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Como comerse el mundo – Relato.

Le dijeron que podía comerse el mundo y él, incapaz de no tomarse todo al pie de la letra, decidió intentarlo no sin antes armarse con los instrumentos apropiados. Buscó un cuchillo, un tenedor, una cuchara para rebañar cualquier resto de agua de mar y un enorme babero para poder limpiarse una vez terminara la opípara comida. ¿Faltaba algo? Sí, el hambre. Aunque no tuvo que esperar mucho para que su estómago le pidiera la ración correspondiente.
Se sentó a la mesa, se colocó el babero ajustándolo al cuello y, cogiendo los cubiertos, valoró a conciencia la zona por la que empezaría a degustar el plato. ¿El hemisferio sur? Podía ser una buena manera de enfrentarse al sabor del mundo dejando para el final los bocados aparentemente más suculentos del hemisferio norte. ¿Y si lo hacía al revés? Quizá fuese mejor degustar en primera instancia al desarrollado primer mundo teniendo en cuenta la evolución alimentaria que había experimentado en el último siglo de la que, seguramente, trasladaría algo al propio sabor de la tierra. Aunque claro, la mayor parte del territorio virgen se concentraba en el lado sur y acabar el festín con un bocado de garantía era todo un seguro para su estómago. ¿Qué hacer? Fácil, mitad y mitad.
Clavó el tenedor en uno de los puntos de la línea imaginaria que dividía al planeta por la mitad y arrancó un pedazo de tierra con la ayuda del cuchillo introduciéndose en la boca aquel amasijo de barro y agua salada que, al contacto con su saliva, se transformó en un mortero apto para levantar muros de ladrillo. Tragó notando como aquella mole se iba abriendo paso hasta su estómago obstruyendo en su paseo cada milímetro del esófago y pronto tuvo que echar mano de algo liquido con lo que pasar aquello. Tras el sorbo de agua correspondiente procedió a dar un segundo mordisco eligiendo para ello una zona densamente poblada. Hincó el tenedor y recortó, con ayuda del cuchillo, una amplia zona de Oriente Próximo sin prestar atención a los gritos de pánico que provocaba al remover la tierra llevándosela a la boca. “Ya callarán en mi estómago”, pensó tragando por segunda vez, pero no fue así. Lo que en un principio parecían molestias digestivas acabó convirtiéndose en una algarabía propia de un concierto de chicharras. Multitud de voces traspasaban sus paredes estomacales pidiendo socorro pero pronto se transformaron en discusiones étnicas por el control de sus intestinos. “La religión les enfrentará más allá de la muerte”, pensó tomando un generoso trago. Al poco el griterío quedó ahogado por el torrente de agua.
Después decidió cambiar la temperatura del paladar así que, amante de los contrastes, hundió la cuchara en la Antártida, justo en el polo sur magnético, arrastrando el cubierto por la superficie helada hasta crear una gigantesca bola de hielo que lamió con la fruición de un niño que descubre por primera vez el invierno. El sabor era pasable: fresco, antiguo, aunque algo insípido. Ningún problema. Tenía mucho mundo donde elegir.
El siguiente bocado cayó por eliminación: África. Tierra de aventureros, grandes expediciones, animales salvajes, lugar desde donde partió el peregrinaje del ser humano… ¿A qué sabría? Sólo había una manera de descubrirlo. Clavó nuevamente el tenedor en una zona amplia de la sabana Somalí recortando un amplio rectángulo con la ayuda del cuchillo, del que formó parte todo cuanto caracterizaba a aquella zona. Había mucha tierra, fieras salvajes, seres humanos… Pero lo que no se esperaba fue el escaso impedimento que le causaron los habitantes de la zona, demasiado abatidos por la inanición. Bueno, tampoco fue tan escaso, ya que si hubo un grupo que inició una pequeña resistencia. Luego apareció otro que, lejos de unirse a la causa del primero, acabó combatiendo con él hasta que la sabana próxima al gran agujero terminó sembrada de cadáveres humanos y, por ende, también de animales. ¿Quién querría seguir comiendo de una zona devastada? Nadie.
Buscó un punto geográfico aislado de cualquier núcleo humano yendo a parar, con sus respectivos tenedor y cuchillo, a una zona aparentemente virgen de la Amazonia. Inició nuevamente su ritual de cata introduciéndose en la boca una generosa porción de selva tropical que saboreó con detenimiento hasta que desapareció del paladar el último regusto a tierra mojada. “Por esto sí que vale la pena comerse el mundo”, pensó ariborrándose de virginidad. “Es lo mejor que he probado en mi vida”. Y siguió comiendo hasta que su estómago suplicó clemencia y un lugar tranquilo donde echar la siesta. ¿Qué haría con los restos? Quizá Lo más adecuado fuese dejarlos para la cena. Total, era imposible que se estropeasen tan rápido. Así que dejó todo tal y como estaba marchando a descansar unas horas.
Cuando volvió ya era de noche y no tenía ni idea del tiempo que había estado durmiendo. ¿Qué había pasado con el mundo? La mesa sobre la que reposaban las viandas a medio comer estaba intacta pero el plato en sí era irreconocible. Unas nubes negras cubrían toda la superficie del planeta dándole el aspecto de una albóndiga putrefacta y maloliente. Podía olerse a distancia, no había ninguna nariz capaz de aislarse olfativamente de aquella mezcla de basuras, contaminación y deshechos humanos que se respiraba alrededor del planeta. ¿Cuáles habrían sido las razones de que se echara a perder tan rápidamente? Quizá ya estuviera en mal estado y el hecho de acabar con la selva amazónica a golpe de mordisco acabase también con el equilibrio de un mundo ya de por sí mal equilibrado. O el ser humano se encargó de rematar la faena, una vez hubo dejado el plato a medias. Bueno, que más daba. Se tapó la nariz con una mano sirviéndose de la otra para recoger los restos de la comida y los arrojó a la basura suspirando tras mitigarse el mal olor al cerrar la tapa.
“¿Y ahora qué ceno?”, pensó frotándose el estómago. Este le respondió con un rugido. “Elegiré otro planeta. Hay más mundos que días de hambre”. Dio un rápido repaso visual decantándose por Marte y, mientras procedía a limpiar la mesa de los restos del anterior ágape, valoró las posibilidades de que éste también albergara vida. Estuvo a punto de desistir de sus planes pero decidió no hacer caso a sus preocupaciones y sí al sonido de sus tripas. Seguro que allí la vida no sería tan inteligente como para arruinarle el futuro festín.


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