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Experiencias de un eterno finalista – Relato.

Veo en los premios una oportunidad para certificar mi trabajo, una manera de verlo a través de unos ojos exigentes. Y entendidos, claro, porque más exigentes que mis propios ojos con cada una de las líneas que pasan delante de ellos, mientras me mantengo unido al teclado por las yemas de mis dedos, no creo que sea. Y ahora, mientras espero a que el jurado emita su veredicto, mientras el corazón acelera al ritmo de un coche de fórmula 1, me pregunto: ¿realmente debería de estar aquí?
Siempre me fastidia mi exceso de modestia y, aunque piense que algo de ambición y unas ligeras dosis de prepotencia tampoco le vienen de más al pomposo ego de todo escritor, o eterno aspirante a serlo algún día, mi carácter impide que adquiera notas de otra personalidad que no me pertenecen. Es cierto, siempre he pensado que lo que escribo apenas sirve para decir que he ocupado el tiempo en algo. “¿De provecho?”, Me preguntan. No, indeterminado. Sin una definición propia, así calificaría a mis escritos. Casi un cuento, algo que se parece a un relato, intento de poesía… Siempre me quedo a las puertas de concretar la idea en una porción de texto con encanto. ¿Me quedaré también al borde de conseguir un verdadero premio? Ya falta poco para saberlo, pero todo me dice que así va a ser.
El jurado sube al escenario, el portavoz se dirige al atril y se coloca el micro a su altura… Los nervios se incrementan con cada segundo, los siento palpitar en mi estómago. El portavoz del jurado carraspea disimuladamente y revisa el papel que reposa delante suyo sin darle la importancia que tiene para todos nosotros, aspirantes al premio.
-Y el tercer premio, y mención especial, es para…
Vale, uno menos. Otra oportunidad que se escapa como el conejo que huye ante los pies de Alicia. ¿Habrá sitio para mí en Wonderland o todo será un sueño que se esfuma cuando intento hacerle frente?
-Y el segundo premio, también merecedor de mención especial, es para…
No sé por qué me pongo nervioso si es totalmente inútil. Es más, no sé ni tan siquiera por qué estoy aquí. Cualquiera sabe juntar palabras, y uno con un poco de experiencia es capaz de extraer una genialidad hasta de un pedrusco. “Desengáñate, no vales para esto. Todas esas horas que has invertido podrías habértelas ahorrado redirigiendo tu empeño hacia campos más productivos y alcanzables. Despierta, aún estás a tiempo de repensarlo”. ¡No, déjame! Quizá no sirva para escribir, pero no voy a dejar que yo mismo cierre las pocas puertas que la imaginación me ha abierto. El peor enemigo soy yo, el resto se convierte en uno de ellos de manera circunstancial. El empeño es el mejor amigo, estoy seguro.
-Y el primer premio, otorgado por este jurado de forma unánime, es para…


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Isa

Iván Linares!!!!!!!!!!


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