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Empareja2 (07) – Doble significado.

-Lo siento señorita. Se nos ha agotado.
Marta había perdido la cuenta de las veces que había escuchado esa frase y no pudo evitar enojarse. Aunque sabía que no tenía ningún derecho a hacerlo se desahogó con el pobre dependiente.
-¿¡Como que se han agotado!?- gritó, llamando la atención del resto de personas que aguardaban ordenadamente en la fila-. ¡Me habían dicho que aquí todavía quedaban! ¡Me he pateado un montón de tiendas y en la última me dijeron que vosotros todavía teníais “Wiis”!
-Lo siento- se excusó el dependiente, terriblemente intimidado-. Se nos ha agotado. Todavía nos quedaban dos unidades esta mañana pero han venido un par de personas a comprarlas- hizo una pausa tratando de armarse con algo de valor para continuar hablando, ante el alarmante enfado de su cliente-. Tenía que haberla reservado. Cuando sale una máquina nueva siempre se agotan rápidamente.
Marta intentó serenarse. Había estado toda la mañana visitando tiendas de electrónica y videojuegos tratando de comprar la nueva consola de Nintendo sin haber tenido éxito. “¿Por qué Sergio habrá tenido que pedir una cosa tan difícil?”, pensó mientras miraba al asustado dependiente. “¿Y por qué tendré que haberme empeñado en comprársela? Seguro que después de tanto esfuerzo él no está a la altura de mi regalo”.
-Seguiré buscando entonces- dijo resignándose.
El dependiente dio un sonoro respiro de alivio mientras veía como Marta daba la vuelta y se encaminaba hacia la salida de la tienda. Pero, sin haber escarmentado, dio marcha atrás y le hizo una última pregunta, justo cuando empezaba a atender al siguiente de la cola.
-¿Y no sabrás de alguna tienda que todavía tenga?
-Si te lo digo seguro que cuando llegues las han agotado- dijo el dependiente mientras pasaba diversos productos por el scanner-. Aún así- dijo tras pensar durante unos segundos-, puede que una pequeña tienda de videojuegos, que hay cerca de mi casa, todavía tenga alguna “Wii”.
-¿En serio?- preguntó Marta esperanzada-. ¿Podrías decirme la dirección?
-Te la apunto- dijo el dependiente mientras cogía un papel y anotaba una dirección en él-. Toma- le alcanzó la nota garabateada-. Pero no te garantizo que tengan. En estos momentos seguro que está prácticamente agotada en toda la ciudad. Debe haberse acabado en toda España.
-¡Muchas gracias!- Marta cogió el papel y lo guardó en su bolso-. Me voy corriendo a ver si consigo esa puta consola.
-Que tengas suerte- le dijo el dependiente mientras abandonaba la tienda-. Hasta luego.
“Y espero que no vuelvas”, pensó. “Ya es la tercera que me grita esta mañana. Y encima por lo mismo. Yo que culpa tendré de que hayan sacado tan pocas consolas”.

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Sergio decidió dedicar la mayor parte tiempo del que disponía para comer en buscar un regalo de reyes para su novia. Se comió rápidamente el discreto bocadillo que había traído de casa y, despidiéndose de sus compañeros, salió de la oficina y se dirigió al centro comercial que tenía más cercano. No tuvo que andar demasiado. A escasos metros de donde trabajaba se erguía un impresionante edificio abarrotado en su interior por todo tipo de tiendas. No le sería difícil encontrar un regalo de última hora. Aunque todavía no había decidido lo que iba a adquirir tenía alguna idea en mente. Y si no los escaparates le proporcionarían alguna pista. “Podría regalarle un perfume”, pensó mientras paseaba por un amplio pasillo atiborrado de personas con bolsas en las manos. “Pero ya le regalé uno para su anterior cumpleaños. ¿Y algo de ropa? Mejor no. A ella le gusta mucho comprarse jerseys y pantalones, pero nunca he conseguido regalarle algo que realmente le guste. Las veces que le he comprado prendas de vestir ha tenido que cambiarlas por alguna otra talla o por otra de diferente color. Tendré que buscar otra cosa”. Siguió caminando y contemplando las cristaleras que exhibían toda clase de objetos sin que ninguno le llamase especialmente la atención. “Le compraré un Mp3. El que tiene ya se le ha quedado antiguo y apenas le caben canciones. No es que le atraigan los aparatos electrónicos. No le pasa lo mismo que a mí. Pero sí que le gusta ir escuchando música mientras anda por la calle. Y para eso lo mejor es un buen reproductor. Ya está decidido”. Cambió de dirección, dando la vuelta, y, girando por un pasillo que se abría a su derecha, se encaminó hacia la tienda de informática. Sabía perfectamente su situación dentro del centro comercial. La visitaba frecuentemente. Pero, mientras pasaba por delante de una joyería, una idea le asaltó repentinamente la mente. “¿Y si le compro un anillo? Juraría que me comentó que le haría ilusión tener uno”. Se acercó a escasos centímetros del cristal que protegía las joyas y las contempló con detenimiento. “Me dijo que con la cantidad de años que llevábamos juntos ya iba siendo hora de que le regalara un anillo. Que después de habernos ido a vivir juntos ése debía de ser el siguiente paso”. Siguió haciendo memoria mientras se decidía por uno. La elección resultaba complicada. “No se para que quiere tanta joya. No hace mucho le regalé una pulsera. Deben de recordarle algo los anillos. Pues le regalaré uno. Pero los precios no es que sean muy baratos”:

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Marta miró por enésima vez el reloj en el corto espacio de tiempo que llevaba subida en el vagón de metro y, al contemplar la hora, una oleada de ansiedad golpeó su ya de por sí histérico cuerpo. Faltaban cinco minutos para que cerrase la tienda que le había anotado el dependiente y todavía quedaban dos paradas para llegar a la estación de destino. “¡Mierda de tren! ¿Por qué tiene que ir tan lento? Como no corra un poco más me van a cerrar”. Se desesperaba cada vez más y aún giró su muñeca otras seis veces hasta que se detuvieron donde ella deseaba. Cuando el vagón abrió sus puertas Marta salió disparada, tropezando sin disculparse con un par de personas que esperaban para entrar, subió las escaleras mecánicas a toda prisa y se detuvo en el vestíbulo mientras aguardaba su turno para cruzar por las portezuelas de salida. Una vez cruzadas reemprendió la carrera sin volver a detenerse hasta que llegó a la tienda. Empujó la puerta de cristal hacia el interior y entró en una diminuta y vieja juguetería atestada de estanterías que sostenían cientos de juguetes sin que éstos guardasen ningún orden aparente. Las distintas variedades se mezclaban en una amalgama de maderas y plásticos pintados en colores chillones. Un anciano, que debía de ser el dueño, se afanaba en recoger unas cajas, que estaban desperdigadas por el suelo. Al oír la puerta alzó la cabeza y le dijo amablemente a Marta:
-Ya estaba a punto de cerrar. ¿Qué desea?
-Hola- respondió ella mientras se enjugaba el sudor que le caía por la frente con la manga derecha de su jersey de lana y trataba de recuperar el ritmo normal de la respiración-… Querría… Querría saber si todavía tiene alguna- hizo una breve pausa para cargar de oxígeno sus pulmones-… Alguna “Wii”.
-¿Alguna que?
-“Wii”. La nueva consola… De Nintendo.
-¡Ah!- el anciano se irguió e intentó recordar si continuaba teniendo alguna en el almacén-. No- dijo tajantemente-. Vendí la última hace una hora.
Marta sintió como se desplomaban las últimas esperanzas que tenía en poder adquirir la nueva máquina y estuvo a punto de precipitarse al suelo al fallarle también las piernas por el esfuerzo de la carrera. Consiguió sobreponerse y, tras despedirse desoladamente del anciano, dio media vuelta para salir por donde había venido. Antes de que abriese la puerta para salir a la calle éste, apiadándose de su desgracia, le dijo:
-Espere. Acabo de recordar que tenía una reservada para hoy y el chico no ha venido- hizo una pausa y le sonrió con dulzura-. Si la quiere es suya.

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Sergio salió de la joyería con una diminuta caja de plástico de color azul aferrada con fuerza por su mano derecha. Le había resultado difícil decidirse pero por fin había conseguido el regalo perfecto. “Me he gastado ciento veinte euros pero estoy deseando ver la cara que poner cuando lo abra. Seguro que no se lo espera. Aunque me gustaría sorprenderla todavía más, así que tendría que buscar alguna otra cosa para meterlo dentro”. No había querido que el dependiente le envolviera el anillo para regalo ni lo introdujese en ningún tipo de cajita de cartón. No tenía una idea preconcebida para el envoltorio pero pensó que lo mejor sería elegir un objeto mayor para que diese la sensación de que el regalo era mucho más grande. Siguió pensando mientras se dirigía a la tienda de tarjetas de felicitación cuando pasó por delante de una de caramelos y se le ocurrió la segunda idea de la mañana. “Puedo meter el anillo dentro de un huevo “Kinder” y regalárselo junto a otra cosa. Seguro que lo último que piensa cuando lo abra es que la sorpresa sea un anillo. ¿Y junto a qué podría darle el chocolate? La idea es genial. Pero el acompañante tiene que ser muy llamativo”. Siguió pensando mientras compraba el huevo y salía del centro comercial de vuelta a su trabajo. Y, mientras pasaba por delante de un “sex shop”, la tercera y última idea le asaltó la mente. “¿Y un vibrador? Con lo tradicional que es en la cama seguro que se escandaliza y todavía le sorprende más el anillo”. Valoró los pros y los contras de regalar un artículo sexual y decidió arriesgarse. No experimentaban demasiado en la cama y ésta podría ser una manera de ampliar el abanico amatorio. Además, nunca había entrado en un “sex shop” y le llamaba mucho la atención el hacerlo. No podía haber mejor excusa. Se acercó a la entrada, abriéndose automáticamente las puertas, y avanzó por un pasillo vacío, con las paredes decoradas con carteles de vídeos eróticos. Tuvo que abrir una segunda puerta, esta vez manualmente. Tras ella, la decoración cambiaba radicalmente. Las estanterías ocupaban los muros sin dejar ningún espacio libre y rebosaban de productos eróticos. Vibradores, lencería, muñecos hinchables, películas… Todo tipo de objetos que Sergio jamás habría alcanzado a imaginar. Tras echar un pequeño vistazo alrededor comprobó que tenía una idea anticuada de las variedades y formas de los juguetes para adultos. Solo en la sección de dildos había tal diversidad que era imposible decidirse por alguno. Uno de los dependientes se acercó y, al verle indeciso, le preguntó.
-¿Te interesa algo en particular?
-Sí- contestó Sergio dubitativo sin dejar de contemplar los vibradores-. Pero no se cual elegir.
-Tranquilo. Para eso estoy yo aquí.

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Marta se despertó de repente viéndose arrojada de un doloroso sueño. Ya era la sexta vez que soñaba lo mismo y, aunque le resultaba extraño que fuera tan persistente, había decidido no hacer caso a lo que reflejaba. “Creo fuertemente en Sergio”, pensó mientras se frotaba los ojos y cogía el despertador de la mesita de noche. “Me ha dicho un montón de veces que entre él y su compañera de trabajo no ha habido nada. Que solo eran imaginaciones mías. Así que no tengo que volverme paranoica solo por que mi cerebro se encargue de intentarlo cada noche”. Dejó el reloj en su sitio, tras comprobar que ya eran más de las diez, y se giró, buscando el cuerpo de su novio. Éste dormía en el extremo opuesto del colchón, boca arriba, y a punto de caer de él. Le rodeó con su brazo izquierdo y le susurró al oído.
-Feliz día de reyes, cariño.
Sergio no dijo nada. Estaba despierto, pero trató de hacerse el dormido para remolonear algo más en la cama. Aunque la emoción de los regalos era muy fuerte.
-Se que estás despierto. Quiero ver mi regalo.
-Está bien- dijo él abriendo los ojos-. Entonces nos levantaremos.
Marta, siguiendo sus palabras, se levantó sin preocuparse del frío ni de ponerse nada de ropa por encima del pijama. Deseaba locamente compartir los presentes y ni siquiera aguardó a que él se desperezase. Salió rápidamente del dormitorio y, al cabo de un minuto, volvió con un gran paquete envuelto en un llamativo papel decorado con grandes corazones rojos. Un gran lazo, también rojo, coronaba el regalo.
-Aquí está el tuyo- dijo Marta depositándolo encima de la cama-. ¿Y el mío? ¿Dónde está?
-Ahora te lo doy- Sergio se sentó en el colchón e, inclinándose hasta su mesita, sacó una caja de dentro, también envuelta, aunque con una decoración mucho más austera-. Toma. El mío es más pequeño.
-Lo que importa es lo de dentro- dijo ella mientras cogía la caja y la agitaba ligeramente-. Hay algo suelto. ¿Qué es?
-Tendrás que abrirlo para saberlo.
-Empieza tú.
Sergio quitó el lazo y lo apartó hacia un lado. Buscó el celo que mantenía sujeto el papel y fue soltándolo trozo a trozo, tratando de estropear lo menos posible el envoltorio para poder aprovecharlo en otra ocasión. Al retirarlo completamente dejó al descubierto la blanca caja de cartón. Una mezcla de sorpresa y asombro se le asomó al rostro.
-¡Me has comprado una “Wii”- dijo sin poder creérselo mientras admiraba las fotos del cartón-. No me lo puedo creer. Si decían que estaba agotada.
-No te imaginas lo que me ha costado conseguir una- dijo Marta recordando la peripecia-.
-¿Por qué te has gastado tanto dinero?- un ligero tono de reproche se dejaba notar en la voz de él-. No es que nos sobre. Y te recuerdo que todavía no trabajas.
-¿Me vas a joder el día de reyes?- preguntó ella sentándose en el borde de la cama, junto a Sergio, y abriendo su regalo, desgarrando con violencia el papel-. ¿Una caja de zapatos?
Había escondido el vibrador y el huevo dentro de dicha caja, para crear la sensación de que el regalo era otro. Y lo había conseguido. Marta quitó la tapa y, tras ver el interior, su rostro, antes expectante y sonriente, adquirió un gesto de sorpresa y desagrado. Extrajo aquella imitación de pene y la sostuvo en el aire mientras observaba, ahora con asco, como la silicona del vibrador hacía que éste se balancease, imitando el movimiento de un flan.
-Dime que me estás gastando una broma.
-No es ninguna broma- dijo Sergio riéndose en su interior-. Es tu regalo de reyes.
-¿Me vas a regalar una polla de goma?
-No solo eso. Hay algo más.
Marta miró el fondo de la caja y sacó el huevo “Kinder” con la mano contraria a la que sostenía el vibrador, y lo levantó, manteniéndolo a la misma altura que éste. Su tono de voz adquiría un visible enfado.
-¿Un huevo de chocolate?
-Sí. ¿No te gusta?
-¿¡Me he tirado una mañana yendo de tienda en tienda buscando la puta “Wii” como una loca y tú me regalas un vibrador y un “Kinder”!?
-Tranquilízate- dijo Sergio asustado ante el inminente enfado de su novia-. Ábrelo y mira la sorpresa.
-¿La sorpresa? ¿Tengo que conformarme con un puto muñequito de plástico?
-Tú ábrelo.
-Es la última vez que me preocupo de comprarte lo que te gusta- le reprochó mientras dejaba el vibrador en la cama, quitaba el papel del chocolate, desprendía las mitades y sostenía la cápsula de plástico-. La última. La próxima vez te regalo un “Twix”.
Marta abrió el cartucho y un diminuto trozo de metal dorado cayó de su interior, perdiéndose entre el edredón. Rebuscó hasta encontrarlo y, tras hacerlo, su cara se transformó completamente. El enfado dejó paso a una desbordada alegría. Su boca, de la sorpresa, se abrió de par en par. Los dedos de su mano izquierda la tapaban, enfatizando aún más el gesto.
-¡Un anillo! ¡Por fin te has decidido!
-¿Pensabas que me había olvidado?- preguntó Sergio exultante-. Es lo que querías. ¿No?
-¡Claro! ¡Llevaba meses esperando a que te decidieras!
-¿Esperando meses?- preguntó él extrañado-.
-Claro. No pensé que fueras a tardar tanto en pedirme matrimonio.
Sergio sintió que se le cortaba la respiración y el corazón se le paraba en seco. Su mente se vació al escuchar la palabra matrimonio. En ningún momento pensó que el anillo tuviera un doble significado.


Comentarios

5 comentarios

j

Hola! M ha gustado mucho tu blog, empezando x su muy original título, y te he dado mi voto hoy en el
concurso de 20MINUTOS, 20 BLOGS. Pásate x el mío si t apetece:
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Mi mail es: dylanita@gmail.com para decirme cualquier opinión sobre el tema o cualquier otra cosa.

Un saludo. Y, en cualquier caso, un placer! Hasta pronto!

vayeciyos

estoo, he empezado a leer el post, pero me dao cuenta de que es mu tarde así que… lo dejo pa mañana sin falta porque está interesante… pero me daba cosa no comentar nada.

como está la cosa con la publicidad no??, oye, que si quieres trato, yo también me apunto!!, pásate por http://relacionespublicadas.blogspot.com, y si quieres voto diario… vayeciyos@gmail.com

saludetes!!

Iván

Gracias a los dos. Yo he visitado los vuestros, y los he votado. Por que me han parecido buenos. Espero que hayáis posteado para decir lo mismo y no solo, como dice vayeciyos, para hacer publicidad. No es que me visite mucha gente, así que no hay demasiada notoriedad…

Betote

Uno de mis mejores amigos le regaló este año a su compañera, precisamente, 72 huevos Kinder.

Tiene esa clase de ideas que le hacen a uno odiarlo de pura envidia.

Iván

Lo de los huevos kinder lo escuché en un programa de radio y me pareció genial como regalo. La idea no es mía, pero a la hora de planear la trama me pareció que quedaba perfecto. Sergio puede que no haya caído en el hecho de asociar anillo y matrimonio. Pero, desde luego, no se puede negar que no haya demostrado ser imaginativo. Al menos por esta vez.


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