Presiona ENTER para ver los resultados o ESC para cancelar.

Desempleada: el futuro puede cambiar – Relato.

-Parte 1: en la desesperación está la oportunidad.
-Parte 2: presentarse es siempre el primer paso.
-Parte 3: cuidadora de viejos.
-Parte 4: intimando te descubres a ti mismo.
 
-¿Le apetece dar un paseo?
Aquella mañana Jacinta se había levantado de buen humor. No porque las circunstancias en su vida hubieran mejorado drásticamente, sino porque había conseguido la entereza suficiente como para no dejarse intimidar por las adversidades. Y era tanta su alegría ante tal hallazgo que decidió cambiar la vida de aquel que también había ayudado a cambiar la suya.
-¿No va a llevarme a la residencia? –preguntó Salvador. La extrañeza se mezclaba con cierto optimismo-.
-Si usted quiere, no. Podemos dar un paseo por la playa, hoy hace sol.
-Cualquier plan es más agradable que estar encerrado en aquella cárcel.
-No se hable más. Conozco un sitio en la Barceloneta desde el que podemos ver el mar mientras tomamos algo.
Jacinta varió la dirección acostumbrada, torciendo a la izquierda al llegar a la calle Marina, y empujó la silla de ruedas avenida abajo mientras entablaba conversación con el anciano, mucho más alegre una vez acordaron cambiar de rumbo. Que a Salvador no le gustaba la residencia era algo que él constataba a cada momento. Aunque la actitud hacia ella había cambiado ligeramente desde que era Jacinta quien le llevaba, sobre todo desde que el azar se empeñó en romper la coraza que les separaba y que, misteriosamente, también les unió.
-¿Qué le parece el día?
-Perfecto para dar un paseo.
Jacinta no pudo percibirlo, pero Salvador sonreía abiertamente.
-Ya se lo dije.
-¿Usted no tiene nada que hacer?
-La verdad es que no –el semáforo próximo parpadeaba para los peatones, por lo que Jacinta se detuvo frente al paso de cebra de la avenida Icària-. Aparte de cuidarle a usted no tengo otra cosa que me ocupe.
-Que mala suerte. Por ambas partes…
-No se crea –Jacinta vaciló pero, aun así, confesó lo que pensaba-. Encontrar este trabajo ha mejorado mi vida.
-Ya se sabe, el dinero siempre ayuda.
-Y la amistad…
La brisa soplaba trayendo el aroma del mar, tratando de llevarse también las palabras, pero éstas se mantuvieron a resguardo en la atmósfera creada a tal efecto por Salvador y Jacinta, como un invernadero que logra atrapar a los rayos del sol. El astro brillaba en lo alto, incansable, habiendo recuperado sus fuerzas tras muchos días sin dar la cara.
-¿Sabe qué? –Jacinta negó con la cabeza, pero la respuesta pareció escucharse-. También me ha ayudado mucho. Si le digo la verdad lo único que merece la pena del día es el rato que paso con usted en esta silla.
-Tampoco creo que le acompañe tanto.
-Para alguien que no tiene nada cualquier cosa es inabarcable. Y su compañía es más que eso.
-Gracias –Jacinta aflojó el paso al llegar al Paseo Marítimo y giró a la derecha con intención de recorrer a pie el tramo pegado a la Barceloneta. Aunque el calor de la mañana, sumado al sofoco de los cumplidos, comenzó a pasarle factura-. Si le parece, podemos descansar un rato.
-Me parece perfecto.
Jacinta acercó la silla de ruedas al murete del paseo, sentándose ella en lo alto, y estiró de Salvador para situarle a su lado. Ver a una cuidadora de ancianos tan próxima de quien cuidaba resultaba un tanto atípico si entre ambos no existía cierto tipo de parentesco pero para ellos, teniendo cada uno sus propios motivos para disfrutar de la compañía del otro, aquello resultaba tan normal que no reparaban en la curiosidad de los ojos ajenos.
-Cuénteme algo de usted.
-¿De mí? –la sorpresa afloró a las mejillas de Jacinta-. No creo que yo tenga nada que le interese.
-¿Cómo que no? Cualquier cosa es interesante si no la conoces.
-No sabría que contarle –Jacinta agachó la cabeza, incapaz de mirar a los ojos de Salvador-. Créame, no tengo nada de interesante.
-Pues entonces –el anciano hizo una pausa mientras se retorcía para tratar de observar a su acompañante-… Intentaré averiguarlo. Creo que ya sé bastantes cosas de usted como para hacerme una idea.
Jacinta se enderezó sobre su asiento mostrando ciertas reservas a dicho análisis aunque, a pesar de que era extremadamente vergonzosa, decidió prestarse al experimento empujada por su curiosidad y, aunque le acostase afirmarlo, también por la necesidad de encontrarse a sí misma. Cualquier juicio resulta apropiado si procede de alguien ajeno.
-Usted es una mujer orgullosa, que no se rinde ante los retos, y es por eso que ambos nos encontramos en este lugar –Salvador hizo una pausa mientras contemplaba el Puerto Olímpico bajo el cálido sol de la mañana-. Las necesidades le empujaron a abandonar su país para buscarse la vida en uno extranjero, aunque compartamos el mismo idioma y ciertas costumbres.
-Soy de Colombia.
-Todos tenemos una etiqueta –Salvador clavó de nuevo la mirada en Jacinta, como un hipnotizador que se gana a su víctima con las palabras-. Es usted muy atractiva pero no se siente de esa manera, ocultándose bajo una apariencia despreocupada. No se sorprenda, debe de atraer las miradas de muchos hombres. Pero no es sólo la belleza lo que destaca en su mirada, también son sus miedos. Miedo a la incertidumbre, al futuro… Yo diría que toda su vida está ocupada por esas preocupaciones.
-Está dando en el clavo –dijo Jacinta recostándose sobre las palmas de sus manos-. Podía ganarse la vida como psicólogo.
-He tenido que entrevistar a cientos de personas para mi empresa. A fuerza de la experiencia acabas con la facultad de adentrarte en la gente para saber cómo piensa o actúa. Lástima no poder elegir a tus herederos, todo hubiera resultado mejor.
-¿Cambiaría de hijos?
Aquella pregunta podría ser una aberración para cualquier padre pero para Salvador, enemigo confeso de su descendencia, la idea le provocó una sonrisa.
-Siempre deseamos lo mejor –e hizo una pregunta que hacía tiempo le rondaba por la cabeza-. ¿Usted tiene hijos?
-No –Jacinta suspiró, evidenciando con ello la aspiración de tenerlos-. Con la situación económica que tengo no es momento adecuado para plantearse el tener hijos.
-Ya veo, miedo al futuro.
-No es sólo miedo, es que es imposible criar a un niño si no se le puede dar todo lo que merece.
-Quizá no sea comparable pero –Salvador dejó la vista perdida en el Puerto olímpico, en los amarres, en los barcos que permanecían como un reducto de lujo, oscilantes al ritmo de las olas-… Ya le dije que yo me crié en este sitio, sin apenas nada. También el primero de mis hijos vino al mundo sin que yo pudiera asegurarle siquiera lo necesario.
-Todo cambia –el tono de Jacinta también mudó, tiñéndose de melancolía-. En mi país ocurre algo parecido, por eso me marché de allí: para garantizarme un futuro.
-Es lógico.
-Pero nadie te advierte de que el futuro no cambia. Si no eres nadie seguirás siendo poca cosa.
-Todos podemos cambiar nuestro futuro.
-Ah, ¿sí? ¿Cómo?
-Quizá yo pueda ayudarle.
 


Comentarios

Deja un comentario