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El empeño no se pone si no te lo descubren – Relato

—Muchas gracias a todos por este premio —Silvia pronunció las palabras al tiempo que recogía el trofeo con el símbolo Pi tallado en cristal, el más reconocido de la ciencia matemática a la que pertenecía—. Sobre todo —Silvia se envalentonó—, quiero agradecérselo a mi madre, sin ella no habría podido llegar hasta aquí.
La mujer a la que se dirigía, que se encontraba en el asiento central de la primera fila del auditorio, no se inmutó, manteniendo el mismo gesto esculpido en el ánimo de roca que tan familiar le era. “Es imposible que no muestre algo de emoción”, pensó Silvia manteniendo cierta esperanza que, a su vez, contenía la crecida del reproche alimentada tras años y años de desengaños infantiles. “Por favor, mamá, esto es muy importante para mí”. Pero aquella impasible mujer no hacía caso de los ruegos que le transmitía mentalmente su hija, manteniéndose expuesta en su museo de cera a pesar de los aplausos crecientes en número e intensidad.
—Siempre imaginé qué diría si algún día llegaba este momento —Silvia se enjugó la emoción con la mano libre mientras apretaba con la otra el trofeo contra su pecho—, y ahora sé que he de darte las gracias. Gracias por tu empeño en que no aflojara mi voluntad. Gracias por tu exigencia a pesar de que nunca la entendí. Y gracias también… —la voz se le quebró—. Por enseñarme los números en nuestros interminables viajes en metro, me han acompañado toda la vida volcando en ellos mi amistad, mi alegría y mi amor —”el que tú no me diste”, añadió mentalmente—. Gracias.
Agarró el trofeo con las dos manos y lo alzó en alto orgullosa mientras abandonaba el escenario envuelta en aplausos, sintiéndolos más vacíos e inútiles que una sábana como único abrigo contra una relación glacial. Y dicha relación no dio indicios de solucionarse, ni durante el resto de la entrega de galardones ni en el viaje de vuelta que, ante la negativa de la madre a tomar un taxi, volvieron a realizar en metro.

 

—¿Cuántas paradas hay entre Universitat y Clot?
—¡Seis!
La niña, de apenas siete años, se tomaba como un juego aquel reto que su madre le planteaba habitualmente en el metro, desenvolviéndose con soltura entre sumas, operaciones de lógica o de memoria sin darse cuenta de su nivel tan avanzado. Aunque sí que era consciente de la exigencia de su madre, pero sentirse aprobada por ella compensaba el esfuerzo.
—¿Cuánto tardaríamos en llegar a Fondo desde Urquinaona si hay tres minutos entre parada y parada?

 

—¿Por qué no me has felicitado? —preguntó Silvia emergiendo de sus recuerdos para encontrar a su madre tal cual permanecía en ellos, aunque cuarenta años mayor—. ¿No puedes tener un gesto después de lo que he conseguido?
—¿Qué has conseguido?
—He conseguido… —Silvia balbuceó— He conseguido que me respeten. Todos los científicos de aquella sala me respetaban. No como tú, que nunca has tenido una palabra de consideración.
—No has necesitado palabras para crecer, sólo fuerza de voluntad —la madre se levantó del asiento y caminó hasta la puerta, esperando que el metro se detuviera en su parada—. ¿Acaso estarías donde estás sin el empeño que yo te inculqué?
—Me inculcaste los números, el empeño lo puse yo.
—No seas infantil —la madre accionó la palanca de la puerta poniendo los pies en el andén—. El empeño no se pone si alguien no te lo descubre.
Con esta sentencia, la madre dejó atrás a su hija dejándole, también, una tímida sonrisa como despedida. Y como premio, siendo este mucho más valioso que cualquier trofeo matemático.


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