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Acuerdo de convivencia – Relato.

-No voy a volver a enamorarme.
Aquellas eran las palabras que pronunciaba Sara cada vez que alguna de sus amigas se atrevía a insinuarle que se buscara un hombre con el que compartir su vida. “Los hombres me han hecho mucho daño”, solía añadir como remate. Y procuraba esquivar el tema. Pero, tarde o temprano, la situación se repetía con algunas de las pocas amistades que Sara consideraba imprescindibles. O las únicas que había logrado conservar con el paso del tiempo y del desastre.

 

-¿No crees que tu hija necesita un apoyo femenino?
La niña era ajena a los comentarios pero no su padre, Víctor, que sufría amargamente cada vez que alguno de sus amigos osaba insinuarle que se buscara pareja. “Estamos muy bien solos”, argumentaba. Aunque, ¿era eso realmente cierto? Trataba de convencerse admirando la sonrisa de su niña, que permanecía en su cabeza aún cuando había dejado de mirarla, y algo en su interior se congelaba cuando, intuyendo el futuro, chocaba frontalmente con la pared construida por el presente de su vida solitaria. “¿Qué va a ser de nosotros?”.

 

-¿Cómo te llamas? -pregunta ella-.
-Víctor -responde él-. ¿Y tú?
-Sara -tras la presentación ella trata de llenar el espacio vacío de palabras que les rodea-. ¿Qué es realmente lo que buscas?
-Un piso a compartir que pueda pagar. Y en el que vivir con mi hija. Cuando la tenga, claro.
-¿Vive contigo los fines de semana?
-Custodia compartida -esa expresión provoca en Víctor una profunda sensación de alivio-. Aunque parezca increíble mi ex mujer accedió a que compartiésemos la custodia.
-Es difícil, sí -Sara da una última calada a su cigarro y lo apaga en el cenicero que hay sobre la mesa atestado de colillas, todas a medio consumir-. Mi marido ni siquiera peleó por la custodia de mi hijo. El muy…
Y hace lo mismo con los labios que con el cigarro, evitando escupir el aliviante “hijo de puta”. “Queda muy mal insultar a un hombre cuando se está en presencia de uno”, piensa.
-¿Todavía no has encontrado a nadie con quien compartir el piso? -pregunta Víctor sintiéndose incómodo. El humo del tabaco tampoco ayuda-.
-No. Tú me caes bien -“y me hace falta el dinero”-. Si lo quieres, el piso es tuyo. Iríamos con los gastos a medias de hipoteca, luz, agua y comunidad.
-De acuerdo.

 

-¿Cuánto hace de eso? -preguntó Carlos, uno de los mejores amigos de Víctor. El único superviviente-.
-Casi un mes,
-¿Y ya te has acostumbrado a ella?
-Acostumbrarse no es la palabra.
El murmullo de los clientes se elevó de tono ajeno a la conversación pero para Víctor, incapaz de sortear las insinuaciones lanzadas a bocajarro, se hizo tan silencioso como un desierto en el que sólo se escucha la caída de los rayos de sol.
-Te has enamorado de ella.
Víctor bajó la mirada incapaz de enfrentarse a la sonrisa suspicaz de su amigo.
-Jamás me voy a volver a enamorar de una mujer, me han destrozado. La única que habrá en mi vida será mi hija.

 

-¿Tienes mañana a tu hija? -pregunta Sara sin abandonar la cocina cuando ve entrar a su compañero de piso por la puerta del domicilio compartido-.
-Sí -responde Víctor con el corazón henchido de alegría-. Estará las dos semanas siguientes conmigo.
-Nosotros aprovecharemos para ir a casa de mi madre. Se ha empeñado en que le hagamos una visita así que nos quedaremos una semana.
-Vale. Cuidaré del piso.
-No lo dudo -Sara sonríe sin darse cuenta de que lo hace sin forzar la sonrisa-. Te dejo solo.
Solo. Una palabra que aprisiona el alma como si fuera un cepo apagando las ganas hasta de respirar. “Pero yo no estoy solo”, se consuela Víctor camino de su habitación mientras aquella palabra sigue golpeando su cerebro como lo hace el mosquito contra una bombilla, tratando de romper su coraza de cristal. “Tengo a mi hija y no me hace falta nada más”. Se tumba en la cama, observa el techo e imagina que se le cae encima. “A quién voy a engañar, nadie vendría a sacarme del montón de escombros”. Y se da media vuelta, de espaldas a la puerta, escondiendo unas lágrimas que sabe a ciencia cierta que no verán nadie. Aunque no es el único que llora en aquella casa, donde se comparte todo menos el cariño.

 

-Te has enamorado -el coro de amigas lanzó la sentencia alternativamente, a modo de broma, sin que la destinataria compartiera el entusiasmo-. Confiésalo.
-No tengo que confesar nada -se zafó Sara como lo haría un jugador de fútbol americano. Lástima que aún quedase mucho para la zona de “touchdown”-. Víctor es mi compañero de piso y nada más.
-Pero -replicó una de las amigas-… Has salido con él.
-No. Salimos con los niños a dar una vuelta. Nada más.
-Y te invitó a comer.
-Nos invitó -remarcó Sara-. A mi hija y a mí.
-Por más que te niegues a la evidencia te estás liando con tu compañero de piso -el resto de amigas afirmó con la cabeza respaldando a la compañera que había lanzado la acusación-. Se está volviendo imprescindible para ti. Y lo tienes en casa cuando te hace falta.
-Ni siquiera tienes que salir a ligar -bromea otra despertando una carcajada en todas ellas, menos en Sara-. ¿Qué más se puede pedir?
-¿Unas amigas con un poco de comprensión? -ironiza Sara fingiendo que es sólo ironía-. No tenéis ni idea de lo que es pasar por un divorcio.

 

-Te entiendo perfectamente -dice Víctor deseando consolar a su amiga sin atreverse a hacerlo-. Nadie sabe lo que es pasar por un divorcio hasta que no lo sufre en carne propia.
-Y te quedas tan sola como si fueras la única persona en el mundo -Sara intenta tragarse las lágrimas pero, una vez estiras del hilo, es imposible no desenmarañar el carrete-. Tan sola…
“Como nosotros dos”, piensa Víctor manteniéndose estático bajo el dintel de la puerta del comedor. Había entrado en casa pensando que estaba vacía, avanzado por el pasillo sin divisar ningún movimiento que delatase lo contrario. Y ahora… Es incapaz de enfrentarse al consuelo por que, en cierta manera, es como si se hundiese en su propia desgracia.
-Tranquilízate -avanza temeroso hacia Sara, se sitúa al lado de ella y le coloca la mano en el hombro derecho en un gesto de ternura. Ella ni se mueve de la silla manteniendo la cabeza hundida entre las palmas de sus manos, incapaz de dominar sus sentimientos, ya desbocados-. Verás como todo se arregla.
-¿Sabes lo que significa ir contracorriente del resto del mundo? -Sara alza la cabeza al tiempo que un reguero de lágrimas se precipita mejillas abajo-. ¿Sabes lo que significa esconder la angustia que supone criar a una niña sin que la persona que se unió a ti para traerla al mundo muestre el más mínimo interés por ella?
Silencio. “Me lo imagino”, piensa Víctor sin retirar la mano del hombro ajeno. “Puedo comprenderte. Nuestra soledad está hecha de lo mismo…”.
Dicen que las parejas se consideran como tales cuando son capaces de sincronizar sus sentimientos de tal manera que es imposible discernir dónde acaba uno y empieza otro y, justo aquella tarde, en aquel mismo momento en el que Sara y Víctor se miran a los ojos, en la penumbra del comedor compartido, al borde de un barranco de desesperación también compartido, deciden confiar en el contrario como última salida al laberinto construido en sus vidas, con ellos dentro. Sara, siguiendo un impulso cegador, se abraza a Víctor a la altura de la cintura escondiendo su cara, junto con sus lágrimas, en el valle acogedor en el que se convierte su vientre. Y Víctor, incapaz de enfrentarse a aquel impulso, se abandona al refugio improvisado que le brinda su amiga agachando la cabeza hasta hundirla en el cabello de la chica, sin preocuparse de sus propias lágrimas, que empapan el pelo de Sara como si éste fuera una esponja tratando de absorber toda su pena. Y allí permanecen el uno junto al otro, en una postura que resultaría incómoda de no ser porque se sujetan mutuamente para no caer al vacío, inconscientes de haberse salvado justo en el instante que recurrieron al contrario, hasta que, bien entrada la noche, despiertan de la catarsis entre las sábanas de la cama de Sara, completamente desnudos.
-¿No tienes hoy a la niña? -pregunta Víctor abrazando a su compañera de piso, temiendo que escape-.
-Está en casa de mi madre -responde Sara dejándose abrazar. Se siente extraña y cómoda a la vez, como hallar placer en algo agridulce, pero, por una vez en muchos años, se siente feliz-. Quería llevarla este fin de semana al zoo.

 

-¿Ya te has acostado con ella?
-Esa no es la palabra -corrigió Víctor tratando de sofocar la suspicacia en la sonrisa de su amigo-. Sólo nos consolamos mutuamente.

 

-¿Os consolásteis? -todas las amigas rieron-. ¿Al sexo se le llama consolarse?
-Yo pensé que consolarse era utilizar el aparato que guardo en mi mesita…
Las carcajadas se levantaron de la mesa como una bandada de cuervos de un campo de cereales y Sara, ajena a las críticas y a las burlas, mantuvo la misma sonrisa que le había caracterizado durante la última semana. Aquella con la que había recuperado la alegría de vivir.
-Podéis reiros todo lo que os dé la gana -dijo con serenidad-.

 

-Así que, al final, otra mujer ocupa tu vida.
-Pagamos a medias el piso -aclaró Víctor-. Es normal que la ocupe.
-Me refiero a que sois pareja.
-Yo no lo llamaría así.

 

Dicen que una pareja se puede tratar como tal cuando, recurrentemente, tropiezan al unísono con la misma manera de actuar o de pensar. Y en este momento, a pesar de estar a kilómetros de distancia, Víctor y Sara lanzan idéntica frase a su respectiva audiencia.
-Tenemos un acuerdo de convivencia.
Acuerdo de convivencia… Quizás un término rebuscado para definir la simple atracción mútua o, seguramente, sólo una manera de despistar a todo el mundo, incluidos ellos mismos. Aunque poco les importa: encontraron la compañía cuando pensaban que no la necesitaban. Cuando creían que el corazón huyó del cuerpo con la última herida… Y ahora, ajenos a las críticas de sus innecesarias amistades, son capaces de afirmarlo: incluso el más desordenado mantiene un cierto orden entre su propio caos.

 


Comentarios

2 comentarios

TRISTIA

No escribo para decir que no me ha gustado. Escribo para decir que me has robado las palabras de mi boca en estos momentos en los que “el corazón se me ha salido del cuerpo con la última herida”, ha habido tantas heridas, que muchas veces me digo “que se me han secado las lágrimas de tanto llorar”, pero es mentira, cada herida me duele más y más, y lloro, y lloro hasta la extenuación… En fin, gracias por regalarnos tus palabras.

Ilion

Cada vez que paso por aquí compruebo que escribes mejor y mejor y mejor y mejor… :-)


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