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Relaciones en el parque (parte 1).

Antes de que leáis la historia que viene a continuación he de hacer una advertencia. Es un relato erótico. Si a alguien no le gustan estos temas o por casualidad es menor de edad que se abstenga de leerlo 😛 . Es la primera vez que escribo algo parecido. A ver que tal sale. Espero vuestros comentarios.

Carlos abrió su buzón de correo electrónico con la esperanza de hallar el mensaje que tanto había esperado desde la última vez que vio a Sandra. Los nervios le recorrían el cuerpo con una descarga de energía adrelanítica mientras su vista estaba fijada en el cartel de “cargando”, que parpadeaba impaciente en la esquina superior derecha del monitor. “Si que tarda”, pensaba. Tendría que haberme contestado. Me prometió que lo haría antes de una semana y el plazo acababa hoy”. Leyó de un vistazo los remitentes, una vez la página hubo cargado, y, con un golpe de euforia, localizó el mensaje que buscaba. Pinchó en él y lo leyó tembloroso.

“He estado pensando en lo que me dijiste. Se que nos conocemos de toda la vida y el hecho de liarnos puede acabar con la relación que tenemos. Y eso sin pensar en lo que dirán nuestros padres. Pero desde que me dijiste que estabas enamorado de mí no he podido pensar en otra cosa. Durante esta última semana has estado presente en todo lo que hacía. Sin que estuvieras. Siempre te había visto muy atractivo. Tan guapo, tan seductor… Pero ahora me he obsesionado contigo. Y se que la única solución pasa por probarlo. Así que mi respuesta es sí. Quedamos frente al centro comercial a las ocho de la tarde”.

Carlos era incapaz de imaginar la impaciencia que le produciría la espera. Y según se acercaba el momento se hacía mucho más intensa, mientras la sensación del tiempo se ralentizaba. Después de pasar un día entero, como si hubiera transcurrido una semana, se encontró ante la puerta del centro comercial, tal y como había apuntado Sandra. Miró el reloj de su muñeca por enésima vez consecutiva y después alzó la cabeza, escudriñando la calle. “Llega tarde. Ya tendría que estar aquí”. Se giró y, aprovechando el débil reflejo que le devolvían los cristales de la entrada, se moldeó el cabello con las yemas de los dedos. Ninguna forma que conseguía acababa por convencerle y, tras muchos intentos, decidió dejarlo por imposible. Al darse nuevamente la vuelta divisó a Sandra, que se acercaba lentamente hacia él. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos hasta que la vergüenza hizo que agacharan la cabeza y esperaran al encuentro.
-Hola –dijo Carlos tembloroso sin alzar la vista. No pudo evitar fijarse en sus piernas, que descendían vertiginosamente hasta el suelo, separándolas de éste unos zapatos de tacón de color rojo a juego con el vestido, entallado y corto-. ¿Qué tal? –las palabras brotaban con dificultad-. ¿Qué tal estás?
-Bien –Sandra se mantuvo algo distanciada sin atreverse a darle dos besos, saludo característico entre ellos dos. No podía entender por que se hacía tan difícil su reencuentro cuando ambos estaban sobradamente acostumbrados a la mutua compañía-. Perdona por haber llegado tarde. Es que no sabía que ponerme y he tenido que coger lo que tenía más a mano.
-Estás preciosa –dijo Carlos con un hilo de voz mientras le miraba fijamente a los ojos. Al alzarlos se habían posado por unas décimas de segundo en su escote, pronunciado y generoso, y aquella imagen permanecía estática en su cabeza., dificultando aún más su concentración. Avanzó un paso y posó los labios sobre la mejilla de Sandra, estrechando débilmente su cuerpo contra el de su compañera. Pudo notar la esponjosidad de sus senos al oponerse frontalmente al contacto. Pero no fue eso lo que produjo el mayor impacto. El perfume de ella le golpeó el olfato sumergiéndole en un torrente de notas olorosas. Al dar el segundo beso las comisuras de los labios de ambos se rozaron, sin atreverse a unirse en un primer momento-. Tampoco has llegado tan tarde. No llevo tanto tiempo esperando.
Se adentraron en el centro comercial caminando despacio y a la misma altura. No habían decidido su destino pero eso no pareció importarles. Ambos estaban pensativos y mudos recordando su reciente contacto y decidiendo cual iba a ser el siguiente paso. “Jamás pensé que iba a estar tanto tiempo en silencio con Carlos”, pensaba Sandra. “Siempre hemos hablado, reído, gastado bromas… Sin que ninguno de los dos sintiera vergüenza del otro. Hemos crecido juntos sin darnos cuenta de que nuestra relación era tan íntima que solo faltaba el contacto físico para que resultara completa. No me había sentido especialmente atraída por él. Y ahora me vuelve completamente loca. Se que lo que estamos haciendo está prohibido. Pero me da igual. Arderé en el infierno para siempre, pero necesito probarlo”.
-¿Dónde vamos? –preguntó Carlos rompiendo el silencio-. ¿Qué te apetece hacer?
-No lo se. ¿Y a ti?
-No lo se tampoco. Pero algo tendremos que hacer. No vamos a estar toda la tarde dando vueltas por aquí dentro.
-¿Y si vamos a comer algo? No es que tenga mucha hambre pero empieza a ser la hora de cenar.
-¿Te apetece un helado?
-Bueno. Por que no.
Torcieron a la izquierda, por el pasillo que se abría frente a ellos, y se dirigieron a una de las heladerías del centro comercial. Solían ir a esa en particular por lo que los pasos se automatizaron y, sin pensar explícitamente en ello, al cabo de cinco minutos estaban frente al mostrador.
-¿Helado de fresa? –le preguntó Carlos a Sandra-.
-Ya sabes mis gustos –respondió ésta con un toque de ironía-.
-Y tú los míos –respondió él sonriendo. Era la primera vez que se miraban claramente a la cara aquella tarde y aquello supuso un punto de inflexión en la cita. Ambos se relajaron, dejándose llevar por la costumbre-. ¿Cuántas veces habremos venido aquí?
-Yo creo que cientos –respondió Sandra recordando lo diferentes que habían sido las ocasiones anteriores-. ¿Te acuerdas de la vez que pusimos perdido a tu padre con el helado?
-Como no me voy a acordar. Nos castigaron durante toda una semana. Simplemente por haber hecho una guerra con las cucharillas del helado.
Cogieron la bandeja que les servía el dependiente y, una vez hubieron pagado, se dirigieron a una mesa, alejada del mostrador. Depositaron la consumición sobre ella y se sentaron, uno junto al otro. Carlos eligió, en el último momento, una silla contigua a la de Sandra y no enfrentada, como habría sido habitual. “Espero que no se moleste”, pensó. Aguardó unos segundos esperando una reacción adversa pero ésta no se produjo. Se acercó un poco más a la mesa procurando estar en contacto con su compañera. Los brazos de ambos se rozaban y, lejos de apartarse, le dio la impresión de que ella se juntaba un poco más. “¿Por qué estoy tan nervioso? Al fin y al cabo hemos estado muchas veces juntos. Aunque claro. No de esta manera. Ya sabe que estoy enamorado. Y creo que le pasa lo mismo. No se como acabaremos esta noche. Pero estoy deseando reunir el valor suficiente para estrecharla entre mis brazos y darle el beso más intenso que haya probado nunca”.
-¿A que hora tienes que volver a casa? –preguntó Sandra tras meterse una cucharada de helado en la boca-. Mi madre me ha dicho que vuelva antes de las tres de la madrugada. Como estoy contigo no le preocupa tanto que salga por la noche.
-A mí no me han dado hora. Pero me dijeron que tratara de volver antes de las cuatro –hizo una pausa para probar su sorbete-. También me dijeron que cuidara de ti.
-Siempre dicen lo mismo. Desde que éramos unos críos..
La conversación continuó rememorando la juventud que tenían en común. Las familias de ambos se conocían de toda la vida y la convivencia conjunta había deparado numerosas anécdotas, grabadas en la mente de unos niños que crecieron juntos hasta convertirse en los jóvenes que eran ahora. Dialogaron amigablemente sobre todo ello, como tantas otras veces que habían quedado. Pero sucedió algo que no había ocurrido antes. Carlos, venciendo a duras penas la timidez, desplazó su mano derecha por debajo de la mesa hasta posarla sobre la pierna izquierda de su compañera. Entonces la conversación se interrumpió.
-Perdona –dijo él apartando rápidamente la mano-. No quería molestarte.
-No me molestas –dijo Sandra agarrándole la extremidad. Volvió a colocarla sobre su regazo-.Simplemente no he podido evitar sorprenderme. No estoy acostumbrada a que me toques de esta manera.
-Me he dejado llevar –Carlos acarició lentamente la pierna. “Suave y firme”, pensaba embelesado. Sintió un ligero sofoco cuando deslizó la mano por la cara interior del muslo. “Demasiado cerca”; y se alejó unos centímetros-. He deseado tanto estar contigo de esta manera que ahora no se continuar.
-¿Qué tal así?
Sandra borró con un beso la expresión de sorpresa de su compañero. En un primer momento permanecieron inmóviles, sin variar la postura. Como el beso más casto de una película infantil. Pero ella, al sentir la pasividad de Carlos, decidió llevar la iniciativa. Le rodeó con los brazos, apretándole con fuerza, y, abriéndole la boca con los labios, le introdujo la lengua en busca de su semejante. No tardó en encontrarla. Instantes después se enredaban entre sí como dos serpientes en pleno cortejo sexual. Carlos apartó la mano de donde la tenía situada y también la abrazó tratando de fundirse en un mismo cuerpo. Aunque la postura era incómoda. Al cabo de un par de minutos se separaron.
-¿Te sigue apeteciendo helado? –preguntó Sandra pícaramente sin soltarle las manos-.
-La verdad es que no. ¿Salimos?
-Vale.

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