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Empareja2 (06) – Quemaduras íntimas.

Marta pulsó el timbre de la casa de sus padres y, como siempre, aguardó a que su madre abriera la puerta. Tras la correspondiente comprobación a través de la mirilla ésta la abrió y, escondiéndose detrás de ella, no apareció hasta que la hubo cerrado. Instantes después se prodigaban los abrazos. Momento especialmente odiado por Sergio.
-¡Feliz Navidad!- gritó a su oído mientras apretujaba su pecho desnudo contra el cuerpo de él, aplicándole un sonoro beso en la mejilla-. Pasad. Todavía no ha venido nadie más.
-¡Feliz Navidad, mamá!- dijo Marta mientras también hacía lo propio-. ¿Todavía no han llegado Luís y Rafael?
-Todavía no- contestó mientras colgaba los abrigos de los recién llegados en un diminuto perchero del recibidor-. No debe faltar mucho. Me dijeron que vendrían sobre esta hora.
Cruzaron el estrecho pasillo, en dirección al comedor, siguiendo a la madre de Marta. Sergio no podía apartar la mirada de su trasero desnudo. “¿Por qué tienen que estar en pelotas en la cena de nochebuena? Si lo viera algún cura seguro que se moría del susto”. Y, aunque le disgustaba ver a su suegra tal como había venido al mundo, le era imposible apartar la vista de sus orondas nalgas. El bamboleo de sus carnes le hipnotizaba, muy a su pesar. “Cuando se sienta le cae el culo por los dos lados de la silla. No se como no siente vergüenza al andar desnuda por la casa”. Los pensamientos se interrumpieron al llegar al comedor. Su suegro salió a su encuentro, esbozando una amplia sonrisa.
-Feliz Navidad- dijo mientras abrazaba a Marta. Tras hacerlo se acercó a Sergio, tendiéndole la mano-. Espero que tengáis hambre- se la estrechó con fuerza dando unas pequeñas sacudidas. Un estremecimiento le recorrió la espalda al ver, con el rabillo del ojo, como su pene se balanceaba ostentosamente-. Laura se ha pasado con la comida. Ha hecho suficiente cena como para alimentar un regimiento.
“Estoy seguro de que la tenía morcillona”, pensó Sergio mientras retiraba una de las sillas de la mesa y se sentaba en ella. “Si no fuera absurdo pensaría que le excita ir desnudo”. Siempre tenía las mismas paranoias. Le daba mil vueltas a todo lo que veía, hasta transformarlo en algo negativo, y perjudicial para si mismo. Sabía de sobra que sus suegros eran naturistas convencidos. Pero albergaba algunas dudas al contemplar sus comportamientos. “Dudas que son siempre absurdas. Marta me ha tenido que corregir muchas veces. A ella tampoco le gusta ver desnudos a sus padres, pero no piensa que haya nada más allá de una filosofía de vida”. “Ellos siempre han estado convencidos de que el estado natural del hombre es la desnudez”, solía decir ella. “Toda la vida les he visto igual. Y estoy segura de que no obtienen ningún placer sexual por ir en pelotas. Simplemente es una satisfacción personal”. Y de esta manera rebatía sus infundados planteamientos. Pero eso no evitaba que continuase planteándoselos.
-¿Queréis algo de beber?- gritó la madre de Marta desde la cocina-. Tenemos de casi todo.
-¿Quieres algo?- le preguntó Marta a Sergio-. Yo voy a tomar una coca-cola. ¿Te apetece una?
-Vale. Pero mira a ver si hay alguna que no esté muy fría. Estoy algo resfriado.
Marta marchó a la cocina y no tardaron en escucharse risas desde ella. Las dos mujeres comentaban algo en voz baja, como en secreto. Pero sus carcajadas eran demasiado sonoras como para no escucharse. “¿De que estarán hablando?”, pensó Sergio con curiosidad. “Espero que no estén comentando nada de mí”.
-¿Has visto el nuevo móvil que me han regalado?- le preguntó su suegro, saliendo del dormitorio-. Laura me lo regaló ayer por la tarde. Tiene prácticamente de todo. Hasta Mp3.
-Está bastante bien- dijo Sergio mientras cogía el diminuto aparato que le tendía para observarlo más detenidamente-. Un compañero de la oficina también lo tiene y me ha comentado que le no le va mal.
El timbre de la puerta interrumpió su conversación. Por la manera de sonar no podían ser otros que los hermanos de Marta. Dentro de la familia había una especie de código mediante el cual se identificaban. Se escuchaban, siempre, dos timbrazos consecutivos: el primero del doble de duración que el segundo, señal de que alguno de ellos había llegado a casa. Aún así, siempre se comprobaba antes de abrir la puerta.
-Espera un momento. Voy a abrir la puerta- el padre de Marta salió del comedor en dirección al recibidor-. Ya voy yo, Laura.
Segundos después una algarabía de risas, saludos y besos estalló en el recibidor. Sergio dudó antes de levantarse de la silla. Pero, como no era muy cortés quedarse donde estaba, fue a saludar a sus cuñados. “Odio las reuniones familiares. Lo que daría por estar tranquilo en casa”. Trató de poner su sonrisa más cordial y abandonó el comedor, dejando el teléfono sobre la mesa.
-Hola Sergio- dijo Luís estrechándole efusivamente la mano-. Hacía un montón que no nos veíamos. ¿Cómo estás?
-Como siempre- contestó mientras trataba de seguir sonriendo. No le caía especialmente bien su cuñado por lo que solía fingir que le resultaba agradable-. ¿Y tú que tal?
-Acaban de ascenderme en mi empresa- dijo Luís orgulloso. Sus ojos brillaban mientras lo decía, sin esconder sus delirios de grandeza-. Ahora soy director de marketing. Me han duplicado el sueldo y tengo a mi cargo a treinta personas que…
-¿Acabas de entrar y ya nos estás dando la brasa con tu trabajo?- dijo Rafael apartando cariñosamente a su hermano-. Hola Sergio. ¿Cómo va todo?- le tendió la mano y éste, sin necesidad de fingir con él, se la estrechó afectuosamente-. No dejes que se te acerque Luís si no quieres que te caliente la cabeza con su ascenso. Está extremadamente pesado.
Sergio se llevaba bien con sus cuñados, aunque no le caían igual de simpáticos. Con Rafael no había tenido nunca ningún problema. Desde el primer momento en el que Marta los presentó ambos congeniaron. Solían pasar las reuniones familiares conversando amigablemente. Incluso quedaban a menudo ellos dos solos en su tiempo libre. Sin embargo con Luís era diferente. No le tragaba en absoluto. Él solía tratar a los demás como a seres inferiores, incluido a Sergio. Y eso era algo que no podía soportar. Para Luís solo lo que él hacía valía la pena. Era quién más sabía, quién tenía más derechos, quién llevaba la razón en las discusiones. Se consideraba superior a todos. Y, a excepción de sus padres, los demás siempre le evitaban. Sergio el que más.
-Todo va perfectamente- dijo Sergio mientras soltaba la mano de Rafael. No hacía falta que le aconsejaran para evitar al pesado de su cuñado-. ¿Y vosotros?- echó un vistazo alrededor y observó que faltaba una persona-. ¿Dónde está Lucía? ¿No viene a cenar?
-Ahora viene- contestó Rafael mientras se quitaba la chaqueta-. Está aparcando el coche.
Lucía era la novia de Rafael. Como le pasaba a Sergio no acababa de entender las costumbres de la casa de sus suegros. Pero ella sí que lo decía abiertamente. Se podían contar con los dedos de ambas manos las veces que no había comparecido en las obligadas reuniones familiares. Y seguramente igualaría en número las veces que, aún habiendo venido, había acabado discutiendo con su suegro. No se llevaban demasiado bien y no se molestaban en esconderlo. Cada vez que se juntaban era muy alta la probabilidad de acabar en tragedia.
-¿No ha venido Lucía?- dijo aliviado el padre de Marta tras darse cuenta de su ausencia-. Que lástima- ironizó-. Tendremos que quitar un plato de la mesa.
-No corras tanto, papá- dijo Rafael ligeramente enojado-. No te librarás de mi novia esta Nochebuena. Está aparcando el coche. Y espero que hoy no te metas con ella.
-Yo no soy quién empieza. Es Lucía la que siempre se mete con nuestras costumbres.
-Y tú el que no deja pasar ni una- dijo la madre de Marta saliendo de la cocina con dos platos llenos de aperitivos-. Quiero que sea una cena tranquila. Así que será mejor que la dejes tranquila- atravesó el recibidor y fue a dejar la comida a la mesa-. ¿Por qué no os ponéis cómodos y empezamos a comer?
-Sí, mamá- dijeron los dos hijos al unísono.
Acto seguido abandonaron la entrada y, sin hacer ninguna escala, entraron en el dormitorio de sus padres, con la chaqueta colgando del brazo. Todos los demás se sentaron. No era una mesa excesivamente ancha, pero bastaba para acomodar a la pequeña familia sin demasiadas estrecheces. En los extremos se sentaban los padres, quedando enfrentados. Marta y Sergio en uno de los lados y en el otro Luís, Rafael y Lucía.
-Me he olvidado de traer las bebidas- dijo la madre de Marta mientras se levantaba de la silla-. Mejor será que traiga un poco de todo y vosotros os sirváis lo que os apetezca.
Marchó de nuevo a la cocina, desapareciendo al final del pasillo. Luís y Rafael salieron del dormitorio y, ahora totalmente desnudos, ocuparon sus asientos. Sergio no pudo evitar fijarse en sus miembros. Le era imposible no hacerlo. Aunque esta vez había algo que le llamaba aún más la atención. “Rafael se ha afeitado sus partes”, pensó sorprendido. “Nunca lo había hecho. Por lo menos yo no se lo he visto. Que extraño. ¿Lo habrá hecho por Lucía? Seguro que sí. No le veo capaz de hacerlo por ninguna otra razón. Odia ese tipo de cosas”. Siguió pensando en ello durante bastante más tiempo, sin acabar de explicarse la razón del rasurado. Y no era el único que estaba extrañado.
-¿Cómo es que te has afeitado los cojones?- le preguntó Marta entre risas-. ¿Has encontrado trabajo como actor porno?
-Que graciosa- replicó Rafael ruborizándose ligeramente-. No he dejado mi trabajo. Simplemente me apetecía afeitarme. No hay ninguna otra razón.
-Ya- dijo Marta. No era la única que no se había creído la explicación pero si era la que quería seguir preguntando-. ¿Lucía también se ha afeitado para estar a juego? Seguro que a ella le gusta sin pelo y por eso te lo has cortado- hizo una pausa y, al ver que todos se habían quedado callados, continuó con su interrogatorio-. ¿Te lo has afeitado con cera o con maquinilla? ¿Te lo ha hecho Lucía?
El timbre de la puerta sonó. Solo una vez. Solo podía ser una persona.
-Se lo puedes preguntar a ella- le dijo Rafael a Marta-. Acaba de subir.
-¡Ya voy yo!- se oyó desde la cocina.
La madre de Marta abrió la puerta, siguiendo los rituales habituales y, cuando la cerró, abrazó y besó a Lucía, que llegaba helada y con una cara que decía a gritos lo irritada que estaba al haber tardado tanto en aparcar el coche.
-¡Feliz Navidad!- dieron todos los que estaban sentados en la mesa cuando Lucía entró al comedor despojándose de su chaqueta. Ésta trató de saludar con la misma alegría, aunque le fue imposible.
-Buenas noches- dijo mientras entraba al dormitorio a dejar su chaqueta. Todos, excepto Rafael, se levantaron para darle dos besos cuando ésta volvió al comedor.
-Si que has tardado- le dijo Rafael cuando se sentó en la mesa, junto con los demás. La suegra de Sergio continuaba en la cocina-. No pensé que llegara a ser tan complicado.
-Como tú no conduces- replicó Lucía enojada-. He estado dando vueltas a la manzana sin encontrar un puto sitio y al final he tenido que ir a tomar por culo. Me he quedado helada hasta llegar aquí.
-Pero ya está aparcado- dijo la madre de Marta dejando diversas botellas de bebidas encima de la mesa-. Ahora tienes que disfrutar de la cena. Todos nosotros.
-Intentaré- dijo escupiendo las palabras. En su interior sabía que no iba a ser una noche muy agradable.
Los aperitivos transcurrieron sin incidencias. Las conversaciones fluían, sin ningún tipo de discusión, conteniendo desde noticias recientes hasta el variable estado del tiempo. Mientras tanto no dejaban de comer ni de beber. Aunque nadie probaba nada con alcohol. Todos preferían los refrescos. O en su defecto el agua. Algo que ayudaba evitar las broncas.
-Voy a empezar a traer la cena- dijo la madre de Marta mientras iba acumulando los platos vacíos de los aperitivos-. Haced sitio para la sopa.
Y se levantó con la vajilla sucia llevándola de nuevo a la cocina. En el comedor se prodigaban los típicos suspiros de hartazgo mientras todos se frotaban el vientre con las manos en un gesto de plenitud.
-Y solo hemos empezado a comer- comentó Luis en voz alta.
El resto le dio la razón. Estaban ya suficientemente satisfechos. Pero todos sabían que aún les quedaba mucho más que comer. Marta rompió el coro de quejas y le preguntó a Lucía:
-¿Cómo es que Rafael se ha afeitado las pelotas?
Lucía no esperaba una pregunta tan directa y tardó unos segundos en asimilarla y poder contestar. Le siguió el juego a Marta y continuó con el tono humorístico con el que le preguntaba.
-Me dijo que con tanto pelo no se la veía cuando meaba y me pidió que se lo depilara.
Todos rieron menos Rafael que, ruborizándose, permaneció callado.
-Creía que era por que se lo habías dicho tú- comentó Marta cuando pudo dejar de reír-. No le hubiese creído capaz de hacerlo.
-La verdad es que también es así- afirmó Lucía. No era una mujer que escondiera sus gustos y formas de actuar, aunque ello no estuviera bien visto-. Él me pidió que me afeitara el coño y yo hice lo mismo.
Esta vez solo Marta y Sergio rieron. Rafael se ruborizó todavía más y a Luis y a su padre les resultaron demasiado incómodas sus palabras como para reírse. Éste trató de contenerse para no replicar a su yerna pero no pudo evitarlo.
-Podrías hablar sin decir tacos- dijo fríamente-. Estamos en la mesa. Y es Nochebuena.
Un silencio helado se apoderó del ambiente del comedor. Todos se callaron. “Ya estamos como todos los años”, pensó Sergio. “No podía faltar la bronca entre estos dos”. Lucía trató también de aguantar sus comentarios pero también le fue imposible. Y eso que se lo había prometido a su novio. Pero nadie le podía imponer una manera de hablar. Y mucho menos su suegro.
-Yo hablo como me da la gana. Su hija también ha dicho un taco y sin embargo no ha replicado.
-Eso es igual. Es mi casa y yo elijo las normas y a quién se las dicto.
-¡Ah!- exclamó Lucía furiosa. Notaba como su cuerpo se henchía de rabia luchando por hacerla estallar-. ¡Pues si estoy en su casa y no puedo hablar como me de la gana lo mejor será que me vaya!
Lucía hizo el ademán de levantarse de la mesa pero Rafael tiró de ella disimuladamente hasta hacer que volviera al asiento. Sabía que esto la enfurecería aún más pero era la única manera que se le ocurría para que no le dejara en ridículo delante de su familia. Y, efectivamente, el tirón la enojó todavía más.
-No me sientes otra vez- le dijo a Rafael-. Si tú te quieres quedar quédate. Yo me voy de esta casa de locos.
-¿¡Casa de locos!?- gritó el padre de Marta-. ¡La única loca que hay aquí eres tú!
Su mujer volvía de la cocina con una sopera repleta y humeante. Había estado escuchando la discusión y se había afanado en preparar la sopa para tratar de calmar los ánimos de su marido y su yerna. No es que a ella le cayera excesivamente bien, pero tampoco estaba dispuesta a que le aguase la celebración.
-Tranquilos- dijo mientras pasaba por detrás de la mesa llevando la cazuela-. Vamos a tener la fiesta en paz.
Pasó junto a su marido y éste, sin verla y cegado por la ira, se levantó con tan mala suerte que le dio un cabezazo a la olla derramando toda la sopa hirviendo por su cuerpo desnudo, cayendo la mayor cantidad sobre sus partes más íntimas. El alarido pudo escucharse en todo el edificio, dejando sordos a los que estaban sentados a la mesa. Especialmente a su mujer. Se quedaron petrificados y sin saber que hacer durante unos segundos. Media hora después estaban de urgencias en el hospital.
-Se pondrá bien- dijo un joven médico tras salir de la habitación en la que se encontraba ingresado el padre de Marta-. Solo tendrá que ponerse una pomada sobre las quemaduras y en un par de semanas las tendrá curadas- hizo ademán de marcharse pero continuó hablando-. Por cierto- hizo una pausa mientras buscaba las palabras adecuadas-. ¿Podrían ustedes decirme como se ha abrasado el pene y los testículos en una cena familiar de Nochebuena?


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