Jueves, 23 de noviembre de 2006

Aletreando

Relatos de ficción para una vida demasiado real.

Jueves, noviembre 23, 2006

Empareja2 (01) – ¡Tenemos chica nueva en la oficina!

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Apenas hacía cinco horas que se había acostado pero eso no impidió que el despertador sonara puntualmente a las siete de la mañana. Sergio alargó la mano izquierda y lo paró de forma definitiva., levantándose, posteriormente, casi de golpe. Solía dormir casi desnudo, solo con una camiseta y calzoncillos, por lo que se vistió rápidamente para no coger demasiado frío y salió del dormitorio sin haber, ni siquiera, encendido la luz. Y no para evitar despertar a Marta, su pareja, sino por que trataba en todo momento de ahorrar el máximo dinero en electricidad. Motivo de eternas discusiones con su novia. Sobre todo por no poner la calefacción por la noche. Y es que, aunque él dormía prácticamente sin ropa, producía suficiente calor como par no tener frío tapándose exclusivamente con un edredón de plumas. Y Marta tenía que dormir con un grueso pijama de franela y manga larga e incluso, en las noches más frescas, ponerse un jersey interior debajo de él.
Sergio fue al lavabo y se duchó en apenas un par de minutos. Tras secarse se aplicó crema hidratante en la cara y una específica para el contorno de los ojos, después de haber decidido que hoy tampoco se afeitaría. No podía decirse que fuera un imberbe pero casi. Apenas le crecía vello en la barbilla y bajo la nariz. No muy espeso. Siempre se había sentido frustrado al no poder dejarse una perilla frondosa. En el resto de la cara los pelos crecían lentos y en soledad, sin espacios en los que se pudieran agrupar con verdadera presencia. Cogió un pellizco de gomina y moldeó el corto pelo de la parte superior de la cabeza en puntas, formando pequeños y finos montículos. Como si fuera la cama de un Fakir. Dio por terminada su sesión de belleza y se dispuso a salir de casa, no sin antes tomarse un vaso de batido de chocolate recién salido de la nevera. Salió, bajó las dos plantas del edificio en el que vivía por las escaleras, abrió la puerta de la calle y recorrió la corta distancia que le separaba del metro. Miró el reloj justo cuando entraba en el vagón y, con tranquilidad, se apoyó en una de las barras verticales contemplando a la gente. Principalmente a las mujeres. “Joder, que buena está aquella rubia. Lo que daría por meterle mano a esas tetas”, pensó. Y es que para él los viajes en el transporte público eran como los concursos de “Misses”. Juzgaba a todas las mujeres que se cruzaban por delante de sus lascivos ojos y les otorgaba puntuaciones en función de sus atributos sexuales. “Pues yo a ésta le daba un ocho. Por que el culo no me acaba de convencer. Hace falta un equipo de fútbol para poder abarcarlo”. Tenía, a veces, poco respeto por el sexo femenino, fijándose en ellas como puros objetos sexuales. Podía caer incluso en el menosprecio. Aunque, más que nada, solo pretendía aparentar una imagen de masculinidad conservadora. Imagen que casi todos tenían de él. Todos excepto Marta.
Salió del metro, caminó los trescientos metros que separaban la parada del edificio de oficinas donde trabajaba y cogió el ascensor para subir a la cuarta planta. Su empresa había alquilado la mitad de la planta distribuyendo el espacio disponible en un gran rectángulo central y un despacho en una esquina. El rectángulo estaba dividido en pequeños cubículos separados entre sí por láminas de “Pladur” pintadas en color salmón. Más de uno lo había comparado con un aparcamiento de coches. En esta planta la empresa contaba con diez trabajadores, poseedores cada uno de su pequeña celda de oficinista, con una austera mesa, ordenador y un pequeño armario para guardar documentos. En la esquina, a la izquierda según se entraba, estaba situado el despacho del vicepresidente, jefe de toda la sucursal. Era un despacho amplio, con una gran mesa por la que se alborotaban los papeles, un potente ordenador, un sillón en cuero negro de ejecutivo y un armario, que cubría todo un lateral de la estancia, repleto de libros. Un montón de sillas de oficina se amontonaban en el lateral contrario. Dos paredes, de las tres libres, estaban acristaladas, aunque traslúcidas, permitiendo divisar las sombras de la gente que estaba en el pasillo, junto a la máquina de café. Dicho pasillo rodeaba el rectángulo de celdas, siendo el doble de ancho en la entrada.
Nada más abrir la puerta de entrada a la oficina Sergio se encontró con Miguel y Ángel, sus dos mejores compañeros.
-Hola Sergio- dijo Ángel tras darle un sorbo a su vaso de café-. Tienes cara de cansado.
-Seguro que estuviste viendo la tele- dijo Miguel-.
-Pues sí- respondió Sergio mientras sacaba su cartera y hacía ver que buscaba dinero-. No tengo suelto. ¿Me invitáis a un café?
-Serás cabrón. Siempre igual- Ángel sacó una moneda de cincuenta céntimos y la introdujo en la máquina-. ¿Café con leche?
-Sí, por favor
- Toma- Ángel alcanzó a Sergio el vaso con el café humeante-. ¿Visteis a aquella pava que enseñó las tetas al final del programa?
- Como para no verla- Miguel alzó las manos y sostuvo unos pechos imaginarios en el aire-. Tenía un polvo…
-O dos- dijo Sergio. Tragó un sorbo de café-. Si se me pusiera por delante anda que no iba a pegarle una patada a mi novia.
-Pues tu novia también está bastante buena- le dijo Miguel a Sergio-. Si te cansas de ella me la pasas.
-Si tú me traes una tía como la de la tele te la paso.
La puerta de la entrada se abrió cortando de golpe la conversación. Y la persona que entró aún les dejó más en silencio. Era una mujer que no habían visto nunca pero que a los tres les hubiera encantado ver antes. El pelo le caía, rizado, un par de dedos por debajo de los hombros. Era de un color castaño claro, con débiles reflejos pelirrojos. Tenía los ojos también castaños y un rostro joven y ligeramente bronceado. Pero no fue la cara en lo que los tres se fijaron. Sus metro setenta y seis centímetros de altura coronaban un cuerpo escultural que la ropa no escondía. Más bien alentaba. Los vaqueros se ceñían marcando las torneadas formas de las piernas y el trasero. Y una camisa blanca de manga larga, algo ancha, marcaba un escote abundante cuya línea se escondía sugerentemente por debajo del último botón abrochado.
-Hola- saludó cuando pasó por delante de los tres-.
-Hola- respondieron al unísono.
Se quedaron mirando fijamente al trasero hasta que éste, junto con el resto del cuerpo de la chica, entró en el despacho del presidente, cerrando después la puerta.
-Coño- dijo Sergio-. ¿Y ésta quién es?
-Ni puta idea- respondió Miguel-. Debe ser de alguna de las plantas de abajo. Habrá que investigar.
-Joder si habrá que investigar- dijo Sergio mientras rebobinaba una y otra vez en su cabeza aquel contoneo de nalgas -. A ésta me la tengo que ligar yo
La puerta de cristal del despacho del vicepresidente se abrió y éste salió en dirección hacia donde estaban. Al llegar a su altura le dijo a Sergio:
-Señor Aguirre. Venga a mi despacho.
Éste se puso nervioso de repente. No era muy normal que llamase a nadie por lo que aquello que tenía que decirle no podía ser bueno. Siguió a su jefe y entró en el despacho, cerró la puerta tras de sí y se sentó junto a la chica que acababan de ver. Al otro lado de la mesa se sentó su superior.
-Le presento a la señorita Idoia Estrada.
-Encantado- dijo Sergio a Idoia haciendo un esfuerzo por no desviar la mirada hacia su escote-.
-A partir de ahora- continuó hablando el vicepresidente sin apartar la vista de Sergio-, usted se encargará de adiestrarla en el trabajo que realizamos en la oficina. Quiero que le haga un hueco en su mesa y le enseñe cada aspecto del programa, donde está todo el material y los objetivos a alcanzar. Mientras dure la jornada laboral no quiero que se separe de ella.
-Por supuesto- asintió Sergio tratando de disimular al máximo su repentina alegría. “Estaré lo más cerca posible”, pensó.

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