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Tan amigos como hermanos – Relato.

-Hola.
-Hola.
Los dos niños se conocían de vista, ambos acudían al mismo parque, pero ninguno de los dos había hablado antes con el otro debido a que la niña tenía suficientes amigos como para necesitar uno más. Hasta ese día. El parque estaba desierto, a excepción de los dos niños y sus sendas madres, sentadas en un banco fuera del recinto infantil, manteniéndose enfrentadas una de la otra.
-¿Quieres jugar conmigo? –la niña era más lanzada, por lo que asumió el mando en la maniobra de acercamiento-. Me llamo Marta.
-Hola Marta –saludó el niño sin alzar la vista del suelo. El montón de arena que estaba levantando con las manos era demasiado interesante-. Yo me llamo Fidel.
-Hola Fidel –la niña se sentó a su lado observando embelesada el montón de arena-. ¿Quieres que juguemos con mi pala? Es mejor que con las manos.
-Yo también tengo, pero me gusta jugar con las manos.
Fidel parecía inaccesible, aunque la niña no cedió.
-¿Y si jugamos a otra cosa?
-¿A qué?
El niño alzó la mirada posándola en Marta. Esta sonrió, la barrera se estaba levantando.
-Podemos jugar a ser novios.
-¿Novios? ¿Y cómo se juega a eso?
-Mi hermana dice que hay ir juntos de la mano, hablarse en voz baja y darse besos.
-Vaya, yo no tengo hermana…
Fidel agachó la cabeza compungido al tiempo que removía el montón de arena destrozándolo con cuidado. Siempre había querido tener hermanos y no le gustaba que alguien le recordase que él era único, por muy sutiles o bienintencionadas que fueran esas palabras.
-Yo puedo enseñarte a jugar a novios. Sólo tenemos que ir de la mano y darnos besos.
-No sé dar besos.
-¿Nunca has visto a tus padres darse un beso?
-No.
La respuesta fue tan tajante que el aire que discurría entre ambos niños se enrareció, pero Marta, incansable, decidió aliviar la carga que vislumbraba en su nuevo amigo adoptando un carácter adulto, a pesar de que su edad, como la de Fidel, no sobrepasaba los siete años.
-Jugar a novios es como jugar a mamás y papás.
-¿Ah sí? –la sorpresa del niño fue sincera, devolviendo la atención hacia su nueva amiga-. ¿Y qué es lo que tenemos que hacer?
-Hacer lo que hacen nuestros padres.
-¿Discutir?
De nuevo el silencio. Marta también había escuchado discutir a sus padres, recordó como su mundo se fragmentaba en mil pedazos cada vez que eso ocurría, pero resultaba tan anecdótico que, de no ser porque Fidel lo mencionó con la sinceridad que a partir de ese momento relacionó con su carácter, Marta no asociaría esa palabra a algo tan sagrado como eran los padres. Se sobrepuso al golpe y trató de que el niño olvidara el mal trago.
-Los padres hacen muchas otras cosas, cuidan de nosotros –Fidel levantó la mirada por encima del recinto infantil comprobando como su madre seguía ajena a él, inmersa como estaba en la lectura de un libro-. Podemos imaginar que tenemos niños y cuidamos de ellos.
-Yo no quiero tener niños.
-¿Y amigos?
Los ojos de ambos se engancharon como dos tiras de velcro sin que ninguno de los dos pudiese apartar la mirada o, en su defecto, decir una palabra. Sobre el puente invisible que tendieron se arrastraron las penas y miedos de uno junto con el consuelo y el cariño de la otra, intercambiando posiciones hasta que ambos absorbieron los sentimientos del otro haciéndolos propios, convirtiéndose en un solo niño dividido en dos.
-Sí quiero tener amigos. Que sean como hermanos.


Comentarios

2 comentarios

Clara Grima

Me ha encantado, qué triste y tierno. Gracias.

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