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Amor de familia (parte 1).

-¿Qué has estado haciendo esta tarde? –preguntó mi padre mientras taladraba mi mirada con sus ojos.
-Lo normal –contesté fijando la vista en el plato de sopa, ya casi vacío. El corazón empezó a palpitarme dentro del pecho como si quisiera salir de su reducto. Y la respiración se me aceleró considerablemente. Noté como una gota de sudor resbalaba lentamente desde la nuca hasta el coxis guiada por la línea que marca la columna. Continué improvisando y midiendo palabra a palabra mi mentira -. He estado con Juan y Sergio jugando al fútbol en la plaza toda la tarde hasta la hora en la que he subido a casa.
Mi padre, en un extremo de la mesa, continuaba mirándome fijamente. Ya había acabado la sopa y estaba a punto de empezar el segundo plato, un discreto filete con patatas. No había querido cambiarse y todavía conservaba puesta la ropa de trabajo: un uniforme de la Guardia Civil. Hacía pocas semanas que lo había estrenado por lo que presentaba un buen estado de conservación. Llevaba la camisa también verde aunque de un tono más claro, por fuera de los pantalones, como si este gesto fuera la única concesión que se había permitido por estar en el hogar, fuera de la rigidez estética del servicio. Colgando del cinturón conservaba todavía la pistola, que pendía en el vacío por su costado derecho. Ésta todavía me causaba impresión por más que estuviera acostumbrado a verla. Siempre había sido incapaz de comprender por que la llevaba muchas veces encima aún estando dentro de casa. Tras un corto espacio de tiempo volvió a hablar, esta vez con un tono más amenazante.
-¿De verdad has estado jugando al fútbol? ¿Con Juan y Sergio? No me han dicho lo mismo.
Esta vez no me atreví a contestar. Sabía que dijera lo que dijese iba a volverse en contra mía así que decidí aguardar unos segundos tratando de encontrar una respuesta lo suficientemente creíble y sensata. Miré a mi madre en busca de apoyo pero ésta continuaba cenando de una manera automática, como si fuera totalmente ajena a la familia. Se sentaba en el extremo de la mesa opuesto al de mi padre por lo que tenía que mirar a mi derecha para poder observarla. Tenía la vista fija en el plato de sopa con una expresión que evidenciaba el tremendo cansancio que le había producido el riguroso estado de limpieza en el que se encontraba toda la casa. Tenía el pelo castaño recogido por una pequeña pinza impidiendo que los cabellos se le agolparan en la cara, evitando la molestia de tener que apartarlos cada vez que se introducía la cuchara en la boca. Apenas se alargaba más allá de los hombros y, aunque se notaba claramente limpio, éste presentaba un aspecto un tanto descuidado fruto de las escasas visitas a la peluquería. Las ojeras eran marcadas y, aunque destacaban negativamente en el rostro, junto con las pequeñas arrugas que se le formaban en la frente y en los pómulos cada vez que abría la boca para introducirse un bocado, éste aún conservaba la belleza con la que había presumido cuando era joven. Y de eso tampoco hacía tanto tiempo. Daba la impresión de que los últimos doce años le hubieran acumulado más vejez que los veinticuatro restantes de su vida. A mi memoria vinieron las imágenes de las fotos de la boda de mis padres donde se les veía sonrientes y felices posando en situaciones donde se demostraban claramente el amor que en ese momento se proferían. Abrazos, besos, miradas cómplices entre ambos rodeados de familiares que apenas conocía. Actitudes que hacía tiempo no había vuelto a ver. Volví a mirar a mi padre. Mantenía sus ojos azules mirándome fijamente pero esta vez su mirada era de claro enfado. Sus anchas cejas formaban una especie de montaña invertida cuyo pico quedaba claramente marcado encima de la nariz sin haber apenas espacio despoblado en el entrecejo.
-¿Vas a contestarme o tengo que sacarte las palabras a ostias?
-Ya te he dicho que he estado toda la tarde jugando al fútbol con…
-¡NO ME MIENTAS!- gritó mi padre mientras golpeaba violentamente la mesa con las palmas de las manos. Mi vaso, que estaba medio lleno de agua, volcó por el golpe vertiéndose parte del contenido en mis pantalones después de correr por la mesa. Todo el resto de la vajilla se mantuvo intacta-. El padre de Sergio me ha dicho que él ha estado toda la tarde castigado en casa.
-Estuve con un Sergio que tú no conoces. Es… Un compañero de clase –los nervios hacían que perdiese parte de mi capacidad de improvisación y que temiera el caer en alguna contradicción que pudiese delatarme. Pero, ante todo, estaba decidido a no darme por vencido y a continuar, aún a sabiendas de las consecuencias que seguro iba a acarrearme esa decisión-. Quedé esta mañana con él al salir de clase. Quería presentarle a mis amigos del bloque.
-Me estás mintiendo. Lo veo en tus ojos. Y ya sabes que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo –hizo una breve pausa-. Ven aquí.
Me indicó, mediante gestos, con su mano derecha, que me levantara y acercase hasta donde él se encontraba. Vacilé. Todavía recordaba la última vez que me había hecho ese gesto y yo había obedecido. Hacía apenas un mes de aquello y estuve más de una semana sin poder sentarme por el intenso dolor del trasero. La marca de su mano me dejó un tremendo morado en mis nalgas que aún podía atisbar cuando me miraba al espejo. Y aquella vez lo único que hice fue faltar un par de horas a clase, ni punto de comparación con lo que había hecho hoy. Desde luego no estaba muy orgulloso de mis actos pero tampoco pensaba que tuviera que ser objeto de un castigo físico. Pregunté:
-¿Para que quieres que me levante?
-Tú solo ven aquí –contestó secamente-.
Tenía una mirada cargada de rabia y sus manos trataban de contenerla asiendo con firmeza el borde de la mesa. Al ver que no me levantaba hizo el gesto de levantarse él. La situación se agravaba por momentos así que decidí no complicarla más. Aparté el plato hacia el centro de la mesa, me sequé con la servilleta la comisura de los labios y me levanté, dejándola junto al plato. Mi padre volvió a aposentarse en la silla esperando a que me acercara. Apenas nos separaba un metro pero decidí alargar el momento y moverme con tranquilidad. Un pequeño paso, dos y con el tercero me situé a su derecha. Al estar yo de pie y él sentado tenía que mirar hacia abajo par poder verle aunque tampoco demasiado porque con su metro noventa centímetros de altura me llegaba su cabeza prácticamente a la barbilla. Y eso que yo tampoco era muy bajo. Tragué saliva y vacié mi mente para dedicarla en exclusiva a la elaboración de mi mentira. Aguardé la reprimenda.-Te vuelvo a repetir, y por última vez, la pregunta. ¿Dónde has estado esta tarde –su voz parecía serena, aunque era el único síntoma de tranquilidad. En sus ojos se percibían las llamas de la rabia que luchaban por apoderarse de sus actos. Su cuerpo estaba en tensión y sus manos, con los puños cerrados, daban ligeros golpecitos en la mesa. Por primera vez en mi vida sentí miedo de mi progenitor. Estaba paralizado y, al ver que no le contestaba, se levantó violentamente. Echó con tanta fuerza la silla hacia atrás con sus piernas que ésta cayó, de espaldas sobre el suelo, desplazándose a casi un metro de la mesa. El ruido fue ensordecedor, pero bastante menor que el volumen de sus gritos-. ¿¡ME VAS A DECIR DONDE COÑO HAS ESTADO ESTA TARDE O PREFIERES QUE TE ROMPA LA CARA!?

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