Presiona ENTER para ver los resultados o ESC para cancelar.

Infimocuentos: apariciones.

-Necesito una mujer con la que desfogarme -comentó en voz alta el caballero mientras descansaba en la orilla de un estanque. Su montura pastaba a escasos metros-. Todavía no conozco el fruto de lo prohibido –solo los sapos contestaban su discurso. Éstos, y su caballo, eran los únicos seres vivos que acompañaban al caballero-. Tengo edad para desposarme y aún no he conocido mujer que se rinda a mis encantos.
De repente uno de los sapos dio un gran salto fuera del agua y, con otro par de brincos, se situó ante el caballero. El comportamiento de aquel animal le pareció especialmente extraño pero su sorpresa fue mayor al ver lo que ocurría a continuación. Sonó una pequeña explosión formándose una nube de humo denso y blanco de la que surgió una doncella joven y atractiva con el cuerpo desnudo cubierto únicamente por un pañuelo de seda azul.
-He escuchado que buscáis a una mujer con la que desfogaros –susurró la doncella con voz sensual-. Y hoy es vuestro día de suerte, caballero.
-Pero –balbuceó éste. La sorpresa se había transformado en deseo empujándole irremediablemente hacia aquella aparición. Aunque había algo que conseguía frenarle-… ¿De dónde habéis salido? ¿No seríais vos el sapo que saltó a mis pies?
-Así es –contestó la mujer mientras acariciaba la coraza de cuero del caballero-. Pero como veis ahora ya no.
La doncella selló los labios del caballero con un asfixiante beso al tiempo que guiaba las manos de éste hacia sus pechos. El pañuelo se deslizó con suavidad hacia el suelo siendo testigo de excepción de la escena amorosa. El caballero no tardó en desplazar sus manos por el resto del cuerpo de su aparecido amante pero, cuando llegó a las piernas, se detuvo en seco y, con un repentino empujón, desplazó a la doncella, que acabó precipitándose al suelo.
-¿¡Qué os pasa!? –gritó furiosa-. ¿¡No decíais que buscabais a una mujer con la que desfogaros!?
-Dije una mujer no un sapo –contestó el caballero con desdén-. No puedo imaginaros con otro cuerpo que no sea el de un sapo. Y me dais asco.
-¿Os doy asco? –la doncella se levantó enarbolando una pícara sonrisa-. Quizá debáis situaros a mi misma altura –la nube de humo hizo de nuevo aparición aunque esta vez envolvió al caballero. Segundos más tarde un orondo sapo surgió saltando de ella-. Ahora quizá tengáis ganas de acostaros conmigo –hizo una pausa mientras se agachaba a la misma altura que el transformado caballero-. Aunque ahora que lo pienso. También me dan asco los sapos.

Comentarios

5 comentarios

ISOBEL

jajajaja y yo pensando que la saliva del sapo es venenosa, aunque esta algo de veneno tenía.

Bendita Causalidad

Pobre tipo… qué culpa tenía? Igual me gustó. Saludos

Marne

Ja,ja!
A este la vida le pegó un mordisco por pretencioso!
Detecto un aire Corin tellado en el relato ???
Salut!!!

Ispilatze

comento al hilo de la lectura, ¿vale?
–pos qué caballero más raro (así, de partida): ¿no ha conocido doncella? O es poco pudiente, o tonto de remate. Un “caballero” (cual lo describes) hacía, también, de su capa un sayo. Y lo del “derecho de pernada” no era tontería.
— el pobre chaval… necesita un hervor. ¿Pos no ve una doncella donde hay un sapo? ¡cómo no se va a asfixiar cuando lo besa!
— Pero además, es un bocazas (¡cuándo no lo falsos caballeros!). Y así les pasa: que se quedan en sapos por la vida.
Bonitas metáforas, sí señor cuentista! 😀

Iván

Veneno no sé, isobel. Venganza bastante. Aunque yo la entiendo. Haría lo mismo.
Me alegro de que te gustase, bendita. Hombre. Quizá prejuzgó demasiado pronto a la doncella.
Un buen mordisco, marne. Quizá tenga un aire a orín Tellado aunque he de decir que jamás he leído un libro de ese tipo. Cualquier parecido es pura coincidencia.
¡Pardiez! Doña Ispilatze, capturó usted más de lo que mi humilde persona quiso plasmar. Quizá debiera hablar en verso pero no ando hoy demasiado terso. Y no es por desmerecer al caballero más con algo de esmero hubiese marchado al catre con algo más caliente que su sable. De su imaginación sacó un sapo. Y se hundió en la tormenta de su mente calenturienta.


Deja un comentario