Sábado, 2 de diciembre de 2006

Aletreando

Relatos de ficción para una vida demasiado real.

Sábado, diciembre 2, 2006

Empareja2 (02) – Sueños y despedidas.

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Marta se cansó de estar en la cama. Había estado dando vueltas desde que se levantó Sergio sin poder alcanzar de nuevo el sueño, hacía ya más de una hora. Se sentó sobre el borde del colchón y cogió el despertador para desconectar la alarma. “Son todavía las ocho y media”, pensó. El cerebro le discurría lentamente a causa del cansancio. “Mierda de noche. Ese puto sueño no me ha dejado descansar como me gustaría. Si no fuera por que necesitamos el dinero no iba a trabajar”. Dejó el despertador de nuevo en la mesita y se levantó para ir al cuarto de baño. Intentó recordar lo que había soñado pero no alcanzaba a hacerse una idea con los pocos retazos que había conseguido recuperar. Se bajó los pantalones y se sentó en la taza, para orinar, mientras seguía dándole vueltas. “Se que salía Sergio. Y le pillaba en el trabajo haciendo algo. Pero que era”. Cuanto más se estrujaba el cerebro menos resultados obtenía, bloqueándose completamente la memoria. Se levantó, tras secarse, se ajustó los pantalones, tiró de la cadena y se dio un par de ligeros golpes en la cabeza con la palma de las manos. “Nada. Que no hay manera. Lo dejaré para más tarde, a ver si acaba saliendo”. Fue hasta el dormitorio, se quitó el pijama y lo cambió rápidamente por la ropa de calle: vaqueros negros, camiseta interior, jersey grueso de lana en color gris claro y zapatillas de deporte del mismo color que los pantalones. El frío de la casa le obligó a colocarse encima del jersey una chaqueta de deporte que solía ponerse para estar por casa. “Maldito cabrón. Si no fuera por que tiene algo de razón anda que no íbamos a poner la calefacción por las noches. Como él no tiene frío a los demás que nos jodan”. Salió del dormitorio y volvió al lavabo, esta vez para arreglarse. Se situó ante el espejo, se lavó la cara con jabón exfoliante, se secó, cogió el cepillo y se dispuso a peinar su cabello. No lo tenía muy largo, prácticamente al mismo nivel que los hombros, por lo que no tuvo que hacer mucho esfuerzo para cepillarlo. “Tengo que pensar en teñirlo. Ya casi no se notan las mechas”. Había decidido cambiar el color castaño original por uno pelirrojo. Pero prefirió probar primero las mechas, para comprobar el color. Dejó el cepillo y cogió la crema de contorno de ojos para aplicarse una pequeña cantidad en las ojeras. Éstas no eran muy marcadas, pero enturbiaban ligeramente la mirada de sus ojos grises. Cogió el frasco de crema facial, habiendo dejado primero el del contorno de los ojos, y se aplicó una delgada capa por todo el cutis. Tenía la piel muy blanca y fina, a pesar de ir a sesiones de rayos uva todas las semanas, y estuvo a punto de aplicarse crema autobronceadora. Pero lo desestimó. “Total. Para que quiero estar morena. ¿Para servir bocadillos?”. Dejó la crema junto al resto de utensilios de belleza y salió del cuarto de baño. Como tenía tiempo de sobra prefirió prepararse un desayuno algo más nutritivo y completo de lo habitual. Se sirvió un tazón de leche con cereales, un yogur y un zumo de naranja de bote, dando cuenta por completo de todo ello.
Marta no había tenido nunca problemas de peso. Siempre había conservado intacta su estilizada figura. Con su metro setenta y dos centímetros de estatura y sus sesenta kilos de peso todos la consideraban extraordinariamente bien plantada, con una figura que igualaba todos los cánones actuales de belleza. Y sus amigos se extrañaban de que ella no mostrase más su cuerpo, no insinuara sus curvas vistiendo de manera provocativa. No le gustaba llevar ropa que no cubriese prácticamente por completo su cuerpo. Ni se ponía camisetas con escotes pronunciados (casi podría decirse que para ella no existían los escotes) ni faldas que subieran por encima de las rodillas. Y, aunque pareciese extraño, carecía de una moral religiosa o conservadora. Se sentía plenamente liberal. Sencillamente no se encontraba a gusto con su cuerpo y prefería no enseñarlo.
Miró el reloj del comedor y pensó en marchar al trabajo. Pero, como todavía quedaba más de media hora, decidió ir andando. Dejó la chaqueta encima de la cama, cogió el abrigo de detrás de la puerta del dormitorio y salió de casa, cerrando la puerta con llave. Al llegar a la calle echó a caminar con un ritmo ligero pero sin prisas. No tenía ningunas ganas de llegar temprano al trabajo. “Un día de éstos mando el curro a la mierda”, pensaba mientras caminaba por una avenida repleta de gente. “Estoy hasta el coño de servir bocadillos. Yo creo que merezco algo mejor. Para algo he estudiado arte dramático. Si no nos hiciera falta el dinero para pagar la hipoteca del piso no estaría en ese trabajo de mierda. Cualquier día le estampo un bocadillo a la gilipollas de la encargada y me largo de allí”. Y es que ya estaba cansada de su empleo y de su jefa. Se pasaba nueve horas de media diarias en el mostrador de un restaurante de comida rápida. Su vocación no era esa, pero la obligación de afrontar los gastos domésticos le exigía la permanencia en ese puesto de trabajo. Y más de una vez se había jugado ese puesto. No era una persona que supiera controlar sus impulsos cuando los nervios y la rabia se apoderaban de ella, pero de momento había conseguido aguantarse los ataques de ira ante algún que otro cliente maleducado. “Pero un día la mala leche podrá más que yo”, pensó mientras entraba por la puerta del restaurante. El salón estaba ligeramente vacío y, aparte de la gente que estaba esperando formando una cola ante el mostrador, solo habían otras seis personas en las mesas tomando café. Todo estaba perfectamente limpio, señal de que hacía poco que habían abierto.
-Hola Silvia- saludó a la chica que estaba tras el mostrador, recogiendo y sirviendo pedidos, mientras abría la puerta que daba acceso a la zona reservada únicamente a los empleados-.
-Hola- respondió ésta sin mucho entusiasmo y sin apartar la mirada de la caja registradora. Ninguno de los empleados se llevaba demasiado bien con Marta y tampoco se esforzaban en disimularlo-.
Entró en el vestuario y cerró la puerta tras de sí. Era una diminuta habitación de apenas ocho metros cuadrados que estaba destinada a diversos usos. Se utilizaba como cambiador mixto, con varias taquillas donde los diferentes turnos laborales guardaban su ropa de trabajo y también la de calle. Un banco central, de apenas un metro, les ayudaba en la tarea de cambiarse. También servía como sala de reuniones y como despacho de la encargada, gracias a una diminuta mesa en la que se apoyaban una estantería repleta de archivadores y un ordenador, cuya pantalla ocupaba prácticamente toda la superficie de la mesa. La silla quedaba recogida por debajo, ahorrando espacio. A la izquierda, según se entraba, había otra puerta, que comunicaba con la cocina.
-Hola- saludó Marta de nuevo, esta vez a la encargada. Ésta estaba de pie, ojeando unos papeles. Levantó la vista y, al ver que era ella, volvió a lo que estaba leyendo.
-Hola- dijo fríamente-. Hoy te toca estar en caja. Así que cuando termines de cambiarte relevas a Silvia- dejó los papeles encima de la mesa y, sin dirigir la mirada a Marta, salió por la puerta de la cocina.
Ésta corrió los pestillos de las puertas, se sentó en el banco y comenzó a desvestirse. “Mierda. Otra vez de mostrador. No estoy con muchas ganas de hablar con la gente”, pensaba mientras sacaba la ropa de trabajo de su taquilla y la reemplazaba por la que llevaba puesta. Terminó de cambiarse, miró el reloj y se levantó del banco. Cogió una gorra amarilla de su taquilla, con el logotipo del restaurante, se la colocó en la cabeza procurando no despeinarse demasiado y liberó las puertas, saliendo posteriormente por la de la cocina. Allí estaba María, sacando las barras de pan recién hechas del horno, y también Silvia, vigilando las freidoras. Cruzó la estancia, pasando junto a ellas, y, sin dirigirles la palabra, salió al mostrador. Había solo seis mujeres tras la vitrina. La encargada se ocupaba de servirles. Se acercó a ella, se colocó ante la caja libre y se dispuso a recoger los pedidos.
-¿Quién es la siguiente?- dijo en voz alta. Una mujer mayor se acercó hasta su puesto-. ¿Qué quería?
-Ponme un bocadillo de jamón- dijo la mujer, con un tono algo sulfurado-. Con patatas y agua mineral. Y a ver si te das prisa, que llevo un buen rato esperando.
-Si señora- dijo Marta, tratando de aguantarse el comentario que se le había pasado por la cabeza. “¿Y a mi que coño me importa que hayas estado esperando?”, pensó mientras iba a buscar el agua a la nevera. “Eso díselo a la guarra de mi jefa”. Depositó la botella en una bandeja, junto con el bocadillo y las patatas, y la levantó, posándola posteriormente sobre la vitrina, ante la mujer-. Aquí tiene. Son seis euros.
-Toma- dijo la mujer mientras le alcanzaba la cantidad justa-. Te iba a dejar propina pero después de haberme hecho esperar creo que no la mereces.
Marta se subía por las paredes. No había podido comenzar peor la jornada de trabajo. “Tranquila”, se decía mentalmente tratando de calmarse. Cogió el dinero, abrió la caja registradora y lo guardó dentro. “Será capulla. ¿No tiene nada mejor que hacer que molestar a los que trabajamos?”.
-¿Que desea?- preguntó cortésmente a la siguiente de la fila mientras seguía con la mirada a la primera mujer. Vio como ésta se sentaba en una mesa próxima al mostrador, retiraba el bocadillo de su papel protector y se lo llevaba a la boca. “Ojalá te indigestes”, pensó-. ¿El refresco lo quiere con hielo?- preguntó a la que estaba sirviendo.
-Sí, por favor- contestó ésta.
Fue hasta la máquina de bebidas, cogió un vaso y recogió con él unos pocos hielos. “Ya me ha puesto de mala lecha la cabrona esa”, pensaba mientras rellenaba el vaso. De repente recordó lo que había soñado por la noche. “¡Ostia! ¡Es verdad! Soñé con Sergio y… Estaba en su oficina. Con alguien que no conocía. Era una mujer”. Depositó la bebida en una bandeja y fue a buscar el bocadillo. “Entonces entré por la puerta y… ¡Les cogí besándose!”. Una oleada de cólera se apoderó de su cuerpo, reemplazando al enfado que le había provocado la mujer. Aunque sabía que eran imaginaciones suyas, no pudo evitar interpretar el sueño y asociarlo a la realidad. “Seguro que por eso vuelve tan contento del trabajo. Lleva unos días demasiado alegre”.
-Seis con veinte por favor- dijo con dificultad, mientras trataba de apartar los malos pensamientos de la cabeza. “¿Por qué soy tan ingenua? ¿Haciendo caso de un sueño?”. Abrió la caja, recogió el billete de diez euros que le tendía y sacó de ella el cambio, dándoselo posteriormente-. Muchas gracias por su visita.
Logró apartar las elucubraciones de la cabeza pero no la rabia que le habían provocado. Y, antes de servir a la siguiente, vio como la primera a la que había servido saltaba todos los turnos y se colocaba delante de la fila. Llevaba el bocadillo en la mano.
-¿Tú crees que esto es un bocadillo?- gritó.
-¿Perdone?- respondió Marta, sin saber que decir.
-¿Así es como hacéis los bocadillos? El pan está casi duro.
-Estaba recién hecho.
-¿Recién hecho?- dijo irónicamente la mujer mientras estrellaba el bocadillo sobre el mostrador-. ¿Crees que esto se puede comer?
Marta dejó de escuchar. La cólera se había apoderado por completo de ella. Dio la espalda a la mujer, cogió el vaso más grande de los que servían y lo llenó de coca-cola. Lo recogió, volvió sobre sus pasos y lo vació completamente sobre la cabeza de la sorprendida mujer. Ésta se quedó estupefacta. El refresco caló por completo su cabello, destrozando su permanente, y le cayó por todo el cuerpo, empapando su blusa y parte de su falda. No contenta con esto agarró el bocadillo, separó las dos caras del pan y las restregó por su cara. Las lonchas de jamón se precipitaron al suelo.
-¿Ve como no estaba tan duro?- comentó mientras frotaba-. ¿A que está más blando de lo que parecía?
Notó unos golpecitos en la espalda. Dejó caer el pan, se giró y vio que su encargada estaba detrás, con gesto rabioso.
-Ven al despacho.

—————————–

Sergio introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Extrañado, vio que las luces del salón estaban encendidas. “Que raro”, pensó. “Marta no debería estar. Quizá se las dejase encendidas”. Cerró la puerta y se apresuró a investigar. Cruzó el salón, entró en el dormitorio y se encontró con su novia completamente desnuda, y echada sobre la cama.
-¿Qué haces aquí?- preguntó sorprendido.
-Calla y ven a celebrarlo- Marta se había incorporado y, con gesto insinuante, le indicaba que se acercara.
-¿Celebrarlo? ¿El que?
-Me han despedido- contestó sonriendo.

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