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Desempleada: intimando te descubres a ti mismo – Relato.

-Parte 1: en la desesperación está la oportunidad.
-Parte 2: presentarse es siempre el primer paso.

-Parte 3: cuidadora de viejos.
 
La mañana era fría, a pesar de que el sol despuntaba lo suficiente sobre los edificios como para proyectar sus rayos sobre los transeúntes que circulaban por las aceras de la calle. Y Jacinta, uno de esos pocos peatones que se atrevían a salir de casa obligados por el trabajo o los estudios, empujaba la silla de ruedas con su inquilino arrugado bajo una manta, aún en pijama, profiriendo frases inaudibles, seguramente insultos, como cada día de la segunda semana que llevaba trabajando como cuidadora de ancianos. “De viejos”, se decía martirizándose.
-¿Tiene frío? –preguntó Jacinta sabiendo que era en vano-.
No hubo respuesta. Salvador se arrugó aún más bajo la manta escondiendo la cabeza al máximo, dejando únicamente los ojos sobresaliendo de ella, como un periscopio que otea el horizonte en busca de un enemigo. Aunque para él cualquier cosa que se movía ya era susceptible de serlo.
-No sé porque se empeña en no quitarse el pijama, iría más cómodo y caliente.
“Aunque para mí mejor”, pensó Jacinta tratando de desentumecerse las manos, completamente heladas a pesar de los guantes. “Cuanto menos tenga que tocar a este hombre mejor. Aún no sé porqué cogí este trabajo”. Pero claro que lo sabía. No sólo la necesidad impone las acciones, también el sentido común. Y éste tuvo claro cuál sería el destino de Jacinta. Paró unos instantes, se frotó las manos sintiéndolas renacer gracias a la fricción y continuó el camino sabiendo que ese destino la mantendría atada a aquella silla de ruedas y a Salvador, imagen viviente de lo que ella más temía: la vejez.
-Buenos días, Salvador –saludó la recepcionista enfundada en su habitual bata blanca-. ¿Ha pasado una buena noche?
-Tan mala como el resto del día –replicó el anciano de mala gana destapándose ante el golpe de calor que le propinó la entrada a la residencia-. Aunque eso a usted le da igual, sólo pregunta por cortesía.
-Veo que su humor no cambia –comentó la recepcionista dirigiéndose a Jacinta-. ¿Tiene alguna novedad o algo que debamos saber?
-Creo que no –respondió haciendo memoria-. Bueno. Hoy se ha levantado algo suelto.
Si había algo que odiaba Jacinta era la suciedad. Si encima era ajena y tenía obligación de limpiarla, mucho peor. Quitarle el pañal a un anciano y tener que asearle sus partes nobles ya entraba en la categoría de repugnancia.
-Se lo dejaré anotado al médico, hoy pasa a visitar a nuestros huéspedes.
-¿Huésped? –repitió Salvador despojándose definitivamente de la manta, cayendo ésta al suelo tras resbalar por sus piernas-. Bonita forma de llamarle a un preso.
-Usted no está preso –dijo Jacinta agachándose para recoger la manta. Al levantarse advirtió un brillo extraño en los ojos del anciano-. Su familia lo trae aquí para cuidarlo, pero usted se marcha cada día.
-Si por mi familia fuera me dejarían abandonado aquí. Sólo están esperando a que me muera.
-No sea tan desconfiado –Jacinta rodeó a Salvador cogiendo nuevamente las riendas de la silla de ruedas-. No pueden ser tan malos.
-Se nota que no conoce bien a esas garrapatas. Sólo quieren mi sangre.
Avanzaron por un pasillo estrecho hasta llegar a una amplia sala de estar repleta de mesas con sus respectivas sillas en las que un grupo de ancianos, doce para ser exactos, descansaban desperdigados sobre algunas de ellas en el más competo silencio. El murmullo de un televisor colgado en una de las esquinas del fondo era lo único audible, como el susurro de un grupo de personas que pasea por el cementerio regalando su presencia a los que ya no existen.
-Déjeme aquí mismo –dijo Salvador cuando llegaron a la altura de la primera mesa, completamente vacía-. Ya puede marcharse. Tendrá cosas mejores que hacer.
-¿Quiere que le ayude a sentarse en la silla? –preguntó Jacinta situándose frente al anciano-.
-No hace falta, puedo yo solo –y, como un rayo de sol que se escapa furtivamente a través del hueco de una tormenta, añadió-. Gracias.
Aquella palabra fue una sorpresa. Es cierto que Jacinta no llevaba tanto tiempo en aquel trabajo como para conocer ampliamente a quien cuidaba pero, durante el lapso de tiempo que ya había transcurrido, era la primera vez que escuchaba a Salvador pronunciar algo amable y, mucho más sorprendente, en un tono acorde a las palabras.
-No tiene que darlas, es mi trabajo.
Jacinta se dispuso a abandonar la residencia, no sin antes regalarle al anciano una sonrisa y un adiós con un leve movimiento de mano. Salvador apartó la vista tratando de fingir desdén pero los labios delataron sus sentimientos alzándose mínimamente en las comisuras. “También la primera”, pensó Jacinta volviendo al glaciar de la calle.
El resto de la semana continuó igual de fría, sumándose también la lluvia, en forma de una fina cortina de agua. Era cierto que no empapaba pero sí terminaba calando en aquellos confiados que se arriesgaban a salir a la calle sin paraguas. Aunque Jacinta no era de esos.
-Otra vez lloviendo –dijo la mañana de domingo según pusieron los pies en la calle-. Tendremos que volver a abrir el paraguas.
Empujar la silla de ruedas con un paraguas en una de las manos no resulta demasiado sencillo si se quiere avanzar con celeridad evitando al máximo la lluvia pero la experiencia en Jacinta comenzaba ya a imponerse tras haber sufrido las inclemencias del tiempo durante las tres últimas jornadas. Aunque poco pudo imaginar que aquel domingo iba a ser diferente.
-¿Quiere que lleve yo el paraguas?
Había sido un fantasma, seguro. Resultaba imposible que aquella voz fuera la de Salvador.
-Puedo ayudarla con el paraguas –insistió el anciano-. Usted empuja y yo lo sostengo para no mojarnos.
-Está bien –aceptó Jacinta entregándole el paraguas sin mucha confianza-. ¿Podrá aguantarlo todo el camino?
-Tampoco vamos a Alemania –ironizó Salvador. Después, consciente de que su tono había resultado molesto, continuó, suavizándolo-. Aunque parezca un viejo todavía tengo los brazos fuertes. Con ellos levanté la empresa.
-Tuvo usted mucha suerte.
Jacinta empujó la silla por la acera mojada manteniéndose a cubierto gracias al paraguas que, milagrosamente, se mantenía perfectamente vertical a pesar de que era Salvador quien lo llevaba, un anciano necesitado de ayuda para valerse por sí mismo, sin que presentase en ningún momento muestras de fatiga en el brazo. Sin duda lo había juzgado demasiado pronto. Aunque tampoco podía decirse que él ayudase defendiéndose a sí mismo.
-Seguro que está sorprendida.
-¿Yo? –preguntó Jacinta-. ¿Por qué?
-Porque no resulto tan débil como aparento.
-Bueno, es cierto. Sus hijos me habían dicho que estaba muy enfermo.
-No se crea nada de esas alimañas. Son capaces de cualquier cosa por enterrarme.
-No diga eso –un semáforo les detuvo momentáneamente-. Seguro que, en el fondo, le quieren.
-En el fondo de la tumba, sí.
La conversación cesó durante el resto del camino hasta que, una vez hubieron entrado en la residencia, y tras los correspondientes saludos con la recepcionista, ambos hicieron acto de presencia en la sala de estar, con los doce ancianos de costumbre en sus respectivas sillas, como si para ellos no transcurriera el tiempo de la misma manera que para el resto de personas.
-No creo que tuviera suerte –afirmó Salvador antes de que Jacinta se despidiera para marcharse-. Trabajé duro para levantar mi empresa.
-Perdone, no quise ofenderle.
-Y no lo hiciste –la amabilidad se imponía a la dureza del tono habitual de Salvador-. Es normal que cuando alguien triunfa el resto pueda considerar que es producto de la suerte.
Jacinta vaciló pero, dominada por la curiosidad, agarró una de las sillas próximas y la colocó frente a Salvador, sentándose en ella posteriormente.
-¿Y cómo consiguió tener una empresa?
-Empecé de cero, desde la miseria.
-Como yo –se lamentó Jacinta agachando la cabeza-.
-¿Tú tienes para comer?
-Sí. Bueno… Tampoco es que pueda darme lujos.
-¿Tienes un techo en el que vivir?
-Están a punto de desahuciarme…
-Yo vivía con mis hermanos en una chabola del Somorrostro con riesgo de derrumbarse con nosotros debajo. Créame. Por muchos problemas que tenga usted ahora mismo vive en un lugar mucho mejor del que yo vivía cuando era joven. Y pude levantarme.
Todo es tan relativo que distintas miradas también divisan de forma diferente lo que observan. “Quizá sea cierto y yo lo vea todo más negro de lo realmente es”, pensó Jacinta sin apartar los ojos de Salvador. Podía sentirlos rebuscando en su alma, en la profundidad del pensamiento, en lo más hondo del corazón que antes juraba tener helado. Aquellos ojos no sólo se adentraron en su pena, también lograron desterrarla de su mente. O quizá no. Pero jamás volvió a sentirse lastrada por ella.
-Créame. La suerte no existe, sólo el empeño.
 
Capítulo siguiente.
 


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