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Cómo casarse en el metro – Relato

En el vestíbulo de una estación de metro se puede ver casi cualquier cosa, aunque una mujer ataviada con un vestido de novia pasa de ser poco común a totalmente extraordinario. Así que para Marta resultaba natural el despertar todas esas miradas que se quedaban enganchadas en la cola de su vestido como las moscas en un papel pegajoso, ascendiendo por el conjunto de una pieza en gasa y tul de color blanco puro sin detenerse en el escote, un clásico palabra de honor, hasta llegar a la altura de los ojos y descubrir el remate a tan extraño atuendo con un velo cubriendo completamente su rostro. ¿Hacia dónde iría una novia vestida como tal? Los viajeros de la estación de Clot lo tenían claro: se dirigía a su boda en metro. También pensó lo mismo el dueño del quiosco de golosinas, que la observaba extrañado desde su esquina privilegiada mientras Marta descendía por las escaleras del andén central arrastrando la cola del vestido por los escalones, sin preocuparse del tono gris que estaba adquiriendo dicha porción de tela.
Los viajeros bajaron de los vagones del metro recién llegado a la estación sorprendiéndose ante la imagen de aquella novia vestida de boda, ramo de flores incluido, siendo incapaces de abandonar la estación hasta comprobar si subía o no a aquel tren. Pero no lo hizo. Marta se quedó casi sola en el andén central, observando a un hombre del otro lado de la vía que había pasado inadvertido sólo por saltar menos a la vista que ella. Aquel hombre vestía traje azul oscuro con una camisa color rosa pálido que afloraba a la altura del cuello y de los puños, llevando anudada una corbata granate y un clavel blanco sobresaliendo del bolsillo de la chaqueta. Él también miraba a Marta, manteniendo el contacto visual, adornándolo con sonrisas y besos lanzados al aire, hasta que hizo acto de presencia un nuevo metro. Ambos entraron en idéntico vagón encontrándose allí con una tercera persona que casaba completamente con ellos. Y nunca mejor dicho: vestía de cura. Alzacuellos incluido.
Los tres participantes de tan extraño espectáculo se situaron en el pasillo interior del vagón tomando como propio el espacio que les cedieron los pasajeros, que se arremolinaron en torno suyo picados por la curiosidad de lo que estaba a punto de ocurrir.
—¡Hola a todos! —exclamó Marta rompiendo los cuchicheos— Mi novio Luis y yo —este hizo una reverencia— nos conocimos en el metro, enamorándonos a primera vista.
—Y ahora… —continuó Luis— ¡Vamos a casarnos en este metro!
Los cuchicheos ascendieron de tono hasta convertirse en un murmullo perfectamente audible, mezclado con gritos de ánimo y aplausos.
—Luis… —recitó el hombre disfrazado de cura tras situarse detrás de la pareja— ¿Quieres a esta mujer por esposa para amarla y respetarla hasta el fin de tus días?
—Sí, quiero.
La audiencia repitió por lo bajo la aseveración, tan propia de películas y novelas, mientras los nuevos viajeros que subían en Glóries se sumaban asombrados al público.
—¿Y tú, Marta, quieres a Luis para amarle y respetarle hasta que la muerte os separe?
—Sí, quiero.
—Pues yo os declaro… —el hombre vestido de cura alzó la mano derecha bendiciendo torpemente a la pareja recién casada— marido y mujer. Podéis besaros.
Quiénes subían en la estación de Marina asistían atónitos a aquel primer beso de matrimonio creyendo que, en lugar de a un metro, habían subido a una típica iglesia de Las Vegas, tan extravagante como fuera de lugar. Aunque pronto se dejaron contagiar por el público ya presente, rompiendo a aplaudir con tanta intensidad que los aplausos duraron toda una parada, igual que la unión de labios, que se detuvo justo al llegar a Arc de Triomf. Allí, Marta se giró dando la espalda a la mayoría de viajeros, mientras anunciaba sus intenciones de lanzar el ramo.
—¡A ver quién lo coge!
Y lo lanzó hacia atrás sin que chocara en el techo del vagón de metro, algo difícil teniendo en cuenta su escasa altura. La mujer que consiguió agarrarlo, ajena a esta casualidad que denotaba cierta experiencia por parte del lanzador, sonrió mientras exhibía el trofeo.
—Y ahora… —declamó Luis alzando las manos— Os rogamos que colaboréis con nosotros. Como sabéis, cualquier aportación es bienvenida para unos recién casados.
Los tres intérpretes del espectáculo pasaron a recoger todas las monedas que les tendieron los viajeros, acumulando tal recaudación que las manos pronto se quedaron pequeñas para albergar tanta moneda, debiendo utilizar todos los bolsillos del atuendo en el caso de los hombres y el bajo de la falda del vestido en el caso de la novia, que pasó a recogerlo contra la cintura sin importarle el ir mostrando las ligas y el nacimiento de los muslos. Tan productiva había sido la boda que aún estaban recogiendo aportaciones cuando llegaron a Plaça Catalunya, dejando pausadamente la estación al ritmo del tintineo del jugoso metal recién ganado. Marta y Luis aún necesitarían unas cuantas funciones más para pagar su viaje de novios descontando la parte del actor con el que completaban su boda en el metro, pero no cabía duda de que aquel estaba siendo un negocio tan redondo como las propias monedas. Y seguiría siéndolo, las sucesivas bodas dieron toda la fe de ello.

 

Este relato participa reducido en el concurso de relatos cortos de TMB

 


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