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El hilo del que penden los sueños – Relato

Nunca puedo recordar los sueños. Quizá parezca extraño, sobre todo teniendo en cuenta la época en la que vivimos con toda esa afición a los sueños de diseño, pero cuando despierto es como si mi mente no estuviera dispuesta a compartir conmigo lo que recreaba mientras dormía, escondiendo los sueños en algún cajón del subconsciente que soy incapaz de encontrar y, por supuesto, de abrir. Qué absurdo, pensarán algunos. Sobre todo esos que se gastan un dineral en sueños prefabricados, equipados con los más recónditos deseos del alma humana. Yo sería incapaz de gastarme dinero en alguno porque también sería incapaz de recordarlo. ¿Quién quiere desperdiciar su cartera? Yo no.
Sueños de fiestas inolvidables en las que abundan el alcohol y las mujeres, sueños de viajes fantásticos a lugares en los que la imaginación se siente como en casa, vidas paralelas que sólo son palpables mientras duermes… Los mercaderes de sueños ganan una fortuna vendiendo sus preparados, pero conmigo no sirven. No pienso invertir mis ahorros para tirarlos por el desagüe en el que se convierte mi despertar por las mañanas.
Intento recordar mi último sueño, pero es imposible. Poco importa que me esfuerce, salgo de casa con el estómago lleno y la mente vacía. Bajo la calle en dirección al trabajo dándole vueltas y más vueltas, sin un resultado que valga tal esfuerzo. Llego a la esquina, giro en dirección a mi destino y, justo enfrente de la entrada, habitando un tenderete improvisado en medio de la acera que permanece repleto de inciensos, velas y perfumes de sueños, me saluda el mercader con esa amplia sonrisa que ya se ha hecho habitual. Sé que me conoce más de lo que yo mismo me conozco.
-¡Hola! –me saluda el mercader sacando la cabeza fuera del puesto. Al hacerlo, desprende una de las velas colgadas de la estructura de metal precipitándose sobre el mostrador, una mesa tapizada con un estampado de fantasía.-. ¿No te interesan mis sueños? Tengo uno especialmente imaginado para ti.
-Hola –le respondo acercándome con cortesía-. Me gustaría usar uno pero…
-Eres incapaz de recordarlos, me lo dices cada mañana. Pero este es especial.
El comerciante me acerca la vela con la que ha tropezado y yo la recojo entre mis manos con delicadeza. Y con envidia, seguramente albergue un sueño en el que merezca la pena sumergirse. Bajo esa gruesa capa de cera amarilla, de la que sobresale un cordón turquesa en uno de los extremos cilíndricos, hay un sueño que pide a gritos un rincón temporal dentro de mi subconsciente.
-Es tentador, pero no puedo quedármela –se la devuelvo al comerciante insistiendo ante su negativa-. En serio, no me valdría para nada. No voy a gastarme un dinero en algo que me va a ser inútil.
-Te la regalo, verás como este sueño sí que lo recuerdas.
Sonríe sin malicia, escondiendo bajo el semblante marcado por la edad y las vivencias un deseo sincero de que sus palabras se conviertan en realidad y yo, para no ser descortés, acepto el regalo, guardando aquella vela en el bolsillo de mi americana.
-Gracias, eres muy amable.
-No tienes por qué darlas. Verás como estoy en lo cierto.
-¿De qué trata este sueño? –pregunto curioso-.
-Es una sorpresa.
Tras estas palabras, me guiña un ojo en un gesto de complicidad y se esconde entre las bambalinas de su tenderete. Doy media vuelta, subo las escaleras del edificio y me dispongo a sumergirme en la rutina de mi trabajo, sintiendo el cosquilleo que provoca el nuevo inquilino que se aloja en mi bolsillo. ¿Será verdad que podré recordar este sueño? Me resigno a la evidencia, aunque hay una diminuta esperanza que consigue que el resto del día transcurra lentamente ante el incipiente deseo de que llegue la noche. Cuando lo hace, y me encuentro a punto de meterme en la cama tras una cena frugal, los nervios acaban por materializarse consiguiendo que me tiemble la mano con la que intento encender aquella vela, que reposa en soledad en el centro de mi mesita de noche aguardando el instante de recibir el ardor de la llama.
-A ver qué guardas dentro -digo en voz alta a pesar de que vivo solo-. Algo que no podré recordar, seguro.
Observo el danzar ondulante de la llama recostado sobre las sábanas, dejándome hipnotizar por el fulgor naranja azulado y por su perfume, que se desprende amarrado a un fino cordón de humo, ascendente en línea recta hasta llegar al techo. Tiene un olor familiar, algo que consigue aferrarse al extremo del hilo del que penden los recuerdos olvidados, aunque sin conseguir la suficiente fuerza como para rescatarlos del agujero sin fondo en el que se convierte la memoria. “A qué me recuerda este olor”, pienso mientras cierro los ojos debido al escozor del cansancio. “Es como si…” Me dejo llevar por el perfume y los vagos recuerdos que despierta en mi cabeza, obviando que el sueño casi ha retirado la trampilla que me sustenta a la realidad, manteniendo a mi consciencia en el vilo del duermevela. “Sí, huele a ni madre, ahora lo recuerdo. Este es el perfume que llevaba puesto el día que…”

 

 

-¿Dónde vas? -dijo el niño sin despegarse de las faldas de su madre-. Quiero ir contigo.
Permanecía agarrado con fuerza a los muslos de la mujer, impidiendo que se moviese ni tan siquiera unos centímetros. Ella se había preparado para salir, como todas las tardes desde que encontró aquel trabajo tan lejos de casa que le obligaba a coger el coche desplazándose casi treinta kilómetros, e intentó zafarse de su hijo con dulzura pero con firmeza, librándose del pequeño sin saber que este mantendría la forma de ese abrazo para siempre. Y el perfume adherido al alma, un perfume que hasta ese momento nunca se había puesto.
-Nos veremos mañana -le susurró la madre al oído tras plantarle un beso en la frente-. Estaremos juntos todo el fin de semana.
Y se marchó por la puerta abandonando su perfume como última prueba de que había existido, quedando, como el resto de vivencias infantiles, al abrigo de los recuerdos que quedan sepultados bajo el tiempo.
La última vez que el niño olió aquel perfume su madre permanecía inerte en el interior de una caja, imperturbable a pesar de que el pequeño le pidió entre lágrimas que se levantara. No lo hizo, claro, permaneció en la caja junto con el perfume, sus abrazos, los besos tras volver del colegio y la merienda que tomaban juntos antes de despedirse por cuestiones laborales. Aquel sitio no era apto para niños, pero el padre había hecho la vista gorda ante la insistencia de su hijo, incapaz de entender cuáles eran las circunstancias que les atrapaban en aquel lugar sin vida. Tuvo que sacarle a rastras, de entre el resto de miradas compungidas, de la sala en la que reinaban los sollozos como la armonía de un coro cantando en susurros y, cuando salieron, el padre fue incapaz de aguantarse sus propias ganas de llorar. Al principio fueron unas lágrimas en silencio, pero pronto el lloro se hizo perceptible hasta subir de tono y causar un estruendo, como el pitido de un despertador que enloquece a la hora de empezar su trabajo. Sí, así sonaba el llanto del padre: como un despertador.

 

 

Estaba soñando. Y puedo recordarlo, el mercader tenía razón. Aunque no sé si ha sido buena idea, no tenía ningunas ganas de desenterrar aquellos malos recuerdos. Miro la mesita de noche y un charco solidificado de cera es el único vestigio que queda de la vela que anoche ardía desperdigando el perfume que, seguramente, fue el que estiró del hilo del que penden mis recuerdos hasta sacarlos a flote convertidos en sueños. Expiro profundamente mientras me incorporo sobre la cama y aún me parece ver a mi madre tal y como la vi aquella mañana. Petrificada, yaciendo sin vida en el centro de una sala también carente de ella.
Me levanto y trato de desayunar algo ligero, pero me es imposible. Salgo de casa con el estómago vacío y la mente llena, tratando de apartar de ella mi último sueño y los sentimientos que ha conseguido despertar antes incluso de que sonase el despertador, pero me es imposible. Giro la esquina, enfilo la calle hacia mi trabajo y en la puerta, como siempre, me tropiezo con el tenderete del mercader de sueños. Me acerco por propia iniciativa y meto la cabeza entre el montón de velas y cachivaches diversos localizándole agazapado en el suelo, buscando algo con el empeño de saber que acabará encontrándolo.
-Perdona, no te había visto -se disculpa al tiempo que se incorpora-. ¿Has recordado el sueño esta vez?
-Sí -respondo escuetamente sin esconder el malestar que me devora por dentro-.
-Parece que no estás muy alegre por el descubrimiento -lanza un suspiro en una avanzadilla de consuelo-. Lo siento, a veces pasa. Tenemos tanto empeño en recordar nuestros sueños que se nos olvida que pueden existir razones por las que nuestra mente no deja que lo consigamos.
-¿Cómo sabías que soñando con mi madre conseguiría recordarla? ¿Cómo conseguiste introducir en la vela precisamente ese sueño?
El mercader se sorprende ante las preguntas y trata de hacerles frente armando en su expresión una mezcla de sorpresa y compasión. Parece real.
-Sinceramente, no tenía la intención de que recordaras a tu madre. Las velas funcionan bajo las órdenes de la mente de quien las usa: poco importa el sueño que cobije, es el sujeto quien finalmente acaba armando su propia versión.
-¿Y el perfume? Ahora me dirás que tampoco sabías que ese era el perfume que mi madre llevaba puesto la última vez que la vi.
-Mis velas carecen de olor -afirma categóricamente el mercader de sueños-. No me mires así, es una receta familiar libre de aromas naturales y artificiales, aparte del olor propio de la cera.
Como ve que no le creo me invita a que elija cualquier vela al azar, la huela y la encienda para comprobar que ni así desprende perfume. Escojo dos muy llamativas que tiene colgadas en uno de los laterales del tenderete, una amarilla limón y otra granate, y prendo fuego a sus mechas con un mechero que me alcanza el mercader, asentándolas en el mostrador para que no se caigan. Espero un par de minutos, pero nada: tiene razón. Sólo desprenden la fina esencia de la cera ardiente. -Entonces –la confusión baila agarrada a la última imagen de mi sueño, sobre la pista enloquecida en la que se ha convertido mi cabeza-… ¿De dónde salió el perfume que olí? Era el de mi madre, no tengo ninguna duda.
-Me temo que es auto sugestión.
-¡Cuando me desperté la habitación seguía oliendo!
-Hay recuerdos que luchan por abandonar el olvido y que, de repente y sin saber cómo, nos asaltan con tanta fuerza que nos es imposible resistir el envite de las emociones que llevan asociadas –el mercader apaga las velas con las yemas de los dedos y las introduce en uno de los bolsillos de su túnica, junto con el mechero-. Echabas mucho de menos a tu madre, pero tu subconsciente te protegía del dolor de su recuerdo, a pesar de que tú te empeñaras en recordarla.
-Por eso no conseguía acordarme de los sueños…
-Exactamente. Uno no puede fiarse de ellos, atribuirles una explicación es jugar con un sentido que generalmente no tienen. Yo vendo sueños, todos falsos, para que la gente se evada de las vacías vidas que les tocaron en suerte, en unos tiempos en los que ni siquiera se tienen ganas de soñar. Todos los recuerdan porque, en esencia, la vida que llevan es tan insustancial que se esfuma sin dejar ningún poso, quedando sólo el recuerdo de aquello que, mínimamente, consigue sobresalir de la rutina.
“Se esfuma sin dejar ningún poso”. Repito aquella frase del mercader mientras me introduzco como una sombra dentro del edificio que alberga mi cuerpo durante las horas laborales, aún más gris de lo que me parecía antes. “Ningún poso…”. ¿Cuáles ha dejado en mí la vida? Soledad, indiferencia y, ahora, la añoranza de una madre que desapareció hace años y que, por más que sueñe con ella, seguirá tan ausente como sus abrazos.
El resto de la mañana pasa entre dudas, así como la tarde y la noche que se me echa encima. Dudo entre alegrarme por haber recordado el sueño o temer porque mañana resurja el perfume de mi madre del pozo en el que sobreviven mis recuerdos. Quizá no debí haber aceptado la vela, tampoco tenía que haberla encendido, pero lo cierto es que funcionó, aunque aún ignore si eso es bueno o es malo. Aquel hilo se consumió por la llama, pero consiguió rescatar algunos de mis recuerdos, aquellos que ya parecían estar consumidos por el paso del tiempo. Sí, esos recuerdos pendían de un hilo, del mismo del que también penden todos los sueños. Y ahora me da miedo seguir estirando, pero me temo que eso va a ser inevitable.

 


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5 comentarios

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Yo antes escribía : Columnas élficas

[…] yo buscando nuevo proyecto, deambulando por twitter, cuando leí un magnífico relato del compañero @ivsu (vaya desde aquí un #FF perpetuo para él) y pensé, ¿y si vuelvo a […]

Lupe

Estupendo relato Iván, me ha encantado.
Por motivos personales, he estado alejada un poco de este estupendo mundillo, pero da gusto volver a visitar a los amigos.
Un beso

neruda

He pasado por varios estadíos leyendo tu entrada…curiosidad, intriga, emoción (que ha sido difícil de contener) y por último un cierto halo de tristeza. La suma de cada una de esas sensaciones daba como resultado que me enganchara a seguir leyendo el relato con más intensidad.
Lo que más me ha gustado siempre de tu forma de escribir es la diversidad de temas de los que tratas en tus escritos….yo creo estar “encajonada” en cuestiones meramente sentimentales (y normalmente siempre con una gran dosis de tristeza), por eso admiro a todo aquel que realmente ESCRIBE. Un besito Iván.

Iván

Ese es un piropo que no tengo muy claro que sea cierto, llevo años escribiendo y no creo haber alcanzado todavía ese estadio con el que realmente consiga ESCRIBIR con mayúsculas. Pero se agradecen enormemente esas bonitas palabras, son las que siempre me ayudan a seguir en el empeño.
Tampoco creo que seas mala escritora por el hecho de escribir sólo sobre determinados temas, especializarse tampoco es un mal plan. Aunque sí creo que hay distanciarse ligeramente de lo que se escribe, siempre es mejor verlo desde la perspectiva que otorga el hecho de dominar la historia.
Un besazo enorme!


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