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Desempleada: en la desesperación está la oportunidad – Relato.

“Señora responsable y deseosa de trabajar se ofrece para cuidar personas mayores. O lo que haga falta”.

 

Tan sólo restaba el teléfono de Jacinta para completar satisfactoriamente el anuncio pero ésta, observando temerosa su trabajo en la pantalla del ordenador con el que lo había escrito, se sentía sin fuerzas para rematar el documento escribiendo su número de móvil, casi lo único que aún le quedaba, dando su confirmación como demandante de empleo, cualquiera que éste fuera. ¿De qué sirven los años de estudio si luego la sociedad te imposibilita para ejercer aquello por lo que te has esforzado? “De nada”, pensó Jacinta tecleando su número de teléfono como un último intento a la desesperada de abandonar la creciente lista de desempleados en España.
-¿Estás segura de lo que haces? -preguntó Alfredo, su marido, intuyendo los sentimientos que atormentaban a su mujer-. Jamás te has sentido a gusto entre personas mayores.
-¿Y qué quieres que haga? -Jacinta levantó la cabeza del ordenador para mirarle a la cara, sintiéndose delatada por la humedad de sus propios ojos-. ¿De qué quieres alimentarte si ninguno de los dos encuentra trabajo?
-Yo -Alfredo balbuceó-… Yo sí tengo… Trabajo.
-¿Le llamas trabajo a hacer unas chapuzas a la semana por las que te pagan una mierda? Y, encima, hay semanas que no consigues nada de faena -volvió la vista a la pantalla repasando concienzudamente el anuncio-. Si nos tuviéramos que fiar de ti para pagar la casa mejor sería esperar al desahucio.
-No lo pagues conmigo -suplicó Jacinto a la defensiva. Y no volvió a decir nada más-.
Hay esperanzas que nunca se evaporan a pesar de que las adversidades se empeñen en intentarlo. Otras, ni siquiera existen quedando un alma tan exenta de alegría como de deseos de encontrarla. Existe gente que deposita todas sus esperanzas en un billete de lotería esperando que el azar les convierta en mejores personas y, sobre todo, mucho más ricas. Pero para Jacinta, cansada ya de los reveses que le había sacudido la vida, todas sus aspiraciones habían quedado reducidas a un puñado de anuncios en papel fotocopiado que, una vez colocados sobre farolas, árboles y postes de teléfono, decoraron el paisaje urbano del barrio de Barcelona que durante años le dio cobijo. Todas sus esperanzas pendían de esas hojas de papel, de esos recortes con su teléfono que se balanceaban movidos por el viento invernal, como los hilos que la unían al destino, empeñado en hacerla bailar al ritmo de las adversidades. Y ese destino, materializado en forma de llamada de teléfono, se hizo presente tras demorarse tan sólo dos días tras la pegada de carteles.
-¿Jacinta? -ella quiso resistirse a contestar la llamada pero no pudo-. ¿Es usted quien se ofrece para cuidar personas mayores?
-Sí -titubeó-… Sí, soy yo.
-Verá -la voz del otro lado del teléfono era masculina y sonaba joven. En la treintena seguramente-. Tenemos a nuestro padre algo incapacitado y necesitamos a alguien que lo lleve y lo traiga de la residencia, haciéndose cargo también de su cuidado cuando no esté allí. En principio lo llevamos cada dia de ocho de la mañana a ocho de la tarde -el hombre hizo una pausa para hablar con alguien que tenía cercano-. Perdone la interrupción.
-No se preocupe -tranquilizó Jacinta-.
-Gracias. ¿Le interesa? -hizo otra pausa y, al ver que Jacinta no contestaba, continuó-. El sueldo sería bastante bueno. Pagamos al final de cada mes. En negro, por supuesto.
“En negro”, pensó ella. “A juego con mi futuro”.

 
-Capítulo siguiente.
 


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