadas de sus parejas, amigos e, incluso, familiares, siendo incapaz de no perderse en el laberinto al que le había arrastrado silenciosamente su melancolía. ¿Por qué él estaba solo? Era difícil saberlo, y más aún sentirlo.
Una chica llegó corriendo desde lejos, justo a tiempo para entrar en el autobús antes de que el conductor cerrase las puertas. Se retiró el pelo de los ojos, introdujo la T-10 en la máquina y, justo cuando alzó la mirada para localizar un sitio libre, localizó también a un viejo amigo. Ahí estaba Joan, mirando ensimismado por la ventana de su asiento, tan abstraído como le recordaba de años atrás.
-¡Hola! –exclamó ella acercándose hasta él para tomar asiento justo al lado-. ¡Cuánto tiempo!
Joan la miró asustado, tardando unos segundos en poner los pies en el suelo para darse cuenta de que, justo allí, sentada junto a él, se encontraba una de las pocas amigas a las que él consideraba mucho más que eso. ¿Cuántos años habrían pasado? Leer el resto de la entrada »

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