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Cariño destilado en aburrimiento- Relato.

-¿Qué fue de lo nuestro? –preguntó ella inmersa entre la desesperación y el llanto-. ¿Vamos a desperdiciar tantos años en común?
Silencio. A pesar de que eran dos, sólo se percibía la presencia de uno. Él ya hacía tiempo que volaba lejos, fuera del conjunto que un día forjaron a base de amor recíproco. Pero nada es eterno, y en el terreno fangoso de la monotonía siempre hay alguien que se queda atrapado sin poder dar un paso.
 
Fue algo extraño, casi un flechazo. Un cruce de miradas, un intercambio de frases de escaso sentido, unos días de citas con las peores excusas para llevarlas a cabo, un café que se hizo partícipe del amor confeso y un tímido roce de labios como punto de partida de una relación asfixiante. Necesitaban verse a todas horas, decirse cuánto se echaban de menos desde el primer segundo tras el que ya no estaban juntos, se deseaban como si el cuerpo contrario constituyera su única fuente de alimento y, con los primeros dos años transcurridos en un suspiro, acabaron compartiendo piso, existencia y rutina, por este orden. El deseo fue destilando en cariño y, con cada vuelta al alambique de la vida en común, acababa reducido en cantidad aumentando a su vez la graduación del aburrimiento, consagrado todo ello en un anillo que poco hizo por la pareja a pesar de las ilusiones depositadas en el improvisado enlace, un cara o cruz sobre el inicio o un posible final. Y fue lo segundo. El calendario se deshojaba como las ramas de un sauce en otoño y poco a poco se vaciaba de fiestas dejando espacio en exclusiva a los días grises, acentuando su tonalidad hasta convertirse en negro, el color del futuro. Y de eso discutían: de su futuro. Ella dejaba un espacio para la esperanza y él lo reservaba para sí mismo.
 
-Lo siento –se lamenta torciendo la mirada-. Nada se puede hacer para arreglarlo.
Él consigue salir del fango en el que se convierten muchas relaciones mientras ella, incapaz de encontrar a su alcance una mano a la que agarrarse, se deja atrapar por el barro deseando que tenga tanta hambre como para absorberla hasta el fondo. Pero hay algo que no sabe: el fango sólo traga cuando te empeñas en luchar contra sus fauces.
 


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