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Automatismo marciano – Relato.

-¡Cuántos ascensores!
Las sorpresas se encadenaban como quien visita por primera vez un parque de atracciones y, en cierta manera, aquella estación de metro se asemejaba bastante a eso. Un pozo circular y profundo atestado de gigantescos ascensores colocados en paralelo contra el borde de la circunferencia, espacios diáfanos bañados en naranja, descenso a las catacumbas en cuatro segundos sintiendo el vértigo repentino de la caída… Demasiadas emociones para Sergio que, con sus siete años, caminaba de la mano de su abuelo con los ojos tan abiertos como su boca.
-¿Y el metro?
-Estará en el andén, como todos.
Avanzaron en línea recta, dejando atrás al ascensor, y pronto se chocaron con la galería propia de la estación de metro. Pero había algo atípico, a juego con la modernidad del conjunto. El corte del andén estaba protegido por una línea de mamparas de cristal, desde el inicio hasta el final de la estación, que impedía tanto saltar a la vía como vislumbrar el desnivel sobre el que se asentaban los raíles.
-¿Y las vías? –preguntó el niño zafándose de su abuelo-.
-¡Ten cuidado!
Aunque quedaban aisladas, la necesidad de proteger al niño persistía.
-¡Mira, abuelo!
Éste corrió hacia el niño sujetándole nuevamente. Añadió presión.
-¡No vuelvas a soltarte! Es peligroso.
-¡Es como dijo papá! –gritó Sergio ignorando a su abuelo-. ¡Puertas invisibles!
-No son invisibles, están cerradas.
-¿Y ese botón?
-Para abrirlas precisamente.
-¿Cuándo viene el metro?
-No lo sé –el abuelo alzó la mirada localizando un panel informativo-. Viene dentro de tres minutos.
-¡Qué bien! Tres minutos no es nada.
-Para ti…
El abuelo analizó el andén. Se le antojaba irreal, moderno hasta lo extravagante. Tanta automatización chocaba de plano contra su concepto de metro: un espacio social, cálido, en el que la única máquina era el propio tren.
-¡Ya viene!
El metro hizo aparición por la izquierda anticipando sus luces a la propia llegada, difuminándose en las mamparas como un esturión tras las paredes de una pecera. Las puertas se deslizaron con un suspiro invitando a la entrada y abuelo y nieto accedieron, el segundo con más entusiasmo que el primero.
-¡Vamos delante!
El niño se desenganchó de nuevo, esta vez sin oposición, corriendo hasta el principio del tren mientras sorteaba la jungla de barras verticales en la que se convertía el pasillo vacío de gente. Llegó al vagón de cabeza y se adentró en el hueco propio de la máquina, en el lugar que ocuparía el hipotético conductor.
-¡No lo conduce nadie!
-Claro que no –dijo su abuelo resoplando al llegar a su altura-. Este metro no tiene conductor, tal y como te dijo tu padre.
-¿Y cómo se mueve?
-¿No te lo ha contado?
-Papá me dijo –Sergio bajó la voz-… Me dijo que lo conducían marcianos.
-Típico de tu padre.
-No es verdad. ¿No?
-Pues –el abuelo dudó-… Bueno. Si lo dice tu padre será cierto.
-Me dijo que lo controlan desde su planeta. Con la mente…
-Eso. Telequinesis.
-¿Por qué te ríes?
-No me río. También me controlan los marcianos.
El miedo calló a Sergio durante el resto del trayecto. Abuelo y nieto contemplaron perturbados como el metro se deslizaba sin ayuda aparente entre las profundidades del túnel, como si viajasen sin control en la vagoneta de una mina, y, tras retornar al inicio, el niño seguía sin abrir la boca, a pesar de que los ascensores habían estimulado su verborrea veinte minutos antes.
-¿Te ha gustado el viaje?
-Sí –contestó Sergio escuetamente-.
Cuando llegaron a la línea roja el abuelo respiró con alivio, observó el devenir de los viajeros recién llegados al final de trayecto y se sintió reconfortado habiendo vuelto del futuro. El ambiente se teñía de normalidad, sobre todo con aquel conductor de metro cambiando de vagón para conducir en sentido contrario.
-Me alegro de verle –saludó el abuelo-.
-Gracias –correspondió el conductor sorprendido-.
-Qué época tan extraña. Metros sin conductor.
-Y usted que lo diga. Todos nosotros tenemos miedo.
-¿Miedo –repitió el abuelo-. ¿A perder el trabajo?
-No –el conductor susurraba-. A los marcianos.
 
Este relato es el último que forma parte del concurso de relatos de TMB para el día de Sant Jordi. Puedes leerlo también aquí y pinchar en las cinco estrellas. Si te ha gustado, claro.
 


Comentarios

2 comentarios

Bitacoras.com

Información Bitacoras.com…

Valora en Bitacoras.com: -¡Cuántos ascensores! Las sorpresas se encadenaban como quien visita por primera vez un parque de atracciones y, en cierta manera, aquella estación de metro se asemejaba bastante a eso. Un pozo circular y profundo atestado……

Antonio Bianco

Algo muy refrescante y gracioso para esta epioca tan agitada que tenemos. Muy interesante el punto de vista del abuelo…y del nieto claro estasu experiencia de cuento a realidad es realmente interesante.


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