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Amor de familia (parte 2)

Levantó la palma de su mano derecha y la mantuvo en el aire a apenas treinta centímetros de mi cara.
-¡Ya te lo he dicho!- grité sollozando-. Estuve jugando al fútbol.
-¡No me mientas!
-Te digo la verdad. Estuve con mi compañero de clase…
-¡QUE TE HE DICHO QUE NO ME MIENTAS!
Echó hacia atrás la mano para coger impulso con el que arrearme una bofetada. Agaché la cabeza y clavé la mirada en mis pies esperando el impacto. Pero no se produjo. Mis lágrimas salpicaban las zapatillas formando unos pequeños regueros al mezclarse con el barro que acumulaba el calzado. Tras unos segundos, que a mi me parecieron horas, de aguardar el golpe sin producirse alcé la vista para saber el porqué no lo había recibido. Y la escena me pareció aún más dolorosa que cien bofetadas. Mi madre se había levantado de la mesa y, situada tras mi padre, le sujetaba con firmeza el brazo derecho con tanta fuerza que no solo impedía que pudiera mover la extremidad, sino que, además, le obligaba a arquear su espalda, con lo que acentuaba su inmovilidad.
-¿Cómo te atreves a sujetarme el brazo?- preguntó furioso-. Suéltame si no quieres recibir también tu parte.
-¡No pienso dejar que pegues a mi hijo!- dijo mi madre rotundamente. Nunca había visto esa mirada de rabia en sus ojos. Por su expresión se notaba que aplicaba toda la ira y fuerza de la que disponía para proyectarla sobre su miembro-. Deja que se vaya.
-¡Suéltame el brazo, hija de puta!- grito mi padre mientras trataba de recuperar el dominio de la situación.
-¡No te voy a soltar, cabrón! ¡Ya estoy harta de que nos trates como basura! ¡Te vamos a abandonar y te vas a quedar solo el resto de tu puta vi…!
No pudo acabar la frase. Mi padre, con una explosión de cólera, contrajo el brazo uniendo toda la fuerza que tenía en un mismo movimiento y, apoyado por el impulso de la espalda, levantó a mi madre por el aire, como si le hubiese hecho una especie de llave de judo, haciendo que volara por encima de su cabeza y aterrizase sobre su costado derecho, emitiendo un sonoro quejido que ocultó el del propio golpe. Y allí estuvo, al menos un minuto, con su mano derecha agarrando el brazo de mi padre mientras que éste, inclinado sobre ella, permanecía paralizado. Daba la sensación de que no acababa de creerse lo que había hecho. Ni yo tampoco. Sin esperarlo, había contemplado una pelea entre las dos personas que me habían traído a este mundo y, además, por mi culpa. No pude sentirme peor. La culpa y la vergüenza se unieron al dolor y, sobre todo, al odio hacia mi padre, que iba superponiéndose rápidamente al resto de los sentimientos. No podía creer lo que estaba haciendo a quién más quería. A la mujer que prometió cuidar y respetar hasta el fin de los días.
-¿Te crees muy valiente?- preguntó mi madre mientras, con suma dificultad, trataba de incorporarse. Las lágrimas resbalaban por su cara y parecía que le quemasen. De pura rabia, no de tristeza. Había soltado el brazo de mi padre pero éste, impávido, aún conservaba su postura-. Pegarle a tu mujer delante de tu hijo- logró levantarse y, visiblemente dolorida, le observaba desde arriba-. Valiente cabrón que paga con su familia las frustraciones de su trabajo- éste reaccionó a las palabras y se irguió, amenazándola con la mirada. La cólera había retornado a su rostro y ahora era él quién tenía la superioridad de la altura-. ¿Que vas a hacer ahora? ¿Pegarme otra vez? ¿Vas a demostrarle a tu hijo lo valiente que eres, pegando a su madre?
-¡Cállate!
-¿Qué me calle? Bastante he callado ya. Estoy harte de ti y de tus ausencias. ¿Crees que con pegarle a tu hijo cuando hace alguna travesura te conviertes en su padre? ¿Crees que puedes estar siempre fuera de casa y demostrar con la fuerza una autoridad que ya hace mucho tiempo que no tienes?
-¡QUE TE CALLES!
-No me voy a callar. Ni ahora ni ante la policía. Nos vamos a ir y no pararemos hasta que te hundamos en la mi…
Una tremenda bofetada calló a mi madre repentinamente y devolvió su magullado cuerpo de nuevo al suelo. Pero esta vez no permaneció inmóvil tanto tiempo como con la primera caída. En apenas unos segundos ya estaba en pie y, tomando carrerilla, trató de embestir a mi padre. Pero éste, sujetándola por los hombros, detuvo su carrera y, empujándola, volvió a tirarla al suelo. Después, abalanzándose sobre ella, la agarró por la cabeza y la levantó hasta situar sus ojos a la misma altura de los de él.
-Ahora ya no dices nada, ¿verdad?
-¡Vete a tu cuarto!- dijo mi madre mientras buscaba con desesperación mi mirada. Apenas podía mover el cuello-. ¡Vete!
Era incapaz de moverme del sitio. La escena me tenía tan aterrorizado que las piernas se negaban a obedecer las órdenes de mi cerebro.
-¿No quieres que tu hijo vea como nos peleamos? Lo has estado buscando. Y mejor será que aprenda de su madre la lección.
-¡VETE A TU CUARTO!
El grito despertó a mis piernas de su parálisis. Eché a correr, cruzando el comedor, y entré en mi habitación, después de atravesar todo el pasillo. Cerré la puerta violentamente y, sin ni siquiera encender la luz, me eché al suelo y me introduje reptando bajo mi cama. La respiración impedía que pudiese escuchar la discusión. También embotaba mis pensamientos.
“¿Qué es lo que va a pasar ahora”, pensé. “¿Tendría que llamar a los vecinos? Lo raro es que no hayan venido ya. Con el volumen de los gritos es extraño que nadie lo oiga”.

-¿¡Te atreves a decir que no soy buen padre!?
-¡Eres un mierda!
-¿Qué dices? ¿Mierda? No dices lo mismo cuando traigo el dinero a casa.
-¿Eso es lo único que vale para ti? ¿El puto dinero? Hace tiempo que eso es lo único que traes a esta familia.

Hacía muchos años que notaba como mis padres ya no se querían de la misma manera. Apenas hablaban mientras comíamos. Y eso era prácticamente lo único que hacíamos juntos. Alguna vez salíamos de casa, pero siempre para comprar. Y como si no nos conociéramos. Mi padre casi no estaba en casa. El trabajo absorbía su tiempo y, el poco libre que le quedaba, prefería pasarlo con sus compañeros en el bar, lejos de nosotros. Siempre que llegaba a casa parecía triste, como si estuviera encerrado en una cárcel de la que se pudiera escapar solo cuando iba al trabajo. Y ese era el mejor momento para mi madre. Cuando él no estaba. Aunque lo único que pudiese hacer fueran las tareas domésticas le alegraba enormemente el hacerlas, ya que así siempre sabía que, al menos, no tenía que soportarle.

-¿Qué por que le iba a pegar? ¿No sabes lo que ha hecho?
-¿Crees que por mucho que haya hecho merece que le pegues?
-¿Me vas a dar lecciones de cómo educar a mi hijo?
-¿Educar? Nunca has sabido lo que es eso. Solo sabes pegarle cuando ha hecho algo malo.

Sí que Había hecho algo malo. Todo empezó con una apuesta y cuando me quise dar cuenta ya se me había escapado de las manos. “¿Por qué tendré que ser siempre tan tonto? No tengo por que seguirle la corriente al gilipollas de Sergio. Casi nos quemamos. Sabía que todo aquel montón de pintura iba a arder de esa manera. Y tuvimos suerte. Si se llega a desviar un poco más el fuego quemamos toda garita”. El susto fue mayúsculo cuando vimos que aquello se expandía sin control. Saltamos la valla y echamos a correr como descosidos, cruzando el riachuelo sin detenernos en mirar la situación de las piedras. Cuando lo cruzamos, a una distancia prudencial del recinto, nos detuvimos a echar la vista atrás. A lo lejos se oían las sirenas de los bomberos y la policía, señal de que todo estaba alcanzando unas proporciones que en ningún momento presumimos. Nos pusimos de nuevo a correr y lo último que alcancé a ver fue el vivo resplandor del fuego en mitad de la noche cerrada.

-¿Qué vas a hacer?
-Lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo.
-¡Aparta eso de mi! ¡Apártala!
-¿Ya no te sientes tan chula?
-¡No me apuntes! ¡Cabrón! ¡No me apun…!
El sonido de un disparo cortó en seco los gritos angustiados de mi madre. El corazón me dio un vuelco tan grande que pensé que por un momento me había dado un infarto. Agudicé el oído pero no escuché nada más. Silencio. Los pensamientos luchaban por asaltar mi mente, pero ésta solo estaba ocupada en percibir algún sonido. Pero no se escuchaba nada. El tiempo pasaba pero yo no lo percibía. Estaba suspendido en un espacio atemporal. Ningún sentido notaba nada. Todo era una total ausencia de estímulos. Y, cuando estaba a punto de salir de mi escondite un segundo disparo remató de muerte a aquel silencio.

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