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Relatos encadenados: recurso de mujer.

Eslabón anterior.

-Menos mal. Siempre he querido decirte cuanto odio a mi otro Papá.
La niña dejó en el aire aquellas palabras que cayeron como una losa sobre la ilusión de su padre. Aunque éste no dejó que se le asomaran los efectos de la decepción. Observó como su hija sorbía el refresco a través de la pajita. Sus diminutas piernas colgaban libremente de la silla de metal a escasos centímetros del suelo.
-Está bien –dijo él sobreponiéndose-. Ahora me toca a mí. Odio –rebuscó entre su cabeza-… Odio los yogures de plátano -la pequeña le miró sin apartar los labios de la caña. Esbozó una sonrisa-. También los de coco. Aunque algo menos.
-Pero si siempre los comíamos los tres juntos. Son los preferidos de mamá.
-Ya lo sé. Pero cuando te propuse este juego también te dije que no debíamos callarnos nada de lo que odiamos –“eso lo entendiste bien”, pensó recordando las palabras de su hija-. Tenemos tan poco tiempo para jugar…
-¿Y por que no puede ser todo igual que antes? –preguntó inocentemente-. A estar los tres juntos. Como antes del divorcio.
-Me temo que no podrá ser igual. Tu madre tiene una vida y yo otra. No se puede decir que la mía sea como yo deseaba. Pero quiero que entiendas que necesitaba este cambio. Además. Seguro que ella también habrá encontrado pareja.
-Que va –acompañó las palabras con un movimiento de cabeza-. Sigue sola. No ha encontrado a nadie.
El silencio se hizo se hizo el dueño de la conversación. La brisa soplaba entre las mesas de la terraza llevándose momentáneamente el bochorno de aquella tarde de sábado. “¿Por qué tendrá que ser todo de esta manera? Empiezo a pensar que le he arrebatado la infancia”.
-No quiero que te sientas culpable, Papá –le dijo la pequeña adivinándole el pensamiento. Su rostro reflejaba un perdón sin condiciones. Alargó la mano derecha por encima de la mesa y la mantuvo en el centro esperando a que su padre se la estrechase. Éste le correspondió sin poder evitar las lágrimas-. No llores. No ha sido culpa tuya. Además. Con Mamá tampoco estoy tan mal.
-Lo sé –se enjugó la mejilla con la mano libre. Junto con las lágrimas también arrastró algo de maquillaje-. No se merece todo lo que le he hecho sufrir.
-Ella dice que todavía te quiere. La he encontrado alguna vez llorando –la pequeña apartó la mano para rebuscar entre el paquete de su hamburguesa-. Igual que tú. Aunque no entiendo por que no me deja estar contigo.
-Supongo que estará enfadada. Es normal.
-Ya -hizo una pausa mientras se comía las últimas patatas fritas. Continuó expresando sus deseos en voz alta-. Me gustaría estar contigo. No quiero verte solo los sábados.
-Sabes que tiene que ser así –se le partía el corazón solo de pensarlo-. No podemos hacer otra cosa.
-¿No puedes hacer otro recurso? –la niña dominaba el lenguaje jurista-. Dile a tu abogado que lo intente otra vez.
-No puedo hacerlo. Que más quisiera que tener dinero para seguir pagándole. He gastado hasta el último céntimo que tenía ahorrado. Y no querrá defenderme si no le pago. Y, aunque quisiera hacerlo, ya sabes lo que pasaría –controló a duras penas la rabia que acumulaba-. La sociedad va por un camino y la justicia por otro. Ningún juez me dará tu custodia tras leer el expediente. O viéndome en el juicio.
-¡Pero eso no es justo! –la niña no contuvo su rabia. Elevó la voz mientras golpeaba con las manos la mesa-. ¿Por qué tiene que ser así?
Estaban tan enfrascados en la conversación que no divisaron a la persona que esperaban. El chico se acercó por detrás de la niña haciendo gestos a su padre para que no estropeara la sorpresa. Éste aguardó sabiendo que a ella no le resultaría agradable.
-¡Buenas tardes! –dijo el recién llegado tapándole los ojos. La cara de la pequeña no disimulaba el espanto que le había provocado el susto. Después se transformó en disgusto-. ¿Ya has merendado? –la indiferencia fue la única respuesta-. Parece que se te ha comido la lengua el gato -dejó a la niña y se acercó hasta el padre plantándole un apasionado beso en la boca. La niña bajó la mirada centrándola nuevamente en el refresco. Ya no tenía por que ocultar su odio-.
-Has tardado mucho –le recriminó este último. El chico cogió una silla cercana y se sentó junto a él. Disimuladamente le metió mano por debajo de la falda aprovechando la mesa como parapeto-. ¡Eh! –susurró-. Que está mi hija delante.
-Tienes suerte –le dijo él, también susurrando. Tenía la mirada clavada en su escote que asomaba sin disimulo por la parte superior de su camiseta ajustada-. Si no estuviera ella te haría mujer aquí mismo.
“Que más quisiera”, pensó tristemente el padre de la niña. “Puede que mi escote engañe a algunos si no se fijan. Pero bajo mis bragas no encontrarán lo que andan buscando”.

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Comentarios

3 comentarios

Iván

Je… Alguna vez. Pero siempre es un placer volver e leerlo…
Otro besazo para ti!

rakel

chico, que historias!
me gustan mucho estas cosas tuyas, ya me contarás cómo pasan por tu cabeza…
besos!

Iván

Uh! Rakel, si yo te contara… 😀
No sé como pasan. Simplemente se me ocurren. Aunque he de decir que lo del comienzo obligado por una frase, y una historia que gire en torno a ella, es una buena motivación.
Pónmelo difícil. El resultado sale más fácil.
Un beso!


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