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Mecánica de la rutina en pareja – Relato.

La convivencia es un terreno abonado por la monotonía en el que, con el paso de los años en común, acaba floreciendo un pensamiento unificado, un mismo comportamiento de dos personas que han acabado mimetizando los actos del contrario hasta transformarlos en propios, un pomelo soldado por sus dos mitades, dulce y amargo a la vez; y quizá no apto para todos los gustos. Cada matrimonio pasa por esto y sólo una ruptura rompe a su vez con la mecánica de la rutina en pareja.
Una pareja de ancianos, que ha convivido durante décadas, es el claro ejemplo de la rutina. Tantos años en común han acabado forjando una actitud repetitiva como reflejo de ambos caracteres, quedando tan asimilada que son capaces de vivir el día a día sin decirse una palabra. Todo lo saben ya del contrario. Conocen sus gustos a la hora de comer, sus programas favoritos de televisión, la cantidad de cucharaditas de azúcar en el café… El silencio es el compañero mudo que se erige como tercer miembro en el trío impuesto por la rutina. Tantos años sin hablarse que, quizá, se hayan olvidado de la voz del otro.
Un día, la mujer decide hacer un cambio. Todo un riesgo que asume con una mezcla de nerviosismo y expectación por lo que sucederá tras improvisar en el menú diario. Es miércoles, toca estofado, pero decide cambiarlo por un revuelto de ajetes con ensalada. A simple vista parece una nimiedad. Y lo es. Aunque de una nimiedad han surgido siempre todas las guerras.
El anciano hace gestos cuando su mujer le coloca el plato en la mesa. Su cara lo dice todo. Como respuesta, la anciana se encoge de hombros elevando las cejas, al tiempo que exhala un suspiro. Nada que decir, ya está todo dicho.
Pero algo sucede. Igual que cuando una mariposa aletea y es capaz de cambiar el otro lado del mundo, una improvisación en el menú desencadena toda una tormenta de acontecimientos. La anciana, obligada a explicarse ante la extrañeza de su marido, y empecinamiento a la hora de no probar bocado, suelta una frase en el aire, convirtiéndolo en vendaval.
-Estaba cansada de hacer siempre lo mismo.
EL anciano intenta corresponder con sus propias palabras, pero éstas se le atascan en la garganta. Lo que en un principio parece una falta de costumbre se convierte en la angustia de no poder articular un solo sonido.
-¿Qué te pasa?
Silencio. El anciano trata de hablar, pero le es imposible. Se levanta de la mesa, sale del comedor y vuelve al cabo de un minuto con una libreta y un bolígrafo. Retoma su asiento y escoge una hoja en blanco.
“No puedo hablar”, escribe. “Parece que me he quedado mudo”.
-¿Qué estás escribiendo? –pregunta la anciana echándole un vistazo a los garabatos-. ¿Por qué no hablas?
“Me he quedado mudo. No me sale una palabra”.
-No entiendo lo que pone, recuerda que no sé leer.
El anciano realiza un dibujo tratando de explicar con él su imposibilidad de hablar, pero sólo consigue un garabato tan poco inteligible como sus bufidos. Desencantado, retoma el revuelto de ajetes, hunde en él su tenedor y se lo introduce en la boca asimilando el bocado a la nueva rutina de los miércoles. También el hecho de ser mudo, cosa que en un principio le asusta. Pero pronto entiende la escasa importancia de las palabras en una existencia basada en la rutina. Su mujer le mira, sonríe y vuelve a la cocina dispuesta a traer el segundo plato. El postre ya hace tiempo que está decidido: silencio.
 


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