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Intercambio de impresiones – Relato.

«¿Quién iba a querer secuestrarme?», pensé sentado en la butaca de mi despacho. Tenía el ordenador encendido y en la pantalla, impaciente, parpadeaba el dichoso cursor sobre el fondo blanco, totalmente yermo en palabras. Eché mano del fajo de papeles y releí algunos de ellos imaginando la sonrisa de mi editor cuando el día antes me los había entregado. «Es un farol, seguro. Se los ha mandado a sí mismo para meterme miedo y que cambie la continuación de la historia. ¿Cómo se puede llegar a ser tan miserable? Si en el contrato tengo total libertad no puede hacer otra cosa que dejarme hacer. Además. Si todavía me mantiene en nómina, ¿no debería de confiar más en mí? ¿No he sido yo quien ha salvado a la editorial de la miseria a la que parecía destinada antes de contratarme? Si yo digo que la mejor continuación es la muerte de Marta pues así debería de ser. Y no hay más que hablar». Deje los papeles sobre el escritorio, junto al portátil, y me dispuse a escribir un artículo para un periódico, sabiendo que estaba a escasas horas del ultimátum de entrega. «¡Mierda! Me es imposible pensar en otra cosa que no sean las amenazas. Probaré a levantarme un rato de la silla a ver si aparto a estos pensamientos». Hice lo que me proponía y, mientras doblaba la espalda en un intento de acabar con su agarrotamiento, sonó el timbre de la puerta de casa.
-¡Ya voy! -grité. «¿Quién puede ser a estas horas?»-. ¡Ya voy!
Apenas tardé unos segundos en recorrer la distancia que separaba mi despacho del recibidor pero, por la insistencia en los timbrazos, a mi visita le parecieron horas. Observé a través de la mirilla contemplando con recelo a una pareja joven, hombre y mujer, que se erguían ante la puerta con evidentes signos de impaciencia y, a pesar de que sabían que les observaba, volvieron a pulsar el timbre sin cejar en ello hasta que les abrí la puerta gritando.
-¡Ya está bien! ¡Ya os he…!
No pude acabar la frase. Con un empujón se introdujeron en mi domicilio arrastrándome del brazo con ellos, sin ninguna delicadeza, y, sin mediar palabra, cerraron la puerta con unos movimientos tan bruscos como calculados, demostrando con ellos la premeditación con la que actuaban.
-¿¡Que estáis haciendo!? -pregunté asustado. La mujer me observaba amenazante mientras el hombre espiaba por la mirilla, seguramente para asegurarse de que no habían levantado sospechas entre los vecinos-. Si lo que queréis es dinero podemos llegar a un acuerdo.
-No queremos tu dinero -dijo el hombre apartándose de la puerta. Se acercó a mí y, cogiéndome nuevamente del brazo, me arrastró por el pasillo hacia el interior del piso-. Sólo queremos intercambiar unas palabras contigo.
«¿Intercambiar unas palabras?», repetí mentalmente mientras obedecía a los intrusos. Pasamos ante el comedor, sin detenernos, hasta que llegamos al fondo del pasillo y tuvimos ante nosotros la puerta del baño a la izquierda y la de mi despacho a la derecha, estancia a la que me vi arrastrado de mi brazo, dolorido por la fuerza con la que estiraban de él. «Si pudiera coger el teléfono y llamar a la policía… No. No me dejarán. Y si me resisto puede que me hagan verdadero daño».
-Ahora que estamos aquí -dijo la mujer rompiendo su silencio-… Vamos a intercambiar unas impresiones. Seguro que este es el lugar en el que escribes.
-Así es -afirmé titubeante-.
-Perfecto. Entonces podrás enseñarnos la continuación de tu novela.
«¿Qué es esto? ¿Para eso han asaltado mi casa? ¿Para leer la continuación de la puta novela?». Las hipótesis circulaban a toda prisa por mi cabeza hasta que una de ellas, por lo evidente que resultaba, cayó del tiovivo mental con todo su peso. «Los secuestradores que me amenazaban por email… ¿Cómo no he caído antes? Por la pinta que tienen no parecen enviados por mi editor. Demasiada agresividad incluso para él. ¿O quizá me equivoco?».
-¿Para qué queréis saber como continúa? -me aventuré-. En unas semanas estará publicada.
-Queremos asegurarnos de que enmiendas el error que cometiste con Marta -sentenció el hombre secamente-. Y pobre de ti como no nos convenzas.
Me senté en mi butaca y, acercándome al escritorio, rebusqué entre los documentos de mi ordenador hasta localizar el borrador de mi nueva novela. Lo abrí, esperé a que el Word hiciera los deberes y, una vez cargado el archivo, me levanté indicando a mis secuestradores que lo revisaran.
-Aquí lo tenéis. El mismo que está pendiente de imprenta.
Ignoro el tiempo que aguardé, recostado en el pequeño puf que reposaba en una de las esquinas del despacho, a que terminaran de ojearlo. La mujer, sin levantar los ojos de la pantalla, ni el culo de mi butaca, parecía totalmente abstraída en la lectura sin darse cuenta del tiempo, que pasaba tan lentamente que podía contar cada segundo y las décimas que restaban hasta el siguiente. El hombre me observaba de reojo mientras, en un principio, paseaba por el despacho analizando cada objeto o libro que acumulaba en las estanterías. Pronto se cansó de aquello y, sentándose pesadamente en el suelo, sacó de los pantalones un móvil de alta gama jugando con él hasta que su pareja secuestradora, tras finalizar el trabajo, hizo un comentario altamente despectivo.
-Esto es una mierda.
¿Los delincuentes nacen sin ningún tipo de tacto? No pareció importarle que yo, el autor de aquella novela, estaba presente en el momento que la valoraba.
-¿Tan mala es? -preguntó el hombre levantándose del suelo-. No es que las otras fuesen demasiado buenas.
-Si leyeras la manera que ha tenido de resucitar a Marta lo entenderías -argumentó la mujer. Acto seguido clavó sus ojos airados y desafiantes en mi persona-. Dime que esto no es más que una broma.
-Me temo que no lo es -contesté. Aunque estaba asustado he de reconocer que la situación tenía cierta gracia-. Es la versión definitiva. Ya está de camino a la imprenta.
-¿Pretendes hacer creer a tus lectores que marta es un ser de otro planeta?
-¿¡Cómo!? -exclamó el secuestrador-. Ni un idiota se creería semejante chorrada.
-Pues parece que Cardoso es un idiota si ha decidido guiarse por ese argumento -valoró la secuestradora levantándose de la butaca-. O tiene más huevos que nadie y quiere reírse de todos nosotros.
-¿Y qué hacemos ahora?
-Arrancarle una versión decente -y diciendo esto se acercó hasta mí enarbolando una sonrisa maliciosa. Se detuvo a escasos centímetros de mi asustada cara. Y excitada, por que no decirlo-. Seguro que tienes otro borrador.
-No -mentí-.
-Estoy segura de que sí -se acercó aún más. Podía percibir su perfume: fresco y embriagador-. Ningún escritor con dos dedos de frente presenta una idea parecida sin tener otra alternativa más seria.
-No creo que tenga dos dedos de frente -comentó el hombre observando la escena-. Ni siquiera uno.
-Probemos. ¿Tienes una alternativa?
-No -contesté-.
-Bueno. Pues si no la tienes -la mujer echó mano del bolsillo interior de su chaqueta extrayendo de él un objeto negro que reconocí al primer instante. «¡UNA PISTOLA!»-… Tendrás que hacerla. Quizá ella sea capaz de motivarte.
Tantas historias que había escrito en las que los personajes empuñaban armas y ahora, al tener una tan cerca que casi me rozaba la mejilla, me di cuenta del poco sentido que guardaban con la realidad. Era incapaz de reconocerla como verdadera, aunque tampoco estaba dispuesto a hacerlo. ¿Quién se arriesga a poner en duda semejante objeto de poder?
-No hace falta que escriba nada -dije, decidido a cooperar. Me levanté del puf sentándome, de nuevo, en mi butaca, frente al ordenador-. Es cierto que guardo una continuación alternativa.
Abrí mis documentos rebuscando entre la maraña de archivos hasta localizar la versión deshechada como venganza. Intercambié mi sitio con la secuestradora y todo volvió al lugar que tenía minutos antes: yo, al puff de la esquina, el hombre, a su trozo de suelo recuperando el móvil con el que siguió jugando y la mujer, inclinada sobre la pantalla, ojeando el texto que le acababa de mostrar. La única diferencia era la pistola, negra y desafiante, que presidía el despacho encumbrada a la torre de papeles de mi escritorio. Volvió a transcurrir un espacio de tiempo tan largo como incontable tras el cual la secuestradora salió de la lectura mostrando una sonrisa de satisfacción.
-Esto está mucho mejor -dijo sin esconder el elogio-. Se puede decir que es la salida más lógica a la muerte de Marta.
-¿Podemos darnos por satisfechos? -preguntó el secuestrador irguiéndose del suelo, claramente dolorido-. Esa sería una gran noticia para el club de fans.
-Es una gran noticia, desde luego -la mujer echó mano nuevamente a su chaqueta, pero está vez sacó un objeto más inofensivo. Me mostró el pendrive antes de introducirlo en uno de los puertos usb libres del portátil-. Nos llevaremos una copia por si acaso decidieses seguir adelante con tus planes.
-¿Y qué pasa si me niego a publicar esta versión? -miré de reojo a la pistola imaginando la respuesta-.
-Será mejor que no tientes a tu suerte -la voz del secuestrador no ocultaba el tono de amenaza. Avanzó hacia mí señalando el ordenador-. Envía una copia a tu editorial.
-No hace falta que haga eso -alegué-. Os doy mi palabra. Haré lo que queréis.
-Envía una copia a la editorial -dijo tajantemente-.
Volví a sentarme en mi butaca, harto de aquel juego de las sillas, y obedecí las órdenes sin objeción. «No hay ninguna duda», pensé aguardando el siguiente paso de los secuestradores. El email con la novela adjunta había llegado correctamente a mi editor. «Ha sido él quien ha mandado a estos matones para intimidarme. Menudo malnacido. Pero esto no quedará así. Pienso romper el contrato cuanto antes». Una llamada de teléfono interrumpió mis pensamientos y los de los secuestradores.
-Cógelo -espetó la mujer alcanzándome el aparato. Lo había recogido de una de las estanterías del despacho, donde reposaba encima de su cargador-. Y no hagas ninguna tontería.
-¿Sí?
-¿Cardoso? -la voz de mi editor era inconfundible. Incluso a través del teléfono-. ¿Qué es esto que me has enviado?
-Lo que querías. Una continuación coherente.
-Veo que mis amigos te han persuadido.
-¿Tus amigos? -el círculo acababa de cerrarse-. Así que esta pareja es amiga tuya.
La mujer torció el gesto pero me dejó hacer.
-Si a Juan y Damián se le puede llamar pareja… Creo que ninguno de los dos es homosexual.
Aquí había algo extraño. Si bien mi editor admitía lo de mi secuestradores la descripción de estos no parecía corresponder con la realidad.
-Pues entonces uno de los dos ha venido con su mujer -adjunté mirándola. Ella me sonrió sin reparos-.
-Los dos son solteros -la voz de mi editor reflejaba cierta extrañeza-. No sé quien es esa mujer.
-¿Y lo de la pistola también ha sido idea tuya? -era todo un riesgo aquella pregunta pero, aún así, me aventuré a formularla-. No hacía falta amenazarme de esta manera.
-¿Pistola? -la extrañeza de mi editor había mutado en verdadero miedo. Pude percibirlo a pesar de la distancia y ese miedo, que en un principio también yo había tenido, se me contagió-. ¡Ahora mismo llamo a la policía! ¡No tardarán más de cinco minutos!
El timbre de la puerta volvió a sonar recordando a mis secuestradores la idea de la escapada. A mí no me hizo falta espiar por la mirilla para saber quien era. Según parecía Juan y Damián se habían retrasado.

Entradas anteriores del Escritor cardoso:

Asesinato literario.
Falta de principios.
Resurrección de una muerte literaria.
Hablando de muertes.


Comentarios

1 comentario

Capitana

Jajajaja… qué buen final, pensé que la pareja iba a ser cosa del editor, me ha encantado este final, no me lo esperaba, como siempre, no todo es lo que parece.

La última entrada de Capitana cuando publicaba el comentario: Me ayudaste


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