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Empareja2 (17) – Relaciones laborales (parte 1).

Sergio observó con detenimiento la habitación que se había convertido en su improvisado despacho. Todo cuanto había le resultaba extraño y, aunque quisiera negarlo, atrayente. Estanterías repletas de libros que no conocía, cajas de zapatos que servían como almacén de los más diversos objetos recopilados a lo largo de toda una vida, pósters ocupando cada porción vacía de las paredes… Y una llamativa caja sobre la mesa que le servía de escritorio cuyo interior se percibía a través del plástico transparente, conteniendo un llamativo vibrador en color rojo chillón junto con varios accesorios capaces, en teoría, de diversificar el placer hasta límites insospechados. Sergio acabó con la mirada fija en ese objeto, imaginándose la diversión que le habría proporcionado a su dueña.
-Si quieres te lo presto -dijo Thaïs entrando en la habitación, provocando que Sergio diera un respingo-. Si no te concentras aquí puedo buscarte un sitio en el lavabo.
-Perdona. Me había quedado en las nubes.
-En las nubes estás todo el día. Empiezo a arrepentirme de haberte contratado -Thaïs cogió una silla y se sentó junto a su nuevo empleado-. ¿Tienes lo que te pedí?
-Más o menos -Sergio deslizó el dedo índice por el “touchpad” de su flamante portátil abriendo una de las carpetas que tenía minimizadas. Pinchó en el proyecto y a los pocos segundos el “Dreamweaver” copó la pantalla-. He añadido unos atributos al CSS para rectificar el formato de toda la página. Creo que queda mejor así. ¿Tú que piensas?
Thaïs observó con atención el resultado. Su rostro permaneció imperturbable durante el tiempo que duró el examen, señal de que se iba habituando al papel de jefa.
-Creo que queda bien. Aunque aún deberíamos de pulir el proyecto antes de entregarlo. Pero eso ya no será hoy. ¿Te apetece que salgamos a comer? -Sergio la miró sin saber que responder-. ¿Qué pasa? Todavía no me he comido a ninguno de mis empleados.
-Yo soy el único.
-Pues entonces tendré que empezar contigo, ¿no?
Dejaron el trabajo por lo que restaba de jornada y, saliendo a la calle, encaminaron sus pasos a un restaurante de menú cercano a la casa de Thaïs. “Demasiado caro”, pensó Sergio ojeando los precios mientras esperaban a que un camarero les preparase una mesa.
-No te preocupes -comentó thaïs adivinándole los pensamientos-. Pago yo.
-¿Por cuenta de la empresa?
-Por supuesto.
Al cabo de veinte minutos el camarero vino a buscarles dirigiéndoles hasta una mesa para dos próxima a los lavabos en la que, aunque trataron de escabullirse, tuvieron que pasar las dos horas siguientes respirando el olor a comida fresca mezclado con la peste a nauseabundo de la procesada.
-Nunca había estado tan lleno -se excusó Thaïs-.
Era un restaurante casero cuyas aspiraciones de señorial se dejaban entrever entre los carteles de corridas de toros, el estuco veneciano jalonado con manchas de grasa y los cuadros abstractos de dudoso gusto y más bajo precio. Habrían unas veinte mesas salpicando el comedor, la mayor parte de ellas dispuestas de tres en tres, repletas de comensales con traje de baratillo. En el lado izquierdo, según se entraba de la calle, se extendía una barra de bar en madera envejecida, contrastando con los tonos en pastel de las paredes, que servía tanto para un improvisado desayuno como para tomar la última copa tras el chupito de después de la comida. Cuatro camareros, más el que permanecía estático detrás de la barra, iban y venían con multitud de platos y bebidas sin que ninguno permaneciese ocioso ningún segundo.
-Vete acostumbrando -dijo Thaïs recogiendo la carta que le ofrecía el camarero-. Vendremos a comer aquí más de juna vez.
-¿No iba a trabajar desde casa? -preguntó Sergio ojeando el menú del día. Pasó la página dispuesto a escoger de la carta-. Al menos eso es lo que me había dicho Marta.
-Al principio quiero verte como trabajas. Cuando nos hayamos amoldado te dejaré libre -levantó los ojos clavándolos en los de Sergio. Su mirada felina estuvo a punto de derretir los cristales de sus gafas de pasta-. ¿O es que me tienes miedo?
-¿Miedo? -Sergio temblaba de la cabeza a los pies-. ¿Miedo? -repitió. Decidió que era el momento de sincerarse-. La verdad es que sí te lo tenía.
-¿Ahora ya no?
-No tanto -la cara de Sergio entró en erupción. Disimuló escondiéndose bajo las páginas de la carta-. ¿Ya has decidido lo que vas a pedir?
-Yo sí -Thaïs se apoyó sobre las palmas de sus manos apoyando a su vez los codos sobre la mesa, como una colegiala. Aguardó en esta posición hasta que Sergio abandonó, muy a su pesar, su parapeto-. ¿Y tú?
-También. Si no te importa tiraré de carta.
-Paga la empresa. Y, de momento, es generosa.

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Comentarios

5 comentarios

Lucía

Este capítulo me ha encantado!!

A ver en qué desemboca todo esto …

Iván

A ver si te gusta la continuación de esta tarde, Lucía. A Thaïs la tengo desbocada. Tiene el poder, lo sabe y disfruta ejerciéndolo… :)
Yo me estoy divirtiendo escribiendo.

Relaciones laborales | Aletreando

[…] Anterior. […]

Encuesta empareja2 | Aletreando

[…] hace más de una semana que acabó el capítulo 17 de empareja2 y todavía no había hecho su correspondiente encuesta así que aquí está. Thaïs tiene en mente […]

Isa

Ostras Iván no acabes esta historia ponle por lo menos 1500 pag.como los pilares me encanta como escribes y no lo digo por decir,soy una gran lectora de libros y no todos me emboban a la primera,me gusta tienes mucho gancho,a ver si la zorronilla de Tais se sale con la suya….porque Sergio parece no tener mucha fuerza.
Un saludo
Isa


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