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Me encantaría ser tu madre

Conocí a Luisa en una de las típicas fiestas de pueblo. Era una noche de agosto con cierto regusto a desilusión por el fin de las vacaciones y ambos nos encontrábamos disfrutando de las últimas horas libres antes de retomar nuestros puestos de trabajo a cientos de kilómetros de allí. Yo había acudido a la fiesta con mis amigos, ella hizo lo propio con sus amigas. En un momento de la noche ambos grupos nos juntamos aprovechando que la orquesta maltrataba un éxito veraniego y nos mezclamos en la plaza al ritmo de lo que podría calificarse como música. Yo me agarré a su cintura mientras ella hacía lo propio con una de sus amigas y a mí me agarraban de idéntico lugar de mi anatomía sin que ahora recuerde quién era. Aquella extraña comunión desembocó en una danza coral que fue creciendo en ímpetu hasta que todos acabamos gritando, pataleando y bañados en sudor. El calor apretaba, es otro de los detalles que recuerdo. Poco más aparte del rostro de Luisa cuando al fin terminó el baile y se giró para ver quién la tenía agarrada. Me aseguraré de no volverla a soltar.

Las vacaciones terminaron poco después de las fiestas del pueblo, que resultó ser el de Luisa. Ambos retornamos a nuestros domicilios, casualmente Barcelona. Dado que nos dimos los teléfonos, y acordamos llamarnos una vez estuviéramos en la ciudad, pronto entablamos una relación que fue creciendo en intensidad hasta que nos convertimos en pareja, yo le presenté a mis padres, ella me presentó a los suyos y poco después me invitó a pasar las vacaciones en su pueblo. No todo fue igual de bonito durante nuestro primer año juntos porque sucedió un hecho que cambió el carácter de Luisa. De estar siempre alegre y hacer de la extroversión su seña de identidad pasó a encerrarse en sí misma perdiendo esa sonrisa perenne con la que me arrebató el corazón nada más solté por primera vez su cintura. Tampoco puedo echarle la culpa, supongo que debe ser una tragedia asistir a la muerte de tu padre.

    —Quizá no sea lo mejor —le dije a Luisa cuando ella me comentó su plan para las vacaciones. Hacía solo dos meses que había muerto su padre tras una agonía que le ató a la cama del hospital durante las últimas tres semanas de su existencia—. Volver al pueblo de tu padre te despertará recuerdos para los que puede que no estés preparada.
    —Él lo habría querido así —su sonrisa era tímida, lánguida, pero evocaba ternura—. Llevo pasando las vacaciones en el pueblo desde que tengo uso de razón, no concibo un agosto fuera de aquellas calles por las que disfrutaba paseando en bici —la sonrisa se evaporó igual que se esfuman los días cálidos a finales de octubre—. Si quieres no vengas, puedes quedarte en tu pueblo, tampoco está lejos del mío.
    —Yo quiero estar contigo, da igual que también esté tu madre.

Aún no habíamos dado el paso de vivir juntos pese a que yo planeaba pedírselo. Con la tragedia de su padre decidí esperar, por lo que las vacaciones planteaban una especie de amago de lo que podría implicar nuestra convivencia; por más que compartir casa con la madre de Luisa no fuese mi ideal de vida en pareja.

    —Yo también quiero estar contigo —la sonrisa ascendió de nuevo a sus labios coincidiendo con el calor en sus ojos—. Pero ya sabes que no estaremos solos. Y mi madre es un poco clásica, deberemos dormir separados. Si vieses la cara que puso cuando me atreví a plantearle la idea…
    —No importa que no podamos dormir juntos, seguro que tendremos más de un momento a solas para compensarlo.

Y vaya si lo tuvimos. Pese a que Luisa y su madre continuaban afectadas por la trágica muerte del cabeza de familia, el ambiente enrarecido de tristeza pronto dio paso a una relación familiar que a los tres nos sentó mejor de lo que hubiéramos esperado. Marcela, la que ahora es mi suegra y que en aquel momento solo aspiraba a serlo, resultó ser una mujer tan divertida como alocada. Tras unos primeros días en los que apenas hablaba en mi presencia pasamos a una relación más cercana cuando asumí las tareas que su marido realizaba el año anterior. Y con solo una semana parecía casi mi madre. Se mostraba amable, cercana, reía todas mis bromas, tampoco se entrometía en mi relación con su hija y, estoy convencido, nos dejaba tranquilos durante las dos horas de la siesta a sabiendas de que ocupábamos aquel lapso para disfrutar de nuestros cuerpos desnudos. Eso sí, por la noche a habitaciones separadas por un pasillo que crujía como si la casa, de más de cien años y construida a mano por el abuelo de mi pareja, supiera nuestras andanzas y decidiese alertar al pueblo entero si a mí se me ocurría poner los pies sobre la madera más allá de las doce.

    —Tendríamos que mirar si el techo tiene goteras y tapar todos los agujeros —dijo un día Marcela durante el desayuno—. El año pasado mi marido comentó que tocaba hacerlo estas vacaciones, pero creo que él estará indispuesto para la tarea.

Su hija, sentada enfrente de mí y con una magdalena sumergida en el café, que se desprendió yendo a parar al fondo, emitió un gruñido de desaprobación para después atragantarse en el intento de pasar el amasijo de bizcocho gaznate abajo.

    —¡Mamá! ¿¡A qué viene esa broma!?
    —Luisa, tu padre tampoco habría querido que estuviésemos tristes, ya sabes cómo era.
    —Lo sé, mamá, pero aún no estoy preparada para asumir por completo su ausencia, sigo echándole de menos.
    —Yo también, por supuesto, a ver si te crees que eres la única —asistí a aquella batalla dialéctica entre madre e hija deseándome esconder bajo la mesa. No tuve que hacerlo, Marcela continuó dirigiéndose a mí—. ¿Entonces qué? ¿Te atreves a subir al desván y tapar los agujeros del tejado?

No podía negarme. Así que, una vez terminamos de desayunar, y tras un par de reprobaciones más de la hija a la madre, me vi con un bote de espuma en la mano y subido a lo alto de una escalera. Nunca había usado aquel tipo de espuma, la que sale a presión de un bote y termina expandiéndose varias veces su volumen, pero tampoco debía de ser muy complicado. Saqué la cabeza por lo alto del desván y miré en derredor. El tejado era alto y artesanal, con vigas robustas de madera apoyadas formando un ángulo de cuarenta y cinco grados para ofrecer soporte a los listones de madera que, a su vez, sostenían las tejas, que estaban encima. Podía ver algunos agujeros por los que se filtraba la luz, agujeros que debía tapar. Miré a Luisa, que se mantenía preocupada mientras sujetaba la escalera, y ascendí el último peldaño entrando con cierta dificultad en el desván. El suelo no era uniforme, tampoco confiable: solo las vigas que cruzaban la planta de extremo a extremo eran aptas para colocar los pies, el resto conformaba un falso techo y una trampa para mis pies si se me ocurría ponerlos fuera de las vigas. Me erguí con cuidado procurando no golpearme con el tejado y me sobresalté al ver que se precipitaban sobre mí unas criaturas voladoras.

    —¡Hay murciélagos, mamá! —Dijo Lucía a mis pies. Se mantenía en mitad de la escalera dispuesta a dirigir la tarea de tapar agujeros—. ¡Tenemos murciélagos en casa!

Nunca había visto un murciélago de cerca, pero, una vez corroboré que lo que volaba debían ser aquellas criaturas, dejé de tener miedo para sentir curiosidad. Avanzando con cuidado por la viga central me acerqué hasta una de las juntas de madera, justo donde había aterrizado uno de los murciélagos. Allí estaba colgado de las patas y moviendo sus enormes orejas orientándolas en todas direcciones. Sentí deseos de tocar aquel animal, pero me contuve alertado por las historias de enfermedades que rodean a la especie. El murciélago pareció intuir mi rechazo ya que levantó de nuevo el vuelo aleteando con extraordinaria habilidad por el reducido espacio hasta que escapó por un pequeño tragaluz del extremo contrario al que yo me encontraba. Justo en ese lugar aprecié unos bultos cubiertos con tela, único elemento ajeno a la construcción de la casa que había en el desván.

    —¿Y eso qué es? —Le pregunté curioso a Lucía. Esta apartó la mirada del último murciélago revoltoso y se fijó en el extremo al que apuntaba con el dedo—. Es lo único que hay en el desván.
    —Aparte de polvo… —Añadió ella.
    —Sí, aparte de polvo.
    —Pues no sé lo que es, la verdad. Aquí arriba no guardamos nada porque el techo no soporta apenas peso. De hecho, me extraña que haya algo. ¿Puedes traerlo?

Caminé como un funambulista por la viga central, sujetándome con las manos a los maderos del techo, y llegué a la altura de los bultos descubriendo tres cajas de cartón bajo una especie de colcha vieja de color rojo. La colcha estaba cubierta de polvo y de excrementos de animal, seguramente de murciélago o de ratón, quizá de ambos, pero las cajas estaban intactas. No eran muy grandes, podía llevar las tres apiladas con solo rodear con los brazos la base de la pila. Así lo hice: pese a mi escaso equilibrio logré recorrer el tramo que me separaba del agujero en el suelo sin que se me cayese la mercancía ni yo mismo. Le alcancé con cuidado a Luisa cada caja, una a una y asegurándome de que las ponía con seguridad en el suelo del piso inferior, y descendí por la escalera olvidando de manera momentánea mi tarea de tapar agujeros. Marcela ya no se encontraba allí, tampoco pude escucharla en el resto de la casa. Luisa atrajo mi atención.

    —A ver qué guardan mis padres allá arriba.

Abrió la primera caja sin ninguna dificultad: las lengüetas superiores estaban entrecruzadas para así impedir la entrada de polvo sin utilizar ningún tipo de precinto. Facturas del banco, escrituras de la casa, planos detallados con la extensión y localización de los distintos terrenos que la familia poseía en el pueblo, la primera caja no reportaba mucho interés. Luisa devolvió todos los documentos a su sitio y cerró la caja de idéntica manera a cómo se encontraba originalmente; el mismo cierre que ofrecía la segunda caja, esta mucho más llamativa. La infancia de Luisa recibió la luz tras años aguardando en el desván mostrando una colección de juguetes con los que había disfrutado siendo niña. Pude advertir cómo se emocionaba al abrir sus libretas infantiles con sus primeros dibujos o al tomar las muñecas en las manos para acariciar con delicadeza su pelo y ajustar con mimo los vestidos. Mientras lo hacía me contaba la historia de aquellos juguetes, cómo era su vida siendo niña, lo mucho que disfrutaba jugando con ellos en solitario y también con su padre. El recuerdo dulce de su infancia se tornó amargo al emerger desde el fondo y tomar contacto con los acontecimientos más recientes.

    —No llores —dije mientras le acariciaba los hombros—. Haber disfrutado todos esos momentos con tu padre es una suerte, yo no la tuve cuando era niño. Seguro que allá donde esté no quiere verte triste.
    —Supongo que tienes razón.

Luisa devolvió sus juguetes a la caja, que era más bien una cápsula del tiempo, y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano derecha. Obligándose a recomponerse procedió a abrir el tercer paquete. No lo sabíamos en aquel momento, pero el premio, igual que en los concursos de la tele, estaba en la última caja.

    —¿Y esto?

El premio gordo lo formaba un conjunto de cartas atado con una goma que, justo cuando Luisa estiró del elástico para liberar las misivas, se deshizo del nudo de caucho al fragmentarse la goma en pequeños trozos. Ajena al latigazo, Luisa se vio atraída por las cartas al ver escrito en ellas el nombre de su padre y un apartado de correos de Barcelona como única dirección; y un remite en el reverso que correspondía con una mujer que, según me explicó, le era completamente extraña. No a su padre, por desgracia.

    —¿Quién será Beatriz Marsa? —Preguntó en voz alta como si yo pudiese responderla—. En cada uno de los remites está escrito ese nombre; junto con una dirección que tampoco conozco.
    —Este pueblo está a pocos kilómetros —añadí reconociendo el nombre del lugar.
    —Sí, no está demasiado lejos. Lo que me extraña es que la tal Beatriz mandase todas las cartas a Barcelona. Ella y mi padre debían mantener una correspondencia bastante activa porque hay un buen montón de estas cartas. ¿Qué coño se dirían?
    —Supongo que para eso las tendrás que leer.

Jamás ofrecí peor consejo que el que le di aquella mañana de agosto a Luisa, la que más tarde acabó siendo mi mujer. Esta me miró, observó después las cartas y se dijo a sí misma que debía saber qué se traía entre manos su padre con la desconocida Beatriz Marsa. Abrió una al azar, como quien escoge la carta de un mago deseando verse sorprendido por la pericia y misterio del truco. Sorpresa hubo. El misterio se agotó nada más leer el encabezado de la hoja de papel que se encontraba dentro del sobre.

    —Aún sigo enamorada de ti, Andrés —leyó Luisa en voz alta sin esconder el estupor. Advertí cómo la ira comenzaba a apoderarse de ella—. Sé que lo nuestro no tiene futuro, que estás casado y que también tienes una hija. No me olvido de lo último que me dijiste cuando nos vimos en el café asegurando que aquella sería la última de nuestras citas. No creas que ignoro que las barreras entre nosotros son demasiado altas, que resultaría imposible salvarlas. Pero todo eso no importa, sé lo que sientes, me lo dijiste con tu último beso a pesar de que no articularas palabra. ¡Último beso!

Luisa elevó tanto la voz que estoy convencido de que el grito se escuchó en todo el pueblo. También lo debió escuchar su madre, pero esta no hizo acto de presencia. Luisa continuaba leyendo la carta, lo hacía en voz baja. Separó los dos papeles, hojeó las cuatro caras y se fijó especialmente en la fecha. Me estremecí: la carta estaba fechada hacía solo dos años.

    —No hagas conclusiones precipitadas —le dije intuyendo el choque de sentimientos que se producía en su cabeza—. No puedes juzgar a tu padre por lo que hay escrito en esa carta, tampoco por lo que pueda decir el resto. Quizá…

No me escuchaba, Luisa se mantenía absorta en sus pensamientos y en la lectura de aquella declaración de pura necesidad amorosa. Dejó en el suelo las hojas, el primer sobre y fue abriendo todas las cartas una por una sin importarle el fluir del tiempo ni tampoco mis consejos pidiéndole que lo dejase estar. Esos no los siguió.

    —En todas le declara su amor, lo mucho que le quiere, que le necesita. Y parece que mi padre correspondía de alguna forma porque eso es lo que deja intuir en las palabras, en cómo se dirige a él planteándole todas las dudas que despertaba su amor. ¡Hasta le comenta lo guapa que yo le parecía! —Sus lágrimas me encogieron el corazón—. ¡Aquella mujer me conocía! ¿¡Pero cómo es posible que no me contase jamás nada!? ¡Nada!
    —Tampoco sabes..
    —¿El qué no sé? ¿Si se veían a escondidas de mi madre? ¿Si quedaban para follar en un hotel y luego mi padre llegaba a casa diciendo lo cansado que volvía de trabajar cuando en vez de eso se había estado tirando a una zorra?
    —No sé, es muy fácil sacar de contexto estas cartas, quizá no sucediese tal y como lo estás pensando.
    —Es igual lo que piense, no conocía a mi padre cuando yo creía que sí…
    —Estás sacando las cosas de quicio.
    —¿¡De quicio!? —Luisa arrugó los papeles que tenía en la mano alzando el puño en una actitud amenazadora. Tuve miedo—. ¿¡Que estoy sacando las cosas de quicio!? ¿Qué pensarías tú si descubrieras que tu padre llevaba una doble vida con otra mujer?
    —Básicamente mis padres se separaron por eso.
    —Ojalá los míos lo hubiesen hecho…
    —No sabes lo que estás diciendo.

Soy incapaz de mantener la boca cerrada, es uno de mis defectos. Otro es el de no saber cómo consolar a una persona en sus peores momentos, tampoco sé intuir la chispa que origina las peleas. Todo junto creó una combinación que aún hoy me pone la carne de gallina cuando la recuerdo.

    —Eres un imbécil —se lo pensó, pero lo terminó diciendo—. Como mi padre.

Luisa recogió todos los papeles del suelo sin poner demasiado empeño en ordenarlos, hizo lo mismo con los sobres para juntarlos después en un montón con las cartas manuscritas de Beatriz y se levantó del suelo claramente furiosa. No supe cómo pedir perdón, tampoco cómo detenerla en su empeño por auto destruirse: cuando me quise dar cuenta me encontraba solo en la estancia asfixiado por el ambiente enrarecido que había dejado la desilusión, el desengaño, la ira y la pérdida de la inocencia. Asistí a un proceso extraño desarrollado de idéntica manera a la explosión de un cartucho de dinamita. Rápido, imprevisible, destructivo. De la añoranza por un padre recientemente desaparecido Luisa pasó a la renuncia de sus mejores recuerdos infantiles. Todo era falso, el hombre que venía a su memoria resultaba un fraude, un impostor que había puesto en juego a su familia para perderla en el casino de la infidelidad. Y ya nunca sería la Luisa que fue, como quedó patente horas más tarde, justo a la hora de comer.

    —¿Qué te pasa? —Preguntó su madre. Los tres estábamos sentados a la mesa con unos huevos fritos delante y sin empezar. Marcela sí había mojado con pan ambas yemas—. No has probado tus huevos y hace mucho tiempo que desayunamos. ¿No tienes hambre?

Silencio. Hubiese dado cualquier cosa por estar a kilómetros de distancia de aquella mesa. Por desgracia, uno no decide cuándo se ve envuelto en una guerra, solo estalla alrededor sin que puedas hacer nada por escapar de las bombas. La primera no tardó en caer.

    —¿Sabes qué me pasa? —Tragué saliva—. Me pasa que no conocía a mi padre, el que era tu marido. Porque lo era, ¿no?
    —¿A qué viene esa tontería?
    —¿Que a qué viene? Mamá, sé quién es Beatriz.

El rostro de la madre quedó petrificado en una mueca de sorpresa. Intentó decir algo, pero solo consiguió balbucear.

    —Bueno, en realidad no sé quién era Beatriz. ¿Una amante de papá, una buscona? ¿O era mi verdadera madre?
    —No seas tonta, Luisa. Tu madre soy yo.
    —Pues como madre creo que me debes más de una explicación. Porque tú lo sabías, ¿verdad?
    —Sí.
    —¿Y por qué nunca me dijiste nada?
    —No podía hacerlo, hija. Era un secreto.
    —¿¡Secreto!?
    —Sí. Comprendo que te enfades, yo también lo hice cuando me enteré hace diez años.
    —¿¡Diez años!?
    —Beatriz es una amiga mía desde mucho antes de que tú nacieras. Yo se la presenté a tu padre después de conocernos. Salíamos mucho juntos, los tres hicimos grupo con otros amigos y acostumbrábamos a quedar los fines de semana. Ignoro cómo ocurrió, sí sé que surgió algo entre ambos. Tu padre me lo dijo, luego lo corroboró la propia Beatriz.
    —Algo…
    —Tu padre me juró por tu vida que no era nada serio, que solo fue una amistad íntima que se hizo demasiado estrecha. Me negué a creerle y le amenacé con el divorcio, tú tendrías unos trece años.
    —Tendrías que haberte divorciado de él.
    —Las cosas no son tan fáciles como tú te crees. Yo le quería, más que a nada en el mundo. Incluso más que a ti —escuchar cómo una madre antepone a su marido antes que a su hija supone una contradicción difícil de entender, la cara de Luisa lo ejemplificaba. También la mía, seguro; pese a que ninguna de las dos pudo apreciarla—. Sé que te resulta duro escucharlo, pero hubiera dado cualquier cosa por él. Y eso hice, darle una segunda oportunidad. Sabía que jamás iba a olvidarla, pero sí hice que cortara cualquier lazo con ella, cartas incluidas. Ambos se escribían en secreto, tu padre tenía un apartado en Correos.
    —No las destruyó, las cartas estaban en el desván, por eso me enteré.
    —Entonces me mintió, porque él me aseguró que las había tirado a la basura —Luisa se levantó de la mesa para ir a buscar las cartas de la vergüenza. Fue uno de los minutos más largos de mi vida—. ¿Las has leído?
    —Todas —Luisa extendió el arsenal sobre la mesa y se sentó de nuevo—. Se me hacía un nudo en el estómago, pero las leí.
    —¿Y qué dicen?
    —Beatriz cuenta lo mucho que quiere a papá, cuánto le echa de menos. Abarcan un periodo de quince años hasta hace dos. Por lo general hay una carta cada mes, aunque hay meses que Beatriz le escribía hasta tres veces; con espacios entre cartas que después se distanciaban. Cuentan lo que hacían juntos, desde tomar café a dar paseos. También explica lo bien que le hacían sentir los besos de papá y todas las veces que… —Las palabras se atragantaron—. Hacían el amor, así es cómo lo explica Beatriz. Por lo que he entendido al principio mantenían una relación que se fue enfriando con el tiempo hasta que apenas coincidían. En las cartas también habla de ti, pero soy yo la que ocupa más texto después del protagonismo de papá. ¿Sabías que Beatriz me conocía?
    —No lo sabía, pero tampoco me extraña.
    —En una de las cartas habla de mí casi como si fuera su hija. Cuenta lo guapa que era de pequeña y lo mucho que le hubiese gustado ser mi madre. Me sentí muy extraña, como si toda mi vida hubiese sido una invención y no lo que sucedió realmente. ¡Cómo pudo hacer eso!
    —Nunca lo supe, hija. Yo le quería y él me correspondía. O eso era lo que yo pensaba.
    —No te correspondía, si no las cartas habrían desaparecido. Si estaban en el desván es porque no quería perderlas; por lo que mantenía los sentimientos hacia esa puta de Beatriz.
    —No lo sabremos nunca, hija, el secreto se lo llevó a la tumba. Y quizá sea mejor así.

En ese momento intuí que Luisa no seguiría el consejo de su madre y se empeñaría en saber lo que verdaderamente ocurrió entre su padre y la amante. Madre e hija se abrazaron obviando mi presencia, ninguna de las dos volvió a articular palabra durante el resto del día, tampoco cuando llegó la noche y yo me resistí a volver a mi dormitorio buscando darle consuelo a mi pareja. No lo rechazó, tampoco devolvió las caricias ni los besos, solo se dejó hacer. Al día siguiente supe que había trazado un plan que, cuando lo valoré más adelante, entendí que era la única salida lógica.

    —Iré a ver a esa Beatriz.

Estaba decidida, la determinación con la que hablaba, y el gesto fruncido acorde con el empeño de sus palabras, me confirmaron que no habría manera de que se echara atrás. Solo podía estar de su lado o en contra suyo. Elegí la más obvia.

    —¿Y cuándo quieres ir?
    —Ahora mismo.
    —¿Ahora?
    —Sí, necesito saber qué había entre mi padre y esa mujer. El odio me corroe, siento cómo germinó una duda que se está adueñando hasta de mis ganas de vivir —al tiempo que confesaba su decisión Luisa recogía lo imprescindible para marchar de casa, llaves del coche y chaqueta incluidas—. Si no vienes conmigo voy yo sola.

Media hora más tarde nos encontrábamos delante de la casa de Beatriz Marsa. Era una vivienda típica de los pueblos de aquella zona. Muros robustos de piedra vista para una casa con dos plantas, un pequeño jardín y una valla de media altura hecha en piedra que rodeaba el terreno, tendría una media hectárea. A la casa se accedía a través de un pequeño pasillo hecho de losas sobre el verde y tupido césped. No había puerta de acceso al terreno, solo un pequeño tejadillo naranja sobre columnas gruesas de madera bajo el que pasamos sin ningún rubor. Luisa caminaba decidida estirando las zancadas para hacerlas coincidir con las losas. Una vez llegó a la puerta de la vivienda llamó con el picaporte que colgaba a la altura de su cabeza. El sonido fue potente, con un eco que resonó en mis oídos durante unos segundos. Los que tardó en abrirse la puerta.

    —¿Beatriz Marsa? —Preguntó Luisa con voz dulce.
    —Te estaba esperando —respondió la mujer sin inmutarse. Yo juraría que hasta la vi sonreír sin ningún tipo de maldad—. ¿Eres el novio de Luisa?
    —Sí… —La afirmación se atragantó en mi garganta. No supe si por el hecho de dirigirse a mí o porque su actitud era la propia de conocernos con anterioridad.
    —¿Eres Beatriz? —Repitió Luisa, entonces acobardada.
    —Lo soy. Y supongo que tendrás muchas preguntas. ¿Queréis pasar?

Pasamos. El interior de la casa presentaba un aspecto acorde con el exterior, el estilo rústico dominaba el ambiente ofreciendo todo tipo de muebles de madera maciza junto a muros de piedra cuidadosamente restaurados. Beatriz nos guió por el recibidor, accedimos a un pasillo largo que desembocaba en el comedor, apuntó con la mano al sofá que dominaba la estancia con sus cinco holgadas plazas y allí nos sentamos Luisa y yo.

    —¿Queréis algo de beber? —Ambos negamos con la cabeza—. Entonces no retrasemos más lo inevitable.

Beatriz se sentó en la esquina del sofá, un sillón rinconero que cubría el fondo del comedor con una mullida composición de cojines y tela en color ocre. La mujer se reclinó y, sin dejar de mirar a Luisa, aguardó hasta que esta pudo conseguir el arrojo para preguntar.

    —¿Quién eres?
    —Soy Beatriz Marsa. Pero supongo que ya lo sabías.
    —El nombre y tu apellido sí, lo leí en las cartas. Pero nada más.
    —Pensé que tu padre te habría contado algo, pero veo que no. Tampoco debía haber conservado las cartas, estaban mejor destruidas.
    —Pero ¿por qué le enviabas esas cartas a mi padre? ¿Erais amantes?
    —Es difícil de explicar.
    —No me iré hasta que me lo cuentes —Luisa recuperó parte de su arrojo.
    —Tienes todo el derecho de saberlo, por supuesto —Beatriz se acarició el mentón en búsqueda del hilo con el que comenzar su historia—. Yo diría que no éramos amantes, ambos nos queríamos mucho antes de que tu padre se casara con tu madre, incluso antes de que se conocieran.
    —No es eso lo que me contó mi madre ayer por la mañana, justo cuando encontramos las cartas.
    —Hay tantas cosas que no te ha contado tu madre… Y, por desgracia, deberás creerla a ella o a mí; por más que yo te asegure que todo ocurrió tal y como te lo voy a contar.

    “Ambos éramos muy jóvenes cuando nos conocimos. No recuerdo bien el momento, sí que fue en una de las fiestas de su pueblo. El caso es que intimamos y, antes de darnos cuenta, salíamos juntos como pareja. Entonces no estaba tan bien visto como ahora el hecho de quedar, besarse o intimar, mucho menos en pueblos tan cerrados como eran los nuestros. Eso sí, cualquier cosa que ocurría terminaba en boca de todos, por lo que debíamos escapar de aquel encierro rural llevándonos nuestra vida, junto con nuestro amor, fuera de aquel ambiente enrarecido. Elegimos Barcelona”.

    “Los inicios en Barcelona no fueron fáciles. Empezamos malviviendo en una pensión para después conseguir un alquiler económico por más que el piso estuviese que se caía a pedazos. Los dos conseguimos un trabajo en el que prosperamos poco a poco hasta vislumbrar un futuro que parecía sernos benévolo. Entonces tu padre conoció a la que es tu madre, era una compañera de trabajo en la oficina donde dedicaba su vida desde el amanecer hasta más allá de caída la noche”.

    “Tu padre me dijo un día que una compañera le hacía la vida imposible. Empezó dejándole notas, después pasó a insinuarse, hasta le encerró en el baño de hombres pasando sigilosa tras él y cerrando la puerta por dentro una vez él se negó a intimar con ella. No imaginas lo amargado que llegaba cada noche a nuestro piso de alquiler, era un sinvivir. Pero aguantaba porque estaba esperando un ascenso que iba a dar mucho aire a nuestra economía. Ascenso que se terminó llevando tu madre”.

    “Recuerdo el día que me lo dijo, estaba furioso. Siguió aguantando en el trabajo pese a que tu madre ejercía su superioridad volviéndose aún más tiránica. Y un día le dijo que o se la follaba o le despedía. Accedió por más que yo le supliqué que no lo hiciera, pese a que le dije que le abandonaría para volverme al pueblo. No me hizo caso. Una tarde, seguramente la peor de mi vida, y no dudo que también la de él, me confesó que se la había tirado. Lo dijo justo con esas palabras, que se la había tirado. Me dejó desolada, pero le quería tanto que me decidí a olvidarlo asumiendo que el malo no había sido él, sino ella. El caso es que aquella maldad fue una travesura con respecto a todo lo que vino después”.

    “Tu madre estaba enamorada tan terriblemente de tu padre que se dispuso a hacer cualquier cosa para tenerlo a su lado pese a que sabía de sobra que él me quería a mí. Así fue como se le ocurrió utilizarte a ti para extorsionarle: le dijo que esperaba una hija suya, no te imaginas cómo le destrozó. Cómo nos destrozó a ambos, eso suponía la ruptura de nuestro amor para siempre”.

    “Supongo que a estas alturas de la historia te estarás imaginando a tu padre como un libertino, un simple aprovechado que debe cumplir la pena de haber cometido un error. No fue así: él estaba dispuesto a hacerse cargo de ti. Y tu nacimiento le cambió para siempre, jamás imaginé que volviese a sonreír. Yo, por el contrario, me hundí en la depresión, sobre todo cuando ambos se casaron. Sé que no fue feliz con tu madre, pero sí contigo: hubiese dado su vida por ti. De hecho así lo hizo ya que tuvo que convivir con un matrimonio no deseado poniendo buena cara a diario para que tú no sospecharas nada. Solo le preocupaba eso, que tú fueras feliz. Poco importó que su rutina se convirtiera en un infierno o que yo tuviese que salir de su vida poniendo mi propia vida en peligro ante una decisión que no solo no entendía, también me parecía terriblemente injusta. Pero eso no fue lo peor porque tu madre le confesó que realmente no era tu padre ya que ella se había acostado con uno de sus amigos mucho antes del fatídico día. Sé que no me crees, pero te juro por su vida que es la pura verdad. El que creías que era tu padre realmente no lo es. Nunca le preocupó: tú eras su hija por más que el ADN no dijera lo mismo. Y así se comportó hasta el fin de sus días, te dio todo el amor que supo darte, así me lo contaba cada vez que quedábamos. Al principio era a menudo, en los últimos años las citas fueron cada vez más esporádicas. Supongo que terminó acostumbrándose a su mujer pese a que realmente no la quería. O eso creo yo”.

    “Nos estuvimos enviando cartas casi hasta que entró en el hospital, siempre de manera secreta y al apartado de correos de Barcelona que solo conocíamos él y yo. Tu madre descubrió las cartas y él le prometió que las destruiría, me alegro de que realmente no lo hiciese. Y en cuanto a mí… Bueno, suponía que tarde o temprano tendría que contarte esta historia cumpliendo con el deseo que me expresó la última vez que nos vimos: que terminaras sabiendo la verdad. Ya la sabes. Y ahora tendrás que decidirte cuál te crees, si la mía o la que te haya contado tu madre”.

    —Yo… —Luisa no sabía cómo tragar la confesión que habíamos escuchado. Quise ayudarla, pero supe que era una tarea que no me concernía—. Se me hace muy difícil. Hace unos días yo creía que tenía una familia normal. Y ahora…
    —Ninguna familia es normal, todas tienen sus particularidades.
    —Pensaba que mi padre nos había engañado a ambos, a mi madre y a mí. Y ahora…
    —La realidad es la que te he contado. Entiendo que te cueste asumirla, pero eso no cambia lo que ocurrió.
    —No puedo creer que mi madre se comportase de esa manera.
    —Yo estaba enamorada de tu padre, igual que tu madre. Lo amaba con locura, hubiera matado por él. Pero él quería a una persona por encima de todo lo demás, y esa persona eres tú. Jamás pude hacerle daño, por lo que me terminé alejando cuanto pude; por más que mantuve el vínculo de las cartas y también de nuestras citas en secreto, a veces contigo como invitada. Siempre entendí su amor y su determinación: me habría encantado ser tu madre. Y, si me dejas, algún día me gustaría ser, al menos, tu amiga. Allá donde esté tu padre estoy convencida de que es lo que querría.


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