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Justicia injusta.

“Confieso ante mí mismo
que, aún habiéndolo deseado,
no es tan placentero
como imaginaba.
El color de la sangre
que mancha mis nudillos
no me repugna.
Incita a mis puños
a seguir pegando.
Pero no me entusiasma.
Me resulta indiferente.
Quizá necesite
una mayor dosis
de endiablada adrenalina”.
Levanto mi brazo
y éste ajusticia
sin escuchar el alegato
de mi indefenso vencido.
Tendido en el suelo
chilla de dolor
bajo la lluvia de golpes.
Pero no le escucho.
En mis oídos solo suenan
los acordes de una famosa
sinfonía de Beethoven.
“¿Dónde habré escuchado
esta maldita canción?”
No logro recordarlo.
Tampoco me importa.
Todo es invisible
excepto yo mismo.
También aquel muchacho
que, pidiendo clemencia,
llora desconsolado
víctima de mi rabia.
“¿Por qué le estoy pegando?”.
Tampoco lo recuerdo.
Quizá sea mi venganza
al odio que recibí
de mis propios padres.
Quizá la respuesta
a los palos que me dio
esta vida infame
desde que era un niño.
O la marginación
de una sociedad
que en vez de reeducarme
prefirió torcer la vista
ignorando mis problemas.
“¿No tengo razones
para vengarme del mundo?”.
Alguien dirá que no.
Que el rencor no es consejero
de adecuada confianza.
“Quizá no sienta placer
ante mi violencia.
Pero sí me siento vivo”.
Sensación que se escapa
de mi víctima inocente
con cada puñetazo
que recibe en su cuerpo.
“¿Y si me destino fuera
el borrar de la Tierra
a aquellos indeseables
que ensucian nuestras calles
con su mugrienta presencia?”.
El tiempo y la muerte
me otorgan la razón.

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