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Escaparate sobre dos tacones (parte 1).

Los coches frenaban ligeramente antes de tomar la curva y enfilaban la subida tratando de recuperar la velocidad perdida con un acelerón. Y, aunque parecía que iban demasiado rápido como para fijarse en los lados de la carretera, todos retenían fugazmente en la memoria la insinuante figura de Nadia. Y muchos se paraban ante la chica. A veces por que la conocían y otras por la curiosidad de encontrarse con ella en un lugar tan aparentemente poco adecuado. Al cabo del día podían contarse con los dedos de ambas manos los hombres que se habían ido con ella. Y multiplicado por tres los que, como mínimo, habían preguntado por el precio de sus servicios.
Nadia era una chica de apenas veinticuatro años cuyos dos últimos los había pasado desgastando los tacones de sus zapatos por diversas carreteras de la provincia de Barcelona. Llevaba ya seis meses trabajando en aquella, una nacional con bastante tráfico rodeada de unas pequeñas montañas casi inhabitadas, y estaba segura de que por fin sería la última. Tenía prácticamente ahorrado el dinero para montar un pequeño negocio en su país de origen, una república ex soviética. Guardaba sus ahorros en una caja de zapatos, escondida bajo su armario ropero. Dicho armario no era propiamente suyo sino que formaba parte de la habitación que tenía alquilada en una pensión, donde pernoctaba. Todos los días, al caer la noche, recorría andando los dos kilómetros que separaban su lugar de trabajo del pueblo más cercano, donde se encontraba dicha pensión. La dueña no había puesto ninguna pega a la hora de alquilarle la estancia, aún sabiendo su profesión, y sus únicas obligaciones eran mantenerla limpia, no subir nunca a ninguna persona ajena y no hacer ruido por la noche. Y Nadia las cumplía todas. Siempre llegaba sola y lo único que le apetecía cuando entraba a la habitación era ducharse, cenar e irse a la cama. Todo un regalo después de un día agotador.
-Hola preciosa. ¿Cuánto por una mamada?- un Ford Fiesta azul se había parado en el arcén, justo delante de donde Nadia estaba y había bajado la ventanilla para dirigirse a ella. Era un chico joven, con el pelo largo, y Llevaba unas gruesas gafas de sol que impedían que se le vieran los ojos-.
Ella se acercó insinuante hasta el coche. Su larga melena rubia se balanceaba con cada paso que daba, imitando los andares de las modelos. No era una mujer especialmente alta pero sí tenía unas largas piernas, perfectamente torneadas y algo musculosas debido a sus constantes paseos por su trozo de carretera. Los tacones de sus zapatos contribuían a aparentar algo más de altura y eran el perfecto colofón a sus extremidades inferiores. No llevaba medias y su negra minifalda, tan pequeña que llamarla mini era quedarse corto, dejaban entrever sus bragas de encaje blanco con cada movimiento de sus muslos. Detuvo sus pasos a medio metro del coche y se inclinó sobre la ventanilla del copiloto dejando ver su abultado escote y parte de la aureola de sus pechos. Solía ponerse sujetadores dos tallas inferiores a la suya y siempre del mismo color que las bragas por lo que éstos, aparte de crear un efecto más voluminoso, no podían esconder por completo tus senos. Y su camiseta, a juego con el resto de su indumentaria, era estrecha y ceñida al cuerpo. De color negro, como la falda, manga corta y con una abertura en pico, llegando casi al ombligo, que dejaba escapar al sujetador, junto con su contenido.
-Hola guapo- dijo en tono lascivo y con un ligero acento extranjero. Sus carnosos labios se abrían más de lo necesario mostrando una lengua juguetona, con la que se relamía constantemente. Sus ojos azules produjeron una mirada insinuante, tratando de hacer ver que desnudaba con ella a su interlocutor. Y parecía que la actuación era creíble porque éste se quitó las gafas y volvió a preguntarle.
-¿Cuánto cobras? Me apetece un buen polvo.
-Si es un buen polvo lo que necesitas has parado en el lugar adecuado- hizo una pausa mientras se colocaba ostensiblemente los pechos-. Por ser tú te dejo la mamada en cuarenta euros. El completo en sesenta.
-¿Cuarenta una mamada?- gritó el chico con aparente indignación-. ¿Qué te piensas que eres? ¿Una puta de lujo?
Y dio un brusco acelerón al coche, estando a punto de atropellar a Nadia, cayendo ésta posteriormente al suelo. Asustada, siguió con la mirada al vehículo, mientras éste giraba y ascendía por la pendiente, hasta que se perdió de vista.

Mañana la segunda parte.


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