Cuentos | Aletreando

Acerca de mí...

Que difícil es definirse a uno mismo cuando se es tan tímido como lo soy yo. Si tuviera que hacerlo con pocas palabras una de ellas sería la timidez. También la humildad, el tesón, y el buen humor. Si te sigue interesando saber más de mí (yo me lo haría mirar) solo tienes que pinchar un poco más abajo.

Leer más...

Relámpagos destacados.

Suscríbete al feed RSS

Por que el tiempo es más valioso que las palabras.

Si quieres ahorrarte las visitas diarias a la página apúntate al feed y recibirás cada actualización al momento. No hay nada más rápido ni más entretenido (descontando la eyaculación precoz).

17
Abr.

El dragón.

-Mejor el dragón que mamá -susurré al oído de mi hermanito. No pareció consolarse del todo aunque sí dejó de llorar-. ¿Vuelvo a leerte el cuento?
Mi hermanito recordaba continuamente a nuestra madre. Sobre todo en la cama, momento en el cual nos agazapábamos bajo las mantas mientras le leía cuentos con la ayuda de una vieja linterna.
-¿Qué le pasó al dragón? -preguntó enjugándose las lágrimas-.
-Marchó del reino buscando un nuevo príncipe.
-Como mamá -sentenció mi hermanito.
-Mamá volverá a buscarnos -mentí-.
El rector vociferó a lo lejos cortando nuestra conversación. Tocaba dormir en el orfanato.

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
12
Feb.

Infimocuentos: sin palabras de Jerry.

Este cuento lo escribí para los perezoso golden blogs, un concurso de relatos del blog de Bufón Digital. No dudéis en pasearos por allí.

-Te lo juro mamá –replicó la niña insistentemente. Su madre la miraba sin poder evitar una ligera sonrisa-. Jerry puede hablar.
El hámster degustaba una pipa, ajeno a la conversación, tras la cual se atusó vigorosamente los bigotes. Madre e hija lo miraban expectantes sin que las ansiadas palabras se produjeran.
-Es hora de que te vayas a la cama. Empieza a ser tarde.
-¡Pero mamá…!
-Estoy muy cansada. Llévate a Jerry a tu habitación y métete en la cama. Ahora iré a arroparte.
La niña marchó enfurruñada llevándose consigo la jaula del hámster mientras éste mullía su pequeño lecho de algodón. Entró en su dormitorio, colocó la jaula con su inquilino encima de la mesita de noche y se metió dentro de la cama apartando las mantas hacia un lado.
-¿¡Por qué no has hablado!? –preguntó furiosa dirigiéndose al hámster-. Mamá no me ha creído. ¡Tenías que haber hablado con ella!
-Eso no serviría de nada –comentó el hámster. Avanzó hacia los barrotes y se irguió agarrándose a ellos-. Puede que se volviese loca al oír hablar a un ratón. Seguramente pensaría que mi voz es fruto de su imaginación.
-¡Pero yo te escucho!
La madre entró en el dormitorio interrumpiendo el diálogo y se acercó hasta la niña alcanzándole uno de sus osos de peluche. Ésta lo abrazó con fuerza.
-Duerme tranquila –susurró mientras la arropaba-. Mañana tienes que levantarte pronto para ir al colegio.
-Pero…
-Ponte a dormir. Mañana me cuentas lo que quieras.
Acto seguido la madre marchó de la habitación apagando la luz y cerrando la puerta tras sus pasos. La niña quedó en penumbras mientras los pensamientos golpeaban con insistencia su cabeza. “¿Por qué no has hablado delante de mamá?”, pensó apretando aún más fuerte al muñeco. “Sé que puedes hacerlo. No es mi imaginación”.
-Yo creo que sí –replicó una vocecita proveniente de sus brazos-.

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
05
Feb.

Infimocuentos: encuentro con el pasado.

-¿Qué haces aquí solo? –pregunté mirando a aquel niño solitario erguido en el cruce de caminos. Su aspecto me resultaba ligeramente familiar-. ¿Estás esperando a alguien?
-A ti –respondió sin pestañear. Ante mi sorpresa procedió a explicarse-. Soy tu pasado y he venido a encontrarme contigo para comprobar que has cumplido todos mis deseos.
-¿Todos tus deseos? –repetí desconcertado-. ¿A que te refieres?
-A ver –el niño sacó una hoja de papel pintarrajeada-. ¿Eres astronauta?
-Siento decepcionarte pero no. Tan solo soy un delineante que trabaja en una oficina.
-Una cosa menos –hizo un pequeño tachón sobre la hoja-. ¿Has dado la vuelta al mundo?
-No. Lo más lejos que he ido ha sido a Andorra. Y ni siquiera pasé a Francia.
-¿Has luchado con un oso?
-¿Con un oso? –no pude evitar reírme. El niño frunció el ceño-. El animal más salvaje que he visto ha sido un perro callejero. Y acabó mordiéndome el culo.
-Que emocionante será mi vida. Espero que por lo menos tengas un coche deportivo.
-Tampoco. Tendrás que conformarte con mi Seat Ibiza. Lo compré hace poco de segunda mano.
-¿No has cumplido nada? –preguntó el niño con enojo-.
-Sí que he cumplido algo. Conseguí hacerme mayor. Tal como querías.
-¿Y no tienes que obedecer las órdenes de nuestros padres?
-Bueno, casi. Aún sigo viviendo en su casa –el niño abrió la boca en un gesto de sorpresa. Iba a replicarme pero le corté antes de que pudiera decir nada-. ¡Espera! He hecho planes.
-Vaya. Parece que seguimos comportándonos de la misma manera.
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
17
Ene.

Infimocuentos - Una extraña cartera.

María caminaba por la calle pensando en sus penurias económicas cuando se encontró en el suelo una raída cartera de piel marrón. La recogió pensando que quizá tendría algo de dinero y, al abrirla, descubrió con alegría un billete de cincuenta euros completamente nuevo. No había ningún documento que mostrase el nombre de legítimo dueño por lo que se apropió de la cartera y del valioso contenido. Continuó con su paseo y al cabo de media hora se encontraba en su casa hablando con su marido.
-Mira lo que me he encontrado –exclamó con alegría mostrándole el dinero-. Estaba dentro de esta cartera.
-¿Te la encontraste por la calle? –preguntó el marido-. Habrá que devolvérsela al dueño.
-No había nada dentro. Solo el billete.
-Que extraño –el marido cogió la cartera y la abrió mostrándose sorprendido-. Aquí hay otro billete de cincuenta euros. ¿No decías que no había nada más?
-No puede ser –su mujer le arrebató la billetera comprobando el inesperado contenido. Retiró el dinero cerrándola de nuevo y, al abrirla, otros cincuenta euros aparecieron en el mismo lugar que los dos anteriores. María no daba crédito-. ¿Cómo puede ser? –repitió varias veces la operación obteniendo idéntico resultado-. ¡Vamos a ser ricos!
La alegría les desbordó. Continuaron creando dinero hasta que consiguieron pagar la hipoteca, las tarjetas de crédito y el resto de deudas que les asfixiaban. Pero no se detuvieron ahí. Abrieron y cerraron la cartera hasta que pudieron cambiar su modesto utilitario por varios deportivos de alta gama, sus monótonas cenas en la soledad de su casa por veladas interminables en los mejores restaurantes de la ciudad, abandonaron a sus amigos de toda la vida por supuestos miembros de la “jet-set” y “farándula”… Pero pronto dejaron de cultivar cualquier amistad y actividad fuera del hogar. Sus antiguos amigos se extrañaron de los cambios que siguió sufriendo la pareja. Cada día que pasaba se mostraban más huraños y reservados. Pero lo más inconcebible era verles a través de los cristales abriendo y cerrando constantemente una extraña cartera.
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
27
Dic.

Infimocuentos: Los Santos Inocentes.

-¿Sabes que día es mañana? –preguntó el hada de los cereales. Estaba mucho más enterada en los temas humanos que su amiga, el hada de la fruta madura. Y le gustaba restregarle su profundo conocimiento-. Es el día de los Santos Inocentes.
-¿Los Santos Inocentes? –repitió con extrañeza su amiga-. ¿Y qué significa eso? ¿No se supone que todos los santos son inocentes?
-Es la conmemoración de una fecha importante para los cristianos –explicó el hada de los cereales-. La matanza de niños en Belén a cargo del rey Herodes.
-¿Y se conmemora una matanza? Desde luego estos humanos son realmente extraños.
-Y todavía no has escuchado lo mejor. Resulta –se acercó hasta el hada de la fruta madura y le susurró en el oído a modo de confidencia-. .. Resulta que se gastan bromas.
-¿Bromas? ¿Se gastan bromas para celebrar una matanza de niños? Seguro que te lo has inventado.
-En serio. Se gastan bromas. Desde los más ricos a los más pobres. Incluso los periódicos bromean.
-¿Y como es que no me había enterado antes? –preguntó el hada de la fruta madura. Era incapaz de asimilar tanto conocimiento de golpe-. No vivo en la ciudad, como tú. Pero también tengo contacto con los seres humanos.
-Bueno. Simplemente no habrá coincidido –el hada de los cereales hizo una pausa mientras sopesaba una idea que se le acababa de ocurrir-. ¿Quieres hacer un concurso?
-¿Un concurso? ¿Qué tipo de concurso?
-Podemos competir a ver quién consigue hacer más bromas. La que gane se queda con los polvos mágicos de la otra.
-¿Y cómo vamos a demostrar el número de bromas?
-Haremos fotos del momento en el que los seres humanos se den cuenta de que estábamos bromeando con ellos –el hada de los cereales le tendió la mano a su amiga-. ¿Hay trato?
-Lo hay.
Sellaron el acuerdo con un apretón de manos y se despidieron hasta el día siguiente. Ambas volvieron a encontrarse en el mismo manzano, propiedad del hada de la fruta madura.
-¿Qué tal te ha ido? –preguntó ésta con una amplia sonrisa en el rostro. En la cara de su amiga intuyó el fracaso-. No pareces muy contenta.
-Y no lo estoy –dijo el hada de los cereales sentándose pesadamente junto a su amiga-. Me ha ido fatal. ¿Y a ti?
-Mejor que bien. Mira las fotos –el hada de la futa madura le tendió una pila de imágenes-. En ésta cambié a un granjero una pera por un higo chumbo justo en el momento en el que la cogía. En ésta espanté un nido de avispas que había al lado de un niño. Mira como llora.
Tras varios minutos, y multitud de fotografías con maldades, le tocó el turno al hada de los cereales. Ésta sacó con vergüenza sus instantáneas y comenzó a pasárselas a su compañera. Todas se diferenciaban claramente. No había llantos, ni gente gritando, tampoco ningún enfado… Todos parecían alegres.
-Esta foto la hice tras poner una cáscara de plátano en el suelo. Y se calló un ladrón que huía de la policía. En ésta metí un petardo en un cigarro y el que se lo intentaba fumar me dio las gracias por ayudarle a dejarlo –el hada de los cereales sintió como la pena se apropiaba poco a poco de su ánimo-. En esta foto le quité un caramelo a un niño y la madre me dio las gracias por haberlo hecho. En ésta…
No pudo más y rompió a llorar. Su amiga la estrechó en un abrazo.
-¿Por qué te pones a llorar ahora? –preguntó el hada de la fruta madura mientras intentaba dar consuelo a su compañera-. Solo es un poco de polvo mágico. Volverás a tener más.
-No es por eso –dijo el hada de los cereales entre sollozos-. Es por que no sé hacer nada bien.
-No te preocupes. Eres tan buena que ni siquiera aposta puedes hacer maldades.
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
24
Dic.

Infimocuentos: Papá Noel.

-¿Eres Papá Noel? –la niña le miraba desde la puerta del comedor mientras se restregaba los ojos tratando de ahuyentar el sueño. Éste luchaba en contra suyo intentando cerrárselos-. ¿Has venido a traerme los regalos?
El hombre se giró acobardado dejando el valioso reloj sobre la repisa de la chimenea. Las brasas titilaban entre las cenizas quemándole la piel que no cubría el abultado traje rojo. Miró a la niña sin atreverse a decirle nada.
-¿Eres Papá Noel? –insistió. Avanzó lentamente hacia donde éste se encontraba-. Mi Mamá me ha dicho que me traerías muchos regalos. Este año he sido muy buena.
-¿Seguro? –una tos seca interrumpió las palabras del hombre. La voz que intentaba imitar era demasiado grave-… ¿Seguro que te has portado bien?

Las luces del árbol de navidad alumbraban la escena como una bola de espejos girando solitaria en una discoteca con solo dos personas sobre la pista. Ambas se miraban sin saber que decirse. Una de ellas estaba ilusionada ante la posibilidad de conocer a uno de sus sueños infantiles. La otra asustada al ser descubierta en sus propósitos. La base del árbol, que dominaba el centro de la estancia, estaba repleta de paquetes envueltos en vivos colores. La niña avanzó hasta ellos revolviéndolos hasta encontrar los que llevaban su nombre.
-Seguro que está todo lo que habías pedido –el hombre retrocedió lentamente hasta la ventana. Aún siendo una noche fría los cristales estaban abiertos de par en par-. Tengo que marcharme a visitar a otros niños.
-¡Espera! –gritó la niña dejando los regalos en su sitio. Acto seguido corrió hacia el hombre. Éste no pudo reprimir el pánico-. Quiero darte las gracias –la niña se colgó del traje obligando a su dueño a agacharse-. Y darte un beso –puso los labios en cada una de las mejillas del hombre plantándole un sonoro beso-. ¿Te acordarás de todo lo que te pedí?
-Claro –la garganta le dolía con cada palabra que articulaba-. Lo tienes todo bajo el árbol.
-Los regalos no. Quiero que me traigas a mi papá.
El silencio se hizo nuevamente entre los dos. Ambos se miraban teniendo los ojos a la misma altura. Tras unos segundos el hombre consiguió levantarse sin ofender a la niña. Acarició con dulzura su cabeza y se encaramó a la ventana.
-Quizá mañana tu padre venga a visitarte. Aunque puede que no se haya portado tan bien como para merecer verte.
Tras las últimas palabras el hombre desapareció de un salto hacia la calle. La niña se aupó tratando de divisarle pero la oscuridad del jardín, unida a la bruma nocturna, ocultó su llamativo traje. “Como me gustaría volver a verte, Papá”, pensó la niña mientras cerraba la ventana. Aún tenía los ojos de papá Noel en mente. Unos ojos que le resultaban curiosamente familiares. “Estoy seguro de que vendrá. Mi padre siempre se ha portado bien”.
“Casi me reconoce”, pensaba el hombre mientras saltaba la valla del jardín tratando de no engancharse en el alambre de espino. “¿Por qué se me ocurriría esta idea absurda? Recuperar mis cosas entrando de noche en mi casa no ha estado bien. Por fortuna me disfracé de Papá Noel”. Abrió la puerta del coche, aparcado cerca de la valla, y depositó dentro el saco con todos los objetos. “Menos mal que mi ex mujer sigue contándole el mismo cuento a la niña”.

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
26
Nov.

Infimocuentos: Estrellas en lata (III).

-Toma mi amor –el joven sacó un paquete envuelto en papel de regalo y se lo tendió a su amada. Ésta lo cogió sorprendida-. No he podido resistirme a comprarte esto.
-No tenías por que hacerlo –dijo la chica mientras abría el presente-. Hoy no es nuestro aniversario. Ni es ningún día especial.
-Todos los días que paso contigo son especiales –un beso tierno les unió momentáneamente-. Pasé por delante del puesto de un mercader y me encantó. Estoy seguro de que te pasará lo mismo.
-¿¡Y esto que es!?
La sorpresa de la joven se transformó en incredulidad. Sostenía entre las manos una lata de metal oxidada que contrastaba terriblemente con la calidad y decoración del envoltorio.
-Sé que a simple vista no parece más que una lata. Pero es mucho más que eso. El mercader me aseguró que está llena de estrellas –su amada le lanzó una mirada de descrédito-. Sí, es verdad. Está llena de estrellas. Las liberaremos y cada vez que miremos al cielo nos recordarán lo mucho que nos amamos.
-¿Estás seguro de lo que dices? Yo no apostaría por un objeto tan miserable.
-Verás como sí. Coge de un lado de la tapa –la chica asió un extremo del rectángulo de metal mientras él hacía lo propio con el otro-. Cuando cuente tres la levantamos. Uno, dos, tres…
Abrieron la tapa y al instante se produjo un fogonazo sordo seguido de un largo y decreciente silbido. La pareja tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos clavaron su vista en el cielo. Y allí estaban sus nuevas estrellas luchando por hacerse con un hueco entre sus hermanas. Brillaban mucho más que el resto por lo que era fácil identificarlas y darles bautizo.
-Ésa será Susana, como tú –dijo el joven señalando una de las estrellas-. Y esta otra se llamará Iván, como yo.
-¿Y la tercera? ¿Qué nombre le ponemos?
-Julián. Como nuestro futuro hijo.
-El fruto de nuestro amor…
Se abrazaron huyendo del frío nocturno mientras compartían sus sueños con las nuevas amigas. Y así sería durante cada una de las noches que siguieron hasta que una, tras una fuerte discusión, la mujer abandonó al hombre llevándose consigo al hijo de la pareja y sumiendo a Iván en la más profunda de las depresiones. Éste no visitó de nuevo el mundo que se abría ante los pies de su casa. Tampoco volvió a contemplar las estrellas por miedo a los recuerdos que le traían sus amigas. Una noche, harto de llorar por la melancolía, salió a la calle escudriñando la oscuridad del cielo, que tan bien conocía.
-Hola Iván .saludaron las estrellas-. Hace tiempo que no te veíamos.
-Es que estoy encerrado en mi propio despecho. Susana se marchó llevándose mi corazón. Y ahora solo soy un esclavo de mis recuerdos.
-Te comprendemos. Y sabemos que para alcanzar la libertad solo hay que liberarse de la tapa que nos mantiene atrapados,
-Eso no es tan sencillo. Si no fuera por nuestra ayuda aún seguiríais en aquella lata.
-Como bien dices hay ocasiones en las que nos hace falta ayuda. Y nosotras te ayudaremos a salir de tu lata. Solo tienes que prescindir de sus fotos, sus objetos, las caricias que guardaste en tu memoria… Todo aquello que te recuerde a ella. Entonces serás libre.
Iván obedeció y aquella misma noche se desprendió de todos los objetos que atesoraba de su amada haciendo un tremendo esfuerzo por olvidarla. Pronto el despecho marchó junto con la melancolía. Susana jamás se esfumó del fondo de su corazón pero, al menos, pudo proseguir con su vida.

Anterior.

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
02
Nov.

Relatalia.

Me he estado pasando por Relatalia y veo que aún le falta un empujoncito para arrancar. No es que yo pueda hacer mucho pero lo intentaré.
Uberum estuvo pensando: ¿por qué no hacer una web al estilo Meneame pero en vez de con noticias con relatos? Y así nació Relatalia. Allí puedes enviar todas tus historias preferidas. De tus páginas favoritas e, incluso, las tuyas propias. No dudes en participar. Puedes votar tus preferidas y hacer comentarios sobre las que has leído. Pero lo más importante: no hay voto negativo. Lo más negro de las webs sociales.
Como dice su lema, déjate de cuentos y envía tu relato.
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
22
Oct.

Infimocuentos: el hada de los cereales.

Apenas tenía ganas de prepararme el desayuno pero hice un esfuerzo. Eché un largo chorro de café a la taza de leche y lo serví en la mesa tras calentarlo en el microondas. Cogí la caja de los cereales y la coloqué junto al café. Acto seguido me senté apoyando los codos sobre la mesa y hundiendo mi cara entre las palmas de mis manos. Permanecí en tinieblas durante varios minutos mientras aguantaba las lágrimas.
-¿¡Por qué me tiene que pasar a mí!? –grité. Los posibles cotilleos de los vecinos eran los únicos que contenían mi rabia-. ¿Por qué se habrá liado con otra?
No me importaba estar hablando sola. Necesitaba desahogarme de mis penas. Y ahora ya no tenía a nadie con quién hacerlo.
-¡HIJO DE PUTA!
Levanté la cabeza al tiempo que golpeaba la mesa con todas mis fuerzas. La taza volcó vertiendo el contenido sobre el mantel. Los cereales también cayeron desparramándose sobre el charco de café con leche. Y, ante mi sorpresa, una vocecilla surgió del interior de la caja.
-¡Ten cuidado! –escuché. La voz era terriblemente aguda. Y muy floja-. ¡Por poco me matas! –un diminuto personaje salió al exterior tratando de no caerse con el estropicio de la mesa-. ¡Espero que tengas una buena razón para haberme despertado de esta manera!
Me pellizqué con fuerza el antebrazo izquierdo pero no estaba soñando. Un extraño ser plateado, de apenas diez centímetros, me observaba con enfado desde el mantel. Unas largas alas transparentes, como las de una libélula, le colgaban de los hombros hasta casi rozar la mesa. Los rasgos corporales evidenciaban su sexo femenino.
-¿No te vas a disculpar? –me preguntó iracunda. Su voz sonaba más fuerte tras salir de la caja. Pero también más estridente-. ¿Por qué me has despertado?
-No era mi intención –traté de disculparme-. Nunca podría haber imaginado que alguien viviera en mis cereales –me agaché para observarla con más detenimiento. Su rostro había perdido el enfado-. ¿Quién eres tú?
-Soy el hada de los cereales –contestó haciendo una reverencia-. Entiendo que mi presencia te sorprenda. Lo que no comprendo es tu comportamiento. ¿Por qué golpeaste la mesa?
-Es que… Mi vida es una mierda. Todo me sale mal.
-¿Una mierda? –repitió con su voz de pito-. Seguro que no es para tanto.
-¿Qué no es para tanto? –no podía creerlo. Aquella hada no solo aparecía por sorpresa de un paquete de cereales sino que también ponía en duda los motivos para descargar mi furia-. Mi novio me ha engañado, me putean en el trabajo, no tengo dinero para llegar a fin de mes… ¿No es para perder los nervios?
-Cálmate –dijo el hada mientras se acercaba hacia mi cara-. Voy a ayudarte. Verás como tu suerte cambia –se detuvo a escasos centímetros de mi nariz mientras se frotaba enérgicamente el ojo izquierdo hasta conseguir una diminuta lágrima. Acto seguido me la alcanzó-. Toma. Guárdala.
La cogí con delicadeza y noté, con sorpresa, que había dejado de ser líquida. Tenía la consistencia y el aspecto de una perla, aunque bastante más pequeña.
-¿Es un amuleto? –pregunté al tiempo que guardaba la lágrima en el bolsillo-.
-Algo así. Llévala hoy contigo y mañana me cuentas.
Tras estas palabras levantó el vuelo introduciéndose de vuelta a la caja de los cereales. Ésta se irguió por arte de magia. “¿Será verdad lo que han visto mis ojos?”, pensé. Palpé mi bolsillo. “Aquí está la lágrima. Tendré que comprobar si funciona”. Terminé de desayunar y agarré la chaqueta saliendo con celeridad de mi casa. Bajé las escaleras en un suspiro y, justo cuando di el primer paso sobre la acera, mi pie aplastó una mierda de perro. “¿Esto es buena o mala suerte?”. Según transcurría el día se confirmaba la segunda opción. Perdí el metro, llegué tarde al trabajo, me manché el jersey con la tinta de la impresora, me quedé sin papel en el baño justo cuando más lo necesitaba… Y sufrí la peor bronca posible de mi jefe, estando al borde del despido. Y los incidentes no acabaron hasta que pude volver a mi casa y aislarme del resto del mundo metiéndome en la cama. No podía decirse que el amuleto me hubiera servido de mucho. Y así se lo hice saber al día siguiente al hada de los cereales.
-¿Estás más contenta? –me preguntó sonriendo-. ¿A que te fue todo bien?
-¿Todo bien? –ironicé mientras arrojaba la lágrima sobre la mesa-. ¡Con tu amuleto las cosas todavía me han ido peor!
-Espera… ¿Por qué ojo la saqué?
-Creo que –la situación me parecía cada vez más absurda-… Del izquierdo.
-¡Claro! –exclamó el hada-. Me equivoqué. Ya verás como mañana será diferente –repitió el proceso del día anterior cambiando de ojo-. Tu vida dará un giro. Ya lo verás.
Estaba indecisa pero decidí darle otra oportunidad. Salí a la calle con temor mirando hacia todos los lados. Gracias a eso pude esquivar una maceta que se precipitaba a toda velocidad contra mi cabeza. Temblando traté de cruzar un paso de cebra con tan mala suerte que un coche perdió los frenos justo cuando trataba de usarlos. Por fortuna también lo esquivé. Y fue demasiado para mí. Volví corriendo a mi casa, entré jadeando al comedor y cogí la caja de los cereales, junto con ambas lágrimas, metiéndolo todo dentro del cubo de la basura. Acto seguido la bajé depositándola junto al contenedor. En adelante jamás volvería a quejarme de mi mala suerte. Ahora sabía por experiencia que todo podría marchar peor.
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...
05
Oct.

Infimocuentos: el repartidor de flores.

Sebastián era un enterrador de tercera generación dedicado en exclusiva al cementerio de un pequeño pueblo de montaña. La única herencia que había tenido de sus padres era aquel oficio extraño que desde siempre le había obligado a ser un solitario. Pero eso encajaba con su carácter. Jamás había tenido la necesidad de entablar conversación con nadie. A excepción de los muertos. Y, como solía decir él, eran la mejor compañía para un hombre de limitadas palabras.
Cada mañana, con la salida del sol, inspeccionaba el estado de su querido camposanto. Vigilaba los panteones, cavaba nuevas fosas, limpiaba el suelo de hojas secas… Y lo que más le gustaba: repartía las flores que consideraba sobrantes entre otras tumbas, olvidadas desde hacía tiempo por sus familiares. Se consideraba a sí mismo el Robin Hood mortuorio. “Los menos recordados también tienen derecho a recibir un ramo”, pensaba.
Una de aquellas mañanas se percató de un nicho, ocupado recientemente. Pero, a excepción de los otros, ninguna inscripción revelaba el nombre del inquilino. Una placa de granito negro era su único adorno. “Que solo debes de estar ahí dentro. Te traeré unas flores para que te hagan compañía”. Minutos después un gran jarrón de narcisos decoraba con majestuosidad la tumba. Satisfecho con el trabajo Sebastián continuó con sus quehaceres rutinarios.
Pasaron los días sin que nada volviese a llamar la atención del enterrador. Hasta que uno de ellos, al pasar de nuevo por aquel nicho, observó que las flores no habían marchitado. Permanecían intactas. Igual de frescas. “Que extraño. Son las mismas que puse yo. No puede haber venido nadie a cambiarlas”. Y desde aquel día lo primero que hacía nada más levantarse era comprobar el estado de las flores. Pero por más que pasaba el tiempo seguían igual que plantadas en tierra. Y no solo los narcisos. Cualquier otra planta que colocase allí se comportaba de la misma manera. “A veces los espíritus que habitan la tumba les absorben la vida, ávidos de continuar en este mundo. Entonces las flores envejecen en seguida. Hay otros que asumen la muerte más rápidamente sin necesidad de materializar ese deseo. Pero jamás había visto una planta inmarchitable”. Instigado por la curiosidad golpeó repetidamente la lápida. Algo se removió en el interior del nicho.
-¿Hay alguien? –preguntó Sebastián en voz alta-. ¿Estás todavía dentro?
Una nube vaporosa atravesó el granito adoptando la figura de una persona anciana. Sus rasgos estaban desdibujados. Pero, aún así, su rostro iracundo permanecía perceptible.
-¡Déjame en paz! –replicó el espíritu enfadado-. ¡No quiero que me molestes!
-Perdone –el enterrador midió sus palabras. Sabía como comportarse en esos casos-. Solo quería hacerle una pregunta –la ira de su interlocutor se hacía cada vez más patente-. ¿Cómo es que no se marchitan las flores en su tumba?
-¿Si te lo digo me dejarás solo? –Sebastián asintió-. Quiero abandonar el mundo de los vivos en soledad. Nunca he tenido a nadie a mi lado. Y ahora que casi no existo prefiero seguir de esa manera.
Hizo una cabriola extraña atravesando de nuevo el granito, esta vez hacia dentro del nicho.
-¡Espera! ¡Dime lo de las flores!
-¡Las he mantenido vivas para que no te acercaras! –la voz sonaba lejana y apagada-. Pero veo que ha resultado ser lo contrario. ¡No vuelvas a traerme nada!
Sebastián se marchó y nunca más volvió a acercarse a aquella tumba. Si el espíritu deseaba extinguir su vida en soledad era su decisión. Ni siquiera él mismo tenía derecho a quebrantarla.

Este cuento está dedicado a Rakel por haberme dejado inspirarme (o robarle) en su personaje.
Gracias!

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (¿Qué te ha parecido la entrada? Vótala...)
Loading ... Loading ...