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Relatos encadenados: venganza.

Eslabón anterior.

-¡Mamá no murió en el accidente! –gritó la chica desde la distancia-. ¡Te abandonó!
Aquellas palabras resonaron en la mente de Bill como un badajo en el interior de una campana. Le golpearon la cabeza clavándose como agujas de arrepentimiento y culpa. “Me abandonó”. Ni siquiera vio como su hija abandonaba aquella inmensa habitación dejándole esposado a una mesa de roble. Estaba más solo que nunca. Aunque el policía todavía siguiera vigilándole las espaldas. “Me abandonó. No puedo creerlo”. Bill recordó los hechos que le habían llevado hasta aquella cárcel de seguridad que le mantenía encerrado. “Había sido un accidente. ¡Eso me dijo Alan! Vio como Dolly se metía con su amante dentro del coche. ¡Mi Dolly! ¿Dónde estarás ahora?”. Se levantó, obligado por el policía.
-Tienes que volver a la celda –dijo éste secamente-.
Quitó el lado de las esposas que mantenía a Bill sujeto a la mesa y, pasándole las manos por la espalda, se la ajustó a la muñeca que quedaba libre.
-Tranquilo –dijo Bill al sentir que el policía se la apretaba demasiado. En otras circunstancias habría amenazando a quién le ponía las manos encima. Pero ahora era diferente. Todo lo que le rodeaba había dejado de tener sentido-. No me voy a escapar.
“¿Pero como puede ser? Fue un accidente. Yo mismo vi como sacaban el coche del fondo del río. Y Dolly no estaba dentro. Pero… ¡Claro! Por eso nunca encontraron el cuerpo”. Bill iba atando cabos mientras le conducían de regreso a su celda. Estaba apartada del resto. Dentro de un edificio al que llamaban el corredor de la muerte. “Seguro que fingieron su muerte para escaparse lejos de mí. Ponerme los cuernos sin que yo pudiera estorbarles. ¿Por qué no caí en aquel momento? ¿Por qué seré tan idiota de ceder ante la cólera? Si tan solo lo hubiera pensado dos veces antes de pedirle la pistola a Alan”. Su mente revivió aquella fatídica noche. Volvió a sentir el frío tacto del acero al sacar el arma de su funda. Escuchó las palabras de piedad de aquella persona cuyo único delito había sido el de culminar una infidelidad. Volvió a notar la resistencia del gatillo al verse empujado por su dedo índice. “Pero yo no lo sabía. ¡No lo sabía!”.
-¡NO LO SABÍA!
Sus gritos resonaron en el pasillo con la misma intensidad que las palabras de su hija retumbaron en su mente, sacando al guarda nocturno de su cabezada.
-¡Cállate Bill! Ya sabes que es tu última noche. Aprovecha para dormir.
Pero fue incapaz de conciliar el sueño. El cansancio le atormentaba cuando vinieron a buscarle. Aunque era un mal menor. La culpa le corroía las entrañas. Y Bill le hizo frente. Estaba encerrado y a punto de pagar penitencia por sus pecados. Se alegró de que se hubiese hecho justicia, asociando la cuenta atrás con su inminente liberación espiritual. “Solo hay una cosa que aún me ata a la vida. Pero es un hilo tan fino que no vale la pena resistirse a que sea cortado”. Entonces la vio. Estaba sentada entre los testigos, en medio de sus dos hijos. “Tan guapa como siempre. Por ella no ha pasado el tiempo”. Y su alma quedó en paz. No sentía odio por haberle abandonado por otro hombre. Ni le echó la culpa de estar a escasos minutos de encontrarse con la muerte. Tan solo sonrió, cerró los ojos y pronunció sus últimas palabras.
-Aún estás viva.

Siguiente eslabón.


Comentarios

4 comentarios

>>> Lolylla >>>

Me ha gustado mucho este relato, gracias por compartirlo

Un saludo 😉

Iván

Me alegro que te haya gustado. Aunque es algo triste.

rakel

cierto, es algo triste. ultimamente estás un poco tétrico, no?
necesitas uno de eso abrazos virtuales? mira que solo tienes que pedirlo, chico!
besazos!

Iván

Me atraen los personajes con problemas. Tampoco es por que esté triste. Espera al siguiente encadenado, ya verás. Te aseguro que no te lo esperas.
Aunque tampoco va mal un abrazo.


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