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La libertad del globo – Relato.

-¡No empujéis! -dijo uno de los globos, avasallado ante los nervios del resto de sus compañeros-. No os va a elegir sólo por poneros los primeros.
-Eso lo dices por que eres viejo y ya casi no te queda helio -dijo uno de ellos, encarnado en la figura de “Winnie the Pooh”-.
-Eso -afirmó otro dando un empujón al primero. Las orejas del viejo “Mickey Mouse” se sacudieron-. Aparta. ¡Elígeme a mí!
-¡A mí, a mí!
-¡Elígeme!
El niño se mantenía inedeciso en los brazos de su padre, que ya acusaba el esfuerzo, mientras barajaba mentalmente las posibilidades. Le gustaba “Winnie” pero el de “Pocoyó” era mucho más grande, y parecía que flotaba más alto. Aunque su pasión era “Mickey Mouse”, pero no lo veía… Espera, sí. Allí al fondo había uno.
-Ese no, hijo -comentó el padre, ya sudando-. Está muy deshinchado y no te durará nada.
-Pero -protestó el niño alargando los brazos al tiempo que su padre estiraba de él hacia sí-… Yo quiero a “Mickey”…
-Ese globo no, hijo. elige otro.
El niño, cediendo a los deseos de su padre, acabó decantándose por el enorme “Pocoyó”.
-¡Me ha elegido a mí! -Exclamó éste cuando le desataron del grupo para entregárselo al niño-. ¡Ahí os quedáis!
El resto de globos observaron envidiosos como les dejaba su compañero sin ni siquiera despedirse. Y hubieran pataleado de rabia de no ser por que los globos carecían de pies.
-¡Ten cuidado con los niños! -gritó el deshinchado “Mickey Mouse”-. ¡Tienen muy poca fuerza!
-¡Estás envidioso! -exclamó “Pocoyó” desde la distancia-. Por que no te ha elegi…
No pudo terminar la frase. Tal y como le habían vaticinado, la fuerza del niño cedió al nerviosismo del nuevo juguete y el globo, sin nada que lo atara al suelo, ascendió al cielo nocturno dejando tras de sí al ruidoso parque de atracciones.
-¡Soy libre!
Fueron las últimas palabras que se pudieron escuchar antes de que su figura se convirtieran en un punto tan minúsculo que acabó engullido por la oscuridad de la noche.
-No estéis tristes -dijo el globo “Mickey” tratando de consolar a sus compañeros-. Nosotros estamos a salvo.
-¿A salvo? -repitió uno de los globos-.
-Nosotros estamos prisioneros -dijo otro-. Y él está libre.
-Pero, lo que él no sabe, es que el cielo está cubierto de agujas.
El resto de globos enmudeció al escuchar la palabra “aguja” sin que ninguno de ellos osara poner en duda las palabras del más anciano del grupo. Éste, satisfecho de su habilidad para la oratoria, añadió.
-¿Quién querría ser libre si estar atado es una garantía?

 


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