Relatos | Aletreando

Acerca de mí...

Que difícil es definirse a uno mismo cuando se es tan tímido como lo soy yo. Si tuviera que hacerlo con pocas palabras una de ellas sería la timidez. También la humildad, el tesón, y el buen humor. Si te sigue interesando saber más de mí (yo me lo haría mirar) solo tienes que pinchar un poco más abajo.

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Relámpagos destacados.

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relatos

20
Jun.

La perra - Psicólogo de animales.

-¡El siguiente! -la puerta del consultorio psicológico se abrió dejando paso a una hembra de pastor alemán que caminó gallardamente hasta situarse próxima a la mesa del psicólogo-. Tome asiento, por favor -la perra obedeció, sentándose sobre el diván-. ¿Cuál es su problema?
-Pues… No sé si tendré un problema.
-Vaya -comentó el psicólogo olvidándose de que hablaba en voz alta-. Otro paciente con inseguridad. Y van dos.
-A ver -continuó la perra ignorando el comentario-. Resulta que hace unos días que me siento algo extraña. Y mis amigas han comenzado a insultarme.
-¿Insultarla? Creo que debería cambiar de amigas.
-Tampoco creo que haga falta. Además. Puede que, en parte, tengan algo de razón.
-¿Y qué es lo que le dicen sus amigas?
¿Te pica la curiosidad? Pues sigue leyendo…

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18
Jun.

Cita con el anillo.

-¡Te has acordado!
-¿Creías que me iba a olvidar? Ábrelo.
-¡Un anillo! Es precioso. Pero no tenías que haberte molestado…
-Sabía que te gustaría. Y mira. Lo he grabado para que nunca olvidemos nuestra fecha.
-Pero… El 18 de junio no fue el día en el que nos conocimos. Fue el 20.
-¡Mierda! ¡Mi mujer me mata!

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16
Jun.

La princesa de cristal: fábula de Ana Y Mia.

-Desearía audiencia con la princesa de cristal -solicitó el príncipe cortésmente-.
-¿El motivo de su visita? -preguntó el lacayo real-.
-Organizar un banquete para ahondar en la confraternización de nuestros reinos.
-Me temo que no va a poder ser, alteza. La princesa Ana detesta los banquetes, y la comida en general. Lamento tener que pedirle disculpas en su nombre.
El príncipe abandonó el palacio pero, perseverante como era, volvió al día siguiente habiendo elaborado una nueva excusa.
-¿Qué desea, alteza? -preguntó el lacayo-.
-Querría reunirme con la princesa de cristal por motivos comerciales. Mi reino importa exquisitos manjares de los cuales me gustaría regalar a su alteza, la princesa Ana, una pequeña muestra como signo de concordia.
-Siento tener que rechazar su ofrecimiento de nuevo pero la princesa Ana apenas se alimenta más que de agua. Cualquier otro alimento le causa una extraña indigestión.
-¿La ha visto algún médico?
-Su alteza manifiesta que se encuentra perfectamente siendo sus males exclusivamente pasajeros. Aunque he de confesarle que cada vez la veo más desmejorada.
-¿Y no podría concederme audiencia?
-Me temo que no. La princesa de cristal desea estar sola. Quizá otro día.
El príncipe volvió a marchar del palacio y una vez más volvió al día siguiente, aunque desprovisto de mentiras.
-¿Quiere ver a la princesa Ana? -preguntó el lacayo real con gesto compungido-.
-Así es -respondió el príncipe-. Pero esta vez no voy a mentirle. Estoy enamorado de la princesa de cristal desde que la vi en las fiestas de su decimo octavo cumpleaños que organizó su madre, la reina Mia, antes de su amargo fallecimiento por inanición.
-Lamento decirle que la princesa Ana ha seguido los pasos de su madre, la reina Mia -dijo el lacayo sin poder esconder las lágrimas-. Ha fallecido esta mañana en su lecho.
-¿¡Fallecido!? -exclamó el príncipe consternado-. ¡No puede ser!
-Me temo que sí. Al final consiguió lo que perseguía: no volver a probar jamás un bocado.

Si has llegado a esta entrada buscando consejos sobre dejar de comer, vomitar sin dejar de comer, como vomitar o ayuda para vomitar, y esta fábula no te ha hecho cuestionarte tu manera de pensar, visita los blogs Teoriza y ármate de consejos para tu vida diaria. Asimismo puedes leer otras entradas sobre este tema en el blog de Toni, Bender o Uberum, entre muchos otros.

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13
Jun.

La mariquita: psicólogo de animales.

-El siguiente -el psicólogo esperó unos segundos sin que la puerta de su consulta se moviera para dejar paso a un paciente. Tras ese tiempo volvió a llamar, esta vez un poco más alto-. ¡El siguiente!
Estaba a punto de comentar con su secretaria la lista de pacientes cuando una vocecilla proveniente del suelo llamó su atención.
-Estoy aquí -dijo una diminuta mariquita de color naranja claro. Sus puntos negros destacaban sobre el fondo de los élitros-. He pasado por debajo de la rendija de la puerta.
-Perdone -se disculpó el psicólogo levantándose de su silla. Se aproximó hasta la mariquita y, cogiéndola con delicadeza, la depositó sobre la mesa de la consulta. Extrajo un minúsculo diván de uno de los cajones e indicó a su paciente que se tumbara sobre él-. No suelo tratar a insectos.
-¿Los insectos no tenemos problemas psicológicos? -preguntó con curiosidad la mariquita mientras se acomodaba-.
¿Te pica la curiosidad? Pues sigue leyendo…

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10
Jun.

Día de fiesta.

-¿Cuánto es?
-Nada.
-¿Como que nada?
-Ya se lo he dicho. Es gratis.
-¿Gratis? Pero… Si me llevo tres coca-colas.
-Puede llevárselas. Yo no le voy a cobrar nada.
-No puede ser. ¿Usted es el dueño de la tienda?
-Por supuesto. No pretenderá que, en un pueblo tan pequeño, tenga dependientes.
-Entonces, ¿cómo es que me regala las coca-colas?
-Es mi aniversario de bodas y para mí es una celebración importante que quiero compartir con mis clientes.
-No creo que tenga tantos clientes como para andar regalando las compras.
-Parece que prefiere pagar pues no se preocupe. Son nueve euros.
-¿¡Por tres coca-colas!?
-¿Usted no sabe que las tiendas que abren en domingo o festivos venden mucho más caro?
-Sí que lo sé. Pero, que yo sepa, hoy no es domingo. Y creo que en este pueblo no es festivo.
-Es cierto, pero es mi aniversario. Y para mí, hoy, es día de fiesta.

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03
Jun.

Infimocuentos: la mujer desnuda.

Marco era un pintor atormentado por una maldición que día a día pesaba más sobre su existencia.
-Quiero que mis lienzos se vendan como oro en paño -le había suplicado al brujo errante-.
-Está bien -le contestó éste-. Serás el pintor en vida mejor pagado de la historia pero a cambio ninguna persona querrá saber nada más de ti. A los ojos de los demás solo serás un vulgar pintor.
“Solo serás un vulgar pintor”. Diariamente escuchaba Marco esas palabras. Se repetían hasta la saciedad en su mente mientras deambulaba de mercado en mercado ganándose unas monedas haciendo retratos o pequeñas caricaturas. “Si al menos pudiera pintar a una mujer desnuda”, pensó mientras levantaba su pequeño caballete próximo a una de las esquinas del mercado. Acto seguido le vinieron de nuevo las palabras del mago. “La única manera de romper la maldición es pintando a una mujer desnuda. Retrata con detalle cada una de sus curvas hasta atraparla en el lienzo y tus penas se habrán acabado”. En el preciso momento de escucharlas creyó que sería fácil. Pero no había contado con que nadie entablaría la suficiente conversación con él como para pedirle una pintura de esas características. Y mucho menos las mujeres cuya fama de supuesto acosador le precedía a su pesar varios pueblos por delante. Jamás se le acercaba ninguna a quince metros a la redonda.
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16
May.

Empareja2 (17) - Relaciones laborales (parte 2).

Anterior.

La conversación continuó fluyendo por temas laborales. Pedidos, facturas, páginas web pendientes que eran incapaces de abarcar siendo tan solo dos personas en la minúscula empresa… Thaïs le comentó a Sergio la idea de contratar a alguien más aunque todavía se le escapaba del presupuesto destinado a personal.
-¿Crees que podrías tener a más gente con el sueldo que me pagas a mí? -preguntó Sergio masticando un bocado de su entrecot-. No puedo quejarme del dinero. Y si metieras a alguien más …
-Puedo reducirte el sueldo para abaratar los gastos -cortó Thaïs riendo, enfrascada en buscar supuestas espinas en su bacalao con tomate-. No. Ya te he dicho que de momento es solo una idea. Los pedidos pendientes pueden esperar. Acabaremos lo más urgente y después nos dedicaremos a ello -hizo una pausa para saborear el pescado, aún con cierto temor a pincharse las encías-. ¿Por qué me tenías miedo?
-Tampoco era miedo -Sergio notó como los colores volvían a aflorar a su rostro. Pensó rápidamente en como desembarazarse de la pregunta, aunque sin éxito-. No era miedo… Solo… Vergüenza.
-¿Vergüenza? -repitió Thaïs añadiéndole énfasis a la palabra-. ¿Vergüenza? No te imaginaba tan vergonzoso.
-Pues lo soy con quienes… Me intimidan.
-¿Yo te intimido?
-Un poco.
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15
May.

Empareja2 (17) - Relaciones laborales (parte 1).

Sergio observó con detenimiento la habitación que se había convertido en su improvisado despacho. Todo cuanto había le resultaba extraño y, aunque quisiera negarlo, atrayente. Estanterías repletas de libros que no conocía, cajas de zapatos que servían como almacén de los más diversos objetos recopilados a lo largo de toda una vida, pósters ocupando cada porción vacía de las paredes… Y una llamativa caja sobre la mesa que le servía de escritorio cuyo interior se percibía a través del plástico transparente, conteniendo un llamativo vibrador en color rojo chillón junto con varios accesorios capaces, en teoría, de diversificar el placer hasta límites insospechados. Sergio acabó con la mirada fija en ese objeto, imaginándose la diversión que le habría proporcionado a su dueña.
-Si quieres te lo presto -dijo Thaïs entrando en la habitación, provocando que Sergio diera un respingo-. Si no te concentras aquí puedo buscarte un sitio en el lavabo.
-Perdona. Me había quedado en las nubes.
-En las nubes estás todo el día. Empiezo a arrepentirme de haberte contratado -Thaïs cogió una silla y se sentó junto a su nuevo empleado-. ¿Tienes lo que te pedí?
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13
May.

Rememorando el miedo.

-¿Por qué me has engañado?
No sé si fueron aquellas palabras o tal vez la mirada asesina con la que me intimidó pero el caso fue que me recordó a mi madre. No a la madre que todos amamos y que nos colma de golosinas cuando regresamos momentáneamente al calor del nido. No a esa madre que te cura con un beso la más profunda herida del orgullo, sino a la madre capaz de darte miedo con solo amenazarte contando hasta tres.
-¿Me engañaste?
No la escuché. Mi mente había retrocedido catorce años hasta aquella mañana en la que se me ocurrió arriesgar mi vida y mi suerte con aquella apuesta infantil y gamberra ganando no solo la apuesta sino también el derecho al más grande castigo que jamás conoció niño alguno. Menuda era mi madre. Era capaz de inventarse una reprimenda única con cada trastada o, incluso, dejarte marcado el trasero como un ganadero marca a sus bueyes, pero sin fuego. Sólo con la mano y una amenaza ante la futura recaída.
-¿Por qué lo hiciste?
No lo sé. Quizá fueran las ganas de hacer el gamberro o la inquietud que espoleaba continuamente mis extremidades. Aunque seguramente fue la vergüenza y el miedo al ridículo ante las bravuconadas de mis amigos. Varias causas y una misma respuesta con la que defenderme: silencio. Eso fue lo único que abandonó mis labios ante la verborrea ascendente en ira de mi madre. Sabía mi situación en desventaja. Era solo un indefenso niño bajo una capa de lágrimas de arrepentimiento que resultaron tan inútiles como patéticas mis mentiras; unas mentiras tan poco creíbles como las de un marido pillado “in fraganti” en las mieles de un prostíbulo. Ya lo decía siempre mi madre: se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Y ni con muletas me hubiera escapado de allí ya que pronto me encontré atrapado entre la pared y una madre que avanzaba hasta mi posición con el brazo derecho tan alto y tieso como un nazi saludando a su “Führer”. Cerré los ojos, aguanté la respiración y esperé. El silbido no se hizo esperar. Tampoco el impacto que sacudió mi cabeza como un resorte haciendo que girase casi noventa grados sobre su base en el cuello. No había duda: el dolor era tan intenso como lo recordaba. También el calor que poco a poco se iba apoderando de mi mejilla. Lo único diferente fue el estrépito del portazo.

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12
May.

El incendio.

-¿Lo tiene?
-Por supuesto.
Las llamas se vislumbraban en el horizonte, elevándose por encima de las naves industriales. El empresario, abriendo el maletero de su Mercedes Benz, extrajo un maletín de piel, depositándolo sobre el capó del otro coche. El sicario observaba sus movimientos con atención.
-¿Es la suma que acordamos?
-Diez mil euros en billetes de cincuenta. Ése era el precio, ¿no?
-Por supuesto -el sicario colocó el maletín en el asiento trasero de su Renault depositándolo en el lugar que ocupaba una carpeta repleta de papeles. Se la tendió al empresario-. Aquí tiene lo suyo.
-¿No se habrá quedado algo en la nave?
-No.
-¿Seguro? Acuérdese de la última vez. ¿Tiene idea de lo que cuesta comprar el silencio de los bomberos?
-Me hago cargo. Supongo que usted entenderá que no soy muy diestro en asuntos contables por lo que no distingo un balance fiscal legal de uno en negro. Si hubiera estudiado quizá no tendría el trabajo que tengo.
-Espero que no haya dejado ningún rastro.
-Me he encargado de rociarlo todo con gasolina. Cuando termine el incendio su fábrica solo servirá para venderla como solar abandonado. Lo único que habrá quedado son los papeles que hay en esa carpeta.
-Eso espero. Si llegasen a caer en otras manos sería mi ruina. Valen su peso en oro.
-Ahora está usted a salvo -el sicario se introdujo en su coche, cerró las puertas y arrancó el motor abandonando lentamente la explanada. Antes de dejarla atrás bajó la ventanilla gritándole al empresario-. Si tiene algún otro trabajo no dude en llamarme.
“Aunque me parece que será al revés”, pensó enfilando la carretera hacia la autopista. “Por suerte me acordé de hacer fotocopias”.

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