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El anciano que susurraba a los paraguas – Relato.

El día era gris, acorde con las nubes, a juego con la lluvia que se precipitaba sobre las calles inundando de agua sucia las aceras, y los paraguas ejercían su función manteniéndose erguidos, incansables ante el envite del viento y las precipitaciones. Aunque no todos los paraguas permanecían en primera línea de batalla, muchos de ellos yacían en las papeleras, incluso en el suelo, como restos usados de un ejército de alambre y tela de plástico. La lluvia caía sobre ellos regocijándose de su victoria y los paraguas heridos sólo podían suplicar clemencia, en silencio, sabiendo que nadie les cogería del mango para darles una segunda oportunidad. Pero ninguno imaginaba que eso no fuera cierto.
-¿Por qué te habrán tirado a la papelera? Estás casi nuevo.
El anciano recogía uno a uno los paraguas abandonados, les escuchaba aplicando la oreja sobre sus varillas endebles, les susurraba palabras de esperanza capaces de alentar a un armazón de acero y los reparaba hasta dejarlos en tan buen estado que nadie descubría si eran usados o tan nuevos como adquiridos en una tienda.
-¿Cuánto vale el paraguas?
-Nada, es gratis.
-Pero… ¿Cómo va a ganarse usted la vida si no me cobra el paraguas?
-Él merece una segunda oportunidad, yo no.
La casa del anciano era un auténtico museo de la lluvia. Desde un paraguas de lona y acero de finales del siglo diecinueve a modelos más modernos en plástico y alambre, los más comunes en las calles. En las paredes apenas quedaba un hueco que no estuviera ocupado por un paraguas, siempre cerrados para ahorrar espacio, y en las habitaciones, descontando la cocina y su propio dormitorio, se amontonaban ingentes cantidades de varillas, mangos, telas de diversos colores y materiales, paraguas a medio arreglar, ya reparados y demás piezas necesarias para la reconstrucción. Resurrección según el anciano.
-Has vivido muy poco –le susurraba a un paraguas recién recogido y aún húmedo-. Cada vez os hacen más endebles. Sí, puedo ver cómo te fabricaron, cómo unas manos expertas te montaron en apenas unos segundos, alcanzo a ver tu sufrimiento durante el largo viaje hacia tu destino… Pero no sufras, volverás a nacer.
El anciano descosió las puntas del paraguas que aparecían deshilachadas, cambió las varillas torcidas y cosió con mimo todas las uniones de la tela con el armazón de metal. Comprobó el mecanismo de apertura, engrasó ligeramente el muelle y lo dejó con cuidado en una pila, junto con otros ya reparados y dispuestos para sus nuevos dueños. Sí, podía escucharlo. Le daba las gracias.
-No tienes por qué darlas. Seguro que, si pudieras, harías lo mismo por mí.
Y día de lluvia tras día de lluvia repetía idéntico proceso. Repartía los paraguas reparados entre los transeúntes calados de improviso, rebuscaba entre las papeleras localizando a aquellos abandonados a su suerte, junto con los que yacían inertes entre los charcos del suelo, y los trasladaba a su domicilio, convertido en taller de artesano, repitiendo el ciclo una vez amenazaban de nuevo las precipitaciones.
-¿Y cómo es que usted se dedica a reparar paraguas?
-Tribulaciones del destino.
-Debe de ser un destino poderoso si consigue que trabaje a cambio de nada.
-Mi hija murió de una pulmonía tras un día de lluvia. Puede que nadie le dé valor ahora a los paraguas, pero no siempre ha ocurrido así.
El anciano no quería provocar compasión, ni siquiera hacia sus propios paraguas. Tampoco le importaba parecer un loco si con ello conseguía una segunda oportunidad para aquellos objetos que adoraba como si formasen parte de su familia, abandonados en la calle a causa de una fragilidad que nada tenía que ver con ellos. Su hija era frágil, si, quizá un paraguas no habría podido salvarla. Pero, mientras él tuviera fuerzas para enderezar varillas, jamás habría una persona que no pudiera permitirse el guarecerse de la lluvia.

 


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