Infimocuentos | Aletreando

Acerca de mí...

Que difícil es definirse a uno mismo cuando se es tan tímido como lo soy yo. Si tuviera que hacerlo con pocas palabras una de ellas sería la timidez. También la humildad, el tesón, y el buen humor. Si te sigue interesando saber más de mí (yo me lo haría mirar) solo tienes que pinchar un poco más abajo.

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03
Jun.

Infimocuentos: la mujer desnuda.

Marco era un pintor atormentado por una maldición que día a día pesaba más sobre su existencia.
-Quiero que mis lienzos se vendan como oro en paño -le había suplicado al brujo errante-.
-Está bien -le contestó éste-. Serás el pintor en vida mejor pagado de la historia pero a cambio ninguna persona querrá saber nada más de ti. A los ojos de los demás solo serás un vulgar pintor.
“Solo serás un vulgar pintor”. Diariamente escuchaba Marco esas palabras. Se repetían hasta la saciedad en su mente mientras deambulaba de mercado en mercado ganándose unas monedas haciendo retratos o pequeñas caricaturas. “Si al menos pudiera pintar a una mujer desnuda”, pensó mientras levantaba su pequeño caballete próximo a una de las esquinas del mercado. Acto seguido le vinieron de nuevo las palabras del mago. “La única manera de romper la maldición es pintando a una mujer desnuda. Retrata con detalle cada una de sus curvas hasta atraparla en el lienzo y tus penas se habrán acabado”. En el preciso momento de escucharlas creyó que sería fácil. Pero no había contado con que nadie entablaría la suficiente conversación con él como para pedirle una pintura de esas características. Y mucho menos las mujeres cuya fama de supuesto acosador le precedía a su pesar varios pueblos por delante. Jamás se le acercaba ninguna a quince metros a la redonda.
¿Te pica la curiosidad? Pues sigue leyendo…

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09
Abr.

Infimocuentos: un susto de amigo.

-¡BUUUUU!
El chico, lejos de asustarse ante aquella extraña aparición, le preguntó con curiosidad.
-¿Quién eres tú? ¿Y qué haces en mi casa?
-¿No te he asustado? -le preguntó el fantasma claramente frustrado. Parecía no poder aguantar el llanto-. ¿Ni siquiera un poco?
Y rompió a llorar desconsoladamente. Las lágrimas brotaban de sus traslúcidos ojos infantiles y desaparecían conforme se acercaban al suelo dotando a la escena de un aspecto fantasmagórico, a la par que cómico. La estatura del fantasma no disimulaba su corta edad a pesar de flotar casi veinte centímetros en el aire. El chico, viendo que el fantasma no dejaba de llorar, decidió consolarle.
-No hace falta que te pongas así. Me has asustado pero he preferido interiorizar el miedo. Es que soy muy tímido.
-Lo dices para animarme -dijo el fantasma enjugándose las lágrimas. Éstas desaparecían bajo su extremidad vaporosa-. Pero sé que no te he asustado. Todavía no he conseguido asustar a nadie. Soy un fracaso.
-No digas eso -dijo el chico frotándole la espalda. Su mano se hundió en el cuerpo de la aparición-. Vaya. Si me descuido te atravieso -sacó la mano observándola con disimulo. Estaba intacta-. No me has asustado porque yo no suelo tener miedo. He visto demasiadas películas.
-¿Los humanos ya no tenéis miedo? -el chico se encogió de hombros-. Desde que nací no he conseguido asustar a nadie. Soy una vergüenza para el gremio de los fantasmas.
-No todos los humanos se asustan ante las apariciones. Tendrías que aprender a utilizar tus capacidades.
-¿Aprender? -repitió el fantasma-. ¿Y cómo lo hago?
-Yo puedo ayudarte -el chico salió de la habitación volviendo al cabo de un minuto con unas revistas de cine en la mano-. Aquí está lo que más nos asusta a los humanos. Puedes tomar las fotos como modelo.
El fantasma ojeó las revistas poniendo especial atención a las fotografías de monstruos cinematográficos. Una sonrisa maliciosa apareció en su rostro etéreo.
-¿Esto es lo que os asusta? -preguntó el fantasma clavando la mirada en la imagen de un “Alien”-. Pues no sé si seré capaz de adoptar estas formas sin hacer el ridículo. ¿Que va a pensar mi madre?
-¿Y por qué no ensayas conmigo? -el fantasma se sorprendió ante la proposición del chico-. No pongas esa cara. Quiero ayudarte.
-¿Y por qué lo haces? He intentado asustarte.
-Soy demasiado tímido y no sé cómo acercarme a la gente. Esta vez te has acercado tú y no quiero desaprovechar esta oportunidad. Nunca he tenido amigos.
-Tampoco yo he tenido amigos. Los fantasmas somos solitarios -la aparición dejó las revistas en el suelo y se dispuso a iniciar sus prácticas antes de que su interlocutor se arrepintiera-. ¿Estás preparado? -el chico asintió-. Intentaré parecerme a aquel bicho negro.
Una explosión blanca envolvió con un humo del mismo color la silueta del fantasma desapareciendo segundos después para dejar al descubierto un descomunal monstruo de color negro brillante que chorreaba litros de saliva por su prominente mandíbula. Sus garras se movían a escasos centímetros del chico amenazando con despedazarle pero no hubo necesidad de hacerlo. Ante la horrenda visión que se abría ante sus ojos cayó fulminado al suelo quedando tendido e inmóvil.
-¿Estás bien? -preguntó el fantasma adoptando su forma original. El chico no respondió. Tampoco respiraba-. Tenemos que seguir practicando. No creo que lo haya hecho tan bien -solo el silencio se movió-. O quizá sí.

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04
Mar.

Infimocuentos: prácticas de genio.

-¿De verdad eres un genio? –preguntó el chico mirando a aquella aparición-. ¡No puede ser! ¡No tienes aspecto de genio!
De la lámpara que sostenía en la mano salía una fina columna de humo denso adoptando en el extremo la forma de una persona ataviada con vestimenta oriental. Parecía el típico personaje de cuento de hadas pero había algo que le hacía demasiado extraño, si es que la aparición de un genio no lo era ya demasiado. Bajo el chaleco de piel marrón tenía tatuada sobre el pecho una gran L blanca sobre un rectángulo de color verde.
-¿Te parece extraño? –preguntó el genio tras darse cuenta de que el chico le estaba mirando la L-. Es lo que parece: un cartel de prácticas. Aunque no lo creas los genios también tenemos que pasar por la escuela.
-¡No puede ser! –repitió el chico soltando la lámpara, que cayó con estruendo. La columna de humo se estiró pero el genio permaneció en el sitio, flotando a un metro del suelo-.
-¿Vas a dejar de repetir eso? No tengo todo el día. Tengo clase de materialización de deseos a las –miró su muñeca derecha al tiempo que aparecía un reloj de arena-… Tres. O sea. Dentro de media hora.
-¿Y qué es lo que tengo que hacer? –preguntó el chico tratando de recomponerse-. ¿Pedir tres deseos?
-Veo que también te has leído el cuento –respondió el genio aplaudiendo con ironía-. Has acertado. Tienes tres deseos. Aunque con ciertas condiciones.
-¿Qué condiciones?
-Verás. Como estoy de prácticas no puedo conceder todos los posibles deseos. Ni los he estudiado por completo ni los he practicado. Por lo que pide alguno y te diré si puedo materializarlo o no.
-A ver –dijo el chico mientras rebuscaba entre sus profundos deseos-… ¡Me gustaría ser millonario!
-Mira que eres clásico. Lástima que no pueda ser. Ahora entiendo por que decía nuestro profesor que teníamos que practicar a fondo el deseo de la riqueza.
-¿No puedes hacerme millonario?
-Yo si quieres lo intento. Pero si te convierto en un “sintecho” para el resto de tu vida no vengas después a quejarte.
-Déjame pensar en otro… ¡Ya está! ¡¡Quiero conocer al amor de mi vida!
-Mira que tienes mala suerte. Todavía no lo hemos dado. Aunque me he leído el temario por encima y creo que podré hacerlo.
-Déjalo entonces –dijo el chico tratando de detener al genio. No tenía ningunas ganas de que fallase-. ¿Y que deseos puedes hacer?
-Déjame que piense –el genio hizo una pausa para pensar mientras contaba con los dedos de las manos-. Puedo traerte un ramo de flores, convertirte en abeja, hacerte actor porno, transformarte en un bello travesti, en perro…
-¿Y para qué querría yo transformarme en perro? –preguntó el chico a punto de perder la paciencia-.
-No sabes la cantidad de vagos que tendrían la vida solucionada con eso. Está en el puesto treinta y seis de nuestra lista de los más deseados.
-Creo que será mejor que vuelvas a tu lámpara y me olvide de los deseos. No me atrae ninguno de los que me has dicho.
-¿Estás seguro? –preguntó el genio esbozando una sonrisa maliciosa-. Ten en cuenta que sólo puede aparecerte un genio una vez en la vida. Si desaprovechas esta oportunidad jamás volverás a tener esa suerte.
-Está bien. Pues conviérteme en perro. Al menos para probar como se siente. Luego haz que vuelva a ser persona.
El genio hizo unas cabriolas en el aire, alzó las manos y, bajándolas enérgicamente, apuntó con ellas al chico. Se produjo una explosión seguida de una gran nube de humo. Al cabo de unos segundos saltó de la nube un macho de pastor alemán.
-¡Me ha salido bien! –exclamó el genio girando sobre sí mismo-. ¡Es la segunda vez que me sale! –el perro se acercó hasta él y comenzó a ladrarle con ímpetu-. Vaya. No voy muy bien en idiomas. Y ahora que recuerdo tampoco sé como recuperar la forma de las personas –el perro se abalanzó sobre el genio tratando de morderlo pero éste se esfumaba bajo su mandíbula-. Vaya. Parece que ha llegado la hora de volver a clase.
Y, tras una última explosión, desapareció.
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12
Feb.

Infimocuentos: sin palabras de Jerry.

Este cuento lo escribí para los perezoso golden blogs, un concurso de relatos del blog de Bufón Digital. No dudéis en pasearos por allí.

-Te lo juro mamá –replicó la niña insistentemente. Su madre la miraba sin poder evitar una ligera sonrisa-. Jerry puede hablar.
El hámster degustaba una pipa, ajeno a la conversación, tras la cual se atusó vigorosamente los bigotes. Madre e hija lo miraban expectantes sin que las ansiadas palabras se produjeran.
-Es hora de que te vayas a la cama. Empieza a ser tarde.
-¡Pero mamá…!
-Estoy muy cansada. Llévate a Jerry a tu habitación y métete en la cama. Ahora iré a arroparte.
La niña marchó enfurruñada llevándose consigo la jaula del hámster mientras éste mullía su pequeño lecho de algodón. Entró en su dormitorio, colocó la jaula con su inquilino encima de la mesita de noche y se metió dentro de la cama apartando las mantas hacia un lado.
-¿¡Por qué no has hablado!? –preguntó furiosa dirigiéndose al hámster-. Mamá no me ha creído. ¡Tenías que haber hablado con ella!
-Eso no serviría de nada –comentó el hámster. Avanzó hacia los barrotes y se irguió agarrándose a ellos-. Puede que se volviese loca al oír hablar a un ratón. Seguramente pensaría que mi voz es fruto de su imaginación.
-¡Pero yo te escucho!
La madre entró en el dormitorio interrumpiendo el diálogo y se acercó hasta la niña alcanzándole uno de sus osos de peluche. Ésta lo abrazó con fuerza.
-Duerme tranquila –susurró mientras la arropaba-. Mañana tienes que levantarte pronto para ir al colegio.
-Pero…
-Ponte a dormir. Mañana me cuentas lo que quieras.
Acto seguido la madre marchó de la habitación apagando la luz y cerrando la puerta tras sus pasos. La niña quedó en penumbras mientras los pensamientos golpeaban con insistencia su cabeza. “¿Por qué no has hablado delante de mamá?”, pensó apretando aún más fuerte al muñeco. “Sé que puedes hacerlo. No es mi imaginación”.
-Yo creo que sí –replicó una vocecita proveniente de sus brazos-.

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05
Feb.

Infimocuentos: encuentro con el pasado.

-¿Qué haces aquí solo? –pregunté mirando a aquel niño solitario erguido en el cruce de caminos. Su aspecto me resultaba ligeramente familiar-. ¿Estás esperando a alguien?
-A ti –respondió sin pestañear. Ante mi sorpresa procedió a explicarse-. Soy tu pasado y he venido a encontrarme contigo para comprobar que has cumplido todos mis deseos.
-¿Todos tus deseos? –repetí desconcertado-. ¿A que te refieres?
-A ver –el niño sacó una hoja de papel pintarrajeada-. ¿Eres astronauta?
-Siento decepcionarte pero no. Tan solo soy un delineante que trabaja en una oficina.
-Una cosa menos –hizo un pequeño tachón sobre la hoja-. ¿Has dado la vuelta al mundo?
-No. Lo más lejos que he ido ha sido a Andorra. Y ni siquiera pasé a Francia.
-¿Has luchado con un oso?
-¿Con un oso? –no pude evitar reírme. El niño frunció el ceño-. El animal más salvaje que he visto ha sido un perro callejero. Y acabó mordiéndome el culo.
-Que emocionante será mi vida. Espero que por lo menos tengas un coche deportivo.
-Tampoco. Tendrás que conformarte con mi Seat Ibiza. Lo compré hace poco de segunda mano.
-¿No has cumplido nada? –preguntó el niño con enojo-.
-Sí que he cumplido algo. Conseguí hacerme mayor. Tal como querías.
-¿Y no tienes que obedecer las órdenes de nuestros padres?
-Bueno, casi. Aún sigo viviendo en su casa –el niño abrió la boca en un gesto de sorpresa. Iba a replicarme pero le corté antes de que pudiera decir nada-. ¡Espera! He hecho planes.
-Vaya. Parece que seguimos comportándonos de la misma manera.
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24
Ene.

Infimocuentos: apariciones.

-Necesito una mujer con la que desfogarme -comentó en voz alta el caballero mientras descansaba en la orilla de un estanque. Su montura pastaba a escasos metros-. Todavía no conozco el fruto de lo prohibido –solo los sapos contestaban su discurso. Éstos, y su caballo, eran los únicos seres vivos que acompañaban al caballero-. Tengo edad para desposarme y aún no he conocido mujer que se rinda a mis encantos.
De repente uno de los sapos dio un gran salto fuera del agua y, con otro par de brincos, se situó ante el caballero. El comportamiento de aquel animal le pareció especialmente extraño pero su sorpresa fue mayor al ver lo que ocurría a continuación. Sonó una pequeña explosión formándose una nube de humo denso y blanco de la que surgió una doncella joven y atractiva con el cuerpo desnudo cubierto únicamente por un pañuelo de seda azul.
-He escuchado que buscáis a una mujer con la que desfogaros –susurró la doncella con voz sensual-. Y hoy es vuestro día de suerte, caballero.
-Pero –balbuceó éste. La sorpresa se había transformado en deseo empujándole irremediablemente hacia aquella aparición. Aunque había algo que conseguía frenarle-… ¿De dónde habéis salido? ¿No seríais vos el sapo que saltó a mis pies?
-Así es –contestó la mujer mientras acariciaba la coraza de cuero del caballero-. Pero como veis ahora ya no.
La doncella selló los labios del caballero con un asfixiante beso al tiempo que guiaba las manos de éste hacia sus pechos. El pañuelo se deslizó con suavidad hacia el suelo siendo testigo de excepción de la escena amorosa. El caballero no tardó en desplazar sus manos por el resto del cuerpo de su aparecido amante pero, cuando llegó a las piernas, se detuvo en seco y, con un repentino empujón, desplazó a la doncella, que acabó precipitándose al suelo.
-¿¡Qué os pasa!? –gritó furiosa-. ¿¡No decíais que buscabais a una mujer con la que desfogaros!?
-Dije una mujer no un sapo –contestó el caballero con desdén-. No puedo imaginaros con otro cuerpo que no sea el de un sapo. Y me dais asco.
-¿Os doy asco? –la doncella se levantó enarbolando una pícara sonrisa-. Quizá debáis situaros a mi misma altura –la nube de humo hizo de nuevo aparición aunque esta vez envolvió al caballero. Segundos más tarde un orondo sapo surgió saltando de ella-. Ahora quizá tengáis ganas de acostaros conmigo –hizo una pausa mientras se agachaba a la misma altura que el transformado caballero-. Aunque ahora que lo pienso. También me dan asco los sapos.
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17
Ene.

Infimocuentos - Una extraña cartera.

María caminaba por la calle pensando en sus penurias económicas cuando se encontró en el suelo una raída cartera de piel marrón. La recogió pensando que quizá tendría algo de dinero y, al abrirla, descubrió con alegría un billete de cincuenta euros completamente nuevo. No había ningún documento que mostrase el nombre de legítimo dueño por lo que se apropió de la cartera y del valioso contenido. Continuó con su paseo y al cabo de media hora se encontraba en su casa hablando con su marido.
-Mira lo que me he encontrado –exclamó con alegría mostrándole el dinero-. Estaba dentro de esta cartera.
-¿Te la encontraste por la calle? –preguntó el marido-. Habrá que devolvérsela al dueño.
-No había nada dentro. Solo el billete.
-Que extraño –el marido cogió la cartera y la abrió mostrándose sorprendido-. Aquí hay otro billete de cincuenta euros. ¿No decías que no había nada más?
-No puede ser –su mujer le arrebató la billetera comprobando el inesperado contenido. Retiró el dinero cerrándola de nuevo y, al abrirla, otros cincuenta euros aparecieron en el mismo lugar que los dos anteriores. María no daba crédito-. ¿Cómo puede ser? –repitió varias veces la operación obteniendo idéntico resultado-. ¡Vamos a ser ricos!
La alegría les desbordó. Continuaron creando dinero hasta que consiguieron pagar la hipoteca, las tarjetas de crédito y el resto de deudas que les asfixiaban. Pero no se detuvieron ahí. Abrieron y cerraron la cartera hasta que pudieron cambiar su modesto utilitario por varios deportivos de alta gama, sus monótonas cenas en la soledad de su casa por veladas interminables en los mejores restaurantes de la ciudad, abandonaron a sus amigos de toda la vida por supuestos miembros de la “jet-set” y “farándula”… Pero pronto dejaron de cultivar cualquier amistad y actividad fuera del hogar. Sus antiguos amigos se extrañaron de los cambios que siguió sufriendo la pareja. Cada día que pasaba se mostraban más huraños y reservados. Pero lo más inconcebible era verles a través de los cristales abriendo y cerrando constantemente una extraña cartera.
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27
Dic.

Infimocuentos: Los Santos Inocentes.

-¿Sabes que día es mañana? –preguntó el hada de los cereales. Estaba mucho más enterada en los temas humanos que su amiga, el hada de la fruta madura. Y le gustaba restregarle su profundo conocimiento-. Es el día de los Santos Inocentes.
-¿Los Santos Inocentes? –repitió con extrañeza su amiga-. ¿Y qué significa eso? ¿No se supone que todos los santos son inocentes?
-Es la conmemoración de una fecha importante para los cristianos –explicó el hada de los cereales-. La matanza de niños en Belén a cargo del rey Herodes.
-¿Y se conmemora una matanza? Desde luego estos humanos son realmente extraños.
-Y todavía no has escuchado lo mejor. Resulta –se acercó hasta el hada de la fruta madura y le susurró en el oído a modo de confidencia-. .. Resulta que se gastan bromas.
-¿Bromas? ¿Se gastan bromas para celebrar una matanza de niños? Seguro que te lo has inventado.
-En serio. Se gastan bromas. Desde los más ricos a los más pobres. Incluso los periódicos bromean.
-¿Y como es que no me había enterado antes? –preguntó el hada de la fruta madura. Era incapaz de asimilar tanto conocimiento de golpe-. No vivo en la ciudad, como tú. Pero también tengo contacto con los seres humanos.
-Bueno. Simplemente no habrá coincidido –el hada de los cereales hizo una pausa mientras sopesaba una idea que se le acababa de ocurrir-. ¿Quieres hacer un concurso?
-¿Un concurso? ¿Qué tipo de concurso?
-Podemos competir a ver quién consigue hacer más bromas. La que gane se queda con los polvos mágicos de la otra.
-¿Y cómo vamos a demostrar el número de bromas?
-Haremos fotos del momento en el que los seres humanos se den cuenta de que estábamos bromeando con ellos –el hada de los cereales le tendió la mano a su amiga-. ¿Hay trato?
-Lo hay.
Sellaron el acuerdo con un apretón de manos y se despidieron hasta el día siguiente. Ambas volvieron a encontrarse en el mismo manzano, propiedad del hada de la fruta madura.
-¿Qué tal te ha ido? –preguntó ésta con una amplia sonrisa en el rostro. En la cara de su amiga intuyó el fracaso-. No pareces muy contenta.
-Y no lo estoy –dijo el hada de los cereales sentándose pesadamente junto a su amiga-. Me ha ido fatal. ¿Y a ti?
-Mejor que bien. Mira las fotos –el hada de la futa madura le tendió una pila de imágenes-. En ésta cambié a un granjero una pera por un higo chumbo justo en el momento en el que la cogía. En ésta espanté un nido de avispas que había al lado de un niño. Mira como llora.
Tras varios minutos, y multitud de fotografías con maldades, le tocó el turno al hada de los cereales. Ésta sacó con vergüenza sus instantáneas y comenzó a pasárselas a su compañera. Todas se diferenciaban claramente. No había llantos, ni gente gritando, tampoco ningún enfado… Todos parecían alegres.
-Esta foto la hice tras poner una cáscara de plátano en el suelo. Y se calló un ladrón que huía de la policía. En ésta metí un petardo en un cigarro y el que se lo intentaba fumar me dio las gracias por ayudarle a dejarlo –el hada de los cereales sintió como la pena se apropiaba poco a poco de su ánimo-. En esta foto le quité un caramelo a un niño y la madre me dio las gracias por haberlo hecho. En ésta…
No pudo más y rompió a llorar. Su amiga la estrechó en un abrazo.
-¿Por qué te pones a llorar ahora? –preguntó el hada de la fruta madura mientras intentaba dar consuelo a su compañera-. Solo es un poco de polvo mágico. Volverás a tener más.
-No es por eso –dijo el hada de los cereales entre sollozos-. Es por que no sé hacer nada bien.
-No te preocupes. Eres tan buena que ni siquiera aposta puedes hacer maldades.
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24
Dic.

Infimocuentos: Papá Noel.

-¿Eres Papá Noel? –la niña le miraba desde la puerta del comedor mientras se restregaba los ojos tratando de ahuyentar el sueño. Éste luchaba en contra suyo intentando cerrárselos-. ¿Has venido a traerme los regalos?
El hombre se giró acobardado dejando el valioso reloj sobre la repisa de la chimenea. Las brasas titilaban entre las cenizas quemándole la piel que no cubría el abultado traje rojo. Miró a la niña sin atreverse a decirle nada.
-¿Eres Papá Noel? –insistió. Avanzó lentamente hacia donde éste se encontraba-. Mi Mamá me ha dicho que me traerías muchos regalos. Este año he sido muy buena.
-¿Seguro? –una tos seca interrumpió las palabras del hombre. La voz que intentaba imitar era demasiado grave-… ¿Seguro que te has portado bien?

Las luces del árbol de navidad alumbraban la escena como una bola de espejos girando solitaria en una discoteca con solo dos personas sobre la pista. Ambas se miraban sin saber que decirse. Una de ellas estaba ilusionada ante la posibilidad de conocer a uno de sus sueños infantiles. La otra asustada al ser descubierta en sus propósitos. La base del árbol, que dominaba el centro de la estancia, estaba repleta de paquetes envueltos en vivos colores. La niña avanzó hasta ellos revolviéndolos hasta encontrar los que llevaban su nombre.
-Seguro que está todo lo que habías pedido –el hombre retrocedió lentamente hasta la ventana. Aún siendo una noche fría los cristales estaban abiertos de par en par-. Tengo que marcharme a visitar a otros niños.
-¡Espera! –gritó la niña dejando los regalos en su sitio. Acto seguido corrió hacia el hombre. Éste no pudo reprimir el pánico-. Quiero darte las gracias –la niña se colgó del traje obligando a su dueño a agacharse-. Y darte un beso –puso los labios en cada una de las mejillas del hombre plantándole un sonoro beso-. ¿Te acordarás de todo lo que te pedí?
-Claro –la garganta le dolía con cada palabra que articulaba-. Lo tienes todo bajo el árbol.
-Los regalos no. Quiero que me traigas a mi papá.
El silencio se hizo nuevamente entre los dos. Ambos se miraban teniendo los ojos a la misma altura. Tras unos segundos el hombre consiguió levantarse sin ofender a la niña. Acarició con dulzura su cabeza y se encaramó a la ventana.
-Quizá mañana tu padre venga a visitarte. Aunque puede que no se haya portado tan bien como para merecer verte.
Tras las últimas palabras el hombre desapareció de un salto hacia la calle. La niña se aupó tratando de divisarle pero la oscuridad del jardín, unida a la bruma nocturna, ocultó su llamativo traje. “Como me gustaría volver a verte, Papá”, pensó la niña mientras cerraba la ventana. Aún tenía los ojos de papá Noel en mente. Unos ojos que le resultaban curiosamente familiares. “Estoy seguro de que vendrá. Mi padre siempre se ha portado bien”.
“Casi me reconoce”, pensaba el hombre mientras saltaba la valla del jardín tratando de no engancharse en el alambre de espino. “¿Por qué se me ocurriría esta idea absurda? Recuperar mis cosas entrando de noche en mi casa no ha estado bien. Por fortuna me disfracé de Papá Noel”. Abrió la puerta del coche, aparcado cerca de la valla, y depositó dentro el saco con todos los objetos. “Menos mal que mi ex mujer sigue contándole el mismo cuento a la niña”.

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26
Nov.

Infimocuentos: Estrellas en lata (III).

-Toma mi amor –el joven sacó un paquete envuelto en papel de regalo y se lo tendió a su amada. Ésta lo cogió sorprendida-. No he podido resistirme a comprarte esto.
-No tenías por que hacerlo –dijo la chica mientras abría el presente-. Hoy no es nuestro aniversario. Ni es ningún día especial.
-Todos los días que paso contigo son especiales –un beso tierno les unió momentáneamente-. Pasé por delante del puesto de un mercader y me encantó. Estoy seguro de que te pasará lo mismo.
-¿¡Y esto que es!?
La sorpresa de la joven se transformó en incredulidad. Sostenía entre las manos una lata de metal oxidada que contrastaba terriblemente con la calidad y decoración del envoltorio.
-Sé que a simple vista no parece más que una lata. Pero es mucho más que eso. El mercader me aseguró que está llena de estrellas –su amada le lanzó una mirada de descrédito-. Sí, es verdad. Está llena de estrellas. Las liberaremos y cada vez que miremos al cielo nos recordarán lo mucho que nos amamos.
-¿Estás seguro de lo que dices? Yo no apostaría por un objeto tan miserable.
-Verás como sí. Coge de un lado de la tapa –la chica asió un extremo del rectángulo de metal mientras él hacía lo propio con el otro-. Cuando cuente tres la levantamos. Uno, dos, tres…
Abrieron la tapa y al instante se produjo un fogonazo sordo seguido de un largo y decreciente silbido. La pareja tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos clavaron su vista en el cielo. Y allí estaban sus nuevas estrellas luchando por hacerse con un hueco entre sus hermanas. Brillaban mucho más que el resto por lo que era fácil identificarlas y darles bautizo.
-Ésa será Susana, como tú –dijo el joven señalando una de las estrellas-. Y esta otra se llamará Iván, como yo.
-¿Y la tercera? ¿Qué nombre le ponemos?
-Julián. Como nuestro futuro hijo.
-El fruto de nuestro amor…
Se abrazaron huyendo del frío nocturno mientras compartían sus sueños con las nuevas amigas. Y así sería durante cada una de las noches que siguieron hasta que una, tras una fuerte discusión, la mujer abandonó al hombre llevándose consigo al hijo de la pareja y sumiendo a Iván en la más profunda de las depresiones. Éste no visitó de nuevo el mundo que se abría ante los pies de su casa. Tampoco volvió a contemplar las estrellas por miedo a los recuerdos que le traían sus amigas. Una noche, harto de llorar por la melancolía, salió a la calle escudriñando la oscuridad del cielo, que tan bien conocía.
-Hola Iván .saludaron las estrellas-. Hace tiempo que no te veíamos.
-Es que estoy encerrado en mi propio despecho. Susana se marchó llevándose mi corazón. Y ahora solo soy un esclavo de mis recuerdos.
-Te comprendemos. Y sabemos que para alcanzar la libertad solo hay que liberarse de la tapa que nos mantiene atrapados,
-Eso no es tan sencillo. Si no fuera por nuestra ayuda aún seguiríais en aquella lata.
-Como bien dices hay ocasiones en las que nos hace falta ayuda. Y nosotras te ayudaremos a salir de tu lata. Solo tienes que prescindir de sus fotos, sus objetos, las caricias que guardaste en tu memoria… Todo aquello que te recuerde a ella. Entonces serás libre.
Iván obedeció y aquella misma noche se desprendió de todos los objetos que atesoraba de su amada haciendo un tremendo esfuerzo por olvidarla. Pronto el despecho marchó junto con la melancolía. Susana jamás se esfumó del fondo de su corazón pero, al menos, pudo proseguir con su vida.

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