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Atrapados por la nieve (1) : Rompiendo el silencio.

-Lo siento, señor. Pero si no llevan cadenas no pueden continuar.
La nieve se acumulaba en las cejas y en el bigote de aquel Guardia Civil dándole un aspecto de adorno navideño. La gorra también estaba completamente blanca y, aunque la oscuridad de la noche agravada por la terrible nevada impedía la visibilidad, Iñaki alcanzó a ver que el resto del uniforme se había tornado del mismo color.
-¿Seguro que no podemos continuar, agente? –preguntó albergando alguna esperanza-. No parece que haya tanta nieve como para no dejarnos pasar.
-Lo siento. Tengo órdenes de no dejar a ningún vehículo continuar si no llevan puestas las cadenas. Tendrán que dejar el coche aquí y acompañarme hasta el pueblo más cercano. Según las previsiones la tormenta se hará más fuerte.
-¿No querrá que lo dejemos todo y nos vayamos con usted? –preguntó Maika. Estaba sentada en el asiento del copiloto y había permanecido expectante hasta ese momento. No estaba dispuesta a que nadie le pudiera robar el coche, con sus pertenencias, por haberlo dejado abandonado-. Lo siento. Pero no vamos a salir de aquí.
-No podemos arriesgarnos a quedarnos enterrados por la nieve –le dijo Iñaki girando la cabeza hacia donde ella estaba sentada-. Podemos quedarnos congelados.
-Tenemos gasolina de sobra. Y también comida. No pienso largarme.
-Señores. No hay tiempo de discusiones. Recojan los objetos de primera necesidad que crean necesarios y suban al todo terreno.
El Guardia Civil se dio la vuelta y recorrió lentamente los escasos metros que le separaban de la patrulla. Su figura se volvió borrosa con el primer paso que dio y no tardó en desaparecer completamente absorbida por la noche. La diminuta luz del interior del coche en el que viajaban Iñaki y Maika apenas iluminaba un pequeño cerco a su alrededor. Los copos de nieve eran tan gruesos y tan copiosos que limitaban aún más el alcance de la pequeña bombilla. Una vez hubo marchado el agente la pareja se enfrascó en una discusión. Una más.
-¿Por qué tienes que dudar de su palabra? –preguntó Iñaki de mal humor-. Si nos dice que nos tenemos que ir pues nos vamos. Te recuerdo que es un Guardia Civil y que nos puede detener a los dos si no obedecemos.
-¡Me importa una mierda lo que pueda hacer ese tío! –gritó Maika-. No quiero dejar mis cosas aquí para que cualquiera me las robe. Así que si quieres irte te vas tú solo.
-¿Cómo voy a irme yo solo? ¿Estás oyendo lo que dices?
-Claro que lo oigo. Pienso las cosas antes de decirlas. No como tú.
-¿A que viene eso? ¿Estamos en medio de una tempestad de nieve y tú continuas discutiendo por lo mismo?
-Discutiré de lo que me de la gana.
-Ya te he pedido perdón. Creo que ya debería valer.
-¡Pues no vale! –Maika chillaba cada vez más. La peligrosidad de la situación en la que se encontraban inmersos no hacía que olvidase el motivo por el que se encontraban allí-. Ya te dije que no quería ir a ver a tu madre. No tenías por que decirle que ibas a presentarle a tu novia. ¿Por qué coño no me lo consultaste?
-Pensé que te gustaría dar ese paso. Afianzarnos como pareja.
-Empiezo a dudar que seamos una pareja. Estoy harta de que no me consultes las cosas antes de comprometerte. Puede que sea nuestro último viaje juntos.
-¡Van a venir o tengo que detenerles! –con la discusión la pareja no se había dado cuenta de que el Guardia Civil había vuelto hasta donde ellos se encontraban. Ni siquiera Iñaki había cerrado la ventanilla-. Estoy helado y tengo ganas de llegar al cuartel. Y no me gustaría tener que abrir el calabozo.
Sin atreverse a contestar ambos se soltaron el cinturón de seguridad y recogieron las chaquetas de los asientos traseros. Abrieron sus respectivas puertas y salieron al exterior. Los copos impactaban con fuerza contra el cuerpo haciendo insufrible el frío dolor que causaban sobre la piel desnuda de las manos y la cara. Iñaki recogió una pequeña mochila del maletero del coche mientras Maika acompañaba al agente hacia su todo terreno. Se aseguró de que las puertas del coche estaban bien cerradas y fue a reunirse con ellos. El viento soplaba de cara dificultando aún más el avance. Cuando entró en la patrulla el calor y la tranquilidad del vehículo reconfortaron momentáneamente su cuerpo. Hasta que observó el rostro de su pareja. Sus ojos irradiaban pura rabia evidenciando que el enfado se aparcaba hasta más adelante.
-Voy a dejarles en una pensión que hay en el pueblo más cercano –dijo el Guardia Civil mientras arrancaba el coche y giraba el volante para dar media vuelta-. Es de un amigo mío. Allí estarán calientes y secos hasta que mañana, si ya ha acabado la tormenta, puedan volver a su vehículo. Ustedes son la tercera pareja que tengo que llevar allí esta noche.
La patrulla avanzaba lentamente por la carretera emitiendo un sonido metálico que casi no era perceptible por el estruendo de la tormenta. Los faros apenas alumbraban lo que se encontraba por delante. Según recordaba la pareja el último pueblo que habían pasado se encontraba a poco más de cinco minutos. Pero la dificultad añadida de la tempestad hizo que tardaran más de media hora en llegar. Pasaban diez minutos de las doce de la noche y las farolas estaban apagadas. El aspecto de la calle era tétrico y fantasmal.
-¿Por qué están apagadas las farolas? –preguntó Iñaki extrañado-. ¿Se habrá ido la luz?
-No es por eso –respondió el agente mirándole por el espejo retrovisor-. A partir de las doce las apagan para no gastar electricidad. Tampoco las utilizaría nadie. Es un pueblo tan pequeño y con gente tan mayor que todos están en la cama antes de las nueve. A estas horas es imposible que haya nadie por la calle. Y más con esta nevada.
El coche salió de la carretera principal y torció a la derecha por una mucho más estrecha. Avanzó unos metros más y se detuvo, girando un cuarto de vuelta, para aprovechar la luz que proyectaban los faros. Éstos alumbraron la entrada de una gran casa de piedra, que se erguía majestuosa desafiando a la tormenta. Los extremos quedaban ocultos por la noche.
-Ya hemos llegado. Vamos para adentro.
Bajaron del vehículo y los tres se encaminaron a la pensión. El agente pulsó el timbre y la puerta, de roble macizo ligeramente descuidada, se abrió con un sonoro chirrido. Maika sintió un estremecimiento al imaginarse metida en una típica película de terror.
-Buenas noches –saludó el hombre que había abierto. Tendría alrededor de cuarenta años, aunque por sus arrugas hubiera sido bastante normal echarle unos cuantos más. Tenía una media melena, de un tono gris claro, y sus frondosas cejas, también grises, ponían colofón a unos ojos de mirada inquisidora que se movían nerviosos por detrás de unas gruesas gafas de pasta marrón, claramente anticuadas-. ¡Ah! Hola otra vez, Luis. ¿También se han quedado atrapados en la carretera?
-Pues sí –respondió el Guardia civil mientras se introducía en la casa, seguido por Maika e Iñaki-. Esta noche vas a hacer más caja que todo el invierno junto.
Ante ellos se abría una pequeña estancia, de apenas nueve metros cuadrados, que estaba ocupada casi en su totalidad por un mostrador de madera maciza, dejando el espacio justo para el paso de una persona con maleta. Era bastante similar a la barra de un bar, aunque mucho más corto. El barniz estaba muy envejecido, desconchándose en algunos puntos, denunciando su falta de cuidados. Tras el mostrador, y colgado en la pared, un pequeño panel de madera con ganchos servía de colgador para las llaves de las habitaciones. “Hay dos huecos”, pensó Iñaki mientras lo observaba. “Deben de ser las habitaciones de las dos parejas de las que habló antes el Guardia Civil”. Echó una ojeada alrededor. Al fondo una escalera de madera ascendía hasta el piso superior. A la derecha se abría un pasillo, que permanecía oscuro.
-¿Me podéis dejar un DNI para ir cumplimentando la ficha de la habitación? –dijo el hombre mientras pasaba detrás del mostrador de recepción y sacaba una vieja agenda-.
-Ahora mismo –dijo Iñaki sacando la cartera-. Aquí tiene. ¿Hay baño en la habitación?
-No. Hay un baño completo para toda la pensión. Lo encontraréis al fondo del pasillo –terminó de cumplimentar la ficha de entrada y devolvió el carné a su dueño-. Vuestra habitación será la número ocho. Según avancéis por el pasillo es la cuarta puerta a mano derecha. En el armario encontraréis mantas adicionales por si acaso tuvierais frío por la noche. Para cualquier cosa no dudéis en llamarme. Estaré aquí o sino en el comedor, que está en ese pasillo –señaló con el dedo índice la puerta que se abría frente a sus ojos y que estaba completamente a oscuras-. Si os apetece algo de cenar decídmelo. Aquí tenéis la llave.
Maika cogió con decisión la llave que sostenía aquel hombre y, sin disimular su enfado, echó a andar escaleras arriba, sin esperar a su compañero ni pretender ayudarle en la tarea de acarrear con el equipaje. Subió con rapidez los peldaños y giró a la derecha perdiéndose de vista. Iñaki cogió la mochila junto con su abrigo y se dispuso a reunirse con ella.
-Bueno –dijo tímidamente dirigiéndose al Guardia Civil-. Muchas gracias por habernos traído. Y perdone por las molestias.
-No se preocupe –dijo el agente encaminándose a la puerta-. Mañana, si todo va bien, vendré a buscarles. Que pasen una buena noche.
-Gracias –dijo Iñaki subiendo las escalera-. Igualmente.
Llegó arriba y miró a su derecha contemplando el largo pasillo. El suelo estaba construido con amplias vigas de madera que, con el paso del tiempo, se habían deformado ligeramente formando pequeños escalones en las uniones que formaban unas con otras. La tenue luz que proyectaban las bombillas denunciaba su mal estado así como el de las paredes, que también acusaban la falta de conservación general. Las bombillas pendían directamente del cable, sin ningún tipo de lámpara para embellecerlas, dándoles un aspecto abandonado y lúgubre, a la vez de tenebroso. A ello no ayudaba la mínima decoración de las paredes. El papel pintado que las cubría, decorado con motivos florales, se despegaba en muchos rincones y unos cuadros, que reproducían obras conocidas, colgaban de los clavos sin guardar ningún tipo de orden estético. Muchos, además, estaban torcidos. Las puertas de las habitaciones contribuían el estado deprimente de la casa. El barniz se decapaba en finas escamas y los pomos, antiguos y pasados de moda, estaban desgastados por el uso. “¿Dónde coño nos hemos metido”, pensó Iñaki mientras avanzaba por el pasillo mirando a los lados. “Parece la casa típica de una peli de miedo”. Se detuvo ante uno de los cuadros observando al que estaba allí pintado. “Éste me suena bastante. El marco parece que esté a punto de romperse. Y los ojos. Parece que realmente te miren. También como en las películas”. La voz del Guardia Civil le sacó de sus pensamientos. Sonaba débil y lejana pero perceptible.
-Buenas noches. Hoy no te vas a aburrir.
-No –dijo la voz del dueño de la pensión-. Esta noche va a ser muy movida.
El sonido de la puerta principal al cerrarse devolvió el frío silencio a la casa. Iñaki retomó su avance y llegó hasta su destino. Las habitaciones estaban enfrentadas entre sí en hileras de cuatro por cada pared del pasillo. Al fondo había otra puerta, perpendicular a las demás y algo entreabierta. “Supongo que ése será el baño. Ya lo miraré después. Primero tengo que hablar con Maika y reconciliarme con ella. Y no lo voy a tener fácil”. Asió el pomo de la puerta de su habitación y la empujó. Ésta se quejó con un sonoro chirrido que recorrió toda la pensión rasgando violentamente el silencio, que había vuelto a adueñarse de ella.
-¿No puedes avisarme antes de entrar? –preguntó Maika malhumorada desde la cama-.
-lo siento. No pensé que fuera a chirriar de esta manera –Iñaki hizo una pausa mientras calibraba las palabras siguientes-. ¿Qué tal estás?
-¿Quieres que te diga como estoy? –respondió ella casi chillando-. ¿Estamos en un pueblo perdido, rodeados de nieve, en una pensión de mierda y encima sin que yo haya querido? Por tu bien será mejor que no profundices en el tema. Y encima no hay cobertura.
-Será por la tempestad.
Iñaki entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí tratando, en vano, de que no hiciese ruido. La estancia era bastante amplia aunque con una decoración minimalista. Las paredes estaban pintadas en blanco y, extrañamente, conservaban vivo e intacto aquel color. Ninguna mancha ni desconchón afeaban su superficie consiguiendo un aspecto suficientemente cuidado, aunque desnudo. Solo un gran armario de madera maciza era capaz de llenar el espacio de una de las paredes. En otra de ellas, de frente según se entraba, una diminuta ventana se asomaba tímidamente a la oscuridad de la calle. No tenía cortinas pero, aún así, no entraba nada de luz a través de los cristales. A la derecha una gigantesca cama de matrimonio incitaba a algo más que a un reparador sueño. Un crucifijo sobre el cabecero vigilaba mudo la habitación. Iñaki se estremeció al contemplarlo. No por que no estuviera de acuerdo con lo que significaba, que también, si no por que le dio la impresión de abultar más de lo habitual. “Parece ocultar algo en su interior. Tendré que echarle un vistazo”. Unos gritos interrumpieron sus pensamientos desviando para siempre sus intenciones.
-¡¿Pero como se te ocurre confesármelo?!
Una voz masculina gritó enfurecida. Parecía provenir de una de las habitaciones de la planta superior. Iñaki y Maika se volvieron hacia la puerta prestando el máximo de atención para escuchar lo que decía. Daba la impresión de que aquella persona mantenía una conversación con otra que hablaba más bajo que su interlocutor, resultando imperceptible a sus oídos.
-¡¿Qué lo sientes?! ¡¿Ahora lo sientes?!
La misma voz masculina volvió a elevarse sobre el silencio. Iñaki salió sigilosamente al pasillo para tratar de averiguar de donde provenían los gritos. Por fortuna esta vez la puerta no chirrió con la misma intensidad que antes por lo que no intervino en la discusión que espiaba. Avanzó unos pasos mientras agudizaba al máximo su oído. No tardó en localizar la fuente de los gritos: la habitación que estaba situada en frente de la suya. Se pegó a la puerta para escuchar con claridad.
-¿Lo sientes? –esta vez no gritó tanto, afortunadamente para Iñaki-. No parece que lo sintieras tanto en ese momento. ¡Y no llores! No me creo tu arrepentimiento.
-¡No me trates así! –una voz femenina replicó a la anterior. Sonaba tenue y compungida. Un sollozo, que ahora se hacía perceptible, provocaba ligeros vaivenes en la voz de su propietaria-. Ya te he dicho que lo siento.
-¡Tus lágrimas y tus disculpas no me valen! ¡Seguro que no llorabas cuando estabas en la cama con mi mejor amigo! ¡No te mereces nada! ¡Y menos mi perdón! ¡Hemos terminado!
Iñaki escuchó el sonido de unos pasos acercándose hasta donde él estaba espiando. Rápidamente abandonó su posición, recorrió en dos zancadas la distancia que le separaba de su habitación y se escondió en ella sin prestar atención al ruido que provocaba. El chirriar de otra puerta se superpuso sobre su escapada y un posterior portazo hizo temblar las paredes de toda la pensión. Sonó como una explosión en mitad de un desierto. Cuando los ecos se hubieron esfumado, y los oídos de Maika e Iñaki se acostumbraron de nuevo al silencio, ambos se miraron tratando de comentar con los ojos aquello que habían escuchado. Estuvieron a punto de aparcar el enfado para hacerlo con palabras pero otro imprevisto les sobresaltó haciendo que olvidaran todo el incidente. Súbitamente las luces se apagaron quedando los dos completamente a oscuras.
-Parece que se ha ido la luz –comentó en voz alta Iñaki-. Espero que no tarde en volver.
-Espero que no –dijo Maika sumándose a sus deseos-. Está todo en tinieblas. Ni siquiera entra algo de claridad por la ventana –hizo una breve pausa-. ¿Iñaki?
-Dime.
-Tengo miedo. No me gusta nada este sitio. Solo quiero que amanezca para salir de aquí.
-A mi tampoco me gusta este sitio. Pero no veo razón para tener miedo. No estamos en una película.
-Se que no hay razón para tenerlo. Pero no puedo evitar sentirlo. Este sitio me da mala espina.
-No te preocupes –Iñaki abrió una rendija en la puerta para comprobar que no hay había ninguna bombilla encendida en el pasillo-. Está todo apagado. Parece que se ha ido la luz en toda la pensión –cerró y avanzó hasta la cama, donde Maika estaba sentada, e hizo lo mismo, tratando de abrazarla. Ésta se dejó, y apoyó la cabeza en su hombro-. No tengas miedo. Yo te protegeré. Estando yo aquí no te pasará nada.
-Supongo que no tengo a nadie más de quién fiarme. Así que tendré que…
No acabó la frase. El sonido de unos pasos, que avanzaban rápidamente por el pasillo, le interrumpió. Sonaban con fuerza y decisión haciendo que la madera crujiese trasmitiendo las vibraciones al resto de la planta. Maika sintió como se movía la cama por las pisadas e, inconscientemente, agarró con fuerza el brazo izquierdo de Iñaki. El dueño de los pasos se detuvo ante la puerta, manteniéndose inmóvil tras ella. La pareja estuvo abrazada y expectante sin atreverse a averiguar quién había en el pasillo. Maika era capaz de sentir los latidos de su corazón, que intentaba sin éxito salir de su pecho. La puerta se abrió de golpe y, aunque estaban esperando algo parecido, ambos dieron un respingo emitiendo un sonoro grito de terror.
-No se asusten –dijo una voz conocida. Cuando se sobrepusieron a la impresión fueron capaces de vislumbrar al dueño de la pensión. Sostenía un pequeño candil en alto muy cerca de su rostro, donde ardía tímidamente una vela, dotando a sus rasgos de un extraño aspecto fantasmal. Solo sus ojos podían verse con nitidez y éstos despedían un brillo especial, que rivalizaban con el resplandor de la vela-. Parece que se ha ido la luz. Tendrán que bajar todos al comedor. La chimenea está encendida, así que no pasarán frío. También he encendido algunas velas.

Capítulo siguiente.


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