David salió del vagón de metro dispuesto a hacer el trasbordo sin que el tiempo, ni el resto de los viajeros que pululaba por el andén, le dieran tregua para tomarse con tranquilidad la distancia que separaba las dos líneas metropolitanas. Miró el reloj. “Las seis y cuarto”, pensó. “Llego tarde, llego tarde”. Giró a su derecha tropezándose con el primer obstáculo: una multitud que se apelotonaba ante las escaleras mecánicas esperando el turno para agarrar el escalón ascendente. Arriba, en el vestíbulo, aguardando el momento para bajar por sus respectivas escaleras, estaba María, también peleada con el reloj. “Llego tarde, llego tarde”, pensaba. Se subió tras un señor encorbatado y comenzó a descender automáticamente sin que la muchedumbre le permitiera hacerlo por sus propios pies. Decidió relajarse durante los escasos segundos de descenso picoteando entre las miradas que subían hasta que sus ojos se clavaron en los de David quedando atrapados en ellos como un satélite queda a merced de la órbita de su planeta. “Que chico tan guapo”, pensó ella. “Que chica tan guapa”, pensó él hipnotizado. Su corazón adolescente batió la sangre con ímpetu regando su cerebro con un explosivo y adictivo cóctel de hormonas. “Jamás había tenido esta sensación repentina por ninguna otra chica. ¿Será un flechazo?”. Mientras sus cuerpos se acercaban de forma mecánica los pensamientos de los jóvenes fluían por el mismo cauce tras haber desembocado en idéntico río. “¿El amor vuelve a sonreírme a pesar de la última decepción que he tenido?”, pensaron al unísono. “¿Y si la ruptura con mi pareja fuese una señal del destino?”. Se acercaron hasta que pudieron tocarse manteniéndose enfrentados durante una décima de segundo, tiempo durante el cual les dio la impresión de estar ante un espejo. No tuvieron dudas: eran almas gemelas, las dos partes de una naranja plena de zumo por exprimir. Pero el movimiento de la escalera les separó de la misma manera que les había acercado alejando paulatinamente las posibilidades de conocerse. “¡No!”, pensó David girando sobre sus pies. “¡No te vayas! Has alejado la tristeza que me regaló mi novia como regalo de despedida”. “¡Tengo que conocerte!”, respondió María en pensamientos. “Sé que eres el chico de mi vida. Mi novio me dejó por otra y ahora me alegro de que lo hiciera”. La distancia aumentaba añadiendo angustia a la mirada de los jóvenes que veían cómo el otro se alejaba sin que la vergüenza les permitiese aprovechar la oportunidad. “Bajaré a buscarte en cuanto salga de estas escaleras”, expresó David con los ojos. “Subiré cuando baje de aquí”, respondió María sin pestañear sintiendo como la multitud la empujaba a salir de las escaleras. En el vestíbulo David sufría una situación similar acuciada por una nueva preocupación, fruto de un vistazo a su muñeca. “¡Mierda!”, pensó horrorizado. Sin que él lo supiera María había mirado también el reloj imaginando el mismo comentario. “¡Llego tarde! Hace ya más de diez minutos que tendría que haber llegado a la cita y todavía estoy en el metro. Tengo que salir corriendo”. Y se mezcló entre el gentío dejándose llevar por la corriente. “¡Llego tarde!”, pensó María girando sobre sus talones al escuchar el sonido del inminente metro. “¿Por qué tendré que salir tan justa de tiempo? Ya no volveré a ver a ese chico tan guapo. ¡Mierda! Espero que mi cita esté, por lo menos, la mitad de bueno”. David y María se alejaron para siempre quedando entre ambos un vacío donde antes, durante apenas un minuto, había conjeturas. Ninguno de los dos se atrevió a solucionarlas ni supo jamás de la conexión que se formó tan extrañamente entre sus pensamientos. Decidieron anteponer sus planes a la posibilidad de conocerse y justo cuando David salía a la calle, y María entraba en el vagón de metro, un último pensamiento simultáneo surcó sus cabezas rompiendo definitivamente esa conexión. “Cuánto odio las citas a ciegas”.

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