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Fuga de letras

A pesar de que los autores consideren que todo lo que escriben es suyo, opinando de idéntica manera aquellos que les encumbran a base de leer sus historias, lo cierto es que cada texto corresponde en propiedad a sí mismo. Sí, quizá parezca el delirio de un escritor de finales del siglo XIX tras haberse amorrado a un alambique de absenta o el mantra poético de una organización en defensa de la cultura, pero esto es lo que sucede: las letras laten bajo las capas y capas de celulosa que componen los libros, disponiendo de voluntad y conciencia además de habilidades motoras. Como lo estáis leyendo: son capaces de pensar y de moverse. ¿No lo creéis?

Busquemos un lugar en el que habitualmente se lean libros. ¿Una biblioteca? No. ¿Un parque bajo el atardecer de un soleado día de primavera? Tampoco: el metro. Tal vez hayan variado los soportes de lectura o el tipo de personas que acostumbra a abrir un libro entre estación, transbordo y actuación de músico itinerante, pero las costumbres permanecen incólumes desde los más de cien años que lleva constituido este transporte público: dejar que viaje la imaginación mientras el cuerpo se deja trasladar de un punto a otro de su monotonía. Y tampoco ha cambiado la actitud de las letras más díscolas en relación al hogar literario que les cayó en suerte: disfrutar de él si resulta de su agrado y fugarse en el caso de que lo consideren un escarnio para su naturaleza. De ahí que prefieran el metro para trazar sus fugas: el vacío entre texto y texto es de unos pocos centímetros; que es la distancia que suele separar a lectores contiguos, claro. Para las letras implica un salto de fe, pero no os engañéis: son mucho más valientes de lo que aparentan.

Fijaos en los lectores del metro. Sentados en cualquier superficie horizontal elevada unos centímetros por encima del suelo, de pie en los andenes esperando a que llegue el convoy para disputarse las escasas plazas libres, asidos a las barras verticales con una mano mientras con la otra sujetan el libro procurando que no se escape la página… Y observad también un detalle: si ancláis el punto de mira en sus gestos, si prestáis atención a sus miradas, descubriréis ciertos signos comunes con quien pierde el bolígrafo en su propio escritorio. ¿Alguna vez leísteis un libro y tuvisteis que repasar un renglón porque faltaba una letra, una palabra o porque estaba mal escrito algún carácter? Ése es el gesto: sorpresa, incredulidad, incomprensión. No, no creáis que ha fallado un eslabón de la cadena que pone en nuestras manos los libros: han sido las propias letras las causantes del desaguisado.

Cubrid con un aura de dictador a esa figura que se mantiene escribiendo durante horas delante de la pantalla sin apenas levantarse ni para hacer su vida. Mandando sobre las únicas que cree dominar, imponiendo sus manías por encima de cualquier estamento narrativo… ¿A quién le gustaría sentirse atado hasta el fin de los tiempos creyendo que aquél no es realmente su sitio? A las letras les ocurre lo mismo; de ahí que se organicen en busca de un nirvana literario a golpe de salto.

Si alguna vez encontráis letras, palabras o frases que no corresponden con la historia que acontece en vuestro libro, no penséis que son errores de quien las ha escrito o de su editor: sencillamente, os habéis topado con una fuga de letras en busca de un mejor párrafo donde vivir. E imitad a esas letras: quizá vuestra vida también forme parte de un libro en el que no os convenga permanecer.


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