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Escalones: Capítulo 1 – Edurne.

Levanto el pie izquierdo y noto como con cada centímetro que lo alzo que cada vez se me hace más costoso hacerlo. Lo poso sobre el escalón e, inmediatamente, trato de levantar mi pie derecho para situarlo a la misma altura que el izquierdo. Apenas puedo con mi cansado cuerpo. Llevo tantas horas subiendo escaleras que ya apenas recuerdo lo que es una superficie lisa y recta. Junto los pies y descanso unos segundos. Mis pensamientos discurren lentamente, como mi propia velocidad de ascensión, cruzando con parsimoniosa tranquilidad ante mi mente.
“Tengo que lograrlo”, pienso. “Tengo que conseguir llegar al final de esta puta escalera. Seguro que todavía consigo llegar a tiempo de que liquiden a mi hermano. Solo deben quedar unos cuantos escalones. No puede haber ascendido tanto con Iker a cuestas”.
De nuevo me pongo en movimiento. Aunque breve, la pausa me ha liberado de parte del cansancio y, al menos en un primer momento, los escalones me parecen menos altos unos de otros. Un nuevo pensamiento asalta mi cabeza, pero esta vez la atraviesa como si fuera un disparo.
“¿Y si ya le hubiesen matado?”. Miro el reloj. Pasan cinco minutos de las seis de la tarde. Ha comenzado a anochecer. “No puede ser tan tarde. ¡No tiene que serlo! La voz del teléfono me dio de margen como máximo hasta las seis para que llegase con el dinero hasta lo alto de la montaña. Y, aunque me aseguró que no esperaría más allá de esa hora, estoy segura que no lo decía en serio. Espero que fuera así. ¡Tiene que serlo!”.
-¡Espera cabrón! -grito con todas mis fuerzas.
El eco devuelve mis palabras con la misma furia con la que las lanzo y se van repitiendo hasta que paulatinamente desaparecen. Una vez lo han hecho solo hay silencio. Presto toda la atención que poseo en escuchar el más leve sonido que pueda demostrar una supuesta contestación de una persona pero no lo percibo. Solo la tranquilidad de un atardecer en medio de la montaña donde extrañamente tampoco se oyen los sonidos de ningún animal.
-¡Espera! ¡Casi estoy arriba! ¡Y traigo tu puto dinero! –esta vez no trato de escuchar nada.
Los nuevos pensamientos hacen que apremie mi escalada y me hacen apartar el cansancio. Voy cada vez más deprisa. Parece como si de repente me hubiesen salido alas en los pies que me permiten subir los escalones sin ningún esfuerzo. Comienzo a hacerlo de dos en dos, cada vez más rápido, hasta que mis pies vacilan ante la inexistencia de escalera. Sorprendida trato de recuperar el equilibrio y, tras hacerlo, me yergo sobre mis piernas tratando de dominar mi alocada respiración a causa del esfuerzo sufrido por la subida. El corazón me late tan rápido que apenas puedo aguantarlo dentro del pecho. Observo a mi alrededor y, ante mi sorpresa, me encuentro en una pequeña explanada donde el vacío es el claro predominante. Apenas mediría más que el comedor normal de cualquier piso. Y allí no había nadie.
“Seguro que me ha mentido”, pienso mientras noto que prácticamente mi corazón ha vuelto a su ritmo normal. El único vestigio que demuestra la celeridad de mi carrera son los gruesos goterones de sudor que caen por mi frente y mi espalda. Comienzo a investigar el terreno. Con apenas diez pasos soy capaz de cubrir casi toda su longitud. Observo minuciosamente cada palmo de tierra con cada paso que doy tratando de descubrir cualquier rastro que evidencie la presencia de una persona pero soy incapaz de hallarlo. “Aquí está claro que no ha habido nadie en mucho tiempo. La tierra es muy fina y no hay ninguna huella de pisadas. Y no creo que hayan pasado levitando. Y no hace aire como para borrar cualquier signo de presencia”.
El móvil interrumpe bruscamente mis pensamientos y me arroja de nuevo a la solitaria realidad de la colina. Cuento los timbres. Dos. Tres. Cuatro. Lo saco del bolsillo izquierdo de mi pantalón vaquero y observo la pantalla. No aparece ningún número, solo un simple aviso de llamada privada. El cuerpo empieza a temblarme y a duras penas consigo descolgar el teléfono. Una voz que ya se me ha hecho conocida resuena al otro lado de la línea con un tono que denota claramente un enfado.
-Ya te avisé que tenías que estar a la hora -me espeta malhumorado. Noto algo extraño en su voz que en la última llamada no había notado. Una extraña lejanía que hace pensar que habla a través de un manos libres. Apenas puedo distinguirla de la multitud de sonidos que se escuchan de fondo-. ¿Por qué no estabas a las seis en lo alto de la montaña? Te estás jugando la puta vida de tu hermano y pareces no darte cuenta. Voy a tener que darte una lección para que aprendas a no olvidar las promesas que haces a la gente-.
Un repentino sonido aparta mi atención de la conversación. Por mi primera impresión parece un disparo y no a demasiada distancia de donde me encuentro. Y, acto seguido, ocurre un hecho que me deja helada por unos escasos instantes: la detonación se oye también a través del auricular con una diferencia de tiempo de apenas medio segundo. El corazón me da un vuelco y apenas puedo respirar. Mi interlocutor también se da cuenta de que se ha filtrado el sonido a través del móvil y guarda silencio tratando de encontrar una manera de salir de la situación que claramente se ha vuelto en su contra. Por como habla parece que no ha sido él el autor del disparo. Balbucea y la situación tan comprometida le impide encontrar ninguna excusa con la que explicar todo aquello -.Te daré… Otra oportunidad –era mi ocasión para tratar de atraparle. Estaba actuando de manera precipitada y, si era capaz de serenarme y pensar anticipadamente mis movimientos, quizá lo pudiera conseguir. Una idea cruza como un rayo por mi mente. Comienzo a investigar la pendiente de toda la explanada mientras le sigo la corriente. No tengo mucho tiempo.
-¿Otra oportunidad? –le pregunto tratando de que mi voz sea lo más serena y tranquila posible.
-Si. Otra oportunidad –ahora su voz suena más clara. Ya no se escuchan los sonidos de fondo, lo que demuestra que está hablando directamente a través del auricular, sin utilizar ningún dispositivo de manos libres. Encuentro un pequeño sendero que desciende por el lateral contrario a la escalera por la que subí. Hay huellas de pisadas pero solo distingo un modelo de zapatillas. Comienzo a bajar todo lo deprisa que me permiten mis cansadas piernas tratando, además, que no se escuche nada por el teléfono. Me cuesta horrores hacer que mi voz no se altere por mi carrera pero me da la impresión de que lo consigo por que no percibo ninguna sospecha en el tono de voz de mi interlocutor. Continúa diciéndome en que consiste su proposición -. Te diré donde vas a dejarme esta vez el dinero. ¿Has subido ya todas las escaleras?
-Sí. Ya estoy arriba –miento deliberadamente.
Miro a mi espalda y todavía alcanzo a percibir la cima de la montaña. Está unos doscientos metros más o menos por encima de mi cabeza y, aunque ya apenas veo gran cosa debido a la oscuridad que ya prácticamente ha inundado todo mi campo de visión, aún observo el sendero que baja de ella. El mismo por el que ahora estoy descendiendo a toda velocidad tratando de mantener mi equilibrio y no tropezar con las piedras que jalonan todo el ancho del camino. Mi cerebro se colapsa. Apenas puede prestar atención a la multitud de acciones que estoy realizando. Noto como mi respiración se torna entrecortada debido al esfuerzo de la carrera y, a pesar de todos mis intentos, el secuestrador también lo percibe-.
-¿Qué pasa? ¿Qué estás haciendo? –noto cierto nerviosismo-
-No pasa nada. Solo estoy un poco exhausta debido a la subida. Nada más es eso. Acabo de ver el camino del que estás hablando. ¿Qué tengo que hacer? ¿Bajar por él?
-Sí. Tienes veinte minutos para llegar hasta un pequeño claro donde se divide el camino del que te hablo. Allí hay un castaño muy grande justo a la derecha de donde tú vendrás. Deja ahí escondido el dinero. Que quede fuera de la vista –observo una pequeña luz verde a unos cien metros de donde estoy. Decido parar en seco mi carrera y aproximarme lentamente hasta ese pequeño destello. Me acerco tan despacio que estoy convencida de que los latidos de mi corazón van a delatar mi presencia antes incluso de poderme ver y, aunque no estoy muy segura de lo que puede ser, intuyo que debe ser de algún móvil. Y apuesto al noventa y nueve por ciento de seguridad que es el de la persona tras la que voy detrás. “Si dice que hay veinte minutos desde arriba del todo hasta el claro estoy prácticamente segura que tiene debe ser el de ahí delante. No puede haberle dado tiempo a dejar el sitio”. Ya estoy tan cerca que alcanzo a escuchar su voz. Y ahora no tengo ninguna duda. Escucho las mismas palabras a través del teléfono que fuera de él -. ¿Has entendido bien todo lo que tienes que hacer?
“¿Y ahora que hago?” pienso. “Si le contesto me oirá seguro. Ya casi alcanzo a verle con nitidez. Si le hablo en voz baja no me oirá y se extrañará. Y si no le contesto la sospecha será totalmente segura. ¿Y si ahora que estoy tan cerca probara a sorprenderle y tratar de reducirle? Estoy convencida de que cogiéndole por sorpresa podría con él. Por otro lado, ¿cómo es que está solo? ¿Y mi hermano?”. Acabo de fijarme. No puedo ver todo el entorno pero estoy segura de que no hay nadie más. A no ser que esté oculto lejos del camino solo hay una persona. “Me la voy a jugar. Voy a ir a por él”.
-¿Estás ahí? –grita enojado y el nerviosismo comienza a apoderarse de su cuerpo. Se levanta y se mueve en círculos mientras sigue tratando de que yo le conteste- ¿Dónde estás? Como no me contestes te aseguro que tu hermano lo va a pasar mal -. Apago el móvil y lo dejo en el suelo. Me agazapo tras un pequeño matorral a escasos metros de donde se encuentra y aguardo la oportunidad de arremeter contra él. Me da la impresión de ser un felino que aguarda pacientemente el momento más oportuno de saltar contra su presa, con la única diferencia que yo apenas puedo contener mis nervios dentro de mi cuerpo-. Ahora la hija de puta me cuelga. No sabe con quién está jugando -. Por un instante la voz me resulta conocida pero en seguida aparto ese pensamiento de mi cabeza. Trato de vaciarla por completo de cualquier estímulo intentando encontrar el momento oportuno de salir corriendo y golpear al secuestrador. No tengo muy claro lo que haré una vez le golpee pero estoy segura que cuando le tenga en el suelo sabré como actuar. Miro en torno mío y descubro una piedra no mucho más grande que mi mano y lo suficientemente ligera como para usarla cómodamente en una situación repentina. La agarro y la sostengo firmemente con mi mano derecha. Por un momento el hombre se detiene y, mientras parece meditar el siguiente paso a dar, decido llevar a cabo mi improvisado plan. Tenso mis piernas. Estiro los brazos y trato de conseguir el máximo impulso posible. Arranco la carrera con el pie derecho e intento hacer la zancada lo más grande que puedo. “¡Allá voy! Ya no puedo echarme atrás”.
Salgo de mi escondite y fijo mi objetivo en la persona que tengo a escasos veinte metros. Diecinueve. Dieciocho. Jamás pensé que era capaz de correr de esta manera. Cada vez que avanzo un pie da la impresión de que me levanto en el aire y soy capaz de volar durante unos segundos. Y entonces me poso violentamente en la tierra y pongo todo el esfuerzo en adelantar el pie contrario. Y todo mientras conservo fija la mirada en aquel hombre que tengo delante. Aquella persona que dentro de poco estaría a mi merced. Y mientras voy corriendo con toda la fuerza que soy capaz de imprimirle a mis piernas balanceo la piedra en mi mano tratando de añadir con ella aún más impulso a mi frenética carrera. Quince metros. Catorce. Noto un pinchazo en el muslo izquierdo y como rápidamente se va transformando en un punzante dolor que lucha con mi cerebro por ser el centro de mi atención. Pero no lo consigue. Para mi solo existe una cosa: dejar fuera de combate a aquél que tanto me ha hecho sufrir en estos dos últimos días. Y juro por lo más sagrado que lo voy a conseguir. Once. Diez. Casi alcanzo a ver su cabeza. Me da la espalda y, pese a la tenue oscuridad que ha impuesto la noche, consigo advertir que la tiene cubierta con un pasamontañas. Y entonces se da la vuelta. Percibo sus movimientos a cámara lenta y, pese a la rapidez de los hechos, todavía soy capaz de calcular concienzudamente mis movimientos. Ocho metros. Detengo el balanceo de mi brazo derecho y lo tenso con la intención de acumular la máxima fuerza posible para desencadenarla en el golpe a mi adversario. Seis metros. Ya ha advertido mi presencia y mis intenciones y, pese a que está claramente sorprendido y es incapaz de pensar con suficiente celeridad, trata de tomar una posición de defensa para repeler con eficacia el ataque. Tres metros. La última zancada antes del impulso final. Aterrizo con mi pie izquierdo sobre el terreno pero con tal mala suerte que lo hago sobre una piedra que sobresale unos centímetros por encima de la tierra. Mi pie se tuerce. El dolor me recorre como un rayo desde la extremidad hasta mi cerebro y esta vez no hay nada que pueda hacer para apartarlo de mi mente. Entra en ella atravesando todos los obstáculos que había tendido para mantener mi atención centrada en el ataque y estalla en un daño tan horroroso que por unas centésimas de segundo olvido que ahora sí que realmente estoy volando. Cierro los ojos a consecuencia del sufrimiento que me produce la torcedura y cuando tras un instante consigo abrirlos me noto en el aire sin poder hacer otra cosa que procurar hacer que mi caída sea lo menos dolorosa y violenta posible. Veo aproximarse el suelo con rapidez. Cierro los ojos de nuevo y me dispongo a recibir el impacto. Caigo sobre mi costado derecho y siento como mi brazo amortigua todo el peso de mi cuerpo. Pero por fortuna parece no romperse. Me golpeo la rodilla contra el suelo y percibo como mis pantalones se rasgan cuando tratan de frenar el impulso acumulado en la carrera. Me deslizo apenas unos centímetros por el terreno pero a mí me parecen mucho más que metros y cuando por fin freno siento como todos los tejidos que están en contacto con la tierra han desaparecido por el rozamiento y no han conseguido evitar que la piel se desgarrara en el lugar que antes ocupaban. Mi cerebro está a punto de estallar debido al sufrimiento causado por todas las heridas que mi caída ha provocado y siento como estoy a punto de perder el conocimiento. Y trato con las escasas fuerzas que aún me quedan de evitarlo. Giro con esfuerzo mi cuerpo hasta ponerme boca arriba e intento abrir los ojos. El dolor me impide hacerlo por completo y a través de mis entornados párpados consigo ver el espacio que tengo alrededor. Apoyo mi mano izquierda en el suelo y trato de incorporarme. Un horrible daño me recorre el cuerpo cuando intento mover mi costado derecho, así que decido no hacerlo. Me mantengo es esta postura durante unos segundos y, de repente, me acuerdo de donde estoy y en la situación en la que me encuentro. Estoy totalmente indefensa ante el hombre al que yo pensaba dejar fuera de combate. Muevo la cabeza en su busca pero no lo encuentro. Parece que ante la sorpresa haya huido. O quizá se haya escondido. Trato de ponerme derecha y erguir mi espalda pero una nueva ráfaga de dolor me lo impide. Impotente, me tumbo de nuevo en el suelo. Levanto mi brazo izquierdo y lo muevo hasta que entra en mi campo de visión. Parece intacto. Observo el antebrazo, el codo… Todo perfecto. Ninguna rasgadura ni rastro de sangre. Vuelvo a depositarlo en el suelo y me centro en levantar el brazo derecho. Apenas me obedece y, cuando al fin consigo elevarlo de la tierra hasta una altura suficiente para poder verlo, me doy cuenta de que no lo reconozco. El jersey apenas existe por debajo del hombro y solo mantiene unos restos cogidos a la muñeca. Y esa parece ser la única parte que todavía no está en carne viva. Del antebrazo descienden unos gruesos goterones de sangre en dirección al hombro. Y, aunque no consigo distinguirlo con claridad, imagino que éste aún lo conservo intacto. Me fijo en el codo. La piel se ha levantado donde siempre antes había permanecido y ahora era el destino de otro riachuelo rojo que discurría por toda la superficie del brazo hasta la unión de éste con el antebrazo. Noto como se acumula en ese sitio y me cae una gota en la nariz. Aunque quiero apartarme no lo consigo. Mi mirada permanece fija en ese punto y mi mente comienza a nublarse. Otra gota de sangre. Esta vez me cae en la mejilla, cerca del ojo derecho. Parezco alelada y apenas me doy cuenta de lo que ocurre a mi alrededor. De repente las fuerzas que sostenían a mi extremidad en el aire cesan y sin previo aviso el brazo cae sobre mi cara. No siento nada. Mi cerebro tiene demasiado dolor como para notar otro impacto y, aunque trato de evitarlo, siento como empiezo a desvanecerme. Lentamente. Sin poder hacer nada por evitarlo. El daño me ciega. La vista se va tornando borrosa de afuera hacia dentro y siento como el mundo consciente se va desprendiendo bajo mi cuerpo. Floto. Noto una ligera sensación de vértigo y como caigo hacia un abismo de oscuridad.
“¡No debo desmayarme”, pienso. Abro los ojos y, no sin esfuerzo, trato de mantenerlos abiertos. Pero apenas puedo hacer otra cosa que dejarme llevar por el desmayo. “¡No te rindas!”, me ordeno a mi misma. Me doy cuenta de que mi respiración se ha disparado y ha aumentado mi ritmo cardiaco. Intento relajarme y respirar más pausadamente. “Tengo que mantenerme consciente. No debo estar muy segura en estas circunstancias. Tengo que estar despierta…”
Se me cierran de nuevo los ojos. Otra vez la sensación de caída. La oscuridad me atrapa por los pies y trata de arrastrarme al fondo del agujero del desvanecimiento. Hago acopio de las últimas fuerzas que aún conservo y vuelvo a recuperar la conciencia de la realidad. Intento levantarme para así conseguir despejarme y alejar de mi mente el intenso dolor que martillea mi cerebro tratando de machacarlo sin misericordia. Pero una vez más me es imposible. Los músculos no me obedecen y soy incapaz de coordinar mis movimientos en un intento de alzarme sobre mis brazos. Decido ceder al dolor y al desmayo. Mi mente se vacía de sufrimiento y va perdiendo paulatinamente la consciencia. La vista se vuelve cada vez más borrosa y justo cuando estoy a punto de cerrar los ojos aparece en mi campo de visión una persona con la cabeza cubierta con un pasamontañas. Aunque no lo distingo con claridad y mi cerebro apenas puede procesar ningún dato reconozco en él a la persona que estaba persiguiendo.
-¿Estás bien?
Las palabras resuenan en mi cabeza como el eco en una montaña y, aunque quiero contestar, soy incapaz de hacerlo. Me mira con preocupación. “No se que me vas a hacer pero espero que me lleves con mi hermano”. Me hubiera gustado decirlo en voz alta pero lo único que consigo hacer es una mueca de dolor . Me sigue mirando y se quita el pasamontañas. Unos rizos morenos destellan a la luz de la tímida luna. Y lo último que alcanzo a distinguir antes de desvanecerme es la cara de Iker. “No voy… a desmayar… me… “..

Comentarios

2 comentarios

Yo&yomisma

Hola de nuevo!!! Me alegro que te hayas decidido a publicar esta historia….. En mi modesta opinión, recuerda que soy una simple becaria de un gabinete de prensa aburrido, la historia está bien, igual se hace un poco lenta ya que dedicas mucha atención a los detalles, pero, definitivamente, me encanta leer lo que escribes. Espero con atención el segundo capítulo de tu ‘libro’.
Por cierto, me he quedado con las ganas de saber si a Sergio no le queda más remedio que casarse con Marta, jaja!!
Un saludo.

Iván

Muchas gracias por tus felicitaciones. No sabes la ilusión que me hacen. Sobre el relato trataré de excusarme. Es una historia que tiene un tiempo y decidí no tocarla para que mantuviese el espíritu original. Si es cierto que muchas veces soy muy descriptivo ( y eso que siempre me he quejado de los autores que lo describen todo hasta la saciedad). Intentaré corregirlo en un futuro. Sobre empareja2. Estoy acabando el 8. Supongo que la subiré el sábado. Y en ella introduzco un nuevo presonaje que discute con Marta por la manera de actuar de Sergio. Y ya no digo más.
;D


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