Relatos de ficción para una vida demasiado real.
La caseta se erguía del suelo con solidez gracias al apoyo que ofrecían dos vallas metálicas colocadas en paralelo sobre las que se atravesaban varios listones de madera, a modo de improvisadas vigas, dando al conjunto la apariencia de un esqueleto suficientemente robusto como para echar encima las capas de aislante que harían la función de tejado, paredes, e, incluso, de una puerta abatible en uno de los costados, única porción libre de malas hierbas que permitía un acceso cómodo al interior de la futura cabaña. Los dos amigos admiraron su construcción desde fuera y, observando que ya se hacía de noche, rebuscaron entre los plásticos y cartones que habían localizado en las cercanías eligiendo los más impermeables para el tejado, unos tan gruesos y tiesos que servían, como fabricados aposta, para las paredes y una cortina de ducha colgando del techo, por la parte exterior, que haría la función de puerta, aunque apenas aislase medio milímetro de la calle. Introdujeron el resto de los cartones en el interior de la caseta, acomodándolos lo más mullido posible, y volvieron a observar su obra, esta vez terminada, con la satisfacción que provoca el trabajo en equipo. La noche se imponía a la claridad del atardecer pero, aunque apenas lograban percibirse los detalles cercanos, ambos amigos supieron que el otro sonreía. Una sonrisa en un páramo de tristeza.
-Creí que había olvidado cómo construir casetas…
-Eso nunca se olvida -afirmó el otro amigo rodeando la construcción-. Permanece hibernando en la memoria.
-Hasta que la necesidad te hace recordarlo…
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Desde lo alto de Montjuic se divisa un panorama estupendo. Apto para abstraerse leyendo un libro... http://bit.ly/aZTshY #
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