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Empareja2 (03) – Una mancha incómoda.

Miguel dio un sorbo a su café con leche antes de hacer la pregunta a Sergio. La hizo sin apenas pensarlo. Sin calibrar el impacto que produciría en él.
-¿Marta ya ha encontrado trabajo?
A Sergio se le revolvieron las tripas. Había conseguido dejar de pensar en ella y en las consecuencias que tendría el cese de su novia. Desde que la encontró desnuda en la cama cuando volvía del trabajo, hacía más de una semana, no había parado de calcular el coste económico del suceso. “Tranquilo”, le decía. “Tengo seis meses de paro y antes de que deje de cobrarlo habré vuelto a trabajar”. Pero eso no le tranquilizaba. Su mente giraba constantemente en torno al dinero. E incluso tenía pesadillas con él. Era una persona tan tremendamente calculadora que la incertidumbre monetaria hacía tambalear sus cimientos, amenazando el equilibrio que, según él, había conseguido en su vida.
-No, empezaba hoy a buscar- contestó algo malhumorado-. Esta mañana va a una entrevista de trabajo. Sobre las nueve creo- hizo una pausa mientras bebía de su vaso de café-. Estaba cansada y se ha tomado una semana de vacaciones.
-¿Vacaciones?- preguntó sarcásticamente Ángel- ¿Se queda sin trabajo y se toma una semana de vacaciones?
-Pues sí. Me dijo que estaba cansada y que necesitaba un descanso para recuperarse de lo mal que lo había pasado en el trabajo
-¿Lo pasaba mal en el trabajo?- continuó preguntando Ángel, sin variar el tono-. ¡Como si alguien lo pasara bien en el trabajo y no se cansase!
-La misma palabra ya lo deja entrever- apuntó miguel-. Trabajo. No suele ser agradable. Pero si te quedas sin él lo más normal es que busques otro rápidamente. A no ser- continuó hablando mientras miraba a Sergio maliciosamente-, que tengáis tanto dinero que no necesite trabajar.
-¿Dinero?- ironizó Sergio elevando ligeramente la voz- No se como vamos a pagar la hipoteca. Y todos los gastos de la casa. Y justo ahora que ha venido el frío y tenemos calefacción eléctrica.
-Os podéis calentar follando- dijo Ángel.
-¿Te has levantado gracioso esta mañana?- le preguntó Sergio sarcásticamente. En su tono también se apreciaba algo de irritación- ¿Y tú? ¿Te calientas por las tardes haciéndote pajas?
-¿Y soy yo el que se levanta con gracia?
-Dejadlo ya- dijo Miguel tratando de aplacar el enfrentamiento de tus compañeros-. ¿Por qué no cambiamos de tema?- miró el reloj de su muñeca- Ya casi es la hora. Lo mejor será empezar a trabajar.
La puerta de la entrada se abrió, dejando pasar a Idoia, y ésta, tras cerrar cuidadosamente, avanzó hacia donde los tres se encontraban y se detuvo junto a ellos, extrañada de que se hubiesen callado de golpe.
-¿Habéis dejado de hablar?- preguntó mirando inquisitivamente a cada uno-. ¿Estabais hablando de mi? Al salir del ascenso os escuché, pero no podía distinguir lo que decíais.
-No estábamos hablando de ti- dijo Sergio defendiéndose- Comentábamos lo que echaron ayer por la tele- mintió deliberadamente para no tener que hablar de su novia ante ella-. ¿Viste el programa?
-No. No me gusta la tele. Prefiero alquilar una película o leer algún libro.
-Pues ayer te perdiste uno muy bueno- dijo Ángel, colaborando activamente en la mentira-. Salía un tío contando chistes y…
-No me interesa la televisión- dijo Idoia secamente sin dejar que terminase la frase-. Voy a sentarme- comentó dirigiéndose a Sergio-. ¿Vienes?
-Ahora voy- contestó éste- ¿Quieres antes un café?
-Bueno. Tráemelo a la mesa. Corto de leche y con sacarina.
Idoia avanzó por el pasillo en dirección a la mesa de Sergio. Apenas se distanciaba algunos metros de la máquina del café por lo que no tuvo que caminar mucho. Era el quinto habitáculo según se contaba desde la entrada, en la esquina del rectángulo de oficinistas que quedaba más cerca del despacho del vicepresidente. Giró a la derecha y se introdujo en el diminuto recinto donde Sergio trabajaba, desapareciendo tras los tabiques. Los tres, ante la imposibilidad de seguir contemplando su trasero, se dieron la vuelta y volvieron a cruzar sus miradas, plenas de libidinosidad.
-¡Joder!- dijo Ángel susurrando-. Que buena que está. Menuda suerte que tienes al tenerla cerca mientras trabajas.
-Está como un queso- admitió Sergio mientras sacaba una moneda de su cartera-. No sabéis lo difícil que es mirar a la pantalla mientras tienes delante a ese par de tetas.
-¿No decías que no tenías dinero?- Preguntó Miguel mientras su compañero metía la moneda en la máquina del café-. Es la última vez que te invito. Ya veo para quién lo guardas.
-No te enfades. La guardaba para ella. ¿No querrás que me arriesgue a invitarla si no tengo dinero?
-Menuda excusa más mala- dijo Ángel- Aunque seguro que yo haría lo mismo.
-Eso- dijo Miguel indignado ante la indiferencia de su compañero-. Tú síguele la corriente.
-No te enfades- dijo Sergio tratando de calmarle-. Mañana te invito.
A continuación bajó la voz y acercándose a sus interlocutores susurró:
-Ya casi la tengo en el bote. En la cena de la empresa me la llevo a la cama.
-Tú sueñas- dijo Ángel.
-Os lo juro. Como me llamo Sergio. He intimado con ella y estoy seguro de que caerá esa noche.
Se agachó y, estirando la mano, cogió con cuidado el vaso de café de la máquina. Se levantó, cogió un par de servilletas de la parte superior y encaminó los pasos hacia su mesa. Giró la cabeza y, poco antes de llegar a su destino, comentó:
-El alcohol hace milagros.
-¿Por qué hace milagros?- preguntó Idoia con curiosidad mientras su compañero se sentaba a su lado-. ¿Quieres emborrachar a alguien?
-Sí- respondió adoptando un tono irónico-. A ti.
-Parece que no me he equivocado al juzgarte- dijo irritada-. Eres igual de gilipollas que imaginaba.
Sergio se quedó sin palabras. No esperaba una reacción tan agresiva por su pequeña broma. No había querido herirla ni hacerla sentir incómoda. Y mucho menos que pudiese influir en la imagen de seductor que pretendía aparentar. La había lanzado sin apenas pensar. Sin calibrar las consecuencias. Dejó el vaso de café en la mesa, las dos servilletas junto a él y encendió el ordenador. Emitió un pitido característico al arrancar y, cuando ya estaba listo para ser usado, se atrevió a romper el helado silencio que había provocado su comentario.
-¿Dónde lo dejamos ayer?
-Estabas explicándome como funciona la plantilla de facturación.
-Es verdad- movió el puntero con celeridad por la pantalla y abrió el programa-. Mira. Si pinchas en este icono puedes modificar el stock disponible.
-Eso ya me lo enseñaste- hizo una breve pausa y continuó-. No pretendía ser tan brusca.
-No te preocupes.
-De verdad. Me siento mal. Se que solo estabas haciéndome una broma. Pero no me gusta que te burles de mí.
-No me estaba burlando.
-Bueno. Seguramente sea así. Pero es que me ha sentado mal que insinuaras el pretender emborracharme. Han intentado hacerlo miles de veces. Y siempre con fines no demasiado honestos.
-No pretendía decir nada de eso- Sergio apartó la vista de la pantalla, la dirigió hacia Idoia e Hizo un esfuerzo por ignorar el espectáculo que se abría ante sus ojos. Ella vestía un jersey blanco, ajustado, que marcaba el contorno de su torso, rematado en un escote tras el cual se vislumbraba su abultado busto-. Siento haberte molestado.
-No pasa nada- cogió el café de la mesa y lo sostuvo con dificultad-. ¡Está hirviendo!
-Sí. Sale bastante caliente. Ten cuidado no te quemes al beberlo.
-Tranquilo. Me gustan las cosas calientes- Sergio imaginó multitud de variantes a raíz de aquella frase pero prefirió no volver a bromear. Con un desliz ya había tenido bastante-. ¿Tú ya has tomado?
-Sí. Con uno tengo bastante.
Idoia se acercó el vaso a los labios, dio un pequeño sorbo y, debido a su alta temperatura, emitió un ligero chillido al quemarse la lengua. Lo apartó de su boca, depositándolo bruscamente en la mesa, y la abrió mientras se abanicaba con la mano derecha tratando de enfriar el quemazón. Tardó unos segundos en darse cuenta de que había derramado parte del contenido sobre su jersey, a la altura de su axila izquierda, y, cuando lo vio, la impresión de la mancha se superpuso al dolor de la quemadura.
-¡Mierda!- exclamó-. ¡No tengo nada más que ponerme.
-Espera- dijo Sergio mientras recogía una de las servilletas-. A ver si consigo limpiarla un poco.
Se acercó a Idoia, aplicó la servilleta sobre la mancha y trató de absorber el máximo posible de café. Ella le dejó hacer mientras observaba con detenimiento el proceso de limpieza. Ninguno de los dos se dio cuenta de la escena que protagonizaban ni de la imagen que proyectaban al exterior de su pequeño recinto. Actuaban de forma natural, sin que tuviesen otro concepto que el de ayudar y el de sentirse agradecido por dicha ayuda. Pero fuera no daba la misma impresión. Parecía que ambos tuviesen algún tipo de conducta íntima. Y alguien así lo interpretó.
Sergio oyó un ligero golpe en el pasillo que le hizo abandonar la limpieza de la mancha. Se giró y un espasmo de sorpresa y temor paralizó al instante su cuerpo. Allí estaba Marta, con una cara de aún más asombro que la suya propia. Al ver la escena había soltado una pequeña bolsa de papel que sostenía, provocando el golpe que habían escuchado. Tenía la mirada fija en ellos dos, aunque parecía ausente. Por poco tiempo. Sergio empezó a temblar al ver como sus ojos se llenaban de rabia. Sabía que la tempestad estaba a punto de desatarse.

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