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Problema con las redes sociales – Relato

No podía creer lo que veía, y le aseguro que no es una frase que yo acostumbre a decir habitualmente. Era como encontrarse a tu hermano gemelo frente a uno mismo y, tras asegurarte de que no te estás ante un espejo, darte cuenta de que exactamente sois la misma persona. Aunque eso no sucede en el instante, necesita de un periodo de asimilación. Por fortuna el mío resulto ser asombrosamente corto.
-¿Eres el del cartel? -preguntó una de las chicas de un grupo de cinco que paseaba por la acera-.
¿Y qué podía decir? Era evidente que la persona que se encontraba retratado en aquel anuncio, a tamaño natural y pegado sobre la pared del edificio universitario, era yo, no había duda. Y justo en ese momento me reconocí en mi reproducción.
-Sí, soy yo -respondí aparentando normalidad-. El mismo que viste y calza.
-¿Quieres hacerte una foto con nosotras?
¿Quién podía resistirse a los requerimientos de unas jovencitas hormonal y atractivamente alteradas? Estaba claro que mi suerte con las mujeres había dado un giro. Aunque en ese momento no supe determinar el ángulo.
-¡Fírmame un autógrafo!
-¡Y a mí!
No sabía muy bien que se debía poner en esos casos así que me dediqué a escribir mi nombre bajo un escueto “un cariñoso saludo de…”. Por si acaso también apunté mi teléfono.
-¡Un famoso nos ha dado su teléfono! -exclamaron las chicas a coro.
-No dudéis en llamarme -dije a modo de despedida-.
Aquello resultaba tan extraño como atrayente, así como inexplicable. ¿Qué hacía yo retratado a tamaño natural en un cartel publicitario? Me acerqué hasta él tratando de descubrir al anunciante entre la letra pequeña. Era tan minúscula que apenas se distinguía leyéndola a escasos centímetros.
“Todos los derechos reservados. Facebook.com”. ¿Cómo era posible? Tras descubrir a la empresa que estaba detrás de aquel anuncio caí en la cuenta de que la fotografía formaba parte de una de las galerías que colgué en esa página. Por lo tanto nadie me había pedido permiso para incluirme en una campaña publicitaria. Aunque claro, recordaba haber leído en algún sitio que al firmar el contrato de utilización del servicio autorizabas a la empresa a poder utilizar en beneficio propio todos los contenidos que se colgaban en dicha red social. ¿Significaba eso que podían utilizarte sin avisar antes?
-¿Qué? ¿Colgando carteles?
-¿Eh?
Estaba tan abstraído en mis pensamientos que no vi a la patrulla de policía. Habían salido del coche acercándose hasta donde yo me encontraba.
-¿Sabe que está prohibido pegar carteles en estas paredes?
-Verán agentes -me excusé-. No he sido yo el que lo ha colocado aquí. Sólo me he encontrado con él.
-¿Se ha encontrado con él? -repitió con ironía uno de los policías-. No me haga reír. La multa por colocar carteles es de cien euros.
-Pero… Le juro que yo no he sido.
-¿Prefiere pasar la moche en el cuartelillo?
-No…
-Pues será mejor qu pague -dijo el segundo policía al tiempo que sacaba su libreta de multas disponiéndose a rellenar una de ellas-. Déjeme el DNI. ¿Se cree que por ser famoso tiene derecho a publicitarse donde usted quiera?
“¿Famoso yo?”, pensé cuando los policías marcharon dejándome cien euros más pobre. “Tenía gracia con las chicas, pero no con las multas…”. Si aquello había tenido en algún momento algo de agradable el último acontecimiento acabó por disiparlo así que, tras pensarlo durante unos segundos, decidí descolgar aquel anuncio de mí mismo no sin antes imaginarlo decorando una de las paredes de mi dormitorio. Me puse de puntillas llegando a duras penas al extremo superior de mi yo de papel, hurgué en las puntas hasta extraerlas en perfecto estado del muro sobre el que estaban pegadas y fui estirando con cuidado hasta que conseguí arrancar casi la totalidad del cartel publicitario. Quedaba muy poco cuando una voz grave bramó a mi espalda.
-¿¡Qué hace!?
Me giré comprobando con horror que se trataba de uno de los vigilantes universitarios al que todos apodamos como “porra floja”.
-¿Yo? -disimulé-. Nada…
-¿Cómo que nada? ¡Está destrozando una pared pública!
-Yo no estoy destrozando nada -alegué-. Sólo estaba liado con este cartel.
-Encima colocando carteles… Se le va a caer el pelo.
-Pero…
-Ni pero ni leches. Al despacho del director.
Ya ve. Aunque no se lo crea esto es lo que ha ocurrido. Puede parecer absurdo, y sin duda lo es, pero no tengo otra excusa . Todo ha sido culpa de una red social y de mi dejadez a la hora de compartir mis datos. ¿Por qué los publico sabiendo que alguien puede infringir mi intimidad? No sé. Prometo pensar en ello y publicarlo en mi blog.


Comentarios

2 comentarios

Bitacoras.com

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Valora en Bitacoras.com: No podía creer lo que veía, y le aseguro que no es una frase que yo acostumbre a decir habitualmente. Era como encontrarse a tu hermano gemelo frente a uno mismo y, tras asegurarte de que no te estás ante un espejo, darte cue…..

Ilión

Jaja, juas. Paranoico!
Un beso


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