Amor | Aletreando - Part 5

Acerca de mí...

Que difícil es definirse a uno mismo cuando se es tan tímido como lo soy yo. Si tuviera que hacerlo con pocas palabras una de ellas sería la timidez. También la humildad, el tesón, y el buen humor. Si te sigue interesando saber más de mí (yo me lo haría mirar) solo tienes que pinchar un poco más abajo.

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Relámpagos destacados.

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13
Oct.

Sábado relámpago (15).

“El amor es un pacto entre dos personas donde ambas aceptan entregar una parte de si mismas pretendiendo recibir el doble”.
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06
Oct.

Sábado relámpago (12).

“El amor nos hace humanos. El sexo animales”.

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29
Sep.

Sábado relámpago (10).

“El amor perdido siempre puede ser reencontrado“.

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23
Sep.

Ja-haiku 0227.

Solo un hijo
conseguirá enseñarte
que es el amor.
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02
Sep.

¿La píldora azul o la roja? (parte 3 y última).

Capítulo anterior.

-¡Déjame en paz! –Belén trató inútilmente de desembarazarse-. ¡Suéltame!
-¡No pienso soltarte! ¡MÍRAME! –Carlos le giró la cabeza a su hija tratándole de abrir los párpados. Aunque él tenía más fuerza le resultaba imposible conseguir su objetivo-. ¡Te he dicho que me mires!
-¡No pienso hacerlo! ¡MAMÁ! –el forcejeo se detuvo durante un instante. Al ver que Sandra no acudía a la llamada Belén se desesperó. Intentó zafarse con un movimiento repentino pero no consiguió coger a su padre desprevenido-. ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Ya no te acuerdas de que soy tu hija? ¡Déjame, por favor! –cometió el error de abrir los ojos al hacer la súplica. Y tuvo que volver a cerrarlos. Sus piernas vacilaron, incapaces de aguantar el peso añadido que suponía el repentino mareo. Su estómago se revolvió entre un tornado de convulsiones que azotaron como espinas cada parte de su cuerpo. Un sudor frío le recorrió la espalda partiendo de la cabeza, envuelta en un halo de sentimientos contradictorios. Reconoció los efectos. Su padre, al igual que otros chicos, se la había jugado alterando su bebida. Intentó hablar pero sus fuerzas flaquearon. Afortunadamente, los brazos que antes la coaccionaban ahora sujetaban su inestable cuerpo-. ¿Cómo te sientes? –apenas podía articular palabra. Pero su orgullo le obligaba a pronunciarlas-. Espero que… Que estés satisfecho.
-¿Satisfecho? –Carlos enderezó a su hija hasta sujetarla en un abrazo. El contacto con aquel cuerpo se le antojaba cálido y reconfortante. Además de prohibido-. No estoy satisfecho. Soy una persona horrible.
-Me encantaría poder… Poder decir lo mismo –Belén sintió como el mareo se esfumaba. Poco a poco recuperaba el dominio de sus actos-. Aunque no puedo. Me temo que me ha hecho efecto la pastilla. Y lo único que puedo hacer es rendirme a tus brazos.
-Sé que me he portado muy mal. Pero no estoy arrepentido –se sumergió en el cuello de su hija besándolo delicadamente. Su tacto era suave. Como el pétalo de una rosa recién florecida-. No sabes cuánto –se acercó hasta su oído derecho y le susurró-. Pero te amo. Con tanta locura que ni yo mismo puedo controlarme.
-Lo hecho –trató de separarse para ver de cerca a su nuevo amante. Ante ella surgió una cara conocida. Y a la vez extraña. Ya no le provocaba los mismos sentimientos. El amor filial había dejado paso al carnal. La pasión rugía bajo sus poros luchando por desatarse-. Hecho está. Ya no podemos hacer nada –besó los labios de su padre. El tacto era dulce y ligeramente seco-. No puedo creer que esté haciendo esto –volvió a besarle. Aunque esta vez de manera más intensa. Penetró con su lengua en el paladar ajeno buscando, con éxito, a su semejante. Acto seguido ambas se enzarzaron de una pelea sin ganador. Al cabo de unos minutos Belén se separó para continuar hablando-. ¿Qué hacemos? Como nos quedemos aquí nos descubrirá mamá. Y no quiero que nos vea sumergidos en esta mierda.
-¿En esta mierda? Lo que estoy sintiendo en este momento no es ninguna mierda. Jamás he sido tan feliz como ahora.
-Son los efectos de la pastilla. Te hacen sentir como el dueño del mundo. Y, en cierta manera, es así. Aunque no puedes dominarlos. Solo puedes sucumbir. Y mi corazón me obliga a hacerlo.
Se soltó de los brazos de Carlos avanzando hacia la puerta de la entrada. Se mantenían unidos de la mano, como dos amantes adolescentes. Aunque su aspecto físico resaltara la obviedad de los años que les separaba. Antes de salir de casa cogieron las llaves del coche y la cartera de ambos. No sabían donde irían a continuación. Pero cualquier cosa resultaría útil en la escapada.
-¿Adonde vamos? –preguntó Carlos mientras cerraba la puerta con cuidado. Su hija le estiraba de la mano con impaciencia-. No tengo ni idea de donde podemos ir.
-No lo se. A cualquier sitio donde podamos estar solos –le dio un fuerte estirón hasta reunirse con sus labios. Tras un apasionado beso se internaron en el ascensor-. A un hotel. Un descampado. Me es igual. Solo quiero calmar este deseo que me consume.
-¿Calmarlo? –el elevador de detuvo en la planta baja-. ¿A que te refieres?
-Necesito hacer el amor contigo. Mi cuerpo lo desea. ¿No te pasa lo mismo?
-Hombre –empujaron la puerta del edificio y avanzaron por la calle en dirección al garaje. Intentaban llamar la atención lo menos posible-. Supongo que sí. Lo necesito. Pero hay algo en mi cabeza que grita que eres mi hija. Una voz pequeña. Pero que, aún así, se hace oír.
-Debe ser pequeña si no te impidió que me dieras la pastilla.
-Es pequeña. Pero el amor hacia ti es mucho más grande. Sé que podía haberlo evitado con el “Desamoron”. Pero no quise. Necesitaba saber que me amabas. Como si…
-Como si, aunque supieras que el sentimiento era artificial, te negases a admitirlo como falso.
-Sí. Es una sensación extraña. No sé si con tu madre pasaba lo mismo. No recuerdo que sintiese algo tan extraño. Pero esta vez seguro que era diferente.
-Siempre que te enamoras de una persona lo sientes como diferente. Como si no hubiese existido nunca nada igual. El “Enamoryl” no hace nada que no provoque un amor verdadero. Aunque al tomarlo sí sabes que lo que te lo ha provocado es una pastilla.
-Pareces una experta. Y no me gusta nada que lo hayas probado antes.
Carlos colocó los ojos en un lector de retinas y, al retirarlos, la puerta del garaje se levantó con un sonoro quejido. Avanzaron a su interior recorriendo la breve distancia que les separaba del vehículo. Era un modelo antiguo, de casi doce años. No estaba adaptado a la energía solar. La pila de combustible se alimentaba exclusivamente con hidrógeno.
-¿Algún día te cambiarás el coche? –preguntó Belén cuando ambos cerraron las puertas con ellos dentro-. ¿No crees que ya va siendo hora de que te compres uno que levite?
-Todavía son muy caros. Y no tenemos dinero –la imagen de su mujer cruzó fugazmente por su mente cuando pensó en los ahorros. Habían guardado una pequeña cantidad para hacer un nuevo viaje de novios. Pero el futuro se torcía-. Ponte el cinturón, que arranco –pasó el dedo índice por el lector de huellas del costado del volante hasta que las luces del salpicadero se encendieron. Apretó el botón de marcha atrás y salieron de la plaza en silencio-. Podemos ir a algún hotel de las afueras. No creo que se extrañen si nos ven aparecer.
-A un par de kilómetros de aquí hay uno especial para parejas –dijo Belén tratando de hacer memoria. Su cabeza aún conservaba algo de pesadez debido a la píldora-. Aparcas el coche en el garaje y un ascensor te sube directamente a la habitación sin necesidad de pasar por recepción. Y al salir te cargan la cuenta directamente en el chip.
-¿Cuántas veces has ido allí? –descubrió que no solo tenía curiosidad por conocer los escarceos de su hija. Los celos formaban la mayor parte de la pregunta. También la preocupación parental-. No tendrías que dejarte llevar por la primera persona que conoces –trató de no cargar de rabia el tono de su voz. Lo consiguió con dificultad-. Creo que te hemos dado una educación adecuada.
-¿Me vas a dar lecciones a mí? ¿Después de haber drogado a tu propia hija? No creo que estés en situación de hacerlo.
Carlos no volvió a abrir la boca en los pocos minutos que duró el trayecto. Se dejó llevar por las indicaciones de Belén hasta que llegaron a un extraño edificio cuya situación solo estaba marcada por un diminuto cartel que pendía oscilante en una de las fachadas. Condujo hasta la única entrada, aparcó frente a un comunicador y apretó el botón esperando a la contestación.
-¿Sí? –una voz metálica surgió del aparato-.
-Querríamos una habitación –dijo Carlos en voz alta-.
-¿Por cuánto tiempo? Las alquilamos en tramos de seis horas.
-Con seis ya tendremos bastante –dijo Belén desde el asiento del copiloto-. No creo que necesitemos más.
-De momento seis horas –dijo Carlos. La facilidad de su hija continuaba extrañándole. No solo resultaba curiosa la relajación que mostraba. Sino también el hecho de haberse acostumbrado demasiado rápido al repentino amor incestuoso-. ¿Cuánto será?
-Pagarán a la salida –la voz hizo una pausa-. Habitación veintinueve. Aparquen el coche y cojan el ascensor interno.
La entrada se abrió al tiempo que cesaba la comunicación. Instantes después aparcaban en la única plaza que había disponible.
-Parece que está completo –dijo Belén mientras dirigía a su padre hacia el elevador-. Nunca lo había visto tan lleno. Es por aquí –Carlos se encontraba extraño paseando con su hija por aquel antro. Ella parecía cómoda-. Tenemos que subir al segundo piso.
Se detuvieron ante la puerta del ascensor y apretaron el botón de llamada. Treinta segundos más tarde entraban en el dormitorio. Era una estancia amplia, de decoración casi inexistente. Daba una sensación de vacío solo apaciguada por una gigantesca cama redonda, ocupando el centro de la habitación. Una puerta a la derecha guiaba al huésped hacia el lavabo. Carlos se adentró en él para comprobar su conservación. Todo estaba aparentemente limpio. Y la bañera, también redonda y gigantesca, incitaba a algo más que un baño.
-¿Te apetece bañarte? –preguntó Belén detrás suya. Las manos de su hija le recorrieron la espalda hasta manosear su torso. La derecha bajó peligrosamente hacia su entrepierna-. Podemos darnos un baño de burbujas. Antes de pasar a la cama.
Las palabras mareaban sus sentidos. Carlos notó como la vergüenza luchaba a muerte con el deseo. Y ganaba éste último. Su miembro, ausente de su lucha interior, comenzó a alzarse en armas.
-No sé si quiero hacer esto –dijo él apartando las manos de su hija. Se giró buscando su mirada-. Sé que todo es culpa mía. Sé que soy el culpable de haberte arrastrado hasta esta situación. Pero ahora ya no estoy seguro de querer continuar.
-¿Ya no estás seguro? –una sonrisa pícara, a la par que sensual, se asomó al rostro de la chica-. Tampoco yo. Me dejo guiar por el corazón. Igual que tú cuando mezclaste la píldora con mi café. Actuamos de la misma manera. Sucumbiendo ante nuestras pasiones.
-Puede que en ese momento sucumbiera –mientras pronunciaba las palabras Carlos se adentraba en el lavabo escapando del contacto con su hija. Aunque le era imposible-. Pero ahora ya no estoy seguro de querer hacerlo.
-Si hemos llegado hasta aquí tenemos que probarlo. Hay algo en mi pecho que me obliga a hacerlo. Me consumiré en mi propio deseo si no lo hacemos.
Belén arrastró a su padre fuera del lavabo y, con un fuerte empujón, le lanzó sobre la cama. Éste, pese a querer oponerse, se dejó hacer. El deseo se había vuelto a apoderar de su mente, ahora perversa y lujuriosa. Sus ojos se clavaron en el cuerpo de la joven, que permanecía de pie frente a él. Conservaba la misma sonrisa en la boca. Acorde con su mirada. Parecía estar desnudando con ella al hombre que yacía a sus pies. Indefenso ante el arrebato de pasión.
-¿Estás cómodo? –susurró Belén mientras se contoneaba sensualmente. Empezó a desvestirse siguiendo el ritmo de una canción, que tarareaba mentalmente-. ¿No dices nada? Parece que te has quedado sin habla –estiró delicadamente de la camiseta hasta sacársela del cuello. Su pecho, vestido con un sujetador blanco, quedó al descubierto-. ¿Sigues sin decir nada? –Belén le lanzó la camiseta a su padre. Ésta calló sobre sus ojos tapándole momentáneamente la visión. Apenas tardó unos segundos en sacar las fuerzas para quitársela. Su moral, que había permanecido acallada hasta ese momento, luchó por hacerse con las riendas de aquel cuerpo pecador. Pero aún estaba lejos de conseguirlo-. Creí que no te la ibas a quitar de encima. ¿Prefieres la oscuridad a estas curvas? -Carlos palideció. Ante él se encontraba el cuerpo más perfecto que había visto nunca. Ningún cincel hubiera sido capaz de crear esa escultura. La piel de la chica, ligeramente bronceada, mostraba sin rubor las dieciséis primaveras recién cumplidas. Sus piernas, largas y torneadas, descendían en picado hasta suelo sin sufrir una pizca de vértigo. El pelo, largo y sedoso, coronaba en ébano la cabeza de aquella diosa. “Mi diosa”, pensó con dificultad. Los sentimientos luchaban en su cabeza amenazando con hacerla estallar. “Es mi hija. Pero también mi amada”-. ¿Qué estás pensando? –Belén se subió a la cama al tiempo que pronunciaba esas palabras. Avanzó lentamente hasta situarse encima de su padre, totalmente vestido. Ella solo conservaba la ropa interior-. ¿No te desvistes? Creo que nos conocemos de sobra para tener vergüenza. ¿No crees? –introdujo las manos en la camisa de Carlos y la abrió de un estirón. Los botones volaron por el aire-. Así está mejor –acarició con suavidad el pecho del hombre. Sus dedos se enredaban entre la maraña de pelos-. Parece que no estamos igual. Tú enseñas algo que yo no enseño –Belén se sentó a horcajadas sobre su padre quitándose el sujetador. Éste se deslizó por sus brazos dejando al descubierto unos turgentes senos, que invitaban a ser amasados. Y eso quiso hacer Carlos. Más le fue imposible. No sólo había desnudado sus senos. También una pequeña marca de nacimiento cercana al pezón izquierdo. “Cuanto tiempo hacía que no veía su antojo”, pensó su padre. “Siempre me ha resultado tan curioso. Lo tiene desde que era bebé. Y no ha cambiado. Conserva el mismo tamaño”-. ¿Te gustan? Te has quedado hipnotizado –“desde que era un bebé. Y le cambiábamos los pañales. Y se reía cuando le hacía cosquillas por todo su cuerpecito”. La ternura afloró a la mente de Carlos. Ya no veía a su amante. Solo era capaz de ver a su hija. “Sí que ha crecido. Ahora me doy cuenta. Ya es toda una mujer. Preciosa. Como lo era su madre cuando tenía su edad”-. ¿Por donde seguimos?
-Déjalo ya –dijo Carlos intentando levantarse. Echó a un lado a Belén y se incorporó tratando de abotonarse la camisa-. Vístete. Ha sido un error venir a este sitio.
-¿Un error? –ella también se levantó buscando su camiseta. Se la colocó en un suspiro-. ¿Todo ha sido un error? ¿Acaso no es lo que querías?
-Yo no quería hacer nada de esto.
-¿Entonces? –Belén se puso los pantalones. Recogió el sujetador y se lo guardó en el bolsillo-. ¿Para que me echaste la pastilla en el café? ¿Acaso no sabías lo que podía ocurrir?
-No lo sé. ¡No lo sé! –Carlos se sentó en el borde de la cama escondiéndose tras las palmas de sus manos. Era incapaz de detener las lágrimas. La culpabilidad le azotó sin piedad-. No he sido dueño de mis actos. El amor me cegó. Y ahora lo lamento. Lo siento –alzó la cara para mirar a su hija. El llanto le otorgaba un aspecto deprimente-. Perdóname. No quería hacerte daño. Ni obligarte a hacer nada que tú no quisieras.
-No me has obligado. Yo también quería –Belén se sentó junto a su padre tratando de consolarle-. Estaba deseando irme a la cama contigo. Todavía lo deseo. No me has obligado.
-Pero sí fui yo quién te drogó. Fui yo quién te incitó a que te enamoraras de mí.
-Antes te había pasado a ti. También estabas bajo el efecto de las pastillas. Ninguno de los dos tiene la culpa. ¿No te parece?
-Supongo que tienes razón.
La explicación de su hija le aflojó la sensación de culpa. Cesó de llorar y volvió a mirarla. Ya no veía a una mujer. No veía a su amante. En los ojos de Belén se reflejaban las imágenes de cuando era niña. Y así es como la vio: como cuando tenía cuatro años y le enseñaba a montar en el triciclo recién comprado. Como cuando lloraba de rabia ante la primera caída. La vio siendo su pequeña. Y la había traicionado.
-Será mejor que volvamos a casa –dijo Belén-. Puede que mamá esté preocupada.
Recogieron rápidamente la habitación y se marcharon sin dirigirse la palabra. Antes de abandonar el hotel Carlos pasó el brazo derecho por el lector de chips abonando la cuenta pendiente. Minutos más tarde conducía el coche velozmente de vuelta a casa. Lo aparcaron y desandaron el camino de vuelta a su casa. Entraron en silencio, deseando que Sandra no se hubiera despertado. Y eso parecía. Avanzaron hasta el comedor y se sentaron en el sillón considerando los acontecimientos.
-Tendremos que tomar el “Desamoron” –susurró Belén rompiendo el silencio-. Habrá que ir a buscarlo al dormitorio.
-No hace falta –dijo Carlos, también susurrando-. Lo cogí anoche. Junto con el “Enamoryl” –rebuscó por debajo de los cojines hasta encontrar los medicamentos-. Aquí están –abrió una de las cajas y extrajo un par de píldoras azules. Le alcanzó una a su hija-. Vamos a la cocina a por agua.
Fueron en su búsqueda para facilitar con ella la ingesta de la pastilla. La tomaron y, sin volver a hablarse, se separaron, yendo cada uno a su respectiva habitación. Aquella fugaz relación quedó sepultada para siempre en la memoria del padre y de la hija. Jamás volvieron a hablar del tema. Lo escondieron en lo más profundo del pozo de sus recuerdos asegurándose de no volver a encontrar el camino que les guiase a recuperarlo.
“No ha pasado”, pensaba Carlos mientras se acurrucaba con delicadeza junto a su mujer. Ésta dormía intranquila en la cama de matrimonio. El sueño era pesado, gracias a alguna pastilla. Pero una pesadilla la agitaba constantemente entre espasmos. “Ahora solo tengo que esperar a que me haga efecto. Y entonces me tomaré la otra”.

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08
Ago.

Tan solo unos versos…

Te observo.
Sé que eres la persona
que andaba buscando.
La pieza que completa
a lo que ahora palpita
bajo mi pecho.
Te admiro
en la distancia.
Y en la cercanía.
Tu cuerpo resplandece
como esculpido en oro.
Cada centímetro…
Cada poro de tu piel
está hecho a partir
de ese material
tan preciado.
Tus labios.
Tus pupilas…
Engarzadas
en el cielo de tus ojos.
No aguanto más.
Me muero por un beso.
Me estoy muriendo
tras concederme
ese deseo.
Soñaba contigo.
Y, a partir de ahora,
soñaré a tu lado.
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22
Jul.

¿La píldora azul o la roja? (Parte 1).

Carlos entró por la puerta de su domicilio y, como cada noche, dejó la cartera del trabajo sobre el armario del recibidor y se quitó la chaqueta, colgándola en el perchero. Esperó el encuentro con su mujer. Sandra vino corriendo por el pasillo y se echó en sus brazos, besándole apasionadamente. No por ser habitual dejaba de ser reconfortante. Pero había algo en la mirada de su mujer que le resultó extraño.
-¿Te pasa algo?
-No. No me pasa nada –Sandra se hacía de rogar-. ¿Qué tal el día en el trabajo?
-Normal. Como todos –hizo una pausa mientras le miraba fijamente a los ojos-. A mí no me engañas. Sé que te pasa algo. Y no voy a parar hasta que me lo digas.
-Está bien. Tampoco gano nada escondiéndotelo. Es que… Tendríamos que hablar.
-Que mal me ha sonado siempre esa frase. ¿Pero que es lo que ha pasado?
-Pienso que nuestra relación está aflojando. ¿No te parece?
-No creo que sea para tanto. Además –Carlos hizo memoria-. Solo han pasado tres años desde que tomamos la última píldora. Y la pasión todavía no ha aflojado entre nosotros –se pegó a Sandra posando las manos sobre su trasero-. Me atraes más que nunca.
-Puede que tengas razón. Todavía no se nos ha agotado. Pero ya no es tan intensa. Y me gustaría que fuese como antes.
-Entonces… ¿Crees que ha llegado la hora?
-Creo que sí –Sandra rodeó con los brazos a su marido y le besó nuevamente-. ¿Lo hacemos después de cenar?
-Vale. ¿Lo preparas tú?
-Claro. Siempre me ha tocado a mí. ¡Ah! –se dio la vuelta antes de internarse en el pasillo-. Ha llamado Belén diciendo que no vendría a cenar. Llegará tarde.
-Mejor así entonces. Estaremos más tranquilos a la hora de tomar las pastillas.
Carlos fue tras su mujer y ambos se internaron en el comedor. Los platos estaban ya dispuestos sobre la mesa esperando impasibles a las viandas. Él se sentó esperando a que Sandra sirviera el primer plato. Ésta no tardó en llegar con la sopa. Se sentó junto a su marido, cogió el cucharón y sirvió las dos raciones. La conversación fluía libremente mientras cenaban abarcando todos los campos que preocupaban a la pareja, abordándolos con total naturalidad. Desde los trabajos de ambos, su relación sentimental, la sexual… Hasta del colegio de su hija, aspecto que ocupó la mayor parte del segundo plato, una merluza asada en salsa verde. Cuando quisieron darse cuenta ya había pasado más de una hora y apenas les quedaban ya unas cucharadas del helado de postre.
-¿Estás preparado? –preguntó Sandra introduciéndose el último trozo en la boca-. Será mejor que lo hagamos antes de que llegue Belén.
-Pues habrá que ir preparando las fotos y las películas.
-Tranquilo. Ya me he ocupado de todo antes de que vinieras.
-Veo que ya lo tenías planeado –el tono de Carlos derrochaba ironía-. No sé por que me has preguntado si ya te sirves tú sola.
-Ya te he dicho que me siento algo extraña. Además. Miré el prospecto y justo hoy caducaban los efectos.
-Son aproximados. No significa que justo al día siguiente se esfumen. A mí no me ha pasado.
-A mí tampoco. Pero ya sabes que prefiero asegurarme. No quisiera perderte –le cogió afectivamente de las manos. Ambos se miraron diciéndose con los ojos lo mucho que se querían. Pronto la mirada no bastó y pasaron a los labios. Instantes después Sandra continuó-. Eres lo más importante de mi vida y quiero que siga siendo así. No me gustaría que hubiese ningún error.
-Lo sé. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí. Y si hay soluciones para el enfriamiento, ¿Por qué no utilizarlas –Carlos se levantó invitando a Sandra a hacer lo mismo-. ¿Vamos al dormitorio?
-Vamos.
Cruzaron el comedor, dejando la mesa sin recoger, y entraron en la habitación, cerrando la puerta tras su paso. Era una estancia amplia, casi una suite. Pero la decoración era minimalista. Un gran armario ocupaba una de las paredes, quedando las otras dos completamente vacías. En la tercera el cabecero de una gran cama, flanqueada a ambos costados por dos mesitas de noche, se acomodaba en el muro. Toda la superficie del lecho estaba repleta de fotografías sueltas, en álbumes, películas, memorias holográficas, soportes antiguos. También varios proyectores encargados de reproducir los vídeos y sonidos grabados durante los cuarenta años que habían estado juntos. Sandra guió a Carlos hasta ellos y ambos se sentaron en el borde de la cama, en el único trozo que estaba vacío.
-Cuantos recuerdos me traen todas estas cosas –dijo ella cogiendo un archivador de fotografías. Lo abrió y le echó un vistazo. La melancolía le obnubiló-. ¿Te acuerdas de esto? –señaló con el dedo una instantánea de las pirámides de Egipto-. Nuestro viaje de bodas. Ya hace casi treinta años.
-Como lo voy a olvidar. Con lo que nos costó convencer a nuestros padres para que nos dejaran casarnos –Carlos cogió el reproductor holográfico e introdujo una de las memorias en su interior. Pulsó el play y una imagen tridimensional se proyectó en el aire. En ella aparecía su hija durante la celebración de su sexto cumpleaños. Toda la familia estaba reunida en torno a ella esperando a que soplara las velas de la tarta. Sandra acarició con ternura la cara traslúcida de la pequeña. Su mano se hundió en la proyección desviando parte de la luz hacia el techo-. Es una versión holográfica antigua. Todavía no podían captar olores. Pero soy capaz de sentir el que dejaban las velas al consumirse –Carlos aspiró el aire deseando que no fuera su imaginación-. El olor a quemado al apagarlas. El perfume de Belén cuando la felicité besándole en la mejilla –el momento exacto sucedió ante la pareja-. Tantos recuerdos grabados en la mente.
-Por eso no podemos dejar que desaparezcan –mientras Sandra pronunciaba estas palabras enjugaba las lágrimas de su marido-. Tenemos que volver a tomar las píldoras –se levantó, fue hasta su mesita de noche y volvió hasta donde estaba llevando en la mano derecha dos cajas de pastillas-. ¿Estás preparado?
-Déjame leer el prospecto –Carlos le cogió los medicamentos examinando el exterior de los cartones-. Quiero asegurarme antes de tomarlas.
-Siempre haces lo mismo. ¿Es que no te acuerdas de la última vez? Además. Ya lo hice yo antes.
-Prefiero asegurarme –desplegó el prospecto del “Desamoron” y lo leyó en voz alta-. “Este medicamente está destinado a suprimir las reacciones químicas que se producen en el cerebro durante el enamoramiento, la atracción sentimental y/o sexual entre dos seres humanos y/o la posterior sensación de decaimiento producida por el rechazo de la pareja o pretendiente a la continuación o iniciación de una relación afectiva con la persona destinada a tratarse por dicho medicamento”.
-O sea que corta el amor a la persona que lo toma.
-Sí. Básicamente eso –Carlos extrajo el prospecto de la segunda caja, cuyo nombre era “Enamoryl”, y también leyó un extracto-. “Este medicamento está destinado a suplir artificialmente los medios químicos que desencadenan la reacción amorosa hacia un ser humano cuando el sistema nervioso del destinatario de este fármaco está física o psicológicamente incapacitado para ejecutar dicha reacción” –continuó leyendo para sus adentros mientras hacia el comentario-. Sirve para enamorarse de la persona deseada. O no –localizó un párrafo que consideró interesante-. “No se debe administrar a personas cuya voluntad esté mermada, no sean conscientes de la situación y/o no hayan dado el consentimiento a la toma del medicamento. Los efectos aparecerán al cabo de aproximadamente diez minutos y se prolongarán durante los tres años posteriores”.
-¿Ya estás satisfecho? Toma –Sandra extrajo dos pastillas de cada caja alcanzándole a Carlos un par. Una era roja. La otra azul. Posteriormente depositó los envases sobre la cama-. También he traído agua –ésta estaba sobre la mesita de su marido. Solo tuvo que estirar el brazo para alcanzar el vaso-. Tú primero.
-Allá voy –se tomó la azul ayudándose de un trago de agua. Su mujer le imitó -. Ahora a esperar a que nos desenamoremos.
Se ayudaron de los objetos para hacer menos tediosa la espera. Tras unos diez minutos, y muchas fotografías, Carlos rompió el silencio.
-¿Te ha hecho efecto?
-Todavía no. ¿Y a ti?
-Parece que no. Te sigo queriendo igual. Tus ojos me parecen igual de bonitos que…
No terminó la frase. Sintió un mareo repentino que le hizo cerrar los ojos. Puso las manos sobre la cama, tratando de no caer al suelo, mientras se concentraba al máximo para no perder el conocimiento. Lo consiguió. Al cabo de pocos segundos volvió a recuperar la compostura. Abrió los ojos y miró a Sandra. Pero su mirada ya no era la misma.
-¿Qué haces tú aquí? ¿Por qué estás a mi lado? No recuerdo que estuviéramos juntos.
-Tranquilo. Estamos casados. Ahora no te acuerdas pero recuperarás la memoria en poco tiempo. Son los efectos secundarios del “Desamoron”
-¿La memoria? No la he perdido. Lo recuerdo todo perfectamente. Estabas tú… Pero en mi cabeza te veo borrosa. Como si hubieras desaparecido a medias.
-Estamos enamorados. Durante cuarenta años hemos sido inseparables. Incluso tenemos una hija. Mira –le alcanzó una foto donde aparecía Belén. Era reciente-. Ésta es Belén. Tiene dieciséis años. Y se parece tanto a ti.
-Ahora la recuerdo. ¿Pero como he podido tenerla contigo? Siento decírtelo tan drásticamente pero no siento nada por ti.
-Eso no es verdad. Son los efectos de una pastilla. Mira todos estos recuerdos –Carlos observó el montón de objetos desperdigados sobre la cama-. ¿Tú crees que podríamos tenerlos si no hubiéramos estado enamorado?
-No logro comprenderlo. Me va a estallar la cabeza. ¿Cómo es posible? Me acuerdo de todo pero no entiendo esta doble sensación. Mi corazón me dice que tiene que ser mentira. ¿Qué te pasa? –Sandra sufrió los efectos del medicamento. También tuvo que aferrarse a la cama para no caerse-. ¿Estás bien?
-Que dolor de cabeza. ¿Qué hacemos aquí? –echó un vistazo a la habitación restregándose los ojos ante su incredulidad. Al igual que su marido era incapaz de comprender nada-. ¿Y todas estas fotos? Y en la mano tengo una pastilla roja.
-Yo también. Quizá íbamos a tomarla después de la otra.
-¿La otra?
-Es lo que me habías contado. Algo de una pastilla llamada “Desamoron”. Debe ser ésta –recogió de la cama las cajas de medicamentos-. En una pone eso. En la otra “Enamoryl” –leyó por encima los prospectos de ambas. Sandra le observaba sin abrir la boca-. La que se supone que nos hemos tomado es para desenamorarse. Era azul. Y la roja que tenemos en la mano es para todo lo contrario.
-¿Para enamorarse? No entiendo nada. ¿Qué se supone que debemos hacer? La cabeza me da vueltas y soy incapaz de pensar con claridad.
-Seguramente nos desenamoramos para después volvernos a enamorar. De ahí la píldora que tenemos en la mano. Y todos estos recuerdos… Quizá para hacernos recapacitar.
Carlos apretó el botón del proyector holográfico. Su hija apareció nuevamente en el aire. Durante unos minutos los dos se quedaron extasiados contemplando a aquella niña. Ambos la recordaban con claridad. La reconocían como parte de su sangre. Pero, inexplicablemente, se había borrado de su memoria cualquier sentimiento afectivo hacia el contrario. Les pareció tan extraña y abominable aquella sensación que al cabo de pocos minutos se convencieron a sí mismos para tomar la píldora del amor. Pero tuvo que pasar más de media hora, y el visionado de muchas fotografías y vídeos, para que se atrevieran a lanzar en voz alta la sugerencia.
-¿Quieres que tomemos el “Enamoryl”? –preguntó tímidamente Carlos.
-Estaba pensando lo mismo. Creo que tiraríamos nuestra vida a la basura si no pudiéramos volver a la relación que se supone que teníamos. ¿No crees?
-Lo creo. No se como debía ser estar contigo. Pero después de haber visto todo esto estoy convencido que debía estar bastante bien. Se nos veía felices. Y no creo que fuese fingido.
-Estoy de acuerdo –Sandra Recogió nuevamente el vaso de la mesita-. ¿Tú primero?
-Espera. Quiero leer el prospecto –alzó las instrucciones y las leyó cuidadosamente. Decidió leer un pasaje-. “Los efectos aparecerán al cabo de aproximadamente diez minutos y se prolongarán durante los tres años posteriores. Después de haberse tomado se debe mantener la visión de la persona deseada hasta que se haya materializado el resultado. El destinatario del fármaco se enamorará de la primera persona que aparezca ante su vista una vez dicho fármaco haya surtido efecto”.
-O sea. Que te enamoras de la primera persona que ves.
-Eso parece. Como solo estamos nosotros no habrá ningún problema –Carlos cogió el vaso de las manos de su mujer y se introdujo la pastilla junto con un sorbo de agua-. Vamos allá.
-Vamos –Sandra hizo lo propio-. Y ahora a esperar. Me voy a quedar mirándote fijamente. ¿Cómo me habré enamorado de ti? –dijo sonriendo-. No eres mi tipo.
-Que graciosa. Tú tampoco el mío.
Pasaron casi diez minutos haciéndose bromas sin apartarse la mirada. Carlos cambió de tema.
-¿Te ha hecho efecto?
-No. ¿Y a ti?
-Tampoco. A lo mejor estaban caducadas.
-No lo creo. Supongo que lo habríamos mirado… Espera.
-¿Qué te pasa?
-Estás –a Sandra le palpitaba el corazón-… Estás tan guapo. De repente me han entrado unas ganas locas de besarte –se acercó y le abrazó. Carlos estuvo tentado de oponerse pero se dejó hacer-. Quiero comerte la boca y no parar hasta que amanezca…
-Pues parece que no estaban caducadas. Pero yo sigo sin sentir –fue incapaz de acabar la frase. Un profundo beso le cortó las palabras. Trató de liberarse sin ofender a Sandra-. Espera un poco. De momento no siento nada por ti.
Justo en ese momento la puerta del dormitorio se abrió sobresaltando a la pareja. Belén acababa de llegar a casa y, al ver que estaba desierta y en silencio, decidió irrumpir en la habitación de sus padres.
-¿Estáis bien? –preguntó asustada.
-Sí. Estamos bien –respondió Carlos tratando de fingir serenidad-. Estábamos mirando los recuer…
La frase se perdió en el aire sin que su dueño quisiera recuperarla. El mundo había cambiado de rumbo para él. Ante sus ojos se encontraba de repente el amor de su vida. Había sido un flechazo. Como en las películas. Pero, desgraciadamente, no estaba mirando a su mujer.

Capítulo siguiente.

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14
Abr.

Ciego de amor.

Atravieso la muchedumbre sin tropezar con nadie y, como cada tarde, me adentro en el vagón de metro. Los mismos sonidos que escucho cada día envuelven mis oídos sin que consigan estimularlos. Las puertas se cierran con un ruido sordo mientras los nervios invaden por completo mi cuerpo, esperando el momento.
-Pròxima estació…
Ya no escucho nada más. El eco de aquella voz femenina resuena en mi cabeza erizando el vello de mis brazos. “Que ganas tenía de volverte a oír”, pienso. “No he podido dormir en toda la noche por que solo pensaba en ti. Puede que esté loco por haberme enamorado de una voz de megafonía. Pero desde que te escuché por primera vez no ha existido nadie más. Me he obsesionado contigo y solo pienso en escucharte. Ojalá encontrara a la verdadera mujer que hay detrás de tu voz”.
-¿Quiere sentarse? –me pregunta una voz masculina cercana sacándome de mi ensoñación.
-Sí. Muchas gracias.
Me siento con dificultad, ayudado amablemente por la persona que me cede el asiento, y coloco el bastón entre mis piernas, aguardando con impaciencia el aviso de las próximas paradas. “No hay duda. He perdido el rumbo de mi vida. Esta obsesión acabará por volverme loco. Si es que no lo estoy ya”. Noto como el tren se detiene suavemente y los pasajeros abandonan con prisas el vagón. Soy incapaz de verles pero siento envidia de ellos. “Seguro que tienen a alguien que les espera impaciente en casa para recibirles con un abrazo. O desean llegar a tiempo a sus trabajos para tomarse un café caliente con sus compañeros mientras yo sigo aquí: muriéndome de nerviosismo cada vez que se cierran las puertas”.
El tiempo pasa y, sin que pueda precisar cuanto, la megafonía anuncia el final de la línea. Me pongo en pie y, ayudado por mi bastón, abandono el tren dirigiéndome lentamente hacia el ascensor. Por fortuna no tengo que subir ningún tipo de escaleras para cambiar de andén por lo que poco después me encuentro esperando de nuevo al metro, en sentido contrario al que vine.
“Que lejana resulta la época en la que aún podía ver a las personas que me rodean. Como se desmoronaba el mundo a medida que se hacía más intensa la agonía de perder la vista. El cambio fue progresivo pero acabó tan rápido que todavía no me he acostumbrado a estar en tinieblas. Ni a vivir solo. No hecho la culpa a mi mujer por haberme dejado. Era una carga para ella. Pero si me hubiera gustado tener más apoyos a la hora de retomar mi vida. Todavía recuerdo la primera vez que me atreví a salir de casa con la simple ayuda de este bastón. Como temblaba introduciendo las monedas en la máquina para sacar el billete. Pero todos mis temores se esfumaron cuando, tras entrar en el tren, escuché tu voz. Mi corazón dio un vuelco tras oírte. Como cada vez que me subo en el metro”.
-Próxima estació…
-Sant Antoni.
Vuelvo a mi casa. Me sería imposible confesar a nadie que paso las tardes cruzando subterráneamente Barcelona, solo por escucharte. Conozco cada palmo de sus entrañas sin necesidad de haberlas visto. La ceguera me lo impide. Aunque recorriera sus calles no podría admirar la belleza de sus rincones. Eso ya se acabó. Solo deseo no quedarme sordo y dejar de oírte.
-¿Quiere sentarse?
Me quedo paralizado ante aquella pregunta. El tiempo se detiene es este instante creando una burbuja que me separa del resto del mundo. Solo tengo oídos para aquella mujer.
-Perdone. Debe de estar cansado de estar de pie. ¿No quiere sentarse?
Unas palabras brotan de mis labios, surgidas directamente del corazón.
-Por fin te he encontrado.

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16
Feb.

Semana del amor: Viernes.

Si tu novia tenía ganas de hacer algún viaje por el día de San Valentín aprovecha el fin de semana para hacer una escapadita. Las compañías aéreas de bajo coste tienen unas ofertas muy buenas y podéis ir a cualquier ciudad de Europa por muy poco dinero (a las ofertas hay que sumarle las tasas y el bocadillo del aeropuerto, que no se yo que valdrá más caro). Si marcháis y volvéis el mismo día (el sábado es el mejor) te ahorras la noche de hotel (y los condones). Así también te da tiempo a irte de juerga con los colegas.

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15
Feb.

Semana del amor: Jueves.

Si te sientes culpable por que tu chico tu hizo un gran regalo y tú no le correspondiste (¿quién se lo iba a esperar?) aprovecha el día de hoy para comprarle alguna tontería. En las tiendas suelen haber ofertas sobre los artículos que no lograron encalomar el día anterior (un pastel en forma de corazón, un bonsai con las hojas marchitas…). Si te pone mala cara recuérdale como odias el día de San Valentín por ser una fiesta inventada y que tú prefieres entregar los regalos cualquier otro día.
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