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Barra y estrella.

-¡Y ahora! –gritó el presentador. La multitud enfervoreció-. ¡La estrella del espectáculo!
“¿Por qué estoy en este trabajo?”, pensó mientras aguardaba detrás del escenario. La gruesa tela negra se arremolinaba en pliegues sobre su cara. “¿Qué es lo que le he hecho a la vida para acabar en este sitio? Por más que trato de explicármelo no logro entenderlo. Era buena estudiante. Una alumna ejemplar para la mayoría de profesores de mi instituto. Y ahora estoy aquí. Perdida en este pueblo de mala muerte”.
-¡Venida desde el estado de Iowa!
“Ni siquiera me despedí de mis padres. ¿Qué dirían si me vieran vestida de esta manera?”. Observó sus zapatos de tacón. Eran de vértigo. De color negro, a juego con el resto del atuendo. “Sé que no volverían a mirarme a los ojos. Les decepcionaría. He sido su hija preferida aunque no me lo dijeran nunca. Siempre por delante de mis otros dos hermanos. Por delante incluso de ellos mismos. Tanto sacrificio para poder pagarme los estudios en la mejor universidad de California… Y los malgasté en apenas una semana”.
-¡Expresamente para actuar esta noche! –hizo una pausa mientras alentaba con las manos al público. Tampoco necesitó demasiados esfuerzos. El alcohol había ya corrido lo suficiente como para emborrachar a todo un galeón de piratas-. Sí. Sé que es lo que estáis esperando. ¡Habéis venido a verla a ella!
“A verme a mí. ¡A m!”. Las lágrimas corrieron sin medida por sus mejillas. No intentó detenerlas, aún a riesgo de estropear el maquillaje. “Pero yo no quiero veros a vosotros. Solo quiero ver a mi familia. Todavía soy una niña que no ha acabado de volar de las faldas de su madre. Ahora me doy cuenta. ¡Soy una niña!”. Corrió a mirarse en un espejo cercano. Le arrojó una imagen extraña. Tenía un cuerpo joven, terso, bien formado. Como un melocotón madurado bajo el sol veraniego. Aparentaba más edad de la que tenía. Toda una mujer. Y su cabeza no se acomodaba a su físico. “Me he equivocado. No estoy preparada. No lo estoy. ¡Por favor!”.
-¡Gritad su nombre! ¡Gritadlo!
“Sé que tengo suficiente valor. Si he podido llegar hasta aquí también puedo marcharme. Sé que puedo marcharme. ¡Sé que puedo!”
-¡Aquí está! Sexyyy… ¡SAMMY!
Un coro de borrachos gritó su nombre mientras agitaba en el aire multitud de billetes de dólar, arrugados y sudorosos. Aguardaban impacientes la salida de su estrella. Ésta se vio acorralada. Tenía ante ella una jauría de hombres sedientos de sexo. Pero no pudo escapar. El presentador, al verla indecisa, se acercó a ella y, propinándole un pequeño empujón, la obligó a salir a escena. Alzó la cabeza y avanzó hacia el centro del escenario procurando no caerse con sus enormes tacones. La barra vertical le esperaba en el centro. Fría y expectante.
“Aún sigo siendo una niña”.

Comentarios

7 comentarios

Doña Paranoica

Siempre queda la esperanza de que no vuelva a la noche siguiente ¿podrá permitírselo?

Un besazo

Iván

Lo veo difícil, Doña. En el momento que necesitas el dinero y no ves otra manera de sacarlo…
Siempre es complicado meterse en la piel de un personaje que creas… Pero pienso que aunque su autoestima esté por los suelos ella seguirá actuando. La vergüenza a abandonar es más fuerte que a actuar.

Don't worry, be happy

Triste historia… pero, como siempre, muy bien escrita. 😉

Iván

Sí. Resulta triste. Me gustan los personajes atormentados…
Gracias por el piropo, Don’t worry..

rakel

si no fuese por la lindísima poesía de arriba, que te da otro aire, te diría que estás poniendo al límite a tus personajes…pobrines!
jajajajajaja

besos!
(estoy deseando que llegue el domingo!!!)

Pau

lamentablemente en tu historia el sabor es amargo porque a veces hacemos las cosas por gusto y otras por necesidad. Lo positivo es que aún hay un pedazo de inocencia en sus pensamientos… Me gustó tu blog pasaré más seguido a visitarte, besos miau!!!!

Iván

Si pudiéramos quitar la amargura de todas las vidas dejando solo la dulzura… Aparte de imposible no sería recomendable. ¿Cómo podríamos evolucionar?
Espero volver a verte, Pau…
Un saludo!


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