May.
Idea relámpago (11): amor.
“El amor une. El sexo mezcla”.
Que difícil es definirse a uno mismo cuando se es tan tímido como lo soy yo. Si tuviera que hacerlo con pocas palabras una de ellas sería la timidez. También la humildad, el tesón, y el buen humor. Si te sigue interesando saber más de mí (yo me lo haría mirar) solo tienes que pinchar un poco más abajo.
“El amor une. El sexo mezcla”.
-¿Me quieres?
-Claro que te quiero –respondió el chico sin levantar la vista del “Marca”-. ¿Por qué lo preguntas?
-Hace mucho tiempo que no me lo dices.
-No tengo por que decírtelo a cada momento. Si no te quisiera no estaría contigo.
-Pero, ¿me quieres? –insistió la chica-.
-Claro.
-No lo dices muy convencido.
-¿Y cómo lo sabes? ¿Me lees la mente?
-Llevamos demasiado tiempo juntos. Sé lo que piensas.
-Te quiero –dijo el chico mirando a los ojos de su pareja-.
-No lo has dicho con el corazón.
-Te quiero con toda mi alma.
-¿Seguro?
-Te quiero –se declaró poniendo todo el énfasis posible en aquellas dos palabras. Notó que salían fáciles como sale un anillo enganchado gracias a unas gotas de aceite. Y entonces sintió como el amor se expandía de nuevo por su cuerpo-.
-Pues yo ya no te quiero.
-¿Han venido a contraer matrimonio? -los jóvenes asintieron abrumados-. Bien. Tendrán que rellenar estos papeles y contestarme a un pequeño cuestionario.
La funcionaria extrajo unas hojas de un fichero que reposaba encima de su mesa y se las alcanzó a la pareja. La chica extendió el brazo recogiéndolas y, tras un vistazo, le dio la mitad a su futuro marido. Ambos miraron a la funcionaria esperando instrucciones.
-Es un simple contrato. Como el que se hace con una compañía de móviles. ¿Están de acuerdo en iniciar una vida en común? -volvieron a asentir. Aunque el chico tardó algo más-. Perfecto. Ya saben que con el contrato matrimonial el Estado otorga numerosas ayudas. Sobre todo a los jóvenes que estén dispuestos a tener hijos. ¿Es ése su caso?
-Supongo que sí -respondió la joven mirando a su pareja. El chico adoptó una expresión asustadiza pero acabó dando su consentimiento-. Aunque si he de de serle sincera lo que más nos interesa es poder emanciparnos de nuestros padres. Ya sabe como está el asunto de los pisos.
-Me hago cargo. Y supongo que entenderá que nosotros pidamos una serie de compromisos que garanticen el cumplimiento del contrato. Al fin y al cabo es por el bien del país -la funcionaria rebuscó en un bote con lapiceros localizando un bolígrafo-. Tendrán que firmar en cada hoja responsabilizándose del periodo mínimo de convivencia. Y en el supuesto de que lleguen a tener hijos -estiró el brazo señalando una casilla específica de los impresos-… Este apartado garantizará su posterior cuidado a partes iguales a cargo de sus progenitores. En este caso ustedes.
-Verá -dijo el chico rompiendo su silencio-. No creo que sean necesarios tantos formalismos. Nosotros sólo pretendemos tener sexo y ahorrarnos algo de dinero con la casa. No pensamos en niños por el momento.
-¿Sabe la cantidad de problemas que nos trae esta sociedad en la que vivimos? -los jóvenes se encogieron de hombros ignorando la respuesta-. Existe tan poco apego a las relaciones sociales que los juzgados están llenos de contenciosos siendo los niños los principales perjudicados. Y eso es algo que el Estado pretende evitar -se colocó sus gafas de pasta y, poniendo las manos sobre el teclado de su ordenador, inició el cuestionario–. ¿Cuántas veces tendrán sexo a la semana?
-¿Es necesaria esa pregunta? -preguntó la chica ruborizándose-.
-Forma parte de las cláusulas. Su incumplimiento puede ser motivo de divorcio. ¿Cuántas veces apunto?
-Ponga seis -respondió el chico mirando a su futura esposa. Ésta le devolvió una mirada cómplice-.
-Como se nota que son ustedes jóvenes. ¿Y el lugar de su casa dedicado en exclusiva a las discusiones?
-La cocina -respondió la chica con convicción-.
-El comedor -respondió el chico retando con la mirada a su pareja-.
-¿Y que lugar apunto?
-El comedor -afirmó la joven-. No quiero empezar discutiendo.
-Perfecto -la funcionaria hizo varias preguntas más imprimiendo posteriormente el cuestionario. También se lo alcanzó a la pareja-. Fírmenlo junto con las hojas que les di antes -los jóvenes obedecieron estampando su rúbrica sobre los papeles-. Pues ya están ustedes casados. Enhorabuena. Y ahora -hizo una pausa mientras tecleaba algo en el ordenador-… Tengo la obligación de avisarles de un pequeño problema. Tenemos una congestión importante en las demandas de divorcio por lo que estamos aceptando peticiones por anticipado. ¿Quieren que les reserve fecha?
“El amor no paga mis facturas pero me da confianza para poder pagarlas”.
David salió del vagón de metro dispuesto a hacer el trasbordo sin que el tiempo, ni el resto de los viajeros que pululaba por el andén, le dieran tregua para tomarse con tranquilidad la distancia que separaba las dos líneas metropolitanas. Miró el reloj. “Las seis y cuarto”, pensó. “Llego tarde, llego tarde”. Giró a su derecha tropezándose con el primer obstáculo: una multitud que se apelotonaba ante las escaleras mecánicas esperando el turno para agarrar el escalón ascendente. Arriba, en el vestíbulo, aguardando el momento para bajar por sus respectivas escaleras, estaba María, también peleada con el reloj. “Llego tarde, llego tarde”, pensaba. Se subió tras un señor encorbatado y comenzó a descender automáticamente sin que la muchedumbre le permitiera hacerlo por sus propios pies. Decidió relajarse durante los escasos segundos de descenso picoteando entre las miradas que subían hasta que sus ojos se clavaron en los de David quedando atrapados en ellos como un satélite queda a merced de la órbita de su planeta. “Que chico tan guapo”, pensó ella. “Que chica tan guapa”, pensó él hipnotizado. Su corazón adolescente batió la sangre con ímpetu regando su cerebro con un explosivo y adictivo cóctel de hormonas. “Jamás había tenido esta sensación repentina por ninguna otra chica. ¿Será un flechazo?”. Mientras sus cuerpos se acercaban de forma mecánica los pensamientos de los jóvenes fluían por el mismo cauce tras haber desembocado en idéntico río. “¿El amor vuelve a sonreírme a pesar de la última decepción que he tenido?”, pensaron al unísono. “¿Y si la ruptura con mi pareja fuese una señal del destino?”. Se acercaron hasta que pudieron tocarse manteniéndose enfrentados durante una décima de segundo, tiempo durante el cual les dio la impresión de estar ante un espejo. No tuvieron dudas: eran almas gemelas, las dos partes de una naranja plena de zumo por exprimir. Pero el movimiento de la escalera les separó de la misma manera que les había acercado alejando paulatinamente las posibilidades de conocerse. “¡No!”, pensó David girando sobre sus pies. “¡No te vayas! Has alejado la tristeza que me regaló mi novia como regalo de despedida”. “¡Tengo que conocerte!”, respondió María en pensamientos. “Sé que eres el chico de mi vida. Mi novio me dejó por otra y ahora me alegro de que lo hiciera”. La distancia aumentaba añadiendo angustia a la mirada de los jóvenes que veían cómo el otro se alejaba sin que la vergüenza les permitiese aprovechar la oportunidad. “Bajaré a buscarte en cuanto salga de estas escaleras”, expresó David con los ojos. “Subiré cuando baje de aquí”, respondió María sin pestañear sintiendo como la multitud la empujaba a salir de las escaleras. En el vestíbulo David sufría una situación similar acuciada por una nueva preocupación, fruto de un vistazo a su muñeca. “¡Mierda!”, pensó horrorizado. Sin que él lo supiera María había mirado también el reloj imaginando el mismo comentario. “¡Llego tarde! Hace ya más de diez minutos que tendría que haber llegado a la cita y todavía estoy en el metro. Tengo que salir corriendo”. Y se mezcló entre el gentío dejándose llevar por la corriente. “¡Llego tarde!”, pensó María girando sobre sus talones al escuchar el sonido del inminente metro. “¿Por qué tendré que salir tan justa de tiempo? Ya no volveré a ver a ese chico tan guapo. ¡Mierda! Espero que mi cita esté, por lo menos, la mitad de bueno”. David y María se alejaron para siempre quedando entre ambos un vacío donde antes, durante apenas un minuto, había conjeturas. Ninguno de los dos se atrevió a solucionarlas ni supo jamás de la conexión que se formó tan extrañamente entre sus pensamientos. Decidieron anteponer sus planes a la posibilidad de conocerse y justo cuando David salía a la calle, y María entraba en el vagón de metro, un último pensamiento simultáneo surcó sus cabezas rompiendo definitivamente esa conexión. “Cuánto odio las citas a ciegas”.
“Quién ama a medias sufrirá el doble”.
“El amor es como un caramelo en verano: cálido y pegajoso”.
“El corazón es un órgano misterioso: da la vida, gestiona el amor y da de comer a los paparazzi“.
“El amor es una ventaja para quién no te ama”.