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El último truco – Relato.

-¿Y tú por qué estás aquí?
¿Y qué importaba? Había tenido demasiadas emociones para un solo día y, para postre, todas negativas. Pero aún faltaban unas horas para que dieran las doce y mi carroza hacía mucho tiempo que era una calabaza.
-Por robo -admití. Aquel verbo pesaba en mi conciencia como una losa pero resultaba de lo más cotidiano en aquella celda-.
-Igual que yo -comentó mi interlocutor con una sonrisa desdentada-. Y casi todos los que estamos aquí.
-Yo no -negó el preso más próximo a las rejas-. Lo mío es asesinato.
-Procura no acercarte a él -me susurró el recluso con el que conversaba. El resto, otros cinco, hacían como que no escuchaban-. No es trigo limpio. Ninguno de nosotros lo es pero en esta celda sólo hay uno capaz de hacerte daño sólo por diversión.
Miré de reojo al hombre próximo a las rejas apartando la mirada al chocar con la suya. Rebosaba malicia e inmadurez, a partes iguales.
-¿Qué robaste? -preguntó otro de mis compañeros sumándose al interrogatorio-.
-Una gasolinera -la vergüenza me azotó el rostro dejando una marca rosada-. No tengo dinero y la desesperación pudo con mi cordura.
-A todos nos ha pasado lo mismo -comentó el primero lanzando un suspiro-. ¿Y cómo lo hiciste? ¿Con pistola o con navaja?
-Ni con una ni con otra.
-¿¡Sólo con amenazas!? -exclamó otro de los reclusos abandonando la pasividad de la escucha-. No me lo creo.
Me miró de arriba a abajo analizándome al milímetro. Supe lo que pensaba: era imposible que por mi aspecto pudiera intimidar a ningún dependiente de gasolinera. Pantalones negros perfectamente planchados, chaqueta del mismo color, también sin una arruga, de la que sobresalía el cuello de una camisa blanca sin abotonar, zapatos oscuros de piel tan brillantes que incluso reflejaban el alma… Y mi rostro, más propio de un un pastor de iglesia que de simple maleante, arrojaba aún más dudas a mi explicación.
-Es cierto -corroboró mi primer interlocutor-. Tienes cara de no haber roto nunca un plato.
-Y nunca lo había hecho -admití-. Hasta hoy. Pero las deudas me asfixiaban y la única salida que tenía era aprovechar mis dotes artísticas, aunque estas fueran en contra de mis principios.
-¿Dotes artísticas? -preguntaron los tres al unísono-.
-Soy mago -noté como mis palabras levantaban expectación-. Aproveché mi habilidad para robar delante de las narices del dependiente.
-Y te cogieron.
-No. Salí de la tienda tan tranquilo, con más de trescientos euros en la manga de mi chaqueta.
Sonreí. Me sentía el centro de la fiesta y eso, como no, me gustaba.
-No lo entiendo -dijo el segundo recluso-. Si saliste de la tienda con el dinero, ¿cómo es que has acabado aquí?
-El caso es que me sentí extraño actuando ante una persona sin que esta supiera realmente que lo hacía -esta explicación carecía de fundamento para alguien no necesitado de los aplausos del público pero para mí, un artista, era ley de vida-. Aunque ya había salido de la gasolinera volví a entrar para hacerle al dependiente un número personalizado. Le comenté que era mago, pero no se lo creyó. Así que volví a robarle otros trescientos euros.
-Y entonces te trincaron -comentó el recluso más próximo a las rejas. A pesar de la distancia no perdía detalle-.
-Que va, tampoco. Podía haber salido de allí con seiscientos euros pero nunca he podido resistirme a una petición del público.
-¿Qué fue lo que te pidió?
El silencio se apropio de la celda creando la atmósfera precisa para la ejecución del último acto.
-Me pidió que le enseñara el truco -en ese momento no escuché las carcajadas-. Y la vanidad siempre ha podido conmigo.


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