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Carrera de caracoles – Infimocuento.

Una mañana cualquiera de agosto, con el sol despuntando en el horizonte, tuvo lugar una carrera extraña donde las haya. Y no por que fuera difícil reunir a los participantes si no por que llamarle carrera a aquel evento chocaba frontalmente con la imagen que uno tiene en la cabeza al escuchar dicha palabra.
-¡Yo llegaré el primero! -exclamó uno de los caracoles-.
-¡Ni hablar! ¡Yo soy el más rápido! -aventuraba otro-.
Y el tercero permaneció mudo, ajeno a las bravuconadas de sus contendientes. Se preparó con tranquilidad ante la salida, observó como los otros dos adoptaban una postura más deportiva y se lanzó a la carrera cuando escuchó el disparo sin hacer demasiado esfuerzo en emprender camino. Sus contrincantes arrancaron todo lo rápido que su gelatinoso cuerpo les permitía y, aunque a nuestros ojos nos pareciese que apenas se movían, para ellos la sensación era bien contraria.
-¡Lentorros! -gritó el caracol que iba en cabeza-.
-¡Eso me lo dirás cuando sea el primero que cruce la meta! -gritó el segundo-.
El tercero se quedó descolgado pero no daba la impresión de sufrir mucho ante la ventaja que adquirían los otros dos. Con parsimonia avanzó a su ritmo hasta que el sol, casi vertical, le hizo pensar en el refugio de su caparazón. Deteniéndose ante la pequeña sombra que arrojaban unas hierbas se introdujo en la tranquilidad de su concha siendo el hazmerreír de los otros, que echaban la vista atrás para averiguar las distancias que les separaban.
-¡Se echa la siesta en plena carrera!
-¿Y para qué se apunta?
Pero pronto dejaron de reírse, así como de moverse. El calor y el esfuerzo amenazaron con deshidratarlos y sólo cejaron en el empeño de ganar la carrera cuando su cuerpo se dio por vencido y, a falta urgente de agua, les ancló a la tierra al tiempo que la puesta de sol se reflejaba en sus caparazones. El caracol rezagado sacó la cabeza y, comprobando la incipiente negrura del cielo, se decidió a continuar la carrera, fresco y descansado tras varias horas a cubierto. No se dio ninguna prisa a pesar de que era consciente de la ventaja sobre sus competidores y ya era de madrugada cuando pasó ante uno de los exhaustos caracoles, segundo en la clasificación provisional, que le miró desconsolado incapaz de levantar la cabeza del suelo. Algo después pasó al siguiente que le devolvió la misma mirada que el anterior aunque más cargada de rabia y, sobre todo, de envidia. Y fue avanzando a su ritmo hasta que cruzó en solitario la línea de meta, salpicada por numerosas gotas de rocío. El mismo rocío que había devuelto la vida a los otros dos participantes heridos de gravedad en el cuerpo pero, sobre todo, en el orgullo.


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