Relatos de ficción para una vida demasiado real.
La caseta se erguía del suelo con solidez gracias al apoyo que ofrecían dos vallas metálicas colocadas en paralelo sobre las que se atravesaban varios listones de madera, a modo de improvisadas vigas, dando al conjunto la apariencia de un esqueleto suficientemente robusto como para echar encima las capas de aislante que harían la función de tejado, paredes, e, incluso, de una puerta abatible en uno de los costados, única porción libre de malas hierbas que permitía un acceso cómodo al interior de la futura cabaña. Los dos amigos admiraron su construcción desde fuera y, observando que ya se hacía de noche, rebuscaron entre los plásticos y cartones que habían localizado en las cercanías eligiendo los más impermeables para el tejado, unos tan gruesos y tiesos que servían, como fabricados aposta, para las paredes y una cortina de ducha colgando del techo, por la parte exterior, que haría la función de puerta, aunque apenas aislase medio milímetro de la calle. Introdujeron el resto de los cartones en el interior de la caseta, acomodándolos lo más mullido posible, y volvieron a observar su obra, esta vez terminada, con la satisfacción que provoca el trabajo en equipo. La noche se imponía a la claridad del atardecer pero, aunque apenas lograban percibirse los detalles cercanos, ambos amigos supieron que el otro sonreía. Una sonrisa en un páramo de tristeza.
-Creí que había olvidado cómo construir casetas…
-Eso nunca se olvida -afirmó el otro amigo rodeando la construcción-. Permanece hibernando en la memoria.
-Hasta que la necesidad te hace recordarlo…
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-¿Qué tal el día?
-Aburrido.
Sara dejó el bolso sobre la mesa, colgó la chaqueta en el respaldo de una de las sillas vigilando que las mangas no arrastrasen por el suelo y se quitó la camiseta estirando del faldón hacia arriba, arrojándola posteriormente contra el suelo, con rabia, como deseando con ello arrancarse también las decepciones y vergüenzas de la jornada. Avanzó hasta el sillón y se sentó en él como una piedra que dejan caer desde un acantilado, con sus cincuenta kilos de peso, aterrizando junto a su pareja entre un sonoro suspiro.
-No se te ve muy contenta -Néstor, el novio de Sara, quedó hipnotizado ante el espectáculo que se abría ante sus ojos. Dar la bienvenida a una mujer y que acto seguido se desnude es el sueño de cualquier hombre-. Pero puedo alegrarte lo que queda del día…
-Veo que eres como el resto.
Aquella afirmación cayó como una losa sobre Néstor que, herido en su orgullo, trató en vano de defenderse.
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-Parte 1: en la desesperación está la oportunidad.
-Parte 2: presentarse es siempre el primer paso.
-Parte 3: cuidadora de viejos.
La mañana era fría, a pesar de que el sol despuntaba lo suficiente sobre los edificios como para proyectar sus rayos sobre los transeúntes que circulaban por las aceras de la calle. Y Jacinta, uno de esos pocos peatones que se atrevían a salir de casa obligados por el trabajo o los estudios, empujaba la silla de ruedas con su inquilino arrugado bajo una manta, aún en pijama, profiriendo frases inaudibles, seguramente insultos, como cada día de la segunda semana que llevaba trabajando como cuidadora de ancianos. “De viejos”, se decía martirizándose.
-¿Tiene frío? –preguntó Jacinta sabiendo que era en vano-.
No hubo respuesta. Salvador se arrugó aún más bajo la manta escondiendo la cabeza al máximo, dejando únicamente los ojos sobresaliendo de ella, como un periscopio que otea el horizonte en busca de un enemigo. Aunque para él cualquier cosa que se movía ya era susceptible de serlo.
-No sé porque se empeña en no quitarse el pijama, iría más cómodo y caliente.
“Aunque para mí mejor”, pensó Jacinta tratando de desentumecerse las manos, completamente heladas a pesar de los guantes. “Cuanto menos tenga que tocar a este hombre mejor. Aún no sé porqué cogí este trabajo”. Pero claro que lo sabía. No sólo la necesidad impone las acciones, también el sentido común. Y éste tuvo claro cuál sería el destino de Jacinta. Paró unos instantes, se frotó las manos sintiéndolas renacer gracias a la fricción y continuó el camino sabiendo que ese destino la mantendría atada a aquella silla de ruedas y a Salvador, imagen viviente de lo que ella más temía: la vejez.
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Con la mirada puesta en el Paralelo detenerse y hacer unas fotos es todo uno. http://bit.ly/bdPmlk #
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