La semana pasada, leyendo el blog de Vespertine, me enteré de que organizaba una iniciativa sobre las mayores meteduras de pata que hemos padecido. La propuesta consistía en escribir una entrada contando el peor momento en el que pensaste aquello de “tierra trágame”. Y aquí está el mío. Verdaderamente patético.

Siempre he sentido una gran atracción por la magia y quienes la ejercen pero nunca había tenido la oportunidad de presenciar un espectáculo en vivo. Hasta que, en una exposición de electrónica de Barcelona, una de las marcas presentes en el salón organizó un pequeño show con el mítico Magic Andreu como estrella. Y yo no me lo quise perder. Mi novia y yo esperamos ante el pequeño escenario hasta que el mago apareció con su atuendo completo, varita incluida. Se había formado un pequeño corrillo que, aún siendo reducido, era lo suficientemente importante como para atronar con sus aplausos el espacio de la exposición. Magic Andreu comenzó su actuación con un número de cartas. Le siguieron otro par de ellos del mismo estilo hasta que pidió voluntarios entre el público. Tras no presentarse nadie eligió a tres, uno de ellos yo (¡maldita sea!). Todavía no sé por que salí ni como se me ocurrió lo que hice a continuación, pero el desastre se olía en el ambiente (¿por qué no me daría cuenta?).
-Toma esta baraja -me dijo el mago alcanzándome un taco de cartas gigantes, de un palmo de tamaño-. Ahora quiero que las mezcles bien mezcladas.
Cogí la baraja, la sostuve entre las manos, y pensé: “¿por qué no me luzco?”. No sé hacer muchos trucos con cartas pero sí aprendí hace tiempo a barajarlas al estilo póker, como en una película del Oeste. Las levanté y, apoyándome en una pequeña mesa con la que el mago hacía sus trucos, traté de barajarlas con tan mala suerte (o torpeza) que se cayeron, desparramándose por el suelo. El público empezó a reírse a carcajadas mientras Andreu me miraba con cara de pocos amigos al haberle destrozado su número de magia. ¿Y qué pensaba yo? Que me tragara la tierra. Simplemente. Afortunadamente este suceso no evitó que me subiera a más escenarios. Aunque siempre sabré mis límites a la hora de hacer el ridículo.

¿Te ha gustado la entrada? Tengo más.