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Exceso de velocidad.

El pitido del despertador echó momentáneamente a Juan de los sueños en los que estaba sumido. Lo apagó y se dio la vuelta para aprovechar en la cama los últimos cinco minutos de la noche. Siempre dejaba que el despertador sonara dos veces y, aunque sabía que salía tarde de casa, prefería aprovechar un rato más el calor del lecho. Sobre todo ahora que el frío había desplazado casi por completo al último calor del extraño otoño que estaban viviendo. Volvió a sonar el horrendo pitido. Lo apagó, esta vez definitivamente, y se incorporó hasta sentarse dejando cubiertas sus piernas con el edredón. Encendió la luz y notó como su mujer se movía a su derecha.
-Tranquila- le dijo susurrando-. Todavía no es la hora. Sigue durmiendo.
Se levantó, después de acariciar suavemente la espalda de su mujer, tapó el espacio de cama que había quedado desnudo con el edredón, se vistió tranquilamente, apagó la luz y salió a tientas de la habitación. Entró en el lavabo para asearse y, después de efectuar toda la rutina, salió por el pasillo en dirección al comedor. Pasó por delante de la habitación de su hija de cuatro años y decidió echar un vistazo para ver como estaba durmiendo. La tenue luz que arrojaba la lámpara que solían encender para que Claudia no tuviese miedo por la noche era suficiente para distinguir el cuerpo de la niña. “Está bien tapada. Seguro que no tiene frío. Y puedo oír como respira”, pensó. Continuó avanzando tranquilamente por el pasillo y entró en el comedor. Estaba completamente oscuro así que tuvo que encender las luces y, al hacerlo, su primera mirada la dirigió al reloj de manecillas que tenían colgado en la pared izquierda, justo encima de la mesa. “¡Mierda!”, pensó. “¡Ya son las cinco y media! Como siempre, llego tarde”. Y a partir de ese momento la tranquilidad que llevaba se tornó en un nerviosismo que marcaría la realización de las tareas restantes. Hizo el café a toda prisa derramando parte del contenido de la taza sobre sus manos. “Suerte que no me ha caído en los pantalones”. Se lo tomó de un trago, se puso la chaqueta revisando sus bolsillos para ver si llevaba las llaves del coche y se dispuso a salir de casa. “Espera. Antes tengo que despedirme de Claudia”. Echó marcha atrás y se internó de nuevo en el pasillo, sin hacer ruido y con el corazón bombeándole sangre a 150 pulsaciones por minuto por culpa de la ansiedad. Se introdujo en la habitación de su hija, esta vez con menos tacto, avanzó hacia su cama y se inclinó sobre su cabeza para darle un beso. Ésta se despertó, entreabrió los ojos y le dijo con voz suave:
-Hola papá.
-No te quería despertar- dijo su padre mientras acariciaba amorosamente la cabeza de la niña-. Me voy ya mismo.
-Vale. Nos vemos por la tarde.
-Esta tarde iré a buscarte al colegio- volvió a inclinarse para besar a su hija una última vez y al levantarse se fijó en su mirada. Siempre le habían maravillado esos ojos grises pero hoy tenían una belleza especial. Por una extraña razón se le quedó grabada aquella mirada, aquellos ojos que a duras penas podían mantenerse abiertos, y poco podía pensar que iba a ser la última vez que iba a verlos-. Me marcho. Hasta luego.
-Adiós Papá.
Cerró la puerta despacio y volvió a retomar las prisas. Cruzó el comedor a grandes zancadas, salió de casa y cerró la puerta con un leve portazo sin molestarse en cerrarla con llave. Se metió en el coche, lo arrancó, pulsó el mando a distancia que abría la puerta del jardín y con un brusco acelerón se internó en la carretera. Miró la hora. “Las seis menos cuarto. Ya no llego ni de coña. Tendré que correr un poco”. Y así lo hizo. La aguja del cuentakilómetros fue subiendo a medida que comprobaba el retraso que llevaba. 110. 120. Los neumáticos se agarraban con firmeza a cada curva de la nacional emitiendo unos sonoros chirridos con cada golpe de volante y, aunque Juan temía salirse, mantenía con decisión el pie en el acelerador.
-¡Mierda!- gritó. Un camión se incorporó a la carretera justo delante suyo y tuvo que clavar el freno para no golpearse con él-. ¡Solo faltaba el puto camión!
Redujo la marcha a 80 km/h y esto aún le causaba más ansiedad. A cada momento miraba el reloj. “Las cinco y cuarenta y siete” Para colmo entraron en un pueblo y todavía tuvo que reducir más la velocidad. Avanzaban lentamente por una calle principal completamente vacía de gente y coches con unas pocas farolas encendidas que daban a la avenida un cierto aspecto lúgubre y desolado. Pero él solo tenía la vista fija en el camión que llevaba delante alternándola con miradas fugaces al reloj de su muñeca. “¡Joder! ¡Las cinco y cuarenta y ocho!”. Pasó la última curva del pueblo, una rotonda, luego otra el doble de grande y se incorporó a la autovía. El camión aceleró lentamente mientras bajaba por el carril de incorporación, encendió el intermitente izquierdo y comenzó a meterse en el carril derecho de la autovía. Juan no aguantó más. “Puto camión. Son las cinco y cuarenta y nueve y voy a llega como mínimo un cuarto de hora tarde”. Golpeó la palanca de la intermitencia hacia abajo, le arreó un tremendo pisotón al pedal de aceleración y dio un volantazo hacia la izquierda. El coche pasó a apenas medio metro de la parte trasera del camión y chirriando ruedas lo adelantó vertiginosamente. En apenas seis segundos había aumentado la velocidad a 120 en una carretera cuyo límite era de 80. Y es que, al contrario de lo que opinaba la mayoría de la gente que usaba habitualmente la autovía, no por el hecho de tener dos carriles por cada sentido era seguro superar el límite de velocidad. La pendiente no era muy grande pero si había un par de curvas bastante peligrosas y algo impredecibles, incluso para los experimentados. Adelantó a un coche justo antes de llegar al primero de los dos túneles. La luz le cegó por un segundo pero no por ello redujo la marcha. Salió del primero, dejando atrás al coche que estaba adelantando, se situó en el carril derecho y se adentró en el segundo túnel. Éste aún se le hizo más corto. Y no solo por que fuera de menor longitud, sino por que había acelerado hasta 150 km/h. Las luces de las paredes pasaban como una línea continua luminosa y también le cegaron. Pero ya daba igual. No solo las luces le cegaban. También el tiempo. Miró por última vez el reloj en su vida y le horrorizó comprobar que eran y cincuenta. “No llego. No llego”. La primera de las curvas peligrosas se le vino encima casi de improviso. Se agarró con fuerza al volante y lo giró hacia la derecha. El coche cogió la curva con dificultad desplazándose hacia la línea de separación de los carriles y, cuando ya prácticamente la había superado, se encontró de sopetón con otro camión que circulaba la mitad de deprisa. El susto de Juan fue mayúsculo. Clavó el pie en el freno con toda la fuerza que era capaz de imprimir a sus piernas y giró todo lo que pudo el volante hacia la izquierda. El coche culeó en el sentido contrario y amenazó con descontrolarse. Todo iba a cámara lenta y a Juan le dio la impresión de estar viviendo una escena de película de acción. El muro que separaba los carriles de la autovía se le venía encima e intentó evitarlo girando el volante en sentido contrario. Soltó el freno para intentar reconducir la dirección del vehículo, pero éste no respondía a sus maniobras. Se enderezó mínimamente pero aún así fue imposible evitar el muro. El impacto fue terrible. El parachoques saltó en mil pedazos con un ruido seco de metal y plástico quedando escampado por toda la cazada El morro del coche quedó reducido a un tercio del tamaño plegándose sobre si mismo para formar una especie de acordeón. Todos los cristales se hicieron añicos y, como una peonza, el vehículo dio tres giros en sentido derecho quedando, echando humo, diagonalmente cruzado en medio de la calzada. A Juan poco le importaban ya los golpes que había recibido, las piernas que tenía aprisionadas por la compresión de la parte delantera del coche, los brazos fracturados o la sangre que resbalaba por su cara procedente de la brecha que se había abierto en su cabeza. El dolor corporal ya no existía. “Creo que no podré ir a buscarte al colegio, hija”. Y lo último que alcanzó a ver fueron sus ojos grises.


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