Relato | Aletreando

Acerca de mí...

Que difícil es definirse a uno mismo cuando se es tan tímido como lo soy yo. Si tuviera que hacerlo con pocas palabras una de ellas sería la timidez. También la humildad, el tesón, y el buen humor. Si te sigue interesando saber más de mí (yo me lo haría mirar) solo tienes que pinchar un poco más abajo.

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Relámpagos destacados.

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15
Jul.

Relato: divino tatuaje.

María miró su espalda ayudándose del espejo de pared que tenía enfrente y del que sostenía el tatuador en la mano y asintió en silencio maravillada. Era justo lo que ella quería: un pequeño ángel levantando el vuelo grabado en colores vivos bajo la piel del omoplato izquierdo.
-Está perfecto -comentó María girándose sobre la silla para apreciar el tatuaje en todos sus ángulos-. Eres un artista.
Pagó y salió a la calle con el hombro dolorido. “Sólo tengo que esperar un par de semanas para enseñarlo”, pensó mientras acariciaba el vendaje que protegía la herida. “Seguro que con él pareceré otra”. Y no solo lo pareció sino que poco a poco todo su mundo fue cambiando de perspectiva. Cuando pudo quitarse el vendaje advirtió que el angelito había aumentado considerablemente su forma. “Habrá sido mi piel la que se habrá estirado”. Pero pronto no sólo cambió de tamaño sino que también lo hizo de lugar, desmontando cualquier hipótesis que se le ocurriera. El tatuaje hizo del cuerpo de María su propio lugar de peregrinaje y al cabo de un mes ya había recorrido cada centímetro de su espalda. Coincidiendo con los cambios de comportamiento, que se acrecentaban conforme pasaban los días. “¿Por qué hoy tengo ganas de hacer travesuras?”. Le parecía un misterio. De la misma manera que, al cabo del rato, era incapaz de entender por que se apoderaba de ella una profunda benevolencia hacia todo cuanto le rodeaba.
-¿Qué te está pasando? -le preguntaban todos-.
Nadie era capaz de entenderlo. Mucho menos cuando la encontraron desnuda y sin vida sobre el asfalta de su calle. Estaba boca abajo y con los brazos en cruz mientras en lo alto aún ondeaba la cortina de la ventana desde la que había saltado. El angelito había desaparecido de su espalda y su lugar lo ocupaban unas inmensas alas grabadas en la piel con tanta perfección que todos los que presenciaron la escena juraron de por vida que eran reales.

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08
Jul.

Relato: la anciana de los churros.

“Hoy es una mañana extraña. Ya son las nueve y todavía no ha venido la anciana de los churros. No es normal en ella”. El día transcurre tan lento como un amanecer en el ártico y ninguno de mis pensamientos es capaz de levantar unos minutos de abstracción al tedio que empapa el ambiente. “Todas las mañanas desde hace veinte años. Sí. Los mismos veinte años que llevo levantándome a las cuatro para tener este chiringuito a punto para los pocos locos que se quedan en vela esperando unos churros calientes. Pero ella es diferente. Un minuto de su cordura equivaldría a media vida de mi sensatez. Y hoy no ha venido faltando a su cita. ¿Le habrá pasado algo?”. Mantón negro, blusa del mismo color, falda larga en tono ceniza a juego con su cabello y el fondo de sus ojos… Una apariencia discreta envolviendo a una personalidad arrolladora. Tan discreta que el hábito acabó forjando a la monja. “Hace años era más alegre. Recuerdo que cuando me veía mostraba la mejor de las sonrisas. Se reía a carcajadas con cualquiera de mis tonterías pero, con el tiempo, la tristeza fue empañando el sonido de aquella risa. Últimamente apenas arqueaba los labios pero jamás había dejado de venir a por los churros”.
-¿Te has enterado? -me comenta el de la panadería con la voz entrecortada. Ha venido corriendo-. ¡Marisa ha muerto! La ha encontrado su hija en la cama.
-¡No puede ser! -lanzo estas palabras deseando que sean ciertas pero la extraña ausencia de la anciana evidencia la cruel realidad. Trato de sobreponerme al golpe-. ¿Se sabe por qué ha sido?
-No se sabe nada. Su hija la encontró echada en la cama, con un paquete de churros y una nota dirigida a ti.
-¿¡Dirigida a mí?!
-Me ha encargado que te la diese. Toma.
Agarro la nota que me tiende el panadero y, con manos temblorosas, la desplego hasta descubrir unos garabatos que, en un principio, se me hacen difíciles de entender. Aunque no tardo en descifrarlos.
“Querido Mario.
Si estás leyendo esta carta significa que yo ya no estoy entre los vivos pero no quiero que te sientas triste por ello. Aunque no lo sepas me has hecho feliz cada mañana de estos últimos veinte años. A estas alturas es absurdo confesártelo pero tengo que decirte que estuve enamorada de ti desde el primer momento en que te vi. ¿Ves como era absurdo? Conoces mi vida mejor de lo que nadie la ha conocido nunca y puedo asegurarte que tú has sido la única luz que la ha iluminado con claridad. Nunca habré podido tenerte pero me conformo con haber probado tus churros. Es lo más cerca que habré estado nunca de tu corazón. Y en estos últimos momentos es el único calor que logra reconfortarme”…

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20
Jun.

La perra - Psicólogo de animales.

-¡El siguiente! -la puerta del consultorio psicológico se abrió dejando paso a una hembra de pastor alemán que caminó gallardamente hasta situarse próxima a la mesa del psicólogo-. Tome asiento, por favor -la perra obedeció, sentándose sobre el diván-. ¿Cuál es su problema?
-Pues… No sé si tendré un problema.
-Vaya -comentó el psicólogo olvidándose de que hablaba en voz alta-. Otro paciente con inseguridad. Y van dos.
-A ver -continuó la perra ignorando el comentario-. Resulta que hace unos días que me siento algo extraña. Y mis amigas han comenzado a insultarme.
-¿Insultarla? Creo que debería cambiar de amigas.
-Tampoco creo que haga falta. Además. Puede que, en parte, tengan algo de razón.
-¿Y qué es lo que le dicen sus amigas?
¿Te pica la curiosidad? Pues sigue leyendo…

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18
Jun.

Cita con el anillo.

-¡Te has acordado!
-¿Creías que me iba a olvidar? Ábrelo.
-¡Un anillo! Es precioso. Pero no tenías que haberte molestado…
-Sabía que te gustaría. Y mira. Lo he grabado para que nunca olvidemos nuestra fecha.
-Pero… El 18 de junio no fue el día en el que nos conocimos. Fue el 20.
-¡Mierda! ¡Mi mujer me mata!

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16
Jun.

La princesa de cristal: fábula de Ana Y Mia.

-Desearía audiencia con la princesa de cristal -solicitó el príncipe cortésmente-.
-¿El motivo de su visita? -preguntó el lacayo real-.
-Organizar un banquete para ahondar en la confraternización de nuestros reinos.
-Me temo que no va a poder ser, alteza. La princesa Ana detesta los banquetes, y la comida en general. Lamento tener que pedirle disculpas en su nombre.
El príncipe abandonó el palacio pero, perseverante como era, volvió al día siguiente habiendo elaborado una nueva excusa.
-¿Qué desea, alteza? -preguntó el lacayo-.
-Querría reunirme con la princesa de cristal por motivos comerciales. Mi reino importa exquisitos manjares de los cuales me gustaría regalar a su alteza, la princesa Ana, una pequeña muestra como signo de concordia.
-Siento tener que rechazar su ofrecimiento de nuevo pero la princesa Ana apenas se alimenta más que de agua. Cualquier otro alimento le causa una extraña indigestión.
-¿La ha visto algún médico?
-Su alteza manifiesta que se encuentra perfectamente siendo sus males exclusivamente pasajeros. Aunque he de confesarle que cada vez la veo más desmejorada.
-¿Y no podría concederme audiencia?
-Me temo que no. La princesa de cristal desea estar sola. Quizá otro día.
El príncipe volvió a marchar del palacio y una vez más volvió al día siguiente, aunque desprovisto de mentiras.
-¿Quiere ver a la princesa Ana? -preguntó el lacayo real con gesto compungido-.
-Así es -respondió el príncipe-. Pero esta vez no voy a mentirle. Estoy enamorado de la princesa de cristal desde que la vi en las fiestas de su decimo octavo cumpleaños que organizó su madre, la reina Mia, antes de su amargo fallecimiento por inanición.
-Lamento decirle que la princesa Ana ha seguido los pasos de su madre, la reina Mia -dijo el lacayo sin poder esconder las lágrimas-. Ha fallecido esta mañana en su lecho.
-¿¡Fallecido!? -exclamó el príncipe consternado-. ¡No puede ser!
-Me temo que sí. Al final consiguió lo que perseguía: no volver a probar jamás un bocado.

Si has llegado a esta entrada buscando consejos sobre dejar de comer, vomitar sin dejar de comer, como vomitar o ayuda para vomitar, y esta fábula no te ha hecho cuestionarte tu manera de pensar, visita los blogs Teoriza y ármate de consejos para tu vida diaria. Asimismo puedes leer otras entradas sobre este tema en el blog de Toni, Bender o Uberum, entre muchos otros.

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13
Jun.

La mariquita: psicólogo de animales.

-El siguiente -el psicólogo esperó unos segundos sin que la puerta de su consulta se moviera para dejar paso a un paciente. Tras ese tiempo volvió a llamar, esta vez un poco más alto-. ¡El siguiente!
Estaba a punto de comentar con su secretaria la lista de pacientes cuando una vocecilla proveniente del suelo llamó su atención.
-Estoy aquí -dijo una diminuta mariquita de color naranja claro. Sus puntos negros destacaban sobre el fondo de los élitros-. He pasado por debajo de la rendija de la puerta.
-Perdone -se disculpó el psicólogo levantándose de su silla. Se aproximó hasta la mariquita y, cogiéndola con delicadeza, la depositó sobre la mesa de la consulta. Extrajo un minúsculo diván de uno de los cajones e indicó a su paciente que se tumbara sobre él-. No suelo tratar a insectos.
-¿Los insectos no tenemos problemas psicológicos? -preguntó con curiosidad la mariquita mientras se acomodaba-.
¿Te pica la curiosidad? Pues sigue leyendo…

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10
Jun.

Día de fiesta.

-¿Cuánto es?
-Nada.
-¿Como que nada?
-Ya se lo he dicho. Es gratis.
-¿Gratis? Pero… Si me llevo tres coca-colas.
-Puede llevárselas. Yo no le voy a cobrar nada.
-No puede ser. ¿Usted es el dueño de la tienda?
-Por supuesto. No pretenderá que, en un pueblo tan pequeño, tenga dependientes.
-Entonces, ¿cómo es que me regala las coca-colas?
-Es mi aniversario de bodas y para mí es una celebración importante que quiero compartir con mis clientes.
-No creo que tenga tantos clientes como para andar regalando las compras.
-Parece que prefiere pagar pues no se preocupe. Son nueve euros.
-¿¡Por tres coca-colas!?
-¿Usted no sabe que las tiendas que abren en domingo o festivos venden mucho más caro?
-Sí que lo sé. Pero, que yo sepa, hoy no es domingo. Y creo que en este pueblo no es festivo.
-Es cierto, pero es mi aniversario. Y para mí, hoy, es día de fiesta.

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03
Jun.

Infimocuentos: la mujer desnuda.

Marco era un pintor atormentado por una maldición que día a día pesaba más sobre su existencia.
-Quiero que mis lienzos se vendan como oro en paño -le había suplicado al brujo errante-.
-Está bien -le contestó éste-. Serás el pintor en vida mejor pagado de la historia pero a cambio ninguna persona querrá saber nada más de ti. A los ojos de los demás solo serás un vulgar pintor.
“Solo serás un vulgar pintor”. Diariamente escuchaba Marco esas palabras. Se repetían hasta la saciedad en su mente mientras deambulaba de mercado en mercado ganándose unas monedas haciendo retratos o pequeñas caricaturas. “Si al menos pudiera pintar a una mujer desnuda”, pensó mientras levantaba su pequeño caballete próximo a una de las esquinas del mercado. Acto seguido le vinieron de nuevo las palabras del mago. “La única manera de romper la maldición es pintando a una mujer desnuda. Retrata con detalle cada una de sus curvas hasta atraparla en el lienzo y tus penas se habrán acabado”. En el preciso momento de escucharlas creyó que sería fácil. Pero no había contado con que nadie entablaría la suficiente conversación con él como para pedirle una pintura de esas características. Y mucho menos las mujeres cuya fama de supuesto acosador le precedía a su pesar varios pueblos por delante. Jamás se le acercaba ninguna a quince metros a la redonda.
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15
May.

Empareja2 (17) - Relaciones laborales (parte 1).

Sergio observó con detenimiento la habitación que se había convertido en su improvisado despacho. Todo cuanto había le resultaba extraño y, aunque quisiera negarlo, atrayente. Estanterías repletas de libros que no conocía, cajas de zapatos que servían como almacén de los más diversos objetos recopilados a lo largo de toda una vida, pósters ocupando cada porción vacía de las paredes… Y una llamativa caja sobre la mesa que le servía de escritorio cuyo interior se percibía a través del plástico transparente, conteniendo un llamativo vibrador en color rojo chillón junto con varios accesorios capaces, en teoría, de diversificar el placer hasta límites insospechados. Sergio acabó con la mirada fija en ese objeto, imaginándose la diversión que le habría proporcionado a su dueña.
-Si quieres te lo presto -dijo Thaïs entrando en la habitación, provocando que Sergio diera un respingo-. Si no te concentras aquí puedo buscarte un sitio en el lavabo.
-Perdona. Me había quedado en las nubes.
-En las nubes estás todo el día. Empiezo a arrepentirme de haberte contratado -Thaïs cogió una silla y se sentó junto a su nuevo empleado-. ¿Tienes lo que te pedí?
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13
May.

Rememorando el miedo.

-¿Por qué me has engañado?
No sé si fueron aquellas palabras o tal vez la mirada asesina con la que me intimidó pero el caso fue que me recordó a mi madre. No a la madre que todos amamos y que nos colma de golosinas cuando regresamos momentáneamente al calor del nido. No a esa madre que te cura con un beso la más profunda herida del orgullo, sino a la madre capaz de darte miedo con solo amenazarte contando hasta tres.
-¿Me engañaste?
No la escuché. Mi mente había retrocedido catorce años hasta aquella mañana en la que se me ocurrió arriesgar mi vida y mi suerte con aquella apuesta infantil y gamberra ganando no solo la apuesta sino también el derecho al más grande castigo que jamás conoció niño alguno. Menuda era mi madre. Era capaz de inventarse una reprimenda única con cada trastada o, incluso, dejarte marcado el trasero como un ganadero marca a sus bueyes, pero sin fuego. Sólo con la mano y una amenaza ante la futura recaída.
-¿Por qué lo hiciste?
No lo sé. Quizá fueran las ganas de hacer el gamberro o la inquietud que espoleaba continuamente mis extremidades. Aunque seguramente fue la vergüenza y el miedo al ridículo ante las bravuconadas de mis amigos. Varias causas y una misma respuesta con la que defenderme: silencio. Eso fue lo único que abandonó mis labios ante la verborrea ascendente en ira de mi madre. Sabía mi situación en desventaja. Era solo un indefenso niño bajo una capa de lágrimas de arrepentimiento que resultaron tan inútiles como patéticas mis mentiras; unas mentiras tan poco creíbles como las de un marido pillado “in fraganti” en las mieles de un prostíbulo. Ya lo decía siempre mi madre: se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Y ni con muletas me hubiera escapado de allí ya que pronto me encontré atrapado entre la pared y una madre que avanzaba hasta mi posición con el brazo derecho tan alto y tieso como un nazi saludando a su “Führer”. Cerré los ojos, aguanté la respiración y esperé. El silbido no se hizo esperar. Tampoco el impacto que sacudió mi cabeza como un resorte haciendo que girase casi noventa grados sobre su base en el cuello. No había duda: el dolor era tan intenso como lo recordaba. También el calor que poco a poco se iba apoderando de mi mejilla. Lo único diferente fue el estrépito del portazo.

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